El único país posible es el libro POR AURELIO MAJOR

Fotografía de Lisbeth Salas.

Clásica y moderna, la política poética de Ida Vitale nada rechaza, complementa, a la vez que vuelve nómada, decanta y sobresalta la lengua, sutilmente. En la república universal de las letras es una ciudadana ilustre desde hace tres cuartos de siglo porque, además, al no haber seguido caminos fraudulentos, su obra es un sonriente y afilado recordatorio moral que no cesa de decirnos. En Vitale, desde los comienzos de su escritura, la demarcación que le ha sido dada o impuesta a un lugar concreto, sea cual fuere en sus diversos destierros y nuevos arraigos, y en cuya retórica solo ahonda, es ajena a deformantes cantos cósmicos, énfasis telúricos o ensimismadas filigranas, pero dista igualmente de la poesía ramplona y monosémica que pone el énfasis en «el fetichismo de la comunicación», una «impostura vinculada a la literatura como negocio u ostentación, y que sólo repara en los efectos sin aludir a lo esencial, que es la naturaleza del proceso creador», como sostuvo José Ángel Valente (y de cuya obra Vitale se ha ocupado en lúcidas páginas). Por dichas traslaciones, aunque no solo por ellas, su obra, en sus sucesivas depuraciones editoriales, es ajena «a todo nacionalismo literario, en lo que éste tiene de limitación provinciana y resentida» como afirmara su coetáneo, el crítico Emir Rodríguez Monegal. Se trata de la poesía que interroga los límites de la escritura y del replanteamiento de la función del lenguaje en el mundo:

Avanza recto el amatista,
                                              sin ambages,
da, cruento,
                      sobre el amaranto carmesí
y centellea en el sumiso cristal.
Cuesta sobreponerse a este doble poniente.
Esa vidriada imagen que te ciega,
como a veces el mundo,
aquí, donde nada puede durar,
pronto será flamante ruina.
En tanto, multiplica runas
de dramático aviso
que dicen malandanza y danza
de la muerte
y aguardas ver tu reflejo allí,
humo flotante:

Es amargo ser Tántalo. ¿Vale amar?
Igual pasas crujía,
inauguras tus peores augurios.

Mientras llegue la noche,
una vez más cerrada, sigilada,
sigues, válganos Dios,
macerando en ese mismo alcohol
la pupila, el pabilo del alma
que ve los males que la matan.

Ida Vitale y Aurelio Major posando junto a una obra de Chillida. Fotografía de Amparo Rama.

Ida Vitale se crio en un entorno familiar cultivado y prestigioso, de raíces italianas en Montevideo, inserto en una sociedad que valoraba y promovía la igualdad y la ilustración: «se postulaba una exigencia crítica, idéntica para el producto nacional como para el extranjero –sigue Rodríguez Monegal–, se insistía en la necesidad de rescatar el pasado nacional útil, de estar muy alerta de lo que se producía en toda la América hispánica y de permanecer en contacto con las creaciones que el ancho mundo continuaba ofreciendo». Uruguay era entonces un país integrador, poroso, que gozaba de una democracia ejemplar y favorables condiciones materiales. Ya en su infancia la poesía irrumpió para convertirse en un designio: aquella niña debe leer el poema «Cima», de Gabriela Mistral en el colegio, y no alcanza a entenderlo; sin embargo, ese supuesto «error pedagógico» a su vez le impone un misterio. Se trata del misterio de la verdadera poesía que en su desciframiento nunca queda del todo revelada al plantear otros misterios continuados, pero de una poesía inmanente, no trascendente. Decenios después Ida Vitale supo describir para sus lectores aquella iniciación: «la poesía busca sacar de su abismo ciertas palabras que puedan constituir el tejido de cicatrización en el que todos andamos sin saberlo». Con paciencia y constancia, la referida revelación poética fue acrecentándose, como era natural en una lectora voraz, «codiciosa de libros», y que comenzó a escribir pronto (el crítico Pablo Rocca situó su primer poema publicado en 1942), a medida que fue haciendo suyas las tradiciones y obras de abundantes pensadores, narradores y poetas. Su criba de poesía, ensayo y varia invención sometida a una exigencia crítica sustentada en la levedad y la ironía, subraya la importancia de la literatura considerada como literatura y no como instrumento: «una construcción no usual, no desgastada por el uso», como puede ya vislumbrarse en los poemas de juventud descubiertos hace apenas un año en la biblioteca de su profesor de literatura francesa y recientemente publicados por la editorial Tusquets: sus lectores tenemos la fortuna de que Ida Vitale nos siga acompañando desde hace casi 103 años:

