«Cuando escribió la novela, a principios de los años setenta, el país llevaba ya una década de conflicto armado. En 1984, el Estado lo secuestró; su nombre apareció años después, en 1999, en el Diario Militar —un archivo clandestino del ejército que registraba el nombre de cerca de 200 detenidos-desaparecidos— junto a su foto con el código 135. Se supo entonces que había sido asesinado por la dictadura de Óscar Humberto Mejía Víctores. Sus restos siguen sin aparecer»
POR JOSÉ PULIDO

Tata nuestro que nos vas a dar apellido, que nos vas a dar otro nombre, que nos vas a dar otra historia,
que nos vas a dar dignidad, que nos vas a dar
dignidad, que nos vas a regañar por malcriados, por borrachos, porque no te hemos creado, porque no
te hemos criado, que nos vas a dar nuestro ser,
etcétera, etcétera;
Tata nuestro:
yo soy tu voz que clama en el desierto para que todos se vayan a vivir al bosque
Luis de Lión
1
Cuando la AECID me invitó a la Feria del Libro de Guatemala en 2025, lo que sentí no fue únicamente entusiasmo, hubo también algo parecido a la vergüenza. Caí en la cuenta de que siendo mexicano había leído a Asturias, Monterroso, Eduardo Halfon, Francisco Goldman y venía recomendando El Material humano de Rodrigo Rey Rosa desde hace años como quien presume de estar al tanto de la literatura centroamericana, y más, recientemente, La era glaciar de Arnoldo Gálvez, pero, como vecino mexicano, nunca había cruzado físicamente esa frontera. Guatemala era para mí un territorio ciego, un país apenas dibujado por una constelación mínima de nombres propios.
Cuando le conté a Daniel Saldaña París sobre mi invitación a la FILGUA, su respuesta fue inmediata, casi imperativa diría:
—Llévate todo lo que encuentres de Luis de Lión. Todo.
No lo conocía, desde luego, y aunque parecía una omisión personal, era también un síntoma de algo más amplio: ¿qué países consideramos visibles en el mapa literario latinoamericano y cuáles permanecen en una penumbra que el mercado editorial no se cansa de reforzar? Apunté el título de su novela, El tiempo principia en Xibalbá, y decidí que el libro me esperaría del otro lado del viaje.
Volé desde Madrid a mi destino. Enseguida encontré el stand donde se agrupaba buena parte de la literatura guatemalteca contemporánea y salí de ahí con un botín que no estaba previsto: la novela de De Lión, sí, pero también sus poemas, y un volumen de cuentos inéditos. Me aventuré también a Sophos un día antes de mi partida, donde Philippe Hunziker, dueño de la librería, puso en mis manos los títulos de Mario Payeras, Denise Phé-Funchal, Vania Vargas, Rodrigo Fuentes, Jeanny-Ivanna Chapeta, Humberto Ak’abal, Mónica Albizúrez y Marilinda Guerrero. A medida que se acumulaban los volúmenes en mis manos, crecía una sensación de deuda: no era sólo el descubrimiento tardío de un autor, sino la constatación de que mi idea de «literatura latinoamericana» había dejado fuera demasiadas voces que, más que otras literaturas, eran capaces de dialogar de manera más frontal con la que se escribía en México.
Lo cierto es que no pesa igual un libro que se publica en Buenos Aires o en Barcelona que uno que sale en Tegucigalpa. Las tiradas, los premios, los catálogos que llegan a las grandes librerías europeas nos van diciendo, sin decirlo, qué países existen literariamente y cuáles permanecen en un inframundo editorial. Pensaba en eso mientras hojeaba las primeras páginas de El tiempo principia en Xibalbá en el hotel, con el ruido de la feria todavía en los oídos, y a medida que avanzaba en la lectura me daba cuenta de que Xibalbá, el inframundo maya, iba a acompañarme durante mucho tiempo.
Lo que vino después ya no fue culpa de Guatemala, sino de la prosa de Luis de Lión.
