Douglas Diegues es un activista cultural paraguayo. ¿O es brasilero? ¿O debería escribir que es de la Triple frontera? ¿(Triple)fronterizo tal vez? Se me hace que cualquiera de estas adjetivaciones acabaría siendo reduccionista e injusta. Ensayo entonces una caracterización menos estandarizada: Douglas Diegues es un activista cultural pluriversal. Sospecho que ahora pierdo en legibilidad, pero me desmarco del sentido común y gano en adecuación. Prefiero este término porque tampoco sería acertado decir que su horizonte de acción o su perfil sean universales. Universal –a esta altura– no solo es Shakespeare, también lo es la Coca-Cola. Y Diegues no tiene nada que ver con expresiones edificantes o azucaradas de las gestas imperiales; tampoco con lo unívoco o una validez trascendental. Diegues pertenecería al ámbito de lo pluriversal porque supo identificar que la cultura de lo que hoy es Paraguay y alrededores se imprime sobre un territorio material de confluencias y devenires que afirma una pluralidad ontológica radical, siempre poliglósica y transmoderna. Ese territorio de Diegues, la región guaranítika, no es en modo alguno resultado de algún cosmopolitismo liberal bienintencionado, sino del entrecruzamiento violento de colonizadores, nativos y migrantes. Se trata de una alquimia marcada con sangre que se manifiesta –para bien o para mal– a través de lenguas irreductibles, cimarronas, refractarias a los diccionarios y las gramáticas: el portunhol, el guaraportuñol, el jopará.
Con este activista cultural mantengo una conversación silenciosa, pero constante. Quiero decir: sí, hace un tiempo intercambiamos un par de mails. Incluso, si no recuerdo mal, alguna vez intercedí para publicar algunas de sus poesías. Pero no es eso a lo que me refiero, sino a que suelo leer sus textos, meditarlos y usar sus ideas como sustrato o germen para pensar. Para pensar lo que sea, pero ante todo para pensar a secas. Su escritura, por lo pronto, resulta infalible para desbaratar diseños críticos que –respaldados en un robusto sentido común– afirman heterogeneidades, pero muchas veces solo sirven para resguardar posiciones de poder en las academias del Norte.
Pero el motivo de esta nota es otro, o quiere ser otro. Se trata de hacer públicos mis subrayados en el «Prólogo» de Diegues a la antología Ya estamos caminando por esta tierra reluzente perfumada. Poesía paraguayensis del siglo XXI (Vox, 2016) y reflexionar sobre los mismos. En este texto introductorio, Diegues presenta su selección de poesía paraguaya en trece breves pasajes numerados. Desde luego, el texto está redactado en portunhol selvagem: esa lengua poética, híbrida y resistente a la estandarización, que se inspira en la fala situada del mundo triplefronterizo. Es una lengua que, por supuesto, todo latinoamericano sin alergia a las profanaciones y con un mínimo de buena voluntad entiende. Este portunhol selvagem sería, si se me da crédito y para apelar a otro epítome de la tradición de pensamiento vernácula, la lengua de la raza cósmica; o, mejor, la de Drago, el dragón latinoamericanista de Xul Solar. La operación del poeta y activista pluriversal Douglas Diegues es, pues, holística y coherente: consiste en vindicar un sistema cultural ya desde la materialidad del lenguaje; y –destaco– no cualquier sistema cultural, sino uno que se nutre de la experiencia popular, de los tráficos barrosos y orilleros; esto es, de un sistema cultural lumpen y, por eso, irritante y sospechoso.
Subrayo la idea de que la poesía paraguaya no hay que buscarla en las citys sino, antes, en las selvas. ¿Pero cómo? ¿No es la poesía un producto de cierta actividad espiritual de los sectores urbanos letrados? No, Diegues dice que no. Ni de los sectores urbanos ni de los letrados. La poesía paraguaya –al menos, la que Diegues prefiere recoger– o proviene o se hace eco o entronca con la «forza verbal que circula libremente por las selvas»; esto es, con el «power verbal guaranítiko». Y si la expresión poética paraguaya viene de la selva, de la tradición guaraní, sería equívoco pensar en algún José María Arguedas paraguayo como una figura intelectual que asume la función de traducir y hacer legible ese universo para los lectores occidentales. No, porque la propuesta de Diegues es desjerarquizadora: en Paraguay «la poesía se confunde con el lenguaje de las calles, de los barrios, del pueblo inbenta-lenguas». ¿Qué quiere decir esto? Que la poesía que Diegues reúne en su antología en realidad está en circulación viva en los mercados, en las calles, en las terminales de buses. El acto de insertar esa efervescencia verbal en un libro es –advierte Diegues– artificioso y, por lo tanto, si alguien realmente quiere entrar en contacto con esas formas de expresión, lo que tiene que hacer, antes que abrir un libro, es sumergirse de lleno en esos dominios del habla popular, porque lo cierto es que «non existem falsos poetas nel Paraguay del siglo XXI».
