
Por ese entonces, ella, aparte de enseñarle chileno a esos niños de padre español y madre chilena, trabajaba en una tienda de carteras y camisetas Vespa en pleno centro de Barcelona, cerca de la Rambla. Durante la noche, tenía el trabajo de cuidar a esos niños —con quienes debía hablar exageradamente en chileno para que no perdieran su lengua materna— y en las mañanas y las tardes, ir a la tienda o enseñar matemáticas y arte a un niño catalán.
La tienda de bolsos Vespa era de dos metros por dos, y en ese pequeño espacio intentaban entrar veinte turistas a la vez en busca del bolso de moda. Ahí, esa mujer debía estar atenta a varias cosas. Primero, al orden milimétrico de los bolsos, uno al lado de otro con una cercanía de veinte centímetros; segundo, a la llegada furtiva de clientas, atenderlas de la mejor manera, enseñarles los productos nuevos, regalarles chapitas o pines —según de qué parte del océano se mire—, además de sonreírles con algo parecido a la felicidad; es decir, ponerles buena cara, saludarlas amablemente, decirles hola, hello, bonjour. Por esto último, debía además saber un inglés medio, would you like a bag? Saber algo de idiomas, o estar en esa alteración de las lenguas, como nos dice Sylvia Molloy en Vivir entre lenguas; pero sobre todo, y aparte de lo anterior, esta mujer debía estar pendiente de la llegada de posibles inspectores. Estar mirando de reojo por si alguno de los que entraban parecía uno de ellos, y la indicación era explícita: si venían, decirles que estaba cuidando el local de una gran amiga que se había ido a Urgencias por un dolor de estómago fulminante, mientras la música de R. E. M., y el disco Automatic for the People, sonaba detrás de esa escena a todo volumen. Una playlist que había elegido la dueña de la tienda, convencida de que esa música en específico, y ese disco a todo volumen sonando una y otra vez, atraería a más turistas y, con ello, aumentarían las ventas de su pequeña tienda frente a una callecita escondida del Raval.
Ya cansada de pensar que en cualquier momento alguien le preguntaría qué hacía allí, con esa banda sonora de fondo, hablando un inglés a medias y sin contrato fijo ni tampoco de medio tiempo, vendiendo además algo que nunca usaría, decidió preguntarle a unos amigos que trabajaban en institutos de enseñanza de una lengua para extranjeros o de una lengua extranjera —según desde dónde se mire— si podían ayudarla a sumergirse también en ese mundo, como lo hacían ellos; conseguir con eso un contrato fijo y dar clases a estudiantes ingleses, norteamericanos, portugueses, franceses o alemanes de una lengua que, suponía, conocía bien.
Se lo preguntó a muchos de ellos, con algo de pudor sin duda, ya que pedir favores nunca ha sido su fuerte, pero a los pocos días ya tenía en su correo cuatro opciones de entrevistas para esa misma semana: en el Cervantes, el Quijote, Mío Cid, y la Escuela del Siglo de Oro. Obviamente dijo que sí a todas, de inmediato pidió permiso en la tienda, apelando a algo así como que esos días no podría trabajar por temas personales, y que los días que no fuera, se los podrían descontar o recuperar semanas o meses después.
Comenzó a pensar obsesivamente en ese día. Cada noche la invadía un insomnio sostenido, pero digamos que no estaba del todo ansiosa; realmente no estaba nerviosa antes de dar esa entrevista, aunque seguro se removían dentro algunas de sus inseguridades, la hacían sudar y dedicarse días a repasar posibles respuestas a cada una de las preguntas que alguien le haría.
Ahora bien, en algún rincón de su cabeza sentía que ahora todo era distinto. Algo de seguridad lograba detener esos miedos, ya sabía algo del tema, había recorrido el camino de las escuelas de Literatura y Filología en Chile, además de varios posgrados que respaldaban su currículum para transmitir los vericuetos del habla hispana, sus excepciones, errores y complejidades sintácticas. Dominaba el diccionario de significados, el de sinónimos y antónimos, la fonética, la corrección de la lengua, la acentuación, la gramática y la correcta caligrafía. Incluso había ido más allá y se había aventurado a escribir un libro de poesía en español, elevando el idioma al terreno creativo.
