«Otrosí, las más de las reseñas o documentos que hablan del librazo de Sada no salen de azoro del lenguaje, la extensión del volumen y lo dificultoso de la lectura. ¿Y lo de adentro?, es decir, lo decamerónico del relato, ¿los personajes bien vivos y sus asuntos? Contimás alguno se apresta a decir que nada hay de político en un libro como este, porque lo artístico, dicen, lo poético, no tiene cabeza para pensar lo político. Mira nada más. Las cosas que dice la gente»
POR EDUARDO RUIZ SOSA

A la memoria de Daniel Sada
Mexicali, 1953–Ciudad de México, 2011
Primer periodo
«Repensar, para darle cabida a tanta paradoja», lee uno ahí mero en la página primera de esta novelona de Daniel Sada que, por uno de los lados por donde anda, se adentra en el bullicio de lo cotidiano sin cuitas ni tantito pavor a la lentitud y sin sacarle la vuelta a los pormenores, porque ¿qué hay de pormenor en la vida que vivimos?, ¿qué es lo importante y qué lo superfluo si casi cada cosa que sucede agarra monte y luego nos topa de frente como un fantasma triste y encabronado?, ¿no?, o al menos eso mismo podría haberse preguntado el Daniel mientras le daba vuelo a la escritura y al repasar concienzudo de las seiscientas y tantas páginas; luego, andando por otro lado, hay que pensar en cómo sería posible hablar del pormenor sin la abundancia del lenguaje tetrabarroco de prodigioso oído para la palabrería sabrosa que termina alejando lo próximo y trayendo lo lejano a este tiempo y a estos lares porque, en el mero fondo, donde todos somos cuerpo y memoria que siente, lo que aquí se dice de tantas formas y mediante abundosos personajes y aventuras no es otra cosa que un presente constante que no puede irse porque nomás no lo soltamos o no nos suelta o no termina de cuajarse, ¿cómo, o en qué modo, si a lo mejor todo siempre está incompleto?
Contimás, la historia, resumida así de lejitos cuenta, entre otras y con sus incompletitudes, la vida de Trinidad y Cecilia, pareja de abarroteros radicados en un pueblo norteño y cuyos dos hijos, Papías y Salomón, enredados voluntariosos en reivindicaciones políticas, de las muchas de entonces y de siempre, desaparecen a la par con otro gentío proveniente de pueblos varios de los derredores enque, cómo no, campean ligeros y con peso de plomo colmilludos politicuchos corruptos y caciques bien apalancados; y hace aparición también Dora, la telefonista, involucrada de refilón en la trama de censura y desinformación en el susodicho pueblo de Remadrín en épocas de las elecciones fraudulentas, ¿cuáles no?; o la de la migración fantasiosa de Conrado Lúa, mitotero exiliado a la fuerza por saber cosas y por si acaso la ocurrencia de soltar la lengua, pero en primera instancia por inventor de mitotes falsos y falseador de verdaderos; o el cuento, pues, de la camioneta del fulano aquel que reparte entre los pueblos del desierto su cargamento de muertos dizque fortuitos pero a leguas desvividos en la refriega de las protestas zurdas en los comicios, y cuánta cosa más no relata el librón en desmesurada cuantía, que con esto apenas ni llegamos a las doscientas páginas todavía porque el autor se ensaña: con lo acontecido entre las familias: sus respectivos romances y lutos enloquecidos y venganzas y pérdidas porque qué cosa es cualquier país o región del mundo sino la historia íntima de los familiares que lo habitan: mas no cuenta todo esto Sada, así nomás a lo loco, alebrestado por el gusto del contar y del hablar sin límites, sino porque el relato en el que uno entra como en una larga vagancia se antoja como la lucha endiablada y sin fin de lo concreto opuesto a lo abstracto y viceversa. Sobre este particular respecto ya vendrá en otro párrafo el correspondiente material de discusión más delantito.
