POR RAFAEL MONDRAGÓN VELÁZQUEZ
María Zambrano. Fuente: Wikicommons.

En torno de 1937, María Zambrano entró en un tiempo de metamorfosis. El 14 de septiembre de 1936 se había casado con Alfonso Rodríguez Aldave, joven organizador de la Alianza de Intelectuales para la Defensa de la Cultura junto a quien firmó en 1936 el Manifiesto fundacional de dicha Alianza.1 María se sumergió en una extensa, apasionada actividad de militancia, a la que había sumado su trabajo en Cruz y Raya y Hora de España, así como su participación en tertulias y espacios organizativos. Esa labor fue requerida en el exterior cuando fue necesario defender la República. A principios de octubre, Rodríguez Aldave fue nombrado secretario en la embajada republicana en Santiago de Chile. La pareja abordó un barco con destino a su nuevo país. Por el camino ocurrió la famosa estancia en La Habana, cuando el barco fue detenido por órdenes de Batista (quien, al parecer, buscaba congraciarse con los militares españoles) y sus tripulantes fueron encarcelados. Gracias a sus credenciales diplomáticas, María y su esposo fueron liberados y después, llevados a cenar por un grupo de intelectuales antifascistas convocados por José María Chacón y Calvo. En esa cena María conoció a José Lezama Lima, que con el tiempo se volvería uno de sus grandes amigos, además de un guía inesperado en el descubrimiento de América Latina.2

Sin embargo, ese descubrimiento tardó tiempo en llegar. Las primeras intervenciones chilenas de Zambrano y Rodríguez Aldave asumieron, sin vergüenza, el tópico de la Reconquista espiritual de América, que debió de causar alguna incomodidad en sus nuevos amigos. En una entrevista al diario chileno La Opinión, Zambrano reconvino a su entrevistador: «España descubrió América, pero América ha tardado cuatro siglos para descubrir a España. Han sido necesarios los sucesos apocalípticos de la Revolución para que Uds. conocieran la tierra de sus mayores. ¿No es esto penoso?». Siguió una enumeración de las mujeres españolas que, a su juicio, encarnaban el ideal de «aristocracia instintiva», de «sentido de la dignidad de la vida» que caracterizaba al pueblo español y estaba en el corazón del proyecto republicano.3

La defensa de la República asumía el carácter de un proyecto pedagógico por medio del cual el pueblo americano era invitado a asumir el ideal popular «de sus mayores» y a reconocer el carácter derivativo de su cultura. Todavía en una entrevista de mayo de 1937, cuando la pareja se preparaba para regresar a su patria, Rodríguez Aldave se dijo satisfecho porque «desde que se inició la guerra española contra el fascismo internacional, España está reconquistando espiritualmente América».4

Y sin embargo, ya para entonces algo había cambiado en María. La pensadora española se había sumergido en la poesía de Huidobro, de Rokha, Neruda y otros amigos de la causa republicana. En su epílogo a la antología Madre España, Zambrano escribió que su patria era apenas «una promesa, algo en lo que pesa más la tarea por hacer, que su largo pasado ya hecho»; que podía llamarse a sí misma madre porque «todos los hombres cuyo corazón está abierto al futuro se sienten hoy hijos de España».5

En los breves meses de la estancia chilena, la España «madre y maestra» se reveló capaz de incubar una variedad particularmente peligrosa de fascismo. La amorosa confianza en la vida, que según Ortega había ayudado a crear una racionalidad propiamente española, dio paso, en aquellos meses, al descubrimiento de que el fascismo se nutría de las fuerzas vitales negadas por la cultura europea, y de hecho significaba el triunfo de la pulsión vital a través del canal expresivo del resentimiento.6 Así se rompió el optimismo con que Zambrano veía la capacidad de España para ejercer una función magisterial sobre América. Atrapado en el resentimiento, el pueblo español no se conocía a sí mismo, y por ello sus fuerzas espirituales eran fácilmente captadas por la desesperación fascista. Casi disculpándose, escribió a su regreso: «¿A qué negar que los españoles, vueltos de espaldas, como estábamos, a nuestro propio ser, lo estábamos también hacia América?»

América era ahora vista con mayor humildad: en sus voces había apenas «un eco» que la había llevado al encuentro con «todo un pueblo con el que compartía algo muy mío». Anticipando el exilio, América era dibujada como «algo que por privilegio nos quedaba cuando ya no quedaba nada; un mundo hacia donde volverse cuando ya la vida en el país se hacía imposible de vivir».7

Entonces María recibió un regalo a través de la poesía de Neruda. Gracias a ella, esa caída de certezas se fue acompañando del redescubrimiento de lo sagrado. En el volumen final de Hora de España, dedicó un bello comentario a Residencia en la tierra.8 Además le dedicó al poeta «La tierra de Arauco», crónica ensoñada de su estancia en Chile.

