POR LUCÍA NAVARRO PLA
Había poetas más que nada a aquella hora
«Hora de España, XXIII», María Zambrano.
Araceli Zambrano (en el centro) y, a su derecha, María Zambrano y su marido Alfonso Rodríguez Aldave, 1937 en Valencia. Archivo Fundación María Zambrano.

Son dos mujeres y tres hombres los que aparecen en la fotografía. Los acompaña un texto, una seña identificativa, una descripción que solo señala Valencia como el enclave que los sitúa en el tiempo. Una Valencia reconocible al instante a los ojos de quien ahí nace y vive, aunque, misteriosa y callada, no se deja revelar; solo intuidos la palmera y los balcones, las cornisas y ventanas altas que de fondo enmarcan las figuras inmortalizadas. Quien ahí nace y vive sabe sin saber, tiene el pálpito que le haría señalar claramente el lugar desde el que las personas sonríen. Es un lugar que transita a menudo. Cuántas veces se ha detenido en el mismo punto que aquella cámara primera.

Es Valencia, sin duda, el enclave que acoge al grupo, los ojos no visibles así lo atestiguan. Desprecia la que nace y vive la seña identificativa. Es 1937, y aun en el tránsito del tiempo que separa aquel ayer del hoy, sigue habiendo el signo indiscutible de la ciudad oro, verde y luminosa. De la luz única y cálida, como cabellos rubios, que se derrama, por orden de la gravedad, hacia el suelo donde los pies caminan. Amparadas por ese mismo cielo tocado por Apolo, la filósofa María Zambrano y su hermana, Araceli, nos devuelven la mirada desde el centro de la fotografía, cogida una del brazo de la otra, tal como luego serán compañeras, más que hermanas, hasta el final de sus vidas. Tantas como muchas exiliadas, se encontraban ahí, tiempo antes, detenidas en esta ciudad, con la flecha del destino augurando clavarse en la dolorosa encrucijada.

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Tras el estallido de la guerra civil española en julio de 1936, y con motivo del avance de las tropas nacionales sobre el frente de Madrid, se había desplazado a Valencia el gobierno de la República. Había sido en noviembre de aquel primer año de contienda. Un viaje de la tierra al mar, de la sierra herida y traicionada a la posibilidad que siempre augura la presencia cercana del azul. Valencia proporcionaba no solo seguridad y una localización estratégica, sino también la posibilidad de continuar con la actividad cultural, de defensa y resistencia de los ideales republicanos. En 1936, en su Hotel Palace, ubicado en la arteria vital que fue la calle de la Paz, se había establecido la Casa de Cultura. Bajo la presidencia del poeta Antonio Machado, este lugar haría en aquellos años de residencia y refugio de los intelectuales que se trasladaron a la capital del Turia.

En aquellos tiempos Valencia era, tal como dijo el poeta alcoyano Juan Gil-Albert en Memorabilia (1975), «el foco intelectual más importante de la nación». Casi como una prolongación natural de la actividad intelectual republicana, con valiosas y trascendentes iniciativas como las de las Misiones Pedagógicas, Valencia había reunido bajo su cielo a aquellos poetas y pensadores que creían en la posibilidad de una vida más ancha, plena e igualitaria. Entre ellos las figuras más relevantes de la literatura, la pintura y otras disciplinas. Son muchos de los nombres que forman parte de la Generación del 27 los que allí siguieron desarrollando su labor intelectual: Rafael Dieste, Ramón Gaya, Luis Cernuda, María Teresa León, Miguel Hernández, Manuel Altolaguirre o José Bergamín, entre muchos otros. Recaería también allí, en aquella arteria del corazón mediterráneo, María Zambrano. Retratada su presencia, su estancia, en esa fotografía lumínica en la que toma con cariño el brazo de su hermana.

De aquel empuje inicial, sostenido por la frescura de la juventud de una generación de escritores, nació a la luz de la lumbre levantina uno de los últimos activos culturales de la Segunda República: la revista Hora de España. Siguiendo la estela de otras como El Mono Azul o Nueva Cultura, fue fundada en enero de 1937 por los mencionados Dieste, Gaya, Gil-Albert y Altolaguirre, junto con Sánchez Barbudo. Su propósito, tal como anunciaban en su primer número, era el de «vivir íntegramente esa hora de España; [para] que la inteligencia reanude sus afanes, mas no ignorante de la hora que vive, sino al revés, para hacerse cargo totalmente de ella, para penetrarla y hacerla (…) inteligible y transparente». Habría desde el principio en su voluntad el compromiso ético de atender al sentido real de las cosas siempre por y para «[e]l servicio de la causa popular».

