El registro de la vida republicana
La situación de guerra, y más aún la del exilio, imponen la consciente necesidad de transmitir la propia experiencia para trascender la tragedia: cartas, diarios, fotografías y publicaciones periódicas se realizan para mantener la ilusión de continuidad, para compartir el «aquí sigo o aquí seguimos», para construir un horizonte común, para combatir los horrores de la muerte en el campo de guerra o en el territorio ajeno.
Aunque existieron muchas revistas y publicaciones periódicas en el contexto del exilio provocado por la guerra civil española, tres experiencias editoriales me parecen representativas de este impulso: Barraca, Desde el Rosellón y los diarios publicados en las travesías trasatlánticas, como Sinaia. Diario de la Primera Expedición de Republicanos Españoles a México, Ipanema. Diario a Bordo, o Mexique. Diario de a Bordo de la Tercera Expedición de Republicanos Españoles a México.
Las dos primeras fueron realizadas a mano en el campo de concentración de Argelès-sur-Mer, al sur de Francia, de junio a octubre de 1939. Los diarios marítimos, el primero fechado el 26 de mayo de 1939, fueron hechos en máquina de escribir y reproducidos en mimeógrafo durante los trayectos de las costas francesas a las mexicanas.
Barraca y Desde el Rosellón comparten el mismo equipo de redacción: un grupo de doce artistas y periodistas que se abocaron a consignar, en un total de siete meses, tanto las noticias de lo que ocurría en el campo como reflexiones, perfiles, poemas o artículos relacionados con la guerra, el arte, el destierro, la República y el territorio españoles. Ambas publicaciones eran hechas a mano y el trabajo tipográfico en las cabezas, las viñetas y la maquetación —que se asemejaba a la de una revista impresa— son particularmente destacables. Barraca tuvo un único número de quince copias. Más adelante, el grupo fue apoyado por el Sr. Peix, un habitante de la zona del Rosellón, quien les ofreció un espacio en el castillo de Valmy, donde pudieron trabajar en mejores condiciones. Es ahí donde cambia el nombre de la publicación a Desde el Rosellón, con el subtítulo «Álbum artístico literario», y donde el tiraje aumenta inicialmente a veinte copias y más tarde a veinticinco por número, todas hechas colectivamente. En total, realizaron cinco números de esta segunda revista. Entre los creadores de estas publicaciones, habitantes de la barraca número 14 del campo de concentración, se encontraban Carlos Conesa Viñas, el pintor Gilberto Corbi Murgui y mi tío abuelo José Atienza Toledo —uno de los líderes del grupo y redactor en jefe, quien antes de la guerra formó parte de las Misiones Pedagógicas y más adelante participó en la fundación de la Unión de Intelectuales Españoles.
Los diarios marítimos, en cambio, fueron financiados por el Gobierno republicano como instrumentos de comunicación, instrucción y entretenimiento dentro de los buques mercantes que transportaron a los refugiados.1 Por ejemplo, en la entrada del primer número del Ipanema (en total fueron veintiséis) se reprodujo «El adiós del SERE2 a los emigrantes del Ipanema», un texto firmado por F. de Azcárate, presidente del Servicio de Evacuación, que entre otras cosas llamaba a «conservar y mantener la unión firme e indestructible entre todos» y a ser conscientes de que los exiliados llevaban a México «una especie de representación moral y simbólica de nuestra España. De una España independiente, libre, progresiva y abierta a todas las exigencias de una estricta y rigurosa justicia social».
Tanto en los diarios marítimos como en las otras dos publicaciones se materializa la confianza en el trabajo cultural como el único medio de continuar la lucha emprendida en España. «Trabajar por la cultura es trabajar por la vida», sostendría el artista, editor y diseñador gráfico Vicente Rojo en su discurso de ingreso a El Colegio Nacional, «pero siempre y cuando la cultura no sea la visión superficial de quienes se creen poseedores de la verdad y hacen de ello un privilegio, sino que signifique la práctica permanente de la civilidad, donde lo personal y lo colectivo encuentran su equilibrio»3, continuaría.
Los tres proyectos editoriales apuntaban no solo a construir horizontes de sobrevivencia, sino también a articular «comunidades de ideas comunes», una de las consecuencias más importantes de la imprenta y de la reproducción seriada. Consecuencia que, lejos de anclar los universos lectores en los lazos familiares, gremiales, religiosos o incluso de clase, los sitúa, siguiendo a Gabriel Zaid, en el espacio del anonimato de la interpretación común de la realidad, en «la vida o militancia comunes para realizar ideas comunes»4; es decir, en la libertad y en el espacio de lo público.