En los poemas de Residencia en la tierra emergió lo que años más tarde María nombraría, aristotélicamente, como physis: la realidad vivida que se revela como materia sagrada. Refiriéndose a la poesía de Neruda, escribió que «entrar en ella es entrar en un mundo, sumergirse en un mundo, tan denso, tan material y consistente, que nos da un poco de miedo (…). Miedo de dejar de ser lo que somos para quedar dentro de ella devorados por su avidez de crecer, de ser más y más».9 María estaba buscando en la poesía española una filosofía a la que primero le dio el nombre de «materialismo español». Sin embargo, lo develado por Neruda era más peligroso. En su exilio mexicano, Zambrano comenzaría a trabajar en un manuscrito llamado Filosofía y cristianismo, que con los años se convertiría en El hombre y lo divino.10 Allí desarrollaría la dialéctica entre la physis «sagrada», que devora y pide ser devorada, y su enmascaramiento «divino», intento de domar a lo sagrado dándole una forma y un rostro. Estos temas aparecen apuntados ya en ese hermoso comentario de la poesía de Neruda, que ofrecía la revelación de una vida indómita.

Tampoco se mantuvo indemne la certeza en la utopía americana. Ella aparece como recuerdo de la redacción de Filosofía y poesía, uno de los dos libros gemelos que Zambrano escribió después de su huída de España en 1939. El 20 de febrero de ese año, la legación mexicana en París recibió un telegrama dirigido por La Casa de España en México: para esos momentos, la Casa ya estaba rebasada por la constante solicitud de exiliados que necesitaban trabajo, pero se habría abierto una oportunidad para recibir a María. El marxista argentino Aníbal Ponce había muerto en un accidente, y con ello la Universidad Michoacana de San Nicolás Hidalgo se había quedado sin un profesor que diera las materias de filosofía.11

En el prólogo añadido por Zambrano a la edición de 1987, la autora evocó ese «otoño de indecible belleza», cuando escribió aquel libro en homenaje a la Universidad Michoacana. Contó que, en medio de una tremenda soledad, ella había persistido escribiendo ese libro porque sí, por vocación de utopía, de «belleza irrenunciable», de fidelidad al mandato de «la espada del destino de un ángel que nos conduce hacia aquello que sabemos imposible».12

Lo que en ese momento parecía imposible era su propia vocación filosófica. Las cartas con Alfonso Reyes y Waldo Frank dan cuenta a cabalidad de la miserable experiencia de la pareja en México. Todavía durante la guerra, la asunción de la presidencia de la República por parte de Negrín había llevado a la persecución de los izquierdistas disidentes. Durante el exilio, esa dirección llevó a la quiebra de solidaridades. Zambrano se quejó con tristeza de cómo Bergamín, su antiguo amigo, parecía seguir incondicionalmente las directivas de Negrín, con lo que ella y otros heterodoxos estaban quedando aislados de la vida cultural del exilio. También describió su tristeza, que su cuerpo traducía en una constante enfermedad, y su «vida de ermitaño verdadero, sin más palabras que las de la clase y las que cambio con los alumnos de la Universidad». Poco después de su salida de Morelia se dibujó como una nueva Antígona: «no volveré a México seguramente; sufrí mucho allí. Morelia es una tumba donde estuve a punto de enloquecer».13

Las cartas a Reyes son elocuentes respecto de la excesiva carga de trabajo impuesta a Zambrano, el silencio con que sus colegas recibieron sus aportaciones y el constante ninguneo con el que la Casa de España respondió a sus solicitudes del material bibliográfico indispensable para los cursos que se le habían confiado.14 Al mismo tiempo, ellas muestran el fervor que despertaba entre los jóvenes estudiantes michoacanos, un fervor compartido por los asistentes a las conferencias que dieron origen a Pensamiento y poesía en la vida española, el libro gemelo de Filosofía y poesía.