Sólo acepto este mundo iluminado
cierto, inconstante, mío.
Sólo exalto su eterno laberinto
y su segura luz, aunque se esconda.
Despierta o entre sueños,
su grave tierra piso
y es su paciencia en mí
la que florece.
Tiene un círculo sordo,
limbo acaso,
donde a ciegas aguardo
la lluvia, el fuego
desencadenados.
A veces su luz cambia,
es el infierno;
a veces, rara vez,
el paraíso.
Alguien podrá quizás
entreabrir puertas,
ver más allá
promesas, sucesiones.
Yo sólo en él habito,
de él espero,
y hay suficiente asombro.
En él estoy,
me quede,
renaciera.

«Siempre he pensado que el arte es ese mágico territorio libre y generoso –escribe en páginas memoriosas– donde todos podemos movernos sin pensar en fronteras, que las obras pueden ignorar». Quizás sólo el expulsado puede ver los nuevos lugares limpios de las adherencias de la excesiva familiaridad que impiden percibir su sentido real. «Sólo después de vivir en el extranjero pude ver, como poeta, el lugar del que provenía», escribió Charles Tomlinson: ser extranjero pone en duda nuestra tendencia a fijar los contenidos en nuestra conciencia. Y esa «pérdida de la topografía se convierte en tipografía»: el poeta es responsable de la lengua en el lugar del poema. Vitale se vio obligada a expatriarse no una, sino dos veces, aunque fuera por razones divergentes, pero que se le oponen siempre al disidente escéptico, primero en México tras la dictadura militar, y luego, en un segundo destierro con el poeta y profesor Enrique Fierro, durante más de treinta años en Austin, Texas, a unos pasos de una de las grandes bibliotecas del mundo, cuyo acervo hizo extensión de su apartamento, y junto a la cual escribió buena parte de su obra desde 1984: «La pérdida, por muy cruel que sea, no puede nada contra la posesión, la afirma; en el fondo, no es sino una segunda adquisición, ahora interior y de una intensidad distinta», escribe Rilke. Su regreso definitivo al Uruguay hace un decenio, tras el fallecimiento de Enrique Fierro en Estados Unidos, coincidió con el reconocimiento universal a su obra, excepto para un importante sector del propio país al que volvía, tal y como como ha ocurrido con los mejores cismáticos de la izquierda. Ya en 1988, desde su segundo exilio, al celebrar «la existencia de una familia estricta de escritores, latinoamericanos o no, cuya actitud espiritual y formal comparto desde mi modestia», Vitale había advertido de los peligros de esa endémica euforia latinoamericanizante que, deformada, todavía persiste en diversos grados en casi todos los países de habla española: «después de los años de gobierno militar la cultura uruguaya parece aclimatada en la obsesión política, tenida por pasaporte a la calidad. Una indecorosa conmixtión entre críticos en formación, medios y mediocres no dañará a quienes entienden las causas, han aprendido a juzgar por sí y a buscar el necesario alimento fuera, pero será fatal y –me temo- irreversible para quienes no hayan pasado aún por la insustituible experiencia de vivir en un ámbito plural, donde coexistan distintas posiciones estéticas y filosóficas». El ejemplo de Octavio Paz, las lecturas de Gaston Bachelard o las de Felisberto Hernández, la pintura de Klee o de Morandi, la imprescindible presencia de la música culta, la atención precisa, de naturalista, ante cada criatura, planta o animal, para conocerla, o reconocerla en sus siempre renovados detalles, la orgánica integración de las vanguardias poéticas como un modo de entender la literatura, una escritura que tiene «el don de apresar la vida sin detener su flujo», como señala el crítico José Luis Gómez Toré, el rigor y filo de las preguntas y problemas que plantea sin enunciarlos del todo, el intrínseco carácter lúdico o el desplazamiento de los límites en casi toda su obra, y la paradoja que tiende un sutil puente con el lector de su poesía, le depararon siempre una suerte de cauta confianza en el futuro, en un deber de fe. El historiador Mauricio Tenorio recoge de sus años en Austin, tan cercanos a la persona y obra de Vitale, este consejo a literatos en ciernes: «Todas las lenguas vivas duran poco (piensen en el adjetivo insólito largado en el momento justo, en la humorada inolvidable pero irrepetible, en la palabrota obesa de referencias instantáneas). Aspirar a escribir es esperar matarla un poco, a la lengua dejarla irrepetible pero eterna por decidora. El oficio de escritora es el de disciplinadamente morir para y por escribir. Los buenos son los que pierden; los que o bien indultan a la lengua de tan viva que les sale, no la escriben (son demócratas ágrafos); o bien los derrota la lengua porque los deja muertos y clásicos –hechos lengua viva y en papel, empalabrados, exquisitos y muertos–. Escojan».