Por ahora:
Habiendo visto luces de este mundo en el noventaynueve, poquito antes del fin del milenio, Porque parece mentira la verdad nunca se sabe es como un crudo y fenomenal monólogo de todos, ¿se puede?, ¿quiénes?, nosotros, por ejemplo, un mitin, otrosí, de personajes echados a andar por el monte llenos de deseos y aburrimiento, divertidos por la fiesta y apachurrados por el calorón, un cuento de gentes y pueblos que sobreviven a sí mismos a pesar de los unos y los otros: en Remadrín el partido oficial que gobierna se roba las urnas de las elecciones y lo que es político desata la afectación en lo familiar, la res pública es res íntima, ¿no?, y arranca la historia que va y viene por las sierras y las cuevas y los desiertos lo mismo que va y viene por los sueños y los recuerdos y los futuros posibles e imaginados de los que, por decir, están a punto de morir o a punto de perder lo más querido. Y uno podría pensar: resignación, impotencia, silencio dolorido y cada uno a su luto encerrado en su casa, pero no, porque vino el Daniel Sada, atrabancado como viento que desacomoda pirules y huizaches, vino y sigue llegando, ¿mañoso animal?, y el libro, pasmado a veces, encolerizado de risotadas o paniqueado de balaceras correteadas, es puro grito prolongado, a veces suavecito al oído y a veces con la boca abierta hasta las muelas, ¿difícil por extenso y por múltiple?, gritar siempre es difícil, pero necesario para seguir aquí en lid con las cosas que nos suceden: el grito se tuerce en soplo que puede tocar lo que no tiene cuerpo, como el grito aquel de la estatua en un poema villaurrutiano, entiéndase, por ejemplo, que aquí hay política, vida cotidiana con sus tres comidas, chistes hartos, huelgas y manifestaciones y viajes en caminos de polvo y carreteras llenas de baches como la que denunciaba Don Nico, el hombre al que le metieron ¿tres tiros?, en Salvatierra, ¿el martes 7 del presente?, y uno al rato se da cuenta de que entrando cada vez más a la cueva que es el libro, más vemos lo que nos golpea desde afuera. Eso es lo que hacen los libros, ¿no?, bregar contra el espanto, ¿se puede?, ¿sí?, ¿valdrá la pena contar aunque sea solo lo peor?
Segundo periodo
Una insípida búsqueda en los motores de la red arroja más bien pocos resultados sobre Porque parece mentira la verdad nunca se sabe (Tusquets, 1999; Tusquets España, 2001), cosa injusta para un título tan espléndido por largo y significativo y versiculado y, a juicio propio, imposible de olvidar. Otrosí, las más de las reseñas o documentos que hablan del librazo de Sada no salen de azoro del lenguaje, la extensión del volumen y lo dificultoso de la lectura. ¿Y lo de adentro?, es decir, lo decamerónico del relato, ¿los personajes bien vivos y sus asuntos? Contimás alguno se apresta a decir que nada hay de político en un libro como este, porque lo artístico, dicen, lo poético, no tiene cabeza para pensar lo político. Mira nada más. Las cosas que dice la gente. Y sin embargo, Daniel habla de «los turbios derroteros a que ha de conducir un sistema político basado en la promesa», y de «la abstracción malsana de las mentiras dichas con aire de verdad» y de «la perfección del asco y de la fantasía», y de un gobierno con muchos opositores «por corrupto y abstracto y demás hermosuras», y atención a cómo le da aire al asunto de la abstracción el Sada, como si el pormenor en el que tanto se esfuerza por encontrar ¿qué cosa?, ¿el sentido de qué?, fuera un modo de hacerle la lucha a lo abstracto. Entiéndase primero que lo abstracto es el gobierno el mercado el animal ese escamoso que le cortan una cabeza y ya tiene otras dos mordiendo al que pasa por ahí: lo que está hecho de muchos y donde se pierde el individuo; ¿y lo concreto?, el mitin, la huelga, la camioneta con su cargamento de muertos queridos, entiéndase: lo que está hecho de muchos y donde se salva el individuo, aunque llegue la muerte, ¿se apercibe? Lo abstracto, la noche; lo concreto, «una intemperie atónita de estrellas»: lo que en bulto se conforma de cuerpos individuales, identidades con nombre y con historia. Lo abstracto el mar; lo concreto la ola que nos pega una revolcada. ¿Así mejor? Si quedara claro el asunto, como manual de instrucciones, diríamos que este es un libro como esos jardines bien podados y llenos de flores y pájaros que no se mueren ni se extravían. Pero no, porque el librón del Sada es un largo camino, sinuoso y rumoroso, con vidas que migran y regresan, con muertos que no vuelven, con amores gozosos y perdidos, todo despeinado y revuelto en su extensión de desierto y sierra.