Entonces, lo vio como una oportunidad de dar un giro a su vida. Quería salir de la tienda de la Rambla, no solo porque ya no era capaz de seguir escuchando a diario y todo el día cómo giraba en su cabeza el disco de Automatic for the People de R. E. M., ni porque despreciara vender algo que nunca usaría como carteras y mochilas Vespa, ni menos porque detestaba hablar inglés, sino porque básicamente temía que, si llegaban inspectores del trabajo, tendría que repetir la historia de la dueña enferma de la tripa, y luego, se abriría un pozo oscuro, un futuro incierto en ese país al que recién había llegado.
Así fue como todas sus entrevistas quedaron programadas para la misma semana. Ya dejó el insomnio sostenido, tampoco se molestó en preguntar a sus amigos acerca de qué hablarían, ni menos qué le dirían ni cuáles serían las preguntas. La verdad es que no iba con miedo ni con dudas acerca de sus conocimientos del español ni menos de su recorrido: iba tranquila, entregada, abierta a comenzar una nueva vida en esa escuela, con un nuevo contrato, una nueva estabilidad laboral, una nueva oportunidad lejos de las bolsas de plástico y las playlists obsesivas.
Como primera opción eligió la Escuela del Siglo de Oro, convencida, tan solo por nombre tan pomposo, de que sería la más prestigiosa y mejor pagada.
El día señalado llegó. Se levantó y arregló pronto, siguió las indicaciones de Google Maps para llegar a la dirección indicada. Sal por tal subida, sigue a la derecha, cien pasos a la izquierda, nuevamente a la izquierda, has llegado a tu destino.
Era un lunes por la mañana, el cielo estaba lleno de nubes que atravesaban la ciudad de un lado y otro: nubes rojas, amarillas, azuladas, e incluso se asomaban algunas más oscuras. Caminó con un café en la mano, cosa que no solía hacer; pero también quería sentirse un poco más de ese lugar, causar el impacto de que era una de esas mujeres que llegan a los sitios con un café en mano. Es decir, de esas mujeres que no toman el café en casa, porque salen ejecutivas y deprisa, además de que prefieren los de la calle; esos gigantes, que causan estragos en las tripas, esos de tiendas con logotipos enormes, que provocan la extraña impresión de que alguien pueden comprarlos siempre, que cuentan con ese capital económico para hacerse de ellos cada mañana.
Miró el portal; era un edificio enorme, de unas diez plantas. En la entrada había varios cartelitos que señalaban las oficinas de adentro: abogado tanto, consultora, dentista, masajes terapéuticos, lavado de perros, manicura, gestoría y Escuela de Español del Siglo de Oro. Se decidió a subir, respiró hondo y se montó en un ascensor que le pareció una jaula. Fierros por todos lados, rejas y una sonajera que la ensordecía. Una jaula similar a la que había en el pueblo en la casa de su abuela, en la que jugaba a las películas de terror con sus primas cuando era niña. Cerró los ojos, subió temiendo, como siempre que se metía en esos cubículos; sintiendo que se quedaría atascada, a medio camino y nadie la podría rescatar de allí hasta su muerte.
Arriba, sintió un pequeño alivio; ya no estaba en esa jaula, ya no se sentía como si fuese un animal atrapado que hay que rescatar y alimentar desde afuera.
Caminó tres pasos desde el ascensor al portal de la escuela. Tocó el timbre y se abrió frente a ella una gran puerta de madera, donde vio de frente y de manera automática un cuadro de un hombre largo y flaco sobre un caballo que le decía hola, hola, eres bienvenida.
Aunque ya había enviado su currículum, lo llevaba consigo por si se lo pedían: lo tenía entre sus manos, arrugado, a esas alturas con gotas de sudor y café, e incluso algunas manchas de lápiz labial, señal de que se había retocado constantemente para parecer preparada.
La primera parte de la reunión le pareció estándar. El hombre la saludó cordialmente y le hizo una introducción, le habló de la escuela, de sus modelos de enseñanza y metodología, sus objetivos, motivos, de su fundación por un supuesto tataranieto de un hombre ilustre y célebre; una historia que le resultó tierna, situada en la frontera entre la ficción y la obsesión. Seguro que todo eso no era así pero le daba empaque, altura a esa escuelita oscura, ubicada justo arriba de una jaula.
Luego, se vino un cuestionario escrito. Le pasaron un lápiz y un papel con unas preguntas, todas directas y al grano. Que cuánto tiempo llevaba en España, en qué país había nacido, en qué región de su país, que cuántos idiomas hablaba, qué le resultaba más difícil del español, si tenía disponibilidad horaria, si podía soportar rutinas de trabajo de varias horas seguidas. Ella marcaba las respuestas, sí o no, no y sí, ponía números, años, ciudades, avanzaba, sentía que al fin dejaría atrás los bolsos, a los turistas, a R. E. M. girando en su cabeza y a los posibles inspectores de fin de semana.
