Diego Garrido
¡Adelante, Cronófobos!
Anagrama
232 páginas
POR JORGE BURÓN

¡Adelante, Cronófobos! comparte con la primera novela de Garrido, Libro de los días de Stanislaus Joyce (2024), el formato diario, la relevancia del fraseo por encima de la peripecia, ciertas obsesiones recurrentes del autor: el tiempo, la memoria, la familia, la tensión entre amor romántico y sexo libre, el cringe, la construcción de una identidad más o menos coherente en un mundo disuelto, en qué consiste realmente una vida de escritor.

Sin embargo, mientras que en Libro de los días de Stanislaus Joyce resolvía el campo minado de la autoficción, tan cercana a veces a la autocomplacencia, yéndose al Dublín de 1904 (recordemos que Garrido es también el traductor y editor con Páginas de Espuma de la selección más extensa de las cartas de James Joyce actualmente disponible en el mundo), donde el hipercatolicismo, una época histórica extrañamente parecida a la calma chicha de los 2010’, y el personaje histórico de Stanislaus, hermano acomplejado de un ya brillante James, le daban al autor campo libre para el juego y la tensión de divagaciones onanistas y argumentos misántropos enrocados en sí mismos, con ¡Adelante, Cronófobos! el autor sube la apuesta y acepta el reto: Sí, puedo hablar de los temas más puntiagudos, decadentes e intimidantes de mi generación y enunciarlos en la voz y el contexto de mi generación. Como dijo la Quinqui en La Pija y la Quinqui (o fue Natalia Lacunza, no recuerdo): ¡Hay que abrazar el cringe!

Aquí se nos ofrece un diario de 2023 donde un pseudoíncel se lamenta por una exnovia que (según él) nunca se dio cuenta de cuánto le amaba y cuán obsesionados estaban el uno con el otro, cuando en realidad esa exnovia a la que circunda el escritor del diario con sus soflamas privadas, se nos revela pronto que se ha suicidado, evidenciando que para nada estaba ni pensando en él tras la ruptura, ni obsesionada con lo que pudieron haber sido, ni ingenuamente anclada en su «verdadero» amor del que más bien intentaba escapar para respirar aire fresco, sino metida en problemáticas más graves y ajenas a él.

El truco de narrador dotado es que la hiperexposición de lo vergonzoso inconfesable en este libro no es hiperexposición porque no es real, y no es inconfesable porque no es una confesión, es un ejercicio literario sofisticadísimo, un trabajo con la prosa sobre los temas del presente, que revela síntomas de época, y así devuelve la carcajada al tonto que se carcajea del tonto que escribe el diario carcajeándose de lo listo que es y lo tonto que es su mundo.

Diego Garrido ha formateado desde dentro el género de la autoficción con un diario falso al que le pone la etiqueta de novela, generando una extraña confusión incómoda y provocativa.

No es un invento nuevo, claro, hay una tradición tanto en nuestro idioma como en la literatura occidental. Está El cuaderno gris del ya mencionado Pla, al que tanto alude y vuelve Garrido. Como también y antes ya estaba el Zibaldone de Giacomo Leopardi, al que, según me cuentan, está traduciendo y biografiando el mismo Garrido.

En cambio, los de Leopardi y Pla, como los de otros, eran textos conclusivos. Tras escribir aforística y diariamente una vida, solo al final de ella esta podía reaparecer como texto literario más o menos ficcional. El Zibaldone de forma póstuma, solo tras la muerte el valor de esos fragmentos justifican la composición de un libro (y podríamos sumar los Cuadernos de Valéry, El libro del desasosiego de Pessoa). Y la otra modalidad, El cuaderno gris, aparece como reescritura al final de la vida, hiperreescrita, no solo estilísticamente sino, inevitablemente también, como ficción de vida (suben la apuesta los Diarios de Emilio Renzi, de Piglia). Garrido, en cambio, propone un camino intermedio con el formato de la hiper-reescritura en directo.

Es cierto que, como para todo, hay antecedentes. Un escritor en activo lleva ya años realizando una operación análoga. El salón de los pasos perdidos de Andrés Trapiello, que ha optado por la publicación, si no en bruto sí a lo bruto de sus diarios, y así lleva 25 tomos el bueno de Trapiello que pretende ganar por aplastamiento, sea lo que sea lo que nos aplasta.

Garrido, más prudente, ha prometido tomos breves y pocos, cada vez más reescritos y reformulados, con una cadencia entre uno y otro cada vez mayor. Una forma que se concretará más por el tiempo que por la estrategia del autor, donde el viaje del escritor y la evolución biológica del estilo irán determinando su estructura, camino y tono, trayendo a la literatura las lógicas de la instalación en página.

Como gesto creativo es tremendamente estimulante, como obra literaria genera una incertidumbre excitante. Este primer tomo es de una gracia genial y una ambición contenida que invita a la alegría.