2
Un enjambre de temblores sacudió la ciudad en breves, pero intensos, movimientos ondulantes aquel fin de semana. No podía ser de otra manera, el evento se me antoja hoy un símil de la prosa del Tiempo principia en Xibalbá: densa, llena de pliegues, con frases que se expanden en enumeraciones, repeticiones, desvíos y otras que se contraen en golpes secos que dejan al lector pendiendo de una cuerda.
Maestro rural y formador de maestros, militante comunista, organizador de bibliotecas en comunidades indígenas, Luís de Lión (San Juan del Obispo, Sacatepéquez, 1939 – 6 de junio de 1984) conocía de primera mano la precariedad material y simbólica en la que vivían los pueblos mayas de Guatemala. Su apuesta política por la educación y la lectura fue una práctica cotidiana: enseñar a leer en castellano a quienes hablaban lenguas originarias, abrir espacios de discusión en contextos donde el Estado aparecía sobre todo bajo la forma del ejército o de la policía y, luchar por la identidad maya en un contexto donde la idea de decolonialidad no estaba todavía de moda en redes sociales y estudios universitarios.
Cuando escribió la novela, a principios de los años setenta, el país llevaba ya una década de conflicto armado. En 1984, el Estado lo secuestró; su nombre apareció años después, en 1999, en el Diario Militar —un archivo clandestino del ejército que registraba el nombre de cerca de 200 detenidos-desaparecidos— junto a su foto con el código 135. Se supo entonces que había sido asesinado por la dictadura de Óscar Humberto Mejía Víctores. Sus restos siguen sin aparecer.
Saber esto predispone la lectura de El tiempo principia en Xibalbá, pero si uno coloca esta historia inhumana demasiado en primer plano, corre el riesgo de leer la novela únicamente como un documento ilustrativo de esa violencia, porque ese pueblo que se convierte en Xibalbá, ese descenso hacia la oscuridad, dialoga de manera casi profética con lo que vendría después en la historia con mayúsculas del país: aldeas indígenas arrasadas, comunidades enteras borradas del mapa, miles de desaparecidos.
Se me ocurre ahora, mientras escribo esta Segunda vuelta, que, si pensamos en la tradición latinoamericana, la tentación inmediata es vincular El tiempo principia en Xibalbá con el realismo mágico de Asturias, con su lenguaje poético, con la denuncia social o con la solemnidad telúrica de cierta escritura del centro del continente. Sin embargo, lo que encontramos en esta novela es otra cosa: una especie de barroco terrenal, atravesado por la oralidad, donde la acumulación de imágenes reproduce el modo en que una comunidad piensa y delira.
La novela de Luis de Lión se abre con la irrupción de un viento vivo, malicioso y casi corporal que establece, desde la primera línea, la lógica que regirá todo el relato: «Llegó como jugando, brincando por todas partes, sacudiéndoles los pantalones, tierrosos a los hombres cansados, aburridos, asueñados…», y continúa, insinuándose bajo las naguas de las mujeres, lamiendo sus piernas, alterando la quietud del pueblo hasta que un comentario lo ofende y «abrió la trompa y… ya no se oyó nada». Este viento actúa como una fuerza que introduce al lector en un universo donde las entidades naturales poseen sensibilidad, voluntad y capacidad de intervención, y donde el orden racional impuesto por la modernidad ladina aparece inmediatamente suspendido.
La sintaxis misma del pasaje reproduce el movimiento del viento e instaura un principio de composición que atraviesa la novela completa: escenas que se arremolinan, voces que se sobreponen, imágenes que retornan, como si la estructura narrativa obedeciera a una temporalidad circular afín a los ciclos míticos del Popol Vuh. La entrada del viento, con su gesto libidinal y amenazante, anuncia que nos encontramos en un territorio regido por una lógica donde la frontera entre lo humano y lo no humano es permeable, donde lo sagrado y lo cotidiano conviven con normalidad, y donde los acontecimientos se explican progresivamente por resonancias simbólicas y afectivas.
Luis de Lión no describe un mundo, lo convoca y lo expone a la acción de fuerzas que exceden su control; lejos de introducir un conflicto claro, prefiere mostrar la condición misma de posibilidad del conflicto, esto es, un clima ontológico en el que conviven la memoria indígena, la violenta reescritura colonial y una lengua cargada de ritmo, que no se limita a narrar los acontecimientos, quiere producirlos.