Y a propósito del fetichismo del libro (convencional) y la falsa idea de que la literatura/poesía solo se encuentra en este soporte privilegiado por la tradición occidental, subrayo hacia el final el argumento de que «las palabras de los poetas fluyen por el ciberespacio, por las editoriales cartoneras, por las antologías digitales, por las librerías desconocidas. Non dependen más del libro para existir». Se trata de lo mismo: quien pretenda informarse o informar sobre la literatura oral o escrita de América Latina (solo) a partir de la oferta que propone la industria editorial (concentrada) se engaña o engaña.
Las pocas páginas del «Prólogo» de Diegues son extremadamente sugerentes. Bien podría haberlo subrayado por completo, sin saltearme una letra. Cada oración –leída con la atención que amerita– propone algo relevante, nada es superfluo. Quiero detenerme, sin embargo, en el punto ya mencionado porque atañe a cuestiones sobre las que creo necesario llamar la atención. La antología de poesía paraguaya curada por Diegues salió en VOX, esa hoy mítica editorial de Bahía Blanca especializada en poesía que, si bien en los años 90 produjo una suerte de revolución cultural en la ciudad y el país, nunca dejó de ser «más que» una editorial independiente y artesanal. Ya estamos caminando por esta tierra reluzente perfumada es, además, un libro sin ISBN; esto quiere decir, anónimo para los sistemas informáticos de búsqueda y catalogación. La antología es, por lo tanto, una publicación destinada a la circulación silenciosa, a través de canales extraoficiales, paralelos a los de la edición profesional. Lo mismo valdría para las publicaciones de Diegues, en general: Uma flor na solapa da miséria (en portuñol) salió en 2005 en la argentina Eloísa Cartonera y Rocío sem trampas entre pindovys y cataratas del Yguazú fue publicado en 2007, en Brasil, por Dulcinéia Catadora. A partir de ese año, muchos de sus libros, como De tanto mirar lo oscuro sempre se vê algo (2009), aparecieron en YiYi Jambo, una editorial cartonera fundada por el mismo Diegues, precisamente para divulgar literatura en portunhol selvagem (porque, claro, no existen editoriales convencionales que publiquen en lenguas experimentales [sin pedigree]).
Estos datos, sobre los cuales no viene al caso seguir extendiéndome ahora, confluyen en la idea que ya había comenzado a esbozar, pero que tal vez conviene precisar mejor: posiblemente, la literatura latinoamericana más sugerente, la menos convencional y la más visceral, no esté ni en el catálogo de Random House ni en el de Anagrama o Periférica; ni siquiera en el de Mardulce o Sexto Piso. Las líneas de Diegues, al igual que su práctica como activista cultural y poeta, afirman una hipótesis que no es para tomarla al paso: la literatura paraguaya (o la latinoamericana) está en circulación en las calles, en los barrios, y en un sinfín de soportes anómalos como los que supieron ofrecer las editoriales artesanales de cartón. No bastarían, ni serían la mejor fuente, los catálogos de las editoriales mainstream para informarse sobre la literatura latinoamericana y seguirle el pulso: más bien habría que ir a buscarla a la selva, a los mercados y a las paredes de las barriadas; también a las editoriales de circulación microbiana; porque las palabras de los poetas, vuelvo a subrayar, «Non dependen más del libro para existir». Pero hay algo más: en esta escritura invisible, en estas palabras que tienden a escapar del corsé del libro, no hay parroquialidad, sino todo lo contrario. Esta literatura es esencialmente pluriversal: compuesta con recortes, si se quiere, desprolijos y heterogéneos, pero eso mismo sería lo que la hace inclasificable y disruptiva. Si la industria produce libros destinados a circular, ser traducidos y adaptados –idealmente para Netflix–, la literatura en su forma menos domesticada, más perturbadora, se manifiesta a través de canales y formas invisibles para los consumidores que todavía esperan que la misma se exprese a través del soporte convencional y aparezca expuesta en la mesa de novedades del mes.
Cierro con un último subrayado: “non existe diferencia entre arte y vida”. Claro, ni para las vanguardias convenía que existiera; ni para los pueblos guaraníes que estetizan las prácticas religiosas, ni para la señora que vende jugos en el mercado de Luquelandia hay, ahí, un hemistiquio. Tampoco, DD, para vos que escribís y leés poemas, redactás ensayos y manifiestos o armás antologías siempre bajo el principio de que la escritura y el activismo se corresponden palmo a palmo con tu vida, hay tal grieta.