Simbólico es, por tanto, que la revista fuera inaugurada con fragmentos del Juan de Mairena de Antonio Machado o con el ensayo de Rosa Chacel «Cultura y pueblo». Hora de España, lejos de servir únicamente como lugar de creación intelectual y de propaganda, trataba de aunar calidad literaria, rigor y aliento desde «la nobleza y la hondura en la intención». Era una revista, diría de forma muy acertada y lúcida María Zambrano, «nacida en la guerra, [sin ser] de guerra». Pues su anhelo era el de ir más allá, bordear los confines y fondos para inscribir sentido y esperanza en uno de los episodios más grises de su historia reciente. En particular, la filósofa veleña, que se incorporó a la dirección editorial de esta Hora pocos meses después, vería en este gesto de fundación —sobre el que escribiría años más tarde en «Hora de España, XXIII» (1977)— un nacimiento inexorable: «Obedecer hasta el final el mandato de la luz y del tiempo». Era aquel el instante trascendente —mandato de luz— reclamado por el cisma de su momento vital, el que haría de aquella palabra una, conjunta, un lugar de entrega desde el que pronunciar la defensa de la cultura y la libertad. Entre sus páginas, ella misma exploraría las primeras intuiciones de su pensamiento y de la razón poética, donde filosofía y poesía se conjugan como hermanas de la Verdad, sin despegarse en ningún momento de la crudeza de la realidad social. Una conciencia integradora de la vida sobre la que se cimentaba el corazón de Hora de España. A lo largo de sus números, que a partir de enero de 1938 se comenzarían a editar desde Barcelona, aparecerían artículos y textos de Arturo Serrano Plaja, Rafael Alberti, Ernestina de Champourcin, Concha Méndez o León Felipe. Y de todas aquellas palabras, unas certeras en el cuarto número de la revista: las publicadas por Cernuda en forma de elegía; estos versos salidos de su tiempo, versos presentes aún cada día: «No sabe qué es la vida / Quien jamás alentó bajo la guerra».

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En julio de ese mismo año, aquella Valencia «bajo la guerra» daría comienzo a uno de los acontecimientos más relevantes del mundo de la cultura: el II Congreso Internacional de Escritores para la Defensa de la Cultura, que también tendría lugar en Madrid y Barcelona. La cita inaugural congregaría en la capital de la República a un sinfín de escritores y otros intelectuales venidos del extranjero. En los primeros días de verano, quien hubiera asistido a la primera sesión del congreso, habría encontrado en el edificio del Ayuntamiento un panel con todos los nombres de los escritores represaliados, encabezados por Federico García Lorca, el poeta al que se le vio caminar solo con la muerte, sin miedo a su guadaña. Por la noche, a las diez y media, habría podido asistir al Teatro Principal para presenciar la representación de su Mariana Pineda, a modo de homenaje. Representación que se había pospuesto a causa de un bombardeo el día anterior. Pero esa noche nueva del día 4, quien hubiera, se habría encontrado a Cernuda interpretando sobre el escenario el papel de don Pedro, «envuelto en una capa verde manzana, haciéndonos contener la respiración», escribiría de su memoria años después Gil-Albert. O a Ramón Gaya entre el público, quien luego señaló «la tierna significación que t[enía] (…) el hecho de que un poeta (quien sabe si el más alto poeta actual) representase [aquel papel]». Al terminar la función, le habrían repartido un ejemplar de Homenaje al poeta García Lorca contra su muerte, una de las obras publicadas por los organizadores del Congreso.