La utopía volvió, de forma mucho más tímida, en un librito publicado en Cuba en 1940, a donde había ido para dar unas conferencias interrumpidas por la enfermedad. Allí se quedó al saber que la Universidad Michoacana le había rescindido el contrato por haberse visto incapaz de regresar a sus clases a tiempo.15 Isla de Puerto Rico. Nostalgia y esperanza de un mundo mejor abrió una veta que Zambrano sólo exploraría en sus textos tardíos. Cuando la historia se ha convertido en un altar de sacrificios donde se inmola a los jóvenes, cuando la contextura misma del sentido aparece rota, lo mismo que la vida colectiva, aparece también la posibilidad de una isla habitada en común donde puede vivirse una vida «acordada» en el doble sentido de «convenida con otras personas» y «afinada con el corazón». Es la isla, donde las palabras aún no han sido prostituidas y por ello resuenan con pureza.16

Añadió Zambrano que todos hemos sido habitantes eventuales de islas que emergieron de repente, mientras bregábamos en la tormenta de la historia. A veces descubrimos que habitamos dichas islas porque su eco emerge, como desde una distancia lejana, desde algo que es aún anterior al recuerdo: se hace presente en nosotros como forma de consuelo, y sin embargo puede vivirse sólo cuando, desgarrados por la historia, nos abrimos con alegría a la experiencia de lo nuevo.

Así se cerró un círculo y se consumó una metamorfosis. María fue abandonada por su esposo y se quedó en Cuba, donde encontró amigos verdaderos. Lo que comenzó como deseo de Reconquista se volvió humilde descubrimiento de la materia sagrada. Lo que parecía, en un primer momento, encarnación de la España eterna, tomó la forma de un refugio eventual donde algunos perseguidos pueden resguardarse de la tormenta de la historia. Pero quizá ni siquiera eso. Quizá la América encontrada por Zambrano era el eco de un lugar anterior al nacimiento, cuyo recuerdo puede ofrecernos esperanza y consuelo.

1 Jesús Moreno Sanz, «De la razón armada a la razón misericordiosa», en María Zambrano, Los intelectuales en el drama de España y escritos de la guerra civil, Madrid, Trotta, 1998, pp. 49-50.
2 Ernesto Hernández Busto, José Lezama Lima: una biografía. Años de formación (1910-1939), Valencia, Pre-Textos, 2025, pp. 274-276 y 305. Sergio Ugalde Quintana, La biblioteca en la isla. Una lectura de La expresión americana de José Lezama Lima, Madrid, Colibrí, 2011, pp. 97-156.
3 «La mujer española en la revolución. Conversando con María Zambrano de Aldaves (sic.), intelectual española actualmente entre nosotros», en Francisco Martin Cabrero y otros, «María Zambrano y Alfonso Rodríguez Aldave en Chile: algunos artículos olvidados y otros materiales de prensa relacionados con su estancia y actividades en el país andino», Anales del Seminario de Historia de la Filosofía, vol. 42, núm. 1, 2025, p. 177.
4 «Va a luchar por los leales un diplomático español», en Cabrero y otros, op. cit., p. 189.
5 María Zambrano, «A los poetas chilenos de Madre España», en Madre España, Santiago, Panorama, s.f., pp. 39 y 38.
6 Los intelectuales en el drama de España…, p. 95.
7 Zambrano, «La tierra de Arauco», en Los intelectuales en el drama de España…, pp. 224 y 222.
8 Véase James Valender, «La sacralización de la materia: María Zambrano y Pablo Neruda», en Homenaje a María Zambrano. Estudios y correspondencia, México, El Colegio de México, 1998, pp. 67-80.
9 «Pablo Neruda o el amor a la materia», en ibid., p. 251.
10 Véase el bello trabajo de Francisco Javier Dosil Mancilla, «El exilio de María Zambrano en Morelia: la gestación de la razón poética», en Los refugiados españoles y la cultura mexicana, México-Madrid, El Colegio de México-Residencia de Estudiantes, 2010, pp. 237-260.
11 Véase Moreno Sanz, op. cit., pp. 53-55, de quien viene la idea de los «libros gemelos», y Dosil, op. cit., pp. 242-245.
12 Filosofía y poesía, México, FCE, 2005, p. 11.
13 Zambrano a Frank, 27 de octubre de 1937 y 8 de febrero de 1940, en María I. Elizalde Frez, «16 cartas inéditas de María Zambrano a Waldo Frank», Revista de Hispanismo Filosófico, núm. 12, 2012, pp. 115-139. Como muestra el epistolario recopilado por Nigel Dennis, sólo en 1957 Bergamín pudo reencontrarse con Zambrano.
14 Véanse la carta de Reyes a Zambrano del 28 de abril de 1939, así como las de Zambrano a Reyes del 17 de mayo, 2, 3 y 12 de julio, 22 de agosto y 21 de octubre de 1939, en Días de exilio. Correspondencia entre María Zambrano y Alfonso Reyes 1939-1945, ed. Enríquez Perea, México, Taurus, 2005.
15 Dosil, op. cit., pp. 257-259.
16 Isla de Puerto Rico. Nostalgia y esperanza de un mundo mejor, Madrid, Vaso Roto, 2017, pp. 32-33.