Dos maneras de editar el exilio
En el contexto del exilio español en México, dos editoriales resultan significativas en los primeros años de la llegada republicana al país: el Fondo de Cultura Económica (FCE) y Séneca, aventuras editoriales contrapuestas que ilustran las implicaciones e impacto del exilio en estas latitudes.
El fce era una empresa del Estado mexicano que acogió a diferentes personalidades de la academia y pensamiento republicanos para trabajar y desarrollarse en sus filas, ya sea por solidaridad y ayuda humanitaria, o bien para aportar al enriquecimiento cultural de México a través de colaboraciones.5 En un primer momento era una editorial dedicada a la publicación de textos de economía, con la misión de que en México se fueran profesionalizando los estudiantes que cursaran esa carrera para ayudar al país que estaba saliendo del conflicto de la Revolución. En una segunda etapa se abrieron colecciones de filosofía e historia.
Por su parte, Séneca fue fundada por exiliados republicanos bajo el cobijo de la Junta de Cultura Española y sostenida gracias a los apoyos financieros del Servicio de Evacuación de Refugiados (SERE) y el Comité Técnico de Apoyo a los Republicanos Españoles (CTARE); desde su fundación, debida principalmente a José Bergamín, Emilio Prados y Juan Larrea, se concibió como una iniciativa de resistencia moral y cultural, con un anclaje identitario en el país de origen, que nunca logró ser viable económicamente. Si el equipo español del fce profundizó su actividad personal y ayudó a profesionalizar y robustecer la aventura editorial iniciada por Daniel Cosío Villegas, con el apoyo de Alfonso Reyes (ambas figuras esenciales para la acogida de los españoles en el país, con la fundación de La Casa de España en México —hoy El Colegio de México— y la inclusión de los académicos transterrados en la Universidad Nacional Autónoma de México), el equipo de Séneca nunca vio en su actividad una vía de permanencia o arraigo a México; por el contrario, concebían a la editorial como parte de una estrategia de reconquista de España, como la retaguardia desde la cual podían contribuir a la caída del dictador.
Podríamos decir que la experiencia del Fondo representó un nuevo mestizaje llevado a cabo en la república de los libros. Fue en ellos, a través de sus páginas y los intereses comunes, que figuras como Cosío Villegas y Reyes, Manuel Gómez Morin, Adolfo Prieto, Salvador Novo o Antonio Castro Leal se entremezclaron con Enrique Díez-Canedo, Eugenio Ímaz, Manuel Giner de los Ríos, José Gaos, José Moreno Villa o Wenceslao Roces, entre muchos otros de un lado y otro del Atlántico, con la idea de construir un catálogo que resultara útil «para remediar la crisis espiritual que se padecía en todos los territorios del mundo».6 Un mestizaje que apostaba por la construcción de una nueva vida pública, congruente con el proyecto cardenista, moderna y antifascista.
Fue así que desde el fce se comenzaron a traducir y publicar títulos hoy clásicos en las ciencias sociales y las humanidades: Marx, Weber, Heidegger, Dewey, Comte, Frazer; filósofos, economistas, sociólogos, antropólogos, historiadores que proyectaban un espíritu crítico y libertador, plural y moderno. La efervescencia intelectual de aquellos años en las oficinas de la calle Madero, tan lejana al oscurantismo instalado en España y promovida por el músculo cardenista, hizo de esa editorial un referente iberoamericano. Y no sólo eso, gracias a la influencia de Alfonso Reyes, la editorial también se abrió a la literatura y el ensayo, primero publicando a algunos autores de La Casa de España y a escritores mexicanos en la colección Tezontle7 (como a Max Aub, Pedro Garfias, Carlos Pellicer o al propio Cosío Villegas), hasta que en 1952, ya bajo la dirección de Arnaldo Orfila Reynal, crea la colección Letras Mexicanas, que verá entre varias de sus obras insignes la primera edición de Pedro Páramo, de Juan Rulfo.
Por su parte, Séneca ganó prestigio por las ediciones que hizo del Quijote —la primera realizada en América—, de Antonio Machado (particularmente de su Juan de Mairena, para entonces ya prohibido en España), Federico García Lorca (la primera edición de Poeta en Nueva York), Rafael Alberti, Luis Cernuda, César Vallejo o San Juan de la Cruz, además de la antología literaria Laurel (que contó con la participación de Juan Gil Albert, Emilio Prados, Octavio Paz y Xavier Villaurrutia) y de Antología del pensamiento de la lengua española en la edad contemporánea, realizada por José Gaos. Estas, entre otras publicaciones, evidencian otra de las fragilidades de Séneca: si bien el Fondo estaba concebido para los jóvenes estudiantes y profesionistas que necesitaban «obras útiles» y accesibles para construir un nuevo mundo, Séneca apostó por la «proyección cultural hispanoamericana que, para entonces, resultaba profundamente anacrónica y disfuncional».8 El lector al que se dirigía era escaso y requería de un poder adquisitivo alto, elementos que, sumados a las pocas librerías de interés general que existían en el país, abonaron a la quiebra de la editorial.
