1. Accidentes biográficos
En Pere Calders confluyen un prolongado exilio en México y una ironía depurada. Como en tantos otros refugiados de esa construcción política, de fronteras intangibles, que algunos se obstinan en llamar España y otros en no reconocer como su país, también confluye la vocación literaria. Cualquier comentario sobre el asunto de España sobra, al menos viniendo de mí: un mexicano que no tiene más vínculo con ella que un tatarabuelo santanderino, los apellidos y un accidente de índole biográfico.
Verán: un día por allá de 1990, cuando mis padres buscaban un colegio donde inscribirme, pasaron por casualidad frente al Luis Vives. Sabían que era laico y que, al haber sido fundado por refugiados españoles —cincuenta años atrás— profesaba una «educación de tipo liberal», vayan a saber ustedes qué significa eso. Mi madre, que los sábados me llevaba a catecismo y los domingos a misa, pensó que era buena idea contrastar mi educación inscribiéndome en aquel colegio del que había escuchado cosas buenas, y sembró en mí una contradicción que hoy considero constitutiva.
Con la instrucción formal aprendería a cantar el himno republicano español y «Caminante no hay camino» de Joan Manuel Serrat; a admirar a Lázaro Cárdenas, el presidente mexicano que recibió al exilio, e incluso formé parte de la escolta que los días 14 de abril —día de la República española— caminaba con la bandera roja, amarilla y morada por el patio de la escuela. Algunos compañeros eran nietos del exilio español; con ellos aprendí a conjugar la segunda persona del plural en vosotros y a leer la poesía de la Generación del 27. Más simbólico aún es que los cimientos de mi educación política comenzaron a fraguarse entonces y, desde entonces, corresponden a un tiempo que no viví y a una patria —incómoda palabra— que no es la mía.
Supongo que por ello suelo emprender ambiciosos proyectos literarios vinculados con la guerra civil española y sus consecuencias de cuando en cuando. Debido a que España me provoca algo así como una extrañeza familiar, supongo también, no llego a concluirlos. Cuando miro en mis repisas los libros de Calders —uno de los escritores exiliados que más me interesan— suelo preguntarme qué accidentes biográficos habrán perfilado su peculiar visión de México, un país por el que debió sentir una extrañeza familiar de igual modo, aunque él sí concluyera sus muy incómodos proyectos mexicanos.
2. Una breve semblanza
Pere Calders nació en Barcelona en 1912, el año en que se hundió el Titanic; un hecho que a él mismo le gustaba resaltar. Fotógrafo, publicista, dibujante y narrador, a los 27 años, antes de salir al exilio, ya había escrito un libro de cuentos, dos novelas e incluso una crónica de la guerra civil española —donde fue voluntario del cuerpo de Carabineros del ejército de la República.
En México colaboró en las muy dignas revistas literarias que, desde la trinchera editorial, resistieron al silenciamiento del idioma catalán promovido por Franco a la lejanía. Calders mismo financió y editó Fascicles Literaris por seis números y, aunque casi nadie hablaba su lengua en el extraño país de acogida, él y otros autores catalanes decidieron utilizarla para escribir sobre o desde México, donde afirmaban vivir en la «transitoriedad»; Pere Calders acabaría haciéndolo por 23 años, de 1939 a 1962 y, en una entrevista, al hablar sobre sus años en el exilio, dijo: «Trabajaba con catalanes, vivía con catalanes, convivía con catalanes, el contacto con los mexicanos era muy superficial».
Mientras colaboraba en editoriales y agencias publicitarias de México, Calders escribió —dicen— sus mejores páginas. Su obra comenzaba a difundirse en Cataluña con timidez. Cuando la editorial UTEHA, en la que trabajaba, abrió una sucursal en Barcelona, Calders puso fin al exilio. Adujo, cuentan, que sus hijos rondaban la adolescencia y corrían el riesgo de querer más a México que a la tierra de sus padres; Pere Calders se había casado, en México, en segundas nupcias, con una catalana, claro está. El autor de La sombra del maguey regresó con su familia a su natal territorio a los cincuenta años. «He visto más indígenas de montaña que pescadores mediterráneos. Para un catalán, eso es una barbaridad». Siguió escribiendo y llegó a recolectar el tardío reconocimiento que, según algunos —yo entre ellos— merece. Al final de su vida había escrito cinco compilaciones de cuentos, cinco novelas y las crónicas sobre la guerra civil.
3. Un debate
Los estudiosos de Calders suelen provocar un debate muy curioso que traigo a colación: dentro de los textos que escribió, ¿cuáles —se preguntan— corresponden a su obra mexicana? Algunos dicen, y supongo que no les falta razón, que aquellos en los que aparecen personajes mexicanos. Otros dicen, y supongo que tampoco les falta razón, que tanto aquellos en los que aparecen personajes mexicanos como aquellos que fueron escritos en México y, para demostrarlo, esgrimen un argumento de naturaleza pertinaz: Calders habría conocido en México el «desconcierto de oficio ante la realidad» que inspiraría su obra a partir de entonces.