Quien hubiera escuchado el latido acelerado y profundo de aquella ciudad, quizá se hubiese cruzado, entre ponencias, visitas al Café Ideal y el terror silencioso de la incertidumbre, con la fuerza vital de la escritora mexicana Elena Garro. Siendo solo una joven de diecinueve años, acompañaba a su marido, el poeta Octavio Paz, junto con el resto de la comitiva intelectual que representaba a su país. Es su mirada, recogida en sus diarios y posteriormente publicados en Memorias de España 1937 (1992), una de las más lúcidas, irreverentes y cercanas que componen el fresco de las personas y las palabras, el hambre y la miseria con la que se convivía aquellos días en la España en guerra. Además de un ejercicio literario preciso y pulido, la obra de Garro nos hace testigos vivos de los espacios en sombra, de la intimidad que solo acontece cuando aquello que se mira es el instante del encuentro, cuando todavía permanece el asombro y la inteligente inocencia en la que escribe. En esas narraciones es cuando los poetas se muestran, lejos de las distancias que incitan los cánones literarios, como seres humanos, solos o juntos, tristes y con miedo, en el frente, protegiéndose frente a un bombardeo, riendo una broma sencilla, tomando, quizá, el sol en la playa en una cotidianeidad vital que no se detiene. Son Elena Garro y Luis Cernuda, «aquel solitario y yo» que todos los días se encuentran en la playa de la Malvarrosa. La ternura de Miguel Hernández al enseñar un retrato de su mujer: «Estaba recién casado y se ponía muy serio al hablar de Josefina». También la visita a Villa Amparo, la casa donde Antonio Machado vivió con su madre en Rocafort hasta abril de 1938. Una estampa goyesca que impresionaría a la escritora mexicana: «Si alguna imagen me quedó de España fue la imagen de la madre de Machado, de pie en aquel comedor por el que zumbaban moscas…».

El Congreso clausuraría sus sesiones en París a finales de julio, y, al poco, la intensa actividad cultural que se había congregado en Valencia también comenzaría a dispersarse. En noviembre de 1937 el gobierno de la República abandonaba la ciudad para trasladarse a Barcelona, y con él también la sede de algunos de sus organismos intelectuales y publicaciones más activos, como fue el caso de Hora de España.

De aquellos días convulsos y nacientes, guarda Valencia solo una placa visible que preside la entrada de lo que fuera, aquellos días ensoñados, su centro irradiante: «Este edificio albergó a los más prestigiosos intelectuales y artistas españoles cuando desde Madrid asediada (1936-39) fueron evacuados a Valencia. Llamose Casa de la Cultura cuyo patronato presidió el poeta Antonio Machado. En testimonio de homenaje».

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Son esas hermanas que nos miran, cogida una del brazo de la otra, las que ahora cruzan la frontera. Han cambiado seguramente la expresión del rostro; hay cansancio y tristeza grave, un corazón compungido por el destino soñado suspendido, aun sin hacerse cargo de la derrota. Vestidas de luto quizá, vestida así les va el alma, porque acaba de morir su padre. En su regazo de caminante, María Zambrano lleva unas pruebas de impresión de aquella última Hora de España. Su número XXIII jamás se llegaría a distribuir hasta muchos años después, encerrado en la imprenta había quedado aquel enero de 1939 en que partía hacia Francia. Las pruebas que lleva consigo la joven María, atravesando la frontera, son las del Mairena póstumo de Antonio Machado, la «última palabra dada» del poeta; una palabra que era también un homenaje a su padre, Blas Zambrano, que había sido un gran amigo de los tiempos de Segovia. Lleva la joven María el sueño y la memoria, los días en Valencia y los días todos, inscritos en la grieta que se abre en aquellos que se saben exiliados. También trae en sus enseres uno de sus textos más hermosos, sobre San Juan de la Cruz, que finalmente habría de ver la luz en la revista argentina Sur. Cruzan al afuera junto con ella, siempre y hasta el final del brazo de su hermana, muchos de los compañeros y amigos que también han soñado y dado su palabra. Muchos, los que viven, marchan a lo incierto, pero, aun con todo lo perdido, guardan latente el ardor de su entrega. A cada paso polvoriento, los acompaña el eco de las palabras que escribiera Federico en su Mariana Pineda. Un sueño y un destino que todavía resuenan, como aquella noche, en las paredes del Teatro Principal: «Libertad de lo alto, libertad verdadera (…) Amor, amor, amor y eternas soledades».

Era como sentirse otra vez en vías de nacer.

Foto de España, 1937. De izq. a der.: José Chávez Morado, Elena Garro, Octavio Paz, José Mancisidor, Pla Beltrán, Fernando y Susana Gamboa y Silvestre Revueltas. Fotografías – Colectivos profesionales y políticos.