
Vengo de la Feria del Libro de Buenos Aires, donde pude escuchar a Coetzee. Ya en Madrid, devoré su Don de Lenguas, una larga conversación entre el autor y la argentina Mariana Dimópulos. En el texto se comenta, una y otra vez, cómo el autor sudafricano decidió redactar una de sus últimas novelas, El polaco, en inglés, para entregársela a Dimópulos, quien haría una versión en castellano que tomaría el lugar del original, y que se publicó en Buenos Aires en 2022. Un año más tarde, El polaco se publicaría en Australia para hacer por fin su aparición en el llamado «Norte global». El juego de malabares de esta decisión tan atrevida como extraña es evidente. Coetzee lleva años preguntándose por el lugar que ocupa el inglés en relación con otras lenguas, e intenta, con esta torsión, abrir un debate apasionante, no sólo sobre lo que significa un fenómeno como el de la traducción, sino también sobre la hegemonía del inglés a escala mundial. La cultura dominante, dice el autor sudafricano, siempre intenta olvidar su relación profunda con la opresión; también el español, continúa, oprimió las lenguas indígenas, y aún lo hace. Coetzee suele iluminar las zonas oscuras pero la apuesta, aunque interesante, no saldrá bien: las editoriales se negarán a reemplazar el original por su traducción.
Permítaseme una pequeña acumulación de citas, que señalan la amplitud geográfica y temporal del tema. Así expone bellamente esta tensión la escritora mexicana Socorro Venegas en Leche de silencio:
Fui privada de mi habla primigenia. Es como si me hubiera perdido de la más real, la auténtica lengua. La que me daría pertenencia entre las mujeres de mi estirpe. La lengua que me ha sido ajena la mayor parte de mi existencia quizá sea lo más mío. Una heredad, algo que me fue quitado.
El náhuatl, una lengua de leche y miel, una sobreviviente. La que más se habla en México, todavía. Existe una palabra para describirla, tomelatlahotl: «nuestra lengua verdadera».
La autora húngara Agota Kristof, en su libro La analfabeta, escribe: «Me dejé en Hungría mi diario de escritura secreta, y también mis primeros poemas. También dejé mis hermanos, mis padres, sin avisarles, sin despedirme de ellos, sin decirles adiós. Pero sobre todo ese día, ese día de finales de noviembre del año 1956, perdí definitivamente mi pertenencia a un pueblo». Clarice Lispector señala que hay en la escritura una «herida fecunda» que convierte el dolor, o la pérdida, en riqueza. Tal podría ser el caso de la autora húngara, en cuya carencia abreva parte de la riqueza de una obra en cuya génesis está la traducción.
Las citas podrían amontonarse, pero detengámonos aquí. Aunque la mayoría de los escritores escribe en su lengua madre, y no hay entonces conflicto más allá de los inherentes a la escritura, es cierto que, cada vez con mayor asiduidad, el problema de esta peculiar «traducción» se plantea y forma parte de la obra. Hablamos de un fenómeno de traducción: una traducción tan peculiar que llevó a Nabokov o a Joseph Conrad, a convertirse en los escritores más importantes en lengua inglesa. Pero no siempre el defecto ha sido visto como virtud. Los antiguos griegos consideraban a todos los que no hablaran su lengua «bárbaros» porque «balbucían»; repetían, a oídos de los ciudadanos de la Hélade, el sonido «br, br».
«Nosotros» y «ellos». El valor de los pronombres. «Nosotros», integra. «Ellos», excluye.
Pero no todo son visiones negativas. Proust avanzó sobre la idea de extranjería y relacionó la incomodidad con el concepto de belleza, sugiriendo que todo escritor debería escribir «como si se tradujera». Esta distancia es la base de mi propia escritura, que se ve obligada, libro tras libro, a cuestionarse a sí misma, y a convertir –o no- mi castellano natal, el argentino, en otro castellano, el que se habla en España.
Lo primero que pienso es que esta situación, a la que tantas horas de pensamiento he dedicado, no es hoy una rareza, pues millones de personas mantienen una doble vida lingüística. Digámoslo de otra manera: los que escribimos en una lengua que no es nuestra lengua madre somos seres contrariados, siempre un poco incómodos; condenados, muchas veces, a no «sentir» las palabras con las que escribimos, puesto que no vinieron con nosotros. En general, y conforme pasan los años, vamos abandonando nuestra lengua de origen, o no coincide con nuestra escritura. Volvemos a ella, casi siempre en la intimidad, cuando enfrentamos un texto, debemos realizar torsiones y tomar caminos que no se plantea siquiera quien escribe en el país en el que nació.
Quizá no son nuestros movimientos tan acrobáticos como el que propuso Coetzee, pero padecen, por decirlo de alguna manera, de dolores similares. ¿Quién soy yo, tantos años después, cuando mi castellano se hibrida? ¿Se mezcla también, por qué no, con otros castellanos, nacidos lejos de la Península? ¿Tengo que elegir entre disolverme en la lengua más fuerte y disolver mi lengua madre, o deberé, en cambio, defenderme de toda influencia? ¿Hasta dónde tengo que llevar mi voluntariosa defensa?
La condición de migrante se presenta como una rareza, como una excepción, pero está clavada en nosotros desde los orígenes. Los antiguos relatos nos cuentan cómo fuimos expulsados de un Edén y lanzados a una tierra donde los peligros se amontonaban. Así, el abandono del lugar donde se nació se asemeja a un castigo. Lejos de nuestro lugar de nacimiento, hay una marca negativa en el hecho de ser extranjero, una desconfianza original.
Sin embargo, es curioso que este relato que, por un lado, nos constituye, nos defina como parias porque, según la Biblia, todos los humanos somos migrantes. Eternos exilados, metecos, seres sin tierra, diaspóricos, foráneos, ninguna palabra parece definirnos de manera demasiado amable. En la tradición, los primeros extranjeros fueron Adán y Eva, expulsados de un supuesto paraíso donde un ángel, con una espada de fuego, cierra la entrada e impide regresar a casa. O sea que, lejos de una rareza, ser trashumantes parece lo normal.
En todo caso, mudarse de tierra, sea por la razón que sea, es una acción poderosa, inaugural. Somos mutantes, pienso, con lo que esto tiene de atractivo y de monstruoso. Mutamos de cuerpo, con el paso del tiempo; mutamos de pareja, de vínculos, de trabajo. Mutamos cada vez que un cambio nos golpea y en esta herida fundacional hay búsqueda y elocuencia. ¿Cómo escribimos, lejos del paraíso, si es que la propia tierra lo es? ¿Qué sucede si nos toca vivir dentro de otra variación del castellano, como es el caso de los latinoamericanos que residimos en España, un país que se percibe a sí mismo como dueño del idioma?
Al fin y al cabo, toda cultura es intercambio y mezcla; este debate se enriquece con temas como la «tierra extranjera», los matices del idioma, los sedimentos de otras culturas, la influencia de las distintas geografías, una sobre la otra. Sobre lo «correcto», y lo que no lo es. El imaginario de quien llega y sus pérdidas. Las fantasías del que emigra y su deseo de agradar. La hostilidad que la emigración genera. La fascinación de los sueños y nuestras pesadillas. La cruda realidad del racismo. La xenofobia. El canon, su sentido (o sinsentido, cuando se vive fuera).
Cuántas veces nosotros, los extranjeros, que hablamos un castellano diferente dentro del castellano oficial de la Academia, debemos soportar que nos repitan «no se dice así», «no te entiendo», o «eso será en tu país». Además, no hay que olvidar que los libros se leen, publican y venden dentro de un sistema de dominación lingüística, a uno y otro lado del océano. Las críticas mojan nuestros textos, sea cual sea la modalidad del castellano que decidamos utilizar, la lengua privada y la literaria se despegan, se desapegan, lo social y lo íntimo transcurren por carreteras diferentes. ¿Causa dolor? En cierta medida, sí. Pero causa, a la vez, cierto sentimiento de superioridad en quien es consciente de que está creando algo nuevo.
Pero pese a esta idea estimulante, es cierto que he perdido mi castellano natal y nunca seré nativa en el castellano en el que escribo: no escribo en una lengua dada, la uso siempre con la conciencia de que soy una extranjera. La uso con prejuicios, y con delicadeza. De manera crítica. Esta lengua que habito es mi manera de ver el mundo. Peso y sopeso las palabras, escribo siempre en una versión subtitulada de mí misma donde el canto del idioma con el que nací permanece y me arrulla, mientras que el castellano peninsular me señala con severidad y me dicta órdenes.
Como dice Socorro Venegas, se han construido imperios mediante la dominación lingüística.
Entonces, adopto una actitud risueña y desobedezco: una lengua, me digo, es un dialecto con un ejército delante. Y me apropio de lo que me viene bien. En algún lugar de este generoso idioma está esperándome la palabra exacta que necesito. Traducirme me aproxima.
Me gustaría contar una experiencia. Este curso, en el Taller de Escritura Creativa que dirijo, decidimos aceptar la propuesta de la editorial Equidistancias, que tiene base en Buenos Aires y Londres. En la génesis del proyecto asoma un amistoso debate con Martín Kohan sobre el canon, un concepto que siempre me parece resbaladizo cuando se habla en términos de literatura escrita en el extranjero. La idea de canon no deja de ser jerárquica, pienso, y casi siempre nacional, excluyente, y me basta con escuchar la palabra para que algo me punce.
Y con el inicio de nuestro trabajo común, empezaron a multiplicarse las preguntas: ¿Quién soy ahora, que cambié de tierra? ¿Qué historias cuento, y cómo las cuento? ¿En qué idioma? ¿Quién leerá estos relatos transterrados, escritos en un castellano mestizo? ¿Quién sabrá de qué estoy hablando? ¿En qué grupo de autores me podría sumar? ¿Cuál es mi generación? ¿Qué pasa cuando escribo alejada de mi lengua madre? ¿Tenemos, quienes vivimos esta distancia, algún rasgo en común? ¿Valdría la pena investigarlo? ¿Qué incidencia tiene en España la creciente proporción de escritores nacidos fuera? ¿Cómo se suman al afluente del idioma y cómo se acercan las aguas de las dos orillas? ¿Y las otras lenguas que se hablan en España, modifican también el idioma común?
La situación es nueva, porque el flujo migratorio en la Península crece en proporciones inéditas. Hay, además, una significativa cantidad de escritores y escritoras de Latinoamérica radicados en España, con la intención de hacer de este país su lugar. Escritores con doble nacionalidad que no importan su obra, sino que la producen en territorio ajeno. Ya no se trata de los autores del boom, que se percibían a sí mismos como foráneos y se mantenían en paralelo con respecto a la literatura escrita en España. Se trata ahora de unos textos que mutan y se entretejen con una cotidianeidad destinada a modificar al conjunto.
Escribir fuera de nuestra tierra habilita estas preguntas.
El volumen de relatos al que me referí arriba, que incluye cuarenta textos y cuarenta perspectivas, se llamó Acción migrante.
Idiomas y costumbres desplazadas, turismo o vidas rotas, tradiciones ajenas, torsiones de la identidad para adaptarse a una tierra extraña.
Y las preguntas siguen:
¿Cómo es mi castellano, si mis padres son chinos? ¿Y si mi lengua de nacimiento es el gallego? ¿Qué pasa si somos latinoamericanos, y vivimos en España, cuál es el proceso de hibridación que se produce con respecto al castellano peninsular? ¿Existe un mestizaje confortable, o es siempre parte de una experiencia traumática? En fin: ¿es este proceso de traducción casi simultánea una condición inevitable para el extranjero, o llega un momento en el que las variaciones se hacen carne? Dos posturas antagónicas se hacen evidentes: la disolución en la modalidad más fuerte o el duro ejercicio de atornillarse en el pasado. ¿Hay una tercera posición? ¿Hay tantas soluciones como personas que escriben?
Bajo mi punto de vista, es este uno de los debates literarios más interesantes del momento, que nos hace imaginar cuál sería el lector ideal de Acción migrante, y de esos cuarenta relatos donde se modulan tantas versiones de una misma lengua, donde se levanta una Babel escrita en un mismo idioma.
Hace ahora cincuenta años del golpe militar que me expulsó de Argentina y que me lanzó a Madrid, donde he desarrollado toda mi obra literaria. Mi formación, en cambio, se la debo a Argentina, y a un contexto muy diferente. Entre las muchas circunstancias de las que ya he hablado en Una casa lejos de casa siento la dificultad de desarrollar diálogos que resulten naturales en mi lengua madre, que tanto ha cambiado desde que me marché. Sin embargo, de pronto me vi escribiendo:
-Vos, piba, no sos más que una boluda. Tené cuidado, la próxima no la contás.
Quien habla es un represor, que advierte, a la futura exilada, sobre qué sucederá con ella si no se marcha del país. Frente a esta presión, ya no vital, sino literaria, volvió a surgir mi idioma de origen con toda su potencia. De pronto se habían mitigado la vacilación, las dudas, y en casi todos los diálogos de Exilio, mi último libro, me vi escribiendo, sin traba alguna, en mi castellano natal. Caminar hacia atrás también puede ser una propuesta; la defiende, por ejemplo, el autor griego Theodor Kallifatides en su libro Otra vida por vivir.
En mi caso, ¿Habrá perdido la batalla por fin la represión y, al afrontar el tema de mi propio exilio, me habré convertido en una autora plenamente bilingüe? No lo sé. Sólo me atrevo a decir que, frente a la dolorosa tensión de narrar la violencia vivida, mis dos castellanos hicieron las paces.