3
La estructura de El tiempo principia en Xibalbá se articula alrededor de dos retornos masculinos y de un gesto sacrílego, pero reducir la novela a esa secuencia argumental sería perder de vista su verdadera organización simbólica. En realidad, toda la obra puede leerse como el despliegue de una oposición que atraviesa cada página: Concha y la Virgen de Concepción, una mujer indígena de carne y hueso, marcada por el deseo y el desprecio social, frente a una figura de yeso que condensa el anhelo de ascenso, de pureza y de salvación. Ese eje no está simplemente en la trama: modela la respiración misma de la prosa. Cada vez que De Lión describe a la Virgen o a Concha, su lenguaje se mueve entre lo devoto y lo obsceno, la plegaria y el insulto, sin ofrecer un lugar estable desde el cual juzgar. La tensión entre ambas —la imagen sagrada ajena y el cuerpo femenino disponible— constituye la matriz simbólica de la novela, y es en ese campo de fricciones donde se inscriben los retornos de Juan y Pascual.
Ambos regresan a la aldea después de haber probado un afuera ladino que los ha transformado: traen dinero, traen experiencias, pero también vuelven contaminados. El pueblo los recibe con una mezcla de admiración y recelo, como si su regreso revelara de golpe la distancia entre quienes han logrado salir y quienes permanecen condenados a repetir los mismos ciclos. Pero lo decisivo no es su retorno en sí, sino su reencuentro con el eje Concha/Virgen, porque es ahí donde el orden del pueblo —ya precario— se fractura. Lo que desencadena la catástrofe es la decisión de uno de ellos de apropiarse de la imagen que organiza la vida comunitaria: raptar a la Virgen de Concepción y someterla a una violencia que la novela narra con una mezcla inquietante de crudeza, extrañeza y densidad ritual. No es un acto alegórico ni un gesto panfletario: De Lión construye la escena frase a frase, como si el narrador tuviera que convencerse de lo que se atreve a decir, y la prosa adquiere entonces una insistencia casi corporal, un ritmo que desciende hacia zonas donde erotismo, furia y humillación histórica se combinan sin jerarquías claras.
Sería tentador leer ese acto como la rebelión del indígena contra el símbolo del colonizador, pero la novela desactiva de inmediato esa lectura simplificadora. La violencia ejercida sobre la Virgen retorna contra quien la ejecuta y contra la comunidad entera: el pueblo organiza una procesión que roza el esperpento, insulta a la imagen ultrajada, la sustituye por otra igual de blanca (igual de distante) y reinicia así un ciclo de adoración y destrucción que no transforma nada. Lo que De Lión muestra con precisión es que la estructura colonial no se desarma mediante un gesto de profanación: continúa operando en la imaginación del pueblo, en su deseo, en su vulnerabilidad, en su incapacidad de reconfigurar la relación entre lo sagrado y lo corporal.
Narrar sólo estos hechos resultaría insuficiente para transmitir la complejidad de la novela. Lo verdaderamente decisivo es la forma en que están escritos. La sintaxis tiene un largo aliento que golpea las frases, avanza acumulando acciones, voces, emociones, y de pronto se detiene en un detalle material que fija la escena en la memoria del lector. Las descripciones de la aldea, de las procesiones, de la materia religiosa que invade la vida cotidiana poseen una exuberancia que recuerda que el mundo, tal como lo conciben estos personajes, no cabe en una línea recta. A esa exuberancia se superpone una economía brutal en los silencios que aproxima la prosa de De Lión al modo en que Rulfo organiza Pedro Páramo. Al mismo tiempo, el registro oral, campesino y religioso dialoga con la tradición de Agustín Yáñez; mientras que la proliferación de imágenes, la densidad rítmica y la expansión metafórica se acercan al barroco americano de Carpentier y, en menor medida, de Lezama Lima.