Este segundo argumento me gusta, además de por subjetivo, por rocambolesco: ¿qué significa «desconcierto de oficio ante la realidad»? No estoy seguro, pero es tan vago que me siento en libertad de proponer una teoría. «Desconcierto de oficio», siempre según yo —y a la incómoda luz de los cuentos con personajes mexicanos de Calders— vendría a ser algo así como arrojar ironía en el lugar más cruel posible para desconcertar al lector mexicano por el resto de su vida.
La obra mexicana de Calders, según él mismo, no es vasta. Cuando le preguntaban sobre ello decía, en primer lugar: «He publicado una setentena de cuentos de los cuales apenas cinco tratan tema mexicano». Un argumento, aunque preciso, parcial, si se toma en cuenta que escribió cinco novelas y dos de ellas también «tratan tema mexicano». En segundo lugar, y sobre la posible influencia que México habría tenido en sus textos, decía: «Mi obra, sin la estancia en México, habría sido diferente, pero no a causa del país que me acogió, sino por el hecho de haberme marchado del mío: no fue México lo que influyó en ella, sino la añoranza y, como consecuencia, un deseo de evasión, de huir de la dura realidad de cada día».
En aquel argumento, que resta importancia al país de acogida, estriba —según yo— el denominado «desconcierto de oficio». Por un lado, sus resistencias culturales le impidieron siquiera tratar de comprender a las personas que lo rodeaban. Por otro lado, el vasto ingenio literario de Calders y su afinado instinto irónico le permitieron expresar esa por demás legítima incomprensión de una forma excepcional. En una carta a un amigo, escribió: «Uno de los dramas de la vida en México es que, tras veintiún años de vivir aquí, no tenemos ningún amigo mexicano. […] entre la gente del país y nosotros no hay casi nada en común».
Mi orgullo nacional es distendido por Calders: ¿ni un amigo mexicano en 21 años? Aquí es fácil hacer amigos, por lo menos más que en Cataluña, la verdad. Sin embargo, si tuviera que tomar partido en el debate sobre la obra caldersiana, me decantaría por el argumento rocambolesco: a México también debería corresponder todo lo que Calders escribió aquí, y no sólo donde aparezcan personajes mexicanos. Como esa estupenda, absurda y moderna novela: Ronda naval bajo la niebla. Trata de un barco —inspirado en el Titanic— cuya tripulación y cuyos pasajeros deben enfrentar la inaudita circunstancia de haber sido atrapados por una corriente circular que no acaba nunca. La corriente circular bien podría simbolizar a mi absorbente país, ¿o no? Lo importante es que, al leer dicha novela, parece imposible que alguien haya imaginado una manera tan despiadada y luminosa de narrar un naufragio.
4. Distintas maneras de añorar
Todas las decisiones vinculadas a la poesía, y eso lo sabe todo el mundo, resultan enigmáticas. Calders había elegido la Ciudad de México, en vez de Santo Domingo o Santiago de Chile —otras ciudades de América en su posible horizonte—, por un motivo muy peculiar: en ella vivía el poeta catalán Josep Carner, a quien no conocía, pero admiraba profundamente. Carner, a quien llegó a presentarse con una carta de recomendación, lo cobijó ayudándolo a encontrar su primer trabajo. Años después, cuando Pere Calders evocara aquella amistad, escribiría: «Carner había tenido que defenderse de la añoranza [de Cataluña] de la manera que buenamente podía. Me parece que tenía una técnica, un conjunto de fórmulas probadas. En primer lugar, el país en el que se hallaba —fuese el que fuese— siempre era magnífico, lleno de posibilidades, interesante».
En esas palabras, que difícilmente podrían ser leídas como un reproche, Pere Calders sintetizó el asombro que debieron provocarle tanto Carner como otros autores del exilio que se expresaban de México por medio de una desmedida gratitud. Imagino el desconcierto, de oficio o no, que pudo provocarle, por ejemplo, León Felipe, para quien México era el mítico lugar donde sus poéticas palabras —heridas por el exilio— pudieron volver a sostenerse. Y traigo a colación a León Felipe porque —desde luego, es un poeta fascinante— hay un auditorio del Instituto Nacional de Migración que lleva su nombre.
Y traigo también a colación a León Felipe porque, henchido de orgullo nacionalista, suelo leer emocionado las palabras que escribió cuando apenas había terminado la guerra civil española: «México me dio más: amor y hogar. Una mujer y una casa. Una casa que todavía tengo y no me han derribado las bombas», y no puedo evitar preguntarme qué distintas pudieron ser las experiencias mexicanas de dos escritores como León Felipe y Pere Calders, que pertenecieron —ya no digamos al mismo país— al mismo bando en una guerra.
Pero hay un tercer motivo por el cual traer a colación al poeta castellanoleonés. Y este es el que, en verdad, me interesa. Pudo haber estado muy agradecido con el país donde pasaría el resto de sus días, pero, en realidad, escribió relativamente poco al respecto. En un extenso —y encantador— estudio sobre «La huella mexicana en León Felipe», María Luisa Capella Vizcaíno concluyó que esta era, en realidad, exigua: «el resultado lógico de la convivencia de León Felipe en este país». Habría asimilado algunas frases y palabras. Habría anotado algún comentario sobre la Revolución y algún comentario sobre nuestra extraña forma de relacionarnos con la muerte. Poco más. Y entonces no puedo evitar preguntarme qué sería mejor: ¿elevar a México a un lugar inalcanzable, casi mítico —por no decir improbable— en las conversaciones, o comprometerse a escribir lo que asombra de un lugar para bien o para mal?
