
Selva Almada
Una casa sola
Random House
160 páginas
La voz narrativa de Una casa sola, la nueva novela de Selva Almada (Entre Ríos, 1973), confiesa rápidamente al lector que los Lucero, los últimos habitantes de una casa que lleva cerca de una década abandonada, están desaparecidos, y no sé sabe nada de ellos, como si la tierra se los hubiese tragado. Ante esto, se podría pensar que la escritora va a edificar su libro sobre la resolución de este misterio; más aún dada la importancia que, en el contexto de la vida pública –y también la literatura, claro– argentina, juega la figura del desaparecido. Como ha escrito la psicóloga y doctora en Antropología Mariana Tello Weiss en su libro Fantasmas de la dictadura, la «persona que desaparece» posee también una relevancia central en la vida social desde la postdictadura y, de hecho, Almada ha confesado que el libro parte de la inquietud ante la cantidad de personas que desaparecen, aún hoy en día, en la nación pese a vivir en tiempos democráticos.
No obstante, la noticia de la desaparición de los Lucero, siendo una cuestión destacada en el puzle narrativo que la autora ofrece al receptor, sí que podría considerarse, por momentos, como un «McGuffin» al más puro estilo hitchcockiano, pues no se tarda en adivinar que esta es tan solo una de las historias que pueblan esta breve novela. Lo original va a residir, especialmente, en conocer quién es la voz narrativa que relata estas historias, la cual no pertenece a ningún sujeto de carne y hueso, sino a un ente inanimado, a una casa situada en el espinal argentino, en esa región boscosa donde creció y que tan bien conoce Almada. La naturaleza, pues, tiene mucho que decir, como suele ser habitual en la literatura de una de las escritoras más consolidadas de su país.
En la literatura hispánica contemporánea es cada vez más frecuente encontrarse con voces narrativas que proceden de entidades no humanas, como destacó Javier Moreno en un texto para esta misma publicación; una tendencia que denominó con acierto como «giro desatropocéntrico». Ligadas a creaciones más o menos distópicas donde las nuevas tecnologías y las inteligencias artificiales ostentan un rol decisivo se puede citar la narración del personaje de Ibris, en Cúbit (Vicente Luis Mora, 2024), o la genérica de Membrana (Jorge Carrión, 2021), ambas pertenecientes a inteligencias artificiales. No obstante, como si se buscase una mirada en las antípodas, han germinado –nunca mejor dicho, en tal contexto– otras voces narrativas no humanas que se sitúan en el ámbito de la naturaleza, sin querer conquistar con ello una suerte de locus amoenus. Es el caso de los hongos de El vasto territorio (2023), de Simón López Trujillo; los huesos de los asesinados por el bando sublevado en la Guerra Civil española y que yacen en una fosa alejada de cualquier atisbo urbano en pequeñas mujeres rojas (2020), de Marta Sanz, o las nubes del inicio de Canto yo y la montaña baila (2019), de Irene Solà: «Después de acorralar el aire suave contra el suelo, disparamos el primer rayo. ¡Bang!». Y cómo no referir, aunque más atrás en el tiempo, pero más conectada con el texto de Almada, La casa (1954), del bonaerense Manuel Mújica Láinez, en la que se lee el relato que la edificación hace de su propia historia, repleta de buenos momentos hasta su decadencia.
En esta línea se sitúa la narradora de Una casa sola, cuyo título no puede ser más elocuente. Además, resulta muy interesante el modo en que la escritora utiliza la focalización interna: la morada, aislada en el monte, solamente puede contar lo que ella «ve» o «alcanza a ver», esto es, sus referencias quedan muy limitadas a lo que tiene cerca o en su propio interior, como es el caso del gran árbol y los pastos de alrededor, el cercano río Mosca, y el movimiento de los animales y humanos que entran y salen de la vivienda. Si bien, en algunos pasajes también emerge otra voz narrativa, más difícil de identificar, y que puede asociarse a la atmósfera del monte en que se sitúa la casa, como si se tratase de ecos espectrales al más puro estilo rulfiano. Y si elocuente es el título, no menos lo va a ser el componente paratextual. En la cita inaugural, Almada evoca las palabras de Estela Figueroa, poeta argentina: «He aquí la casa, lo que la puebla y lo que ella conforma». Asimismo, en la portada se intuyen las leguas y leguas de espinal, el árbol –el tala– y la cariñosa y protectora perra –la Miní–, todo ello bajo la atenta mirada de la casa protagonista.