Una vez que terminó pasaron a la segunda etapa de la entrevista. Voy a hacerte ahora algunas preguntas, le dijo el hombre. Son breves y ya terminamos. Comenzó.
La primera. El hombre la miró a los ojos y quiso averiguar qué era lo que más le costaba del español. Le dio opciones: la fonética, los sinónimos, las conjugaciones, la ortografía o la escritura. Le puso todas esas alternativas. Piensa, a ver qué crees que te cuesta más de estas. Dime. La fonética, los sinónimos, las conjugaciones, la ortografía o la escritura. Ella lo quedó mirando y comenzó a pensar en las alternativas. Iba a decir yo creo, o creo yo, o creería que, o pensaría que creo. Se detuvo. Se le vino a la cabeza los juegos con sus primas en la jaula. Cuál de esas la identificaba. Cómo intentaban salir de allí de forma desesperada y gritando. Yo creo, creo yo, creería que, o pensaría que creo. Qué, dime qué, insistía el hombre. Porque nadie estaba ahí para rescatarlas. Dime una de las opciones. Dime ya. Ellas gritaban hasta que venía la abuela. Sostuvo ese silencio. La abuela también gritaba, molesta. Lo miró nuevamente a los ojos. El hombre seguía sosteniendo su mirada. Pasaron algunos minutos. Yo creo, o creo yo, o creería que, o pensaría que creo. Ya les dije que no jugaran más a esto.
Empezó a sudar más de lo habitual, incapaz de abrir la boca y conjugar esos verbos y preposiciones, secándose las manos con ese currículum ya arrugado y manchado de lápiz labial y café de bote. El hombre continuaba con sus preguntas al aire. Que si sabía escribir bien los verbos y si usaba el compuesto simple. ¿Sabes que es muy importante en la comunicación? ¿Sabes que acá no se dice voy a ir yendo? ¿Ni que tampoco debes decirles almuerzo sino comida? Y la abuela gritaba más, que dónde estaban. Sabes usar el pasado subjuntivo o el apelativo, supongo. Porque sí, el subjuntivo se usa para apelar a una irrealidad, subjetividad, y el apelativo en cambio para influir en el otro, para persuadirlo de algo. Lo sabías, ¿cierto? ¿Y usas el pasado simple o el compuesto? Es que sabes que el simple y el compuesto se diferencian en la extensión de la temporalidad, en la conexión o no con el presente. Hasta que la abuela lograba abrir la jaula y las rescataba. Yo creo. El simple se usa en un pasado que termina; el compuesto, en uno inacabado. ¿Lo sabías? ¿Crees que puedes usar bien el compuesto cuando hablas? Tenía que salir de ahí de alguna forma. ¿Qué hacía allí? Lo miró nuevamente e intentó balbucear algo. Decirle algo mínimo. Decirle sí, hola, por supuesto. Creo.
Él seguía hablando sin pausas. Es que es bueno que aprendas a conjugar bien, y el buen uso de algunas palabras. No decir usted sino vosotros y menos vos. ¡Y hoy se quedan sin cena! Seguro estás preparada, ¿cierto? Ella se levantó para ir al baño, necesitaba tomar algo de agua, mirarse al espejo. Abrió la puerta y salió de la oficina del hombre. Vio el cartelito que decía baño. Entró, había un espejo. Se lavó la cara y dejó el agua corriendo por sus mejillas y ojos enrojecidos. Hola, se dijo a sí misma. Hola, cómo estás, cómo estás hoy, se dijo, se saludó y se dio la bienvenida. Hola, hola, qué tal todo. Hola hola. ¿Acaso lo estaba diciendo bien? Hola, hola. ¿Acaso así se decía? ¿O así se dice? Cerró los ojos, tengo que salir de aquí. Abrió la puerta del baño. Salió por donde entró, se fue directo a la jaula por la que había llegado, una jaula que ahora le parecía un refugio, donde quería estar con su abuela, jugar y luego quedarse sin cena o sin comida. Bajó. Iba con una carpeta roja entre sus manos. Una carpeta repleta de planes de estudio y un papel con el horario de otros tests, esquemas sobre las ramas del español, sus derivas, normas, excepciones y correcciones, una carpeta con grandes letras blancas y negras, donde se leía enorme y sin dudas: ESPAÑOL PARA EXTRANJEROS.