Entonces:
La novela larga se parece a un modo de culto maldito: largos bestsellers estirados como la cuaresma pero rápidos como el olvido donde parece que lo bueno se vende por kilos, nomás puro hueco donde no cabe nada, ¿contradicción o naturaleza del mercado?; y los otros libros, novelones bien peinados y con afeites finos que ya vienen nacidos con la pretensión de abarcar pero con el agregado de que van dejándolo afuera a uno porque ¿quién cabe en lo perfecto?; y sin embargo, más allá otros pocos, entidades chuecas, apariciones llenitas de dudas y parcialidades, ¿no es así la vida?, como cuerpo electrificado parido por el científico loco: confundido ser que va aprendiendo a hablar conforme uno va a aprendiendo a leer, y así la cosa es más en compañía, y ese detenimiento de lentitudes, cómo no agradecerlo, lo hace a uno cavilar con calma que la velocidad es pura usura, que ojalá fuera más lenta la degustación de la existencia, suerte y muerte son rima y eso es ocurrencia humana, ¿no?, entonces mejor apaciguar lo vertiginoso y soltarse al detalle pormenorizado, a la poquita cosa que parece que no pero que sí, y ahí andan leyendo al nórdico que desayuna mucho y a los rusos de larguísimos ojos y a la de los galgos correlones y a la de los patos gringos del midgüest y al argentino soriano que sigue llegando del futuro, verdaderos pormenorizadores a lo Balzac, por decir uno con nombre y apellido o algo así, ricos en paciencia y virtudes muchas, pues muy bien, pero ¿y el Sada?, ¿entrarle o no?, darle pausa al mundo es leer, no salir ni entrar a otro planeta diferente, sino verlo de más cerquita este mismo, encharcarse, entrarle al mitin y al griterío, una poética del espérame tantito donde luego se entiende que ahí, cuando uno le da chanza, lo lento y abarrocado tiene la esperanza de ser algo así como una plaza pública donde nos encontramos para seguir hablando, ¿de qué?, de los pormenores, pues.
Creatura desmesurada, la novelona del Sada tiene en su entraña variada un párrafo que ilumina esta voluntad de escritura, o la dibuja apenas, porque iluminar sería cosa idílica de religiones y revelaciones, y aquí el mundo es de carne y hueso y polvo y muy oscuro todo por dentro y lleno de sombras por fuera; bien sabe el autor que escribir es fallar, porque siempre llega tarde la razón, ¿si llega?, pero se escribe, dice el Daniel, por la querencia de equilibrar el mundo imaginado de los deseos y las suposiciones con el mundo tan inconmensurable donde uno está con los otros, ahí, hombro con hombro, «a sabiendas que lo escrito nunca es del todo perfecto», que «puede haber comas de más y hasta palabras de menos y hasta ideas imperdonables», por eso los sueños, aciagos o venturosos, y los deseos, confesados o bien ocultos, irreales o factibles, se asoman con fatal asiduidad entre personajes presentes y pasados: Cecilia ante la aparición de sus hijos como si fueran fantasmas; Conrado el informante mitotero que se inventa rumores por el placer de no dejar de contar; Romeo Pomar, el alcalde eterno de Remadrín, que se encierra en la municipalidad por temor de las ambiciones de linchamiento; Egrencito que a punta de pistola cambia el pasado en su recuento de los hechos por ver si es posible orientar para otro rumbo el futuro inmediato que lo amenaza de muerte. Y es en ese mismo Egrén, en su angustiada tentativa de escribir una carta, donde encontramos el antes mencionado párrafo que ¿resume? algo parecido a la poética del novelista:
«Nueve hojas de intentonas por delante y por detrás –mugrero a su alrededor–, y ya en la número diez halló una frase faltosa, inconexa, subconsciente, pero que le permitió entrar de lleno al asunto. ¡Fuera los chulos remilgos! A cambio lo intempestivo, el acre sacudimiento para dejar que la tinta corriera sin ton ni son como por una llanura donde todo es puro y pobre; que se manchara de letras (hierbas, cactus y serpientes) lo virginal y brilloso de una árida hoja en blanco».