Más allá de los diferentes orígenes y programas de ambas editoriales, me importa destacar que una de las principales características de muchos de los refugiados vinculados al fce fue su arraigo al país de acogida, un territorio en el que pudieron seguir luchando por la construcción de una patria libre y justa (fuera esta España, México o América Latina), donde se pudieron desarrollar profesionalmente, y donde sus intereses se diversificaron y enriquecieron, como lo muestran diferentes iniciativas editoriales desarrolladas por algunos de ellos, como la fundación de Joaquín Mortiz, por Joaquín Díez-Canedo Manteca, que se convertiría en uno de los sellos más importantes e influyentes de México, integrando en su catálogo a figuras como Octavio Paz, Carlos Fuentes, Rosario Castellanos, José Agustín, Elena Garro y Jorge Ibargüengoitia, entre muchos otros. Séneca corrió con otra suerte. Pocos años después de su fundación colapsaría y su fundador, José Bergamín, también responsable de la importante revista España Peregrina, continuaría el recorrido de su exilio en Uruguay y Francia, para luego regresar a España, donde mantuvo su oposición.
Otros protagonistas, otras vicisitudes
Sería imposible cubrir en este espacio todas las iniciativas editoriales del exilio español en México y a sus protagonistas. Quiero, sin embargo, detenerme un momento en la influencia de dos diseñadores que revolucionaron la manera de concebir el espacio del libro en el país: Miguel Prieto, quien instauró una nueva estética en el diseño editorial, y Vicente Rojo, su discípulo, a quien le debemos la revolución gráfica de la segunda mitad del siglo xx mexicano. Prieto, de origen escultor y pintor, fundador de la compañía de títeres La Tarumba y colaborador, entre otros, de García Lorca y Alberti, desarrolló en México un estilo gráfico innovador, funcional y barroco, afín con el espíritu modernizador de aquellos años. Un estilo que aprovechó las limitaciones tipográficas y técnicas de la época para crear un entramado espacial eficiente y cautivador en las publicaciones periódicas y editoriales en las que se involucró. Ejemplo de ello son el suplemento México en la Cultura, del diario Novedades, o las publicaciones y carteles del Instituto Nacional de Bellas Artes (INBA).
Vicente Rojo, por su parte, comenzó su vida profesional en la Oficina de Ediciones del inba, donde aprendió de Prieto el uso, y el truco, de la mezcla tipográfica; compuso carteles y portadas en las que desplegó su arte gráfico; alimentó a la Imprenta Madero —de la que surgieron los diseñadores gráficos más influyentes de la segunda mitad del siglo xx en México— y se formó como el gran portadista, editorialista visual y diseñador que fue: de sellos como la Serie del Volador, de Joaquín Mortiz; de revistas como Artes de México o la Revista de la Universidad; de editoriales como Ediciones Era, de la que fue además cofundador y editor. Con Prieto y Rojo se inaugura un estilo muy propio del diseño editorial mexicano que sigue impactando hasta nuestros días.
Miguel Prieto falleció prematuramente a causa de un cáncer. Poco antes de morir, el astrónomo Guillermo Haro lo invita a pintar un mural en el Observatorio Astrofísico de Tonantzintla. Ahí pasa largas jornadas y encuentra, en el silencio astral y los paisajes semidesérticos, la conciencia de una vida marcada por el desgarro y consagrada al acto creativo de la comunicación. Cabe recordar el famoso pasaje ocurrido en la Universidad de Salamanca en 1936 donde Miguel de Unamuno defiende la búsqueda de la verdad cuando enuncia «¡Venceréis, pero no convenceréis!», ante la proclama del general falangista Millán-Astray: «¡Viva la muerte, muera la inteligencia!». Miguel Prieto, como tantos otros, apostaron siempre por la inteligencia.
Ante su muerte, Josep Renau diría: «Su vida no fue ni más ni menos que esto: el drama vivo de España».
¿Pero qué otros matices hubo en ese «drama vivo español»? Además de la necrofilia y sinrazón falangistas, existieron contradicciones irreconciliables entre los propios refugiados. Otras formas de violencias y negación, ancladas muchas de ellas en militancias dogmáticas y en protagonismos ciegos. No puedo terminar estas páginas sin recuperar una historia familiar vinculada a Wenceslao Roces, entonces miembro del Comité Central del Partido Comunista Español (PCE) en México, académico en la Universidad Nacional y, como ya señalé anteriormente, uno de los traductores más activos del FCE, a quien se le deben, entre otras obras, las traducciones de El capital, de Marx, y de Fenomenología del Espíritu, de Hegel.