Aunque esta confiese en el inicio su estado actual de abandono, ya cubierta por las enredaderas, lo cierto es que se puede afirmar que está habitada por un peculiar inquilino: la memoria. A través de las diferentes historias relatadas se da cuenta de diversos momentos no solo de esta zona rural, sino de la propia historia de Argentina. Existe un juego interesante con el tiempo, ya que los hechos no se evocan de manera cronológica. La aventura de los Lucero es, de hecho, de las más contemporáneas: la casa relata cómo el padre de familia, Damián Lucero, llega desde Corrientes un día a la morada, y el patrón le permite quedarse allí, hasta ir poco a poco convirtiendo en lugar en una suerte de hogar. Luego llega Lorena, su pareja, con la que tiene cuatro hijos –si es que el cuarto es suyo, y no del patrón, como dicen las malas lenguas– hasta que, de un día a otro, los Lucero se marchan y ya no regresan nunca. La casa no esconde su gran simpatía por estos últimos moradores que ha tenido. ¿Qué ha pasado con esta familia? Aunque está claro que Almada no pretende resolver el misterio ni ofrecer una solución unívoca al lector, es cierto que se echa en falta una mayor pincelada sobre los personajes que componen el núcleo de los Lucero –dado que son los sujetos de carne y hueso con mayor presencia en el libro– como últimos pobladores de la casa. Eso habría conectado más aún la historia de estos sujetos con el difícil y traumático contexto histórico en el que tienen lugar sus andanzas. Sí que posee más interés en clave narrativa el poderoso personaje de Tata, madre de Lorena, y del que la casa nos cuenta que es una buscadora infatigable de la verdad, aunque con ello moleste a las autoridades militares y políticas de la zona. Se intuye aquí un guiño de Almada a las Madres de Plaza de Mayo, y también se pueden establecer concomitancias con el ficcional personaje de la señora Ada, de la muy reciente y extraordinaria novela Raíz que no desaparece (2026), de Alma Delia Murillo, afanada en encontrar a su hijo Marcos, desaparecido en México, llevando a cabo ese trabajo de búsqueda que deberían estar haciendo las autoridades.
Y aunque no resulte sencillo ubicar los tiempos en los que se van desarrollando las distintas historias que conforman el relato, sí se pueden llevar a cabo diversas deducciones. Lo ocurrido en las Malvinas, como trauma, se cita en un par de pasajes del texto, ayudando a situar así la desaparición de los Lucero en tiempos oscuros. Si bien, se nos informa de que la casa lleva diez años abandonada, con máquinas excavadoras que actúan en la zona, lo que sitúa el presente narrativo en la última década de la pasada centuria. Si bien, al inicio de Una sola casa se dice que todo empezó «una parva de años antes», en la segunda mitad del siglo XIX, y se evoca el asesinato del general Urquiza, ocurrido en el Palacio de San José, en Entre Ríos, en abril de 1870. Aunque no se diga directamente, se conoce que fue en este intervalo temporal cuando emergió la casa, la cual más de un siglo después será ya el refugio de los Lucero. Otra historia que se intercala es la de La Gringa, con final trágico, y hasta los animales van apareciendo y desapareciendo como es normal en el ciclo de la vida.
Una casa sola supone, más de un lustro después, el regreso de Almada al género novelístico, tras la aparición en 2020 de la muy reconocida No es un río, una obra de mayor entidad que la que ha visto recientemente la luz, donde lo fantasmagórico jugaba también un rol muy destacado. Se trata de un autora polifacética y reconocida, que también ha ahondado en el cuento o en la literatura infantil, y cuya cima es el libro de no ficción Chicas muertas (2014), la extraordinaria y trabajada crónica de tres feminicidios acaecidos en su país en los oscuros años ochenta. Es una buena noticia, pues, que haya anunciado que su próximo trabajo se volverá a situar en el cauce de la narrativa factual.