De repente, y sin que nadie me hubiera provocado, me siento en necesidad de comparar a Felipe con Calders y, lo que resulta más extraño, tomar partido por el segundo a pesar de su polémica manera de ver las cosas. Pero es que cómo no sentirse nostálgico y perplejo con la siguiente descripción de una vecindad defeña:
«La casa tenía tres pisos, en cada uno de los cuales había diez apartamentos, con puertas que daban a los corredores; la estrechez y las familias numerosas impregnaban el edificio de un aire de promiscuidad que a pleno sol tenía la apariencia de la alegría, pero que estaba cuajado de una tristeza sorda, de un espeso fatalismo tribal».
5. La ironía doméstica de Pere Calders
Los defensores de Calders, dentro de los cuales yo no querría encontrarme —no los necesita— aseguran que el autor catalán no era malagradecido con el país que lo acogió durante el exilio. Por el contrario, Calders, aunque irónico y tremendista, era un observador de la realidad mexicana tan agudo como el Buñuel de Los olvidados, el Oscar Lewis de Los hijos de Sánchez o incluso el Octavio Paz de El laberinto de la soledad. Calders habría observado con detenimiento «las realidades menos complacientes de México» y habría puesto, frente al incauto lector de ese país, un espejo curvo en donde todo lo que se refleja estaría «a la vez más lejos y más cerca de nosotros de lo que nos parece». Nuestra cultura no lo habría acogido; le habría sido «impuesta por el destierro» y, siendo así, ¿cómo no iba a escribir sobre ella desde el azoro? Cualquier crítica a su obra mexicana era el resultado de lecturas llevadas a cabo con una «miopía deplorable» —así de enérgicos pueden ser los defensores aludidos.
En España, en Cataluña, hay quien dice que la mirada de Calders, «siempre irónica, nunca cáustica ni amarga, ilumina la diversidad humana», algo difícil de aceptar del otro lado del Atlántico, sobre todo en lo referente a «nunca cáustica ni amarga». Incluso si uno es, como me considero, un mexicano con sentido del humor; a pesar de que uno sea, como Calders me consideraría, un «testarudo mestizo». De la espinosa obra del narrador catalán suelo salir un poco arrobado y un poco escandalizado, llevándome, eso sí, la extraña satisfacción que permanece cuando uno lee un libro incontrovertiblemente bueno.
Acaso el problema estriba en sacralizar a los escritores que admiramos en vez de verlos como lo que son: sujetos atravesados por su espacio y por su tiempo. Ejemplos no necesariamente ejemplares. Quiero decir que la luz «caldersiana» también lo alumbra a él: su obra, sí, mediada por la ironía y por la conciencia del propio extrañamiento, participa, sin proponérselo, de una mirada eurocéntrica de raíz colonial. Antes de vivir en Barcelona por dos años la obra de Calders me parecía, debo decir, contestataria, beligerante en su mordacidad. Luego de dos años en Barcelona terminó pareciéndome, también, producto de una mirada de los latinoamericanos bastante compartida en aquella ciudad del Mediterráneo.
El autor catalán suele tomar distancia de lo que escribe por medio del estilo indirecto libre. Sus narradores suelen rozar la voz de sus personajes sin hacerse cargo de ella. Y a veces, cuando leo, por decir algo, al típico narrador de Calders expresar que unos personajes desposeídos, que viven en los arrabales, «se rieron de una manera contenida, grave, con las simples ganas de quedar bien de la gente que sufre», pienso en eso que he decidido llamar «la verdadera ironía caldersiana»: lo mejor que escribió pertenece a su obra mexicana, y esta sólo podrá ser comprendida a cabalidad, sentida en el fondo, rechazada, asimilada, por uno de esos mexicanos con los que, según él mismo, no tenía «nada en común».
Un hecho paradójico es que Pere Calders, «sagaz de oficio», comenzó a defenderse antes de que alguien criticara sus narraciones mexicanas, por lo menos, en la prensa o el espacio público. No hay registros de que lo hubieran tildado de ingratitud antes de escribir su prólogo a la novela Aquí descansa Nevares. Allí se defiende, tal vez de críticas realizadas en el espacio privado, tal vez del futuro —tal vez, ¿por qué no?, de mí—, escribiendo: «Muchos catalanes en México se han enfadado conmigo por la cuestión del agradecimiento». «Me cuesta creer que mis personajes mexicanos no desprendan una chispa de ternura». Y en eso último el autor catalán tiene razón. Pero no es esa ternura, que puede lindar con la condescendencia, lo que rescato de sus cuentos y novelas mexicanos, sino la irónica chispa que incendia aquello que de verdad importa: siglos de flagrante incomprensión mutua.