Entonces:
Tercer periodo
Pensar es el goce-peligro de esta lectura lenta: generoso el bragado cachanilla que se nos fue demasiado pronto pero nos dejó, con la carcajada vibrante que le recuerdan quienes lo conocieron, la hondura de esta novelona donde al leer se distiende la posibilidad inmanente del pensar. Inmanente habría de ser, ¿no?, siempre, pero no, al menos en lo rápido de algunos librillos pinches que ni para un diente, no tanto por medida sino por falta de hondura; lo normal para muchos es leer poquito y apurarse a escribir, qué flojera, o a parlamentar y soltar ideas al aire eléctrico de los oídos sordos, ¿ganas de figurar? Pura inmediatez, finitudes obligadas porque lo valioso, ¿eso piensan?, es espuma y flota y brilla de pura oquedad, ligereza, asegún, dizque así es la libertad, burbuja que a nada sabe, pero luego se concilia que lo gustoso es la cerveza que viene debajo de la espumareda, ¿no?, el trago helado y beneficioso de la fermentada lenta y ambarina, que arrastra espuma y memoria y límites, todo eso, pues, donde está la posibilidad de la borrachera, contimás ¿el peligro?, sindudamente, el peligro de pensar: en uno mismo, en los otros, en lo que se germina y se disemina a nuestro alrededor y muy adentro en las cuevas del ser o en donde se perdieron Papías y Salomón, o al menos donde Trinidad, su padre, fue a buscarlos; ¿no es eso lo que arribita llamamos pormenores?, es de suponerse que sí, que leer es el abrelatas del pensar, que ahí donde hay un detenimiento en la lectura, por decir, donde los personajes deste libro sadiano, como Don Nico el pasado martes 7 despidiéndose en technicolor después de los balazos que lo sacaron deste mundo, echando con el último aliento el amor por la vida y por los otros, esos personajes, pues, los de Porque parece mentira la verdad nunca se sabe, son pura vida, ¿la que a veces nos falta aquí afuera?, oralidad prendida con todas las uñas de la historia del fraude electoral y de la migración y de la búsqueda de que cada ratito del vivir esté bien sazonado, comilona compartida donde la averiguata del hablar y el escuchar en bola sea un modo de comunidad. ¿Nos repetimos en ideas o formas?, pues sí, y qué le vamos a hacer.
Por eso mismo:
Imitación devota aquí en estos parrafales, a lo pobre Egrencito pero con el sabor de las palabras de un libro que por más que leo y recontraleo y casi conozco como prehistoriador desos que vigilan en las cuevas las pinturas rupestres salidas de lejanos cerebros, ¿para que no se escapen los animales?, cuando vuelvo a recorrerlo es como si el mismo Daniel estuviera metiéndole más pasajes y corredores y vacas milenarias, ¿bisontes, pajarracos?, ocurrencias y zarpazos de comicidad, venturosas peripecias como viajes y robos y radionovelas entramadas con bailes y herencias y muertes y esque el mundo de hoy en día, de supuesta, pero no, abundante diferencia con el de finales de los noventa, desde donde nos sigue hablando el Daniel Sada, no es otra cosa la retorcedura de aquello que sucede en Remadrín: noticias falsas como verdades, presidentes musicales enloquecidos, politicuchos diestros en la mentira, genocidios televisados donde el criminal se hace la víctima, defensores de la soberanía nacional que reclaman intervenciones de milicos extranjeros, «guerras de bajo impacto», dicen los culeros, opinadores todólogos lloriqueando porque hay unos que prestan oreja y corazón a los que sufren, inteligencias de artificio interpeladas por modos artísticos y no por sus modos políticos y sus agotamientos ambientales, mileyes voxeados benjamines trumpeados, militares propagandísticos, y así la retahíla de chingaderas que son como la flor deshojada del me quiere al no me quiere o del me acuerdo al quién sabe de qué modo: no es vacía ni dificultosa esta escritura, es un zambullirse en el mundo vivaracho y complejo: quien entre a estas casas y estos pueblos y estas personas encontrará, cómo no, la ricura de una prosa musical, otrosí el léxico, ¿México?, abundante y barroquero, pero más: drama y comedia, aventura y sacrificio, reconciliación y éxodo, frontera y abandono, amores y odios y rencores y una novela que como en la fiestona del bodorrio de Trinidad y Cecilia en sus aniversarios de plata, cabe todo el que quiera venir. ¿Contradicciones? Claro. Porque así como lo escuchó el mismo Daniel Sada en la terminal de autobuses de Culiacán, Sinaloa, «porque parece mentira la verdad nunca se sabe». Y por eso, por todo ese desmadre en el que vivimos, nos hacen vivir, sobrevivimos, por eso, Daniel, querido Daniel Sada, hay que volver a leer tu libro, hay que detenerse y pensar y «repensar, para darle cabida a tanta pendejada».