Mi abuela paterna, Josefina Valverde Carbajal, asturiana al igual que Roces, fue una de las llamadas niñas de Rusia a las que, por intermediación del PCE, sus padres sacaron de España al inicio de la guerra civil para evitar que sufrieran los horrores del conflicto fratricida. Lo que en principio sería pasajero, se tradujo en una separación de diez años, al final sin comunicación alguna, en los que se atravesaron la Segunda Guerra mundial y el exilio de mis bisabuelos, Francisco Valverde y Arsenia Carbajal, a México. Sin perder la esperanza de reencontrarse con su hija, y aún militantes comprometidos con la lucha comunista, entre 1946 y 1947 supieron que seguía viva. Ante la noticia, acudieron al partido y a Roces para encontrar un modo de traerla a América y reunirse nuevamente. La respuesta fue otra. Wenceslao Roces acusó a Francisco de traidor por querer sacar a su hija de la Unión Soviética y le negó todo apoyo. Si en España la imposición violenta de las oligarquías, el ejército y el clero habían fracturado a la familia, ahora, en México, el autoritarismo dogmático y la falta de civilidad los golpeaban desde el interior de la organización política a la que habían consagrado su vida. Otro drama vivo español. Después de romper en pedazos la acreditación del partido, lograron contactar a su hija por intermediación del embajador mexicano en la urss y traerla a México.
Paradójicamente, en ese mismo barco venía a México la hija de Wenceslao Roces.
El paisajista de la frontera
Cuenta mi tío, Carlos Atienza, que Gilberto Corbi Murgui solía ir de vacaciones con su familia, mujer e hijos, a la frontera española. «Montaba su caballete del lado francés y dedicaba sus veraneos a pintar los paisajes españoles que él veía desde el límite de la frontera». Aunque no dudo que las obras sean sobrecogedoras, me cautiva especialmente la imagen de ese hombre que obsesivamente visita el límite de la tierra de la que fue expulsado para observarla y registrarla, para reinventarla, como si con ese gesto se resolvieran la privación y el despojo; como si con sus variaciones se trazara un nuevo horizonte. Creo que un poco de eso podemos encontrar en las aventuras editoriales del destierro: una forma de seguir en casa, una manera de construir una casa para todos.
1. Aproximadamente veinte mil exiliados españoles llegaron a las costas veracruzanas entre 1939 y 1942.
2. Siglas del Servicio de Evacuación de Refugiados Españoles, dependiente del Gobierno republicano español.
3. Vicente Rojo, Los sueños compartidos, El Colegio Nacional, México, 1995, p. 20.
4. Gabriel Zaid, Imprenta y vida pública, El Colegio Nacional, México, 2023, p. 18.
5. Es importante comprender que la ayuda brindada por el gobierno de Lázaro Cárdenas a los exiliados españoles respondió tanto a una afinidad ideológica y política (recordemos que México fue el único país que nunca reconoció al Gobierno franquista y que siempre defendió a la Segunda República española en las instancias internacionales) como a un cálculo político en el que Cárdenas identificó un beneficio nacional en la acogida de aquellos hombres y mujeres desterrados. «A México llegaron refugiados originarios de toda la península, de diversas edades, posturas políticas y ocupaciones, de ambos sexos. El general Cárdenas había establecido que la composición debía ser del sesenta por ciento campesinos, el treinta por ciento obreros y técnicos calificados y el diez por ciento intelectuales. Su sucesor, el presidente Manuel Ávila Camacho, ratificó estas indicaciones. Pero no fue así: llegaron muchos de los hombres y mujeres mejor preparados de España, que habían protagonizado el florecimiento cultural y científico de las primeras décadas del siglo XX». Dolores Pla Brugat, El exilio español en México y su legado cultural, El Colegio de México, México, 2015, p. 100.
6. Javier Garciadiego, El Fondo, La Casa y la introducción del pensamiento moderno en México, FCE, México, 2016, p. 32.
7. Originalmente bautizada como Cenzontle, haciendo alusión al pájaro, pero una confusión telefónica en el momento de la impresión del primer título la convirtió en Tezontle, nombre que evoca la piedra volcánica roja de México.
8. Víctor Díaz Arciniega, “Séneca, una casa para la resistencia”, en Armida González de la Vara y Álvaro Matute (coords.), El exilio español y el mundo de los libros, Universidad de Guadalajara, Guadalajara, 2002, p. 187.