
Enrique Murillo
Personaje secundario
Trama editorial
538 páginas
El editor Constantino Bértolo publicó allá por 2022 —reseñado en esta revista— Una poética editorial. El libro de Enrique Murillo, Personaje secundario (Trama, otoño de 2025), con su subtítulo La oscura trastienda de la edición, podría haberse titulado también Una ética editorial. Claro que pisaría demasiado un título, el de Bértolo, publicado también en Trama, el sello que dirige Manuel Ortuño y que se centra en temáticas sobre el oficio de editar libros. El más reciente, La tirada, se centra en la delicada cuestión de cuánto imprimir y cómo evitar ‘comerse’ demasiados ejemplares.
Por lo pronto, el libro de Murillo ha llegado hasta cuatro reimpresiones, lo que se traduce en unos cinco mil ejemplares vendidos, lo cual es meritorio, como el propio autor ha reconocido en redes sociales, para un libro «de nicho». ¿Las razones de esa buena respuesta? Que habla de la edición, y desde luego lo apreciará quien quiera mancharse las manos de tinta editorial, pero sobre todo de la ética que faltó al oficio y que, seguramente, siga faltando. Porque la aprobación de la ley de propiedad intelectual, de 1987, que exigía un control oficial de las tiradas, lleva, a su juicio «cuarenta años ignorado».
«Todos lo hacían»
El libro no escatima detalles acerca de unas prácticas opacas que por desgracia distan de ser erradicadas. Hace poco hablaba con un amigo novelista, que publica en un gran grupo, y me hablaba de sus suspicacias: en la editorial le dicen que no se están vendiendo muchos ejemplares de su novela digamos que erótica, pero las librerías se quejan de no tener stock. ¿Gato encerrado? Organismos en defensa de los derechos de los autores, como ACE y CEGAL, han desarrollado herramientas como los informes de venta personalizados, pero la mera idea de tener que recurrir a esos mecanismos de verificación resulta algo desolador.
Por eso, libros como el de Enrique Murillo resultan un soplo de aire fresco, sobre todo cuando señala lo que otros no se atrevían y se hace desde una posición de total conocimiento del sector. Porque la experiencia de Murillo (Barcelona, 1944) se remonta a los tiempos de Carlos Barral, con quien vivió su primera decepción: el famoso poeta y editor le aseguró que publicaría la «peor novela» de un supuesto escritor simplemente porque era un «compañero de viaje». Al Murillo que entonces tenía 25 años y se ganaba sus primeras pesetas con informes de lectura (favorables o desfavorables) aquello le dio la medida del negocio y, lejos de corromperle, le mantuvo alerta para el resto de su dilatada carrera.
Como para descubrir, y señalar por escrito, aquella doble contabilidad en la que las editoriales barrían para casa, en detrimento de los autores. Por un lado, dos columnas: una con las ventas reales, otra con las que declaraban, a la baja, claro, a los autores. Por otro, ediciones no comunicadas a dichos autores. Unas prácticas fraudulentas que, como le contó Ramón López, que estuvo al frente de la distribuidora Enlace, no eran precisamente marginales. «Todos lo hacían», le reconocería López. Eso era en 1992. ¿Cómo ha cambiado esa situación? En cualquier caso, parece romperse la omertà, que el propio Murillo señala.
Editor (legendario) a su pesar
Al margen de los entresijos amargos del negocio, el libro sorprende por la cantidad de hitos que el propio Murillo ha protagonizado. Quizá su primera intención, como todo aquel que se acercara al mundillo editorial (lo cuenta muy bien Tom Wolfe en El Nuevo Periodismo, rescatado ahora por Anagrama) fuera consagrarse como escritor. De hecho, llegó a publicar en el sello de Herralde en el que todo el mundo quería publicar, pero donde más brilló fue como editor. Como lector sagaz capaz de ver el potencial de ventas de un autor como John Kennedy Toole —clave en el afianzamiento económico de una Anagrama que a principios de los ochenta se tambaleaba—, y como editor capaz de aunar éxito de ventas con calidad literaria: Paula, de Isabel Allende, o El Rey, de José Luis de Vilallonga. O acuñar el marchamo de Nueva Narrativa Española que cobijaría a autores como Muñoz Molina, Javier Marías, Belén Gopegui.
Una carrera silenciosa que sin embargo configuró el paisaje editorial de varias generaciones. Un cúmulo de méritos que, como nadie se había puesto a la labor de enumerarlos en un país quizá no solo envidioso sino también ingrato, tuvo que ponerse él mismo a hacerlo. Y dejar de ser, al menos por un tiempo, un personaje secundario en el mundo de la literatura.