La diferencia, sin embargo, es crucial: Luis de Lión rehúye las grandes proclamaciones estéticas. Su barroco es un barroco que procede del interior del pueblo —de sus supersticiones, de sus chismes, de su memoria y su vergüenza—, pero dispone de una lucidez que la separa apenas un grado de los personajes. Ese mínimo desfase es lo que le permite registrar simultáneamente la oralidad rural y la complejidad histórica del mundo que describe. Y es también lo que convierte a El tiempo principia en Xibalbá en una de las novelas más singulares y formalmente riesgosas de la literatura en lengua española del siglo XX.
4
Durante décadas, El tiempo principia en Xibalbá circuló de manera restringida. La primera edición póstuma, de mediados de los años ochenta, apareció en Guatemala casi en sordina, en un contexto de represión feroz donde publicar la novela de un desaparecido era en sí mismo un acto de desafío. Más tarde vinieron otras ediciones locales, una traducción italiana y, ya en el siglo XXI, una edición cuidada por la hija del autor, Mayarí de León, que fijó por primera vez el texto tal como lo concibió su autor, restituyendo las variantes lingüísticas que habían sido suavizadas en ediciones anteriores y recuperando la textura oral, a veces marcada por estructuras kaqchikeles, que forma parte del corazón rítmico de la novela, que durante décadas circuló bajo versiones incompletas o normalizadas, y permite leer El tiempo principia en Xibalbá con la riqueza y la aspereza que le son propias.
Que el libro haya llegado sólo ahora, en 2025, al lector español a través de Los Libros de la Ballena no es un detalle menor. La edición respeta la respiración original del texto y va acompañada de un prólogo de Eduardo Becerra que, lejos de cerrar la interpretación, abre una serie de caminos de lectura: la inserción de De Lión en la historia literaria guatemalteca, la relación con el conflicto armado, la comparación con otras narrativas latinoamericanas del siglo XX.
Leer hoy El tiempo principia en Xibalbá desde España implica un desplazamiento mental. Por un lado, nos lleva a un país cuya historia reciente —guerra civil, genocidio, transición frágil— sigue siendo, para muchos lectores, un territorio apenas esbozado. Por otro lado, obliga a replantear el mapa de la literatura latinoamericana que solemos manejar aquí: un mapa que se concentra en unos cuantos centros editoriales y deja a otros orbitando en segundo plano. Quiero decir que la novela de Luis de Lión no es sólo «interesante» por su contexto histórico o por la biografía trágica de su autor, aunque ambos elementos la atraviesen. Es una novela donde el lenguaje trabaja sin descanso, una pieza central de un archivo que hemos leído con demasiados huecos, una forma de volver a mirar nuestra propia manera de leer América Latina.
Hay libros que nos incorporan un paisaje; otros nos revelan la forma en que ese paisaje ha sido narrado y sometido. El tiempo principia en Xibalbá hace ambas cosas. Nos introduce en una aldea que se sabe observada por una Virgen ajena y por un Dios cristiano que no le pertenece del todo; nos permite escuchar la lengua de quienes han tenido que traducirse para ser oídos; nos muestra el momento exacto en que un gesto de rebelión se vuelve contra quienes lo ejecutan. Y lo hace con una prosa tensa, cargada de historia y de mitología, que exige un lector dispuesto a dejarse arrastrar por el viento que recorre sus páginas.
5
Al cerrar la novela por segunda vez tuve la sensación de que había leído una forma de conciencia que aprendió a hablar en otra lengua. Y es, precisamente, esa conciencia la que vuelve imprescindible este libro, porque si algo revela esta lectura a la distancia es que los mecanismos que desgarran al pueblo imaginario de De Lión —la fascinación ante figuras de poder que no representan a nadie, la facilidad con que una comunidad acorralada convierte a los suyos en culpables, la repetición circular de violencias que nunca alcanzan su verdadero origen— no pertenecen únicamente a la Guatemala de los setenta: resuenan también en este tiempo que reduce la vida a mercancía y reintroduce, con otros nombres, la misma lógica sacrificial; en nuestras sociedades exhaustas que buscan redención en símbolos vacíos mientras normalizan el deterioro de sus vínculos. El tiempo principia en Xibalbá nos devuelve, en definitiva, la fragilidad de cualquier orden social. Quizá por eso conviene releerla ahora: para recordar que incluso en los tiempos más ruidosos hay obras capaces de sostener un tipo distinto de atención.