POR ADRIANA MURAD KONINGS

Hace unos días tuve que empaquetar mis bártulos para alojarme durante unas semanas en una residencia literaria. No suelo utilizar esa palabra, bártulos, ni tampoco suelo ir a residencias literarias. Tampoco me he embarcado nunca en un autoasignado retiro de escritura para acabar un proyecto. Sé que algunos escritores necesitan salir de casa y meterse en un cuarto ajeno para poder dar el toque final o, por qué no, para arrancar con una historia demasiado tiempo pospuesta. No es mi caso. Siempre he pensado que mi proceso de escritura está íntimamente ligado a mi casa, sea cual sea el lugar en el que vivo, a mi escritorio, a mi rutina y a mi entorno cotidiano. Pero las costumbres, por qué no, también pueden romperse. Antes de un viaje de ocho horas en coche, sin mucho tiempo, me veo ante una tesitura tan material como conceptual: pensar en el equipaje que me llevaré me hace preguntarme cuál es mi proceso de escritura, ¿qué necesito para escribir?

Los escritores, con las armas propias del oficio, son capaces de describir el proceso creativo como un fenómeno mucho más interesante que el acto real de sentarse ante el papel o la pantalla y ponerse a pensar. Lo cierto es que me bastan unos bolígrafos y subrayadores, un ordenador y un par de cuadernos de notas. Es importante, para mí, poder escribir a mano y en teclado, a dos velocidades diferentes, según la parte del proceso en la que me encuentre. Tan solo estos objetos sirven para reconstruir mi ecosistema habitual, como una planta en una nueva maceta que busca el nutriente a su alrededor y tantea el espacio por el que se abrirán las raíces para alcanzar el agua.

Siempre he creído que, cuanto más supiera de la historia, antes siquiera de ponerme a escribir, más seguros iban a ser mis pasos. Cuando comienzo, intento tener en mente hacia qué me dirijo: una escena, un diálogo, un cambio concreto en mi personaje. Con esa bandera clavada al final del camino, voy trazando el trayecto que me separa de allí. Brian Dillon habla de la planificación como método para «aplacar la ansiedad propia de la escritura». Dice: «si tengo un plan… entonces no tendré que enfrentarme a la hoja en blanco o a la pantalla sin una palabra o pensamiento en la cabeza». Aunque pueda parecerlo, este ejercicio (que es primordialmente terapéutico) se parece muy poco a rellenar un cuaderno de colorear. El propósito, en este punto, es complicar ese esqueleto aparentemente rígido: el resultado, desde fuera, puede parecerse a un armazón sólido, pero al desenmascarar esa capa de orden, me gusta pensar que el libro revela una maraña de cables entrecruzados cuya trayectoria del punto A al B es todo menos recta.

En el escritorio coloco los bolígrafos, los subrayadores, el ordenador y, como única extravagancia, unas figuritas de animales (un perro, un gato, un zorro y un pavo real que he metido en la mochila, pues quiero creer que esas criaturas pueden ayudarme en algo). He traído, también, unas fichas en blanco. Me gusta imaginarme como una escritora que podría cubrir un corcho con notas, chinchetas y hasta hilos que unieran ideas descabelladas, pero mi metodología no pasa de estas cartulinas A7 que aparecen cuando el borrador ya existe y me siento abrumada. ¿Esto ocurría antes o después?, ¿cuándo es la primera vez que menciono a este personaje?, ¿este detalle crucial para el final ha salido ya? Según corrijo, escribo los puntos importantes de cada capítulo y, cuando la pila de fichas crece, las extiendo en una superficie, como un mapa del territorio que he construido y que, recién en ese punto del proceso, consigo mapear. Me gusta imaginarme en el proceso de corrección con un machete, salvaje y un poco cruel, agitando el texto y reconstruyéndolo a medida que se deshace.

En la estantería coloco los libros. Como he viajado en coche, sin límite de peso o volumen, no he podido no traer una maleta solo con libros. Lo cierto es que, incapaz de elegir, me he dicho a mí misma: «la escritura no es más que una extensión de la lectura» y me he convencido de que traer esa maleta no es tan exagerado. Pero, de verdad, lo creo: pienso la creación como un mapa de referencias, estilos y recursos tomados de aquí y allá, un cóctel que solo tiene sentido para el escritor y, tal vez, para un lector ideal (e inexistente), cuyo placer es casi intransferible. Sin embargo, no es necesario, ni mucho menos, que el lector perciba los ingredientes de la receta, basta con que saboree el resultado en su conjunto.

Ya me encuentre escribiendo el manuscrito o corrigiéndolo, siempre llega un momento del día en el que no queda nada que hacer. Cuando el hilo se ha agotado, intento tener la precaución de salir y dejarlo todo antes de que el cansancio se convierta en autosabotaje, ¿qué bien le haría al texto? Una escritora cansada rápidamente se convierte en una escritora que odia su obra. Ante una tesitura (un personaje que no encaja, un agujero en la trama que desmonta lo que hasta ese momento estaba funcionando, un capítulo aburrido…), intento pensar en ello como un problema pendiente del que se encargará mi yo del futuro. El futuro, siempre tan abstracto, se materializa en el paseo.

Con mis bártulos, pues, he traído mis costumbres y, con permiso, la compañía de mi perro. En un par de salidas, hemos encontrado un recorrido que nos gusta y que puedo fingir que conozco desde siempre. El ritual de poner la correa, atarme las botas y escuchar el jadeo, a veces ladrido, que me indica que es urgente irse cuanto antes, irse ya, es parte de esa preparación para una sesión intensa de escritura en movimiento. No es una abstracción: hay algo en el movimiento repetitivo que me permite desconectar y moverme de forma automática para darle vueltas y vueltas a lo que está ocurriendo en la escritura.

Cuando consigo hacerme con un camino y conocerlo palmo por palmo, empiezo a distraerme y dejo de prestar atención a lo que hay a mi alrededor. Me dejo llevar por el movimiento, el ritmo de los pasos, el tirón de un animal ansioso por oler y oler y oler y me voy muy lejos de esa tierra que piso, de los árboles, de los otros perros y de las piedrecitas, de los giros y del agua que se cruza en el trayecto. Deambulo sin prestar atención a nada de lo que me rodea, en un gesto antagónico al carpe diem: no estoy allí, en el presente, sino muy lejos, en mi historia, resolviendo problemas de mentirijilla que yo misma he creado. Se produce, en ese momento tan especial, una conexión entre la geografía y la escritura, entre el paisaje y los hallazgos creativos.

Sospecho que en este paisaje temporal donde camino ahora, pronto sabré cuál fue el tronco partido junto al que logré solucionar la contradicción del personaje, qué piedras pisaba cuando se ocurrió el cierre del capítulo final y qué raíz me hizo tropezar poco después de dar, por fin, con el título perfecto de la novela.