Aproximarse retributivamente, comprender sin agotar preservando el misterio, e integrar lo complementario. En una entrevista con Pablo Rocca, Ida Vitale enfatizaba que es «capaz de admirar a Valéry y a Neruda, y son poéticas completamente opuestas. No hay por qué estar embarcado con una sola». Justamente, dos de sus juveniles maestros complementarios en los años cuarenta, José Bergamín y Juan Ramón Jiménez (la España del siglo XX «no ha dado poeta mayor que Juan Ramón Jiménez y […] su última lección poética sigue siendo inagotable»), al cabo ulteriores antípodas unidos de nuevo en el exilio, acaso habrán refrendado, para Vitale, que el único país posible es el libro, y en este, el poema, el único terreno fértil de arraigo. Esa segunda adquisición, la del lugar interior como jardín secreto de la memoria, queda entonces en el poema como casa única. Escribe Ida Vitale a finales del siglo pasado:

Vuelan fronteras de un país
cuyo falso centro está en nosotros
que quién sabe dónde estemos.
el norte está en el sur,
este y oeste se confunden,
el sur se pierde entre la bruma
y dentro lo más vivo es la mentira.

Desde la desconfianza hacia la edad de oro y hacia la utopía de todo signo, escribe al buen oidor en otro pasaje de sus evocaciones mexicanas que «con el correr de los años, puedo entender mejor cómo la presión de un medio se hace insoportable para el individuo consciente de ella y veo claramente y de modo objetivo cómo alguien, encerrado en un pequeño país y subyugado por el peso de la opinión general, reproduce, ampliándola, medio siglo después, la misma homogeneidad y sometimiento al esquema triunfante». Por ello, frente a la pueril dicotomía de la idea y el carro de combate, o a la indolente y peligrosa idea de que solamente los iluminadores archivos del pasado nos bastan para comprender y actuar sobre las urgencias del presente, la política poética de la obra de Ida Vitale la erige también en un bastión de la conciencia individual, y sigue siendo un modelo de rigor y coherencia moral en su independencia. Porque es la poesía el centro de las letras, es el frente donde en verdad se libra la batalla de la literatura, sin prisa, pero sin pausa.

«Las y los grandes poetas –se conoce– son las y los quintacolumnistas de los ángeles. O, en un vocabulario más moderno e incoloro, digamos que son las y los quintacolumnistas de lo otro», reflexiona el filósofo Carlos Pereda, para añadir que como en toda poesía verdadera, la de Vitale «no deja de advertirnos de las muchas posibilidades de lo otro: que hay otro modo de usar las palabras, ajeno a la dictadura palabrera, otro modo de pensar fuera del vértigo simplificador y, ante todo, que es posible otro camino, lleno de obstáculos pero divergente de la cómoda supercarretera que, con frecuencia, es la supercarretera de los lugares comunes y, no pocas veces, de la ignorancia o de la infamia, o de ambas»:

Todo aquí es palimpsesto,
pasión del palimpsesto:

a la deriva,
borrar lo poco hecho,
empezar de la nada,
afirmar la deriva,
mirarse entre la nada acrecentada,
velar lo venenoso,
matar lo saludable,
escribir delirantes historias para náufragos.

Cuidado:
no se pierde sin castigo el pasado,
no se pisa en el aire.

Ida Vitale con Sergio Chejfec, Valerie Miles, Victoria Pradilla y Enrique Fierro. Fotografía de Lisbeth Salas.
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