« «Las historias no contadas supuran, se infectan, contaminan» nos dice Alberto Fuguet «The time has come to tell the tale». Missing no es solo una novela de no ficción, una que le valió al autor gran parte de su reconocimiento, es también la tentativa de diseccionar una obsesión que atraviesa su obra entera e intentar curar esa herida infecta. Lo familiar en Fuguet aparece de varias formas: por un lado, se siente el heredero de su tío Carlos, «la oveja negra de la cual están orgullosos y a la vez temen», por otro, responsable de encontrar a quien nadie quiso buscar y de esa forma completar las zonas negras del escrito familiar»
POR GONZALO BAZ

Missing (Una investigación) es una novela de fantasmas, no de fantasmas victorianos, de apariciones terroríficas ni de almas ancladas a un locus terrible. Sin embargo, cuando hablamos de perderse, de los trazos que cualquier dislocación dibuja en el espacio abandonado, si hablamos de cómo una ausencia puede llegar a afectar a su entorno afectivo, entenderemos que tal vez, el núcleo de esta novela publicada en 2009 y recién reeditada por Tusquets, tiene algo fantasmagórico. Caminemos por las esquirlas de esta vieja casa patriarcal, llena de olor a encierro, escuchemos al fantasma para entender por qué todavía Missing (Una investigación) nos interpela.
Un día de 1986 Carlos Fuguet, tío de Alberto Fuguet, desaparece en Estados Unidos, y para su familia se convierte en un fantasma. Tal vez por alivio, por culpa o por desdén, nadie lo busca, nadie se propone encontrar a la facción descarriada de la familia. Sin embargo, se pone en marcha una maquinaria de ficción, de interpretaciones y especulaciones cruzadas, de chismes y atribución de intenciones. Nadie sabe si está muerto, preso, convertido en un indigente. Nadie sabe, pero la silueta de Carlos está ahí, borrosa caminando entre los muebles en las reuniones, una mancha que absorbe y rompe todo relato que pretenda mantener la integridad de la familia. El fantasma de Carlos Fuguet no aparece como un alma en pena que intenta comunicarse desde el más allá, sino como una ausencia que organiza lo presente de la vida de los integrantes de la familia, como una fuerza que desestabiliza el relato familiar.
«Las historias no contadas supuran, se infectan, contaminan» nos dice Alberto Fuguet «The time has come to tell the tale». Missing no es solo una novela de no ficción, una que le valió al autor gran parte de su reconocimiento, es también la tentativa de diseccionar una obsesión que atraviesa su obra entera e intentar curar esa herida infecta. Lo familiar en Fuguet aparece de varias formas: por un lado, se siente el heredero de su tío Carlos, «la oveja negra de la cual están orgullosos y a la vez temen», por otro, responsable de encontrar a quien nadie quiso buscar y de esa forma completar las zonas negras del escrito familiar.
Missing (Una investigación) nos cuenta la deriva de una familia chilena, la deriva de un proyecto familiar fallido de emigrar de Santiago de Chile a Estados Unidos. Es por eso también la historia de muchas familias latinoamericanas que deciden migrar deliberadamente, un intento de mostrar un tipo de exilio que no tiene que ver con las dictaduras latinoamericanas ni con el exilio político, pero sí con las aspiraciones materiales de una clase en un determinado momento histórico: el Chile de los años 60. La historia está llena de partidas, de quiebres y roturas. Son muchas las cosas que están quebradas en esta novela: la lengua, las expectativas, la integridad, aquello que mantenía a la familia unida en torno a una autoridad patriarcal que es defenestrada y que, en su desaparición, se lleva a la idea misma de familia.
En este desplazamiento geográfico e identitario de Santiago de Chile a los Estados Unidos, suceden algunos acontecimientos clave para el destino de los protagonistas. Carlos viaja junto a su hermano sin haber cumplido los veinte años y sin saber una sola palabra de inglés. En la embajada estadounidense, para obtener el visado, se ve obligado a declarar bajo juramento que no pertenece al Partido Comunista y que no admira a Fidel Castro: lo que Alberto Fuguet define como «dos mentiras de una». Junto a ese trámite burocrático, los hermanos firman un documento de conscripción, un compromiso explícito de defender con las armas a su «nuevo país» en caso de conflicto bélico. Estamos en medio de la guerra fría y ese contrato legal y moral devendrá dramático pocos años después, cuando el imperialismo norteamericano active su maquinaria bélica en el sudeste asiático, revelando que la guerra es, en el fondo, la verdadera raison d’être, el núcleo vital y el destino común sobre el cual se ha edificado esa nación desde siempre. «¿Qué tenía que hacer un chico de Ñuñoa en Saigón?», se pregunta Fuguet, desnudando el absurdo absoluto de un desarraigo que arrastra a los hijos de la clase media chilena a morir en las selvas de Vietnam.
Las decisiones del patriarca son determinantes para el futuro de toda la familia: «parece que a mi abuelo no le pareció tan fuera de lugar que sus hijos partieran a luchar a una guerra que poco tenía que ver con su país adoptado y nada con su país de origen. Cuesta entender cómo no se regresaron a Chile o cómo no envió a sus hijos a Canadá», esta dislocación familiar activa el destino trágico por el que Fuguet nos lleva a lo largo de todo el libro. La desaparición de Carlos es el síntoma de esa descomposición familiar, lo era cuando apareció Misssing (Una investigación) por primera vez y lo sigue siendo en la actualidad. Todo mito se mueve en su aparente estática, se puede dialogar con él desde distintas épocas. El ausente, ese ser partido (que ha partido y en consecuencia se encuentra partido), se convierte en la obsesión de Fuguet, que a lo largo de la novela, va dando pistas de que tal vez la fijación no sea tanto el tío Carlos, el tío perdido, sino «Lo perdido» en sí mismo, «la obsesión de siempre».
Los fugitivos, los distantes, los que deciden desertar de la propia identidad para seguir viviendo son muchos: desde David Locke, el protagonista de The Passenger, de Michelangelo Antonioni, un Mattias Pascal moderno en medio de una geografía desértica y anónima que termina por devorar la ficción de su nuevo yo, hasta Djalma, en O abismo prateado del brasileño Karim Aïnouz, desertor del mandato, de la institución familiar y de su propia biografía. Pero sobre todo Carlos Fuguet está en profunda relación con otros personajes del universo del chileno Alberto Fuguet: con Matías Vicuña (Mala onda, 1991), con los protagonistas de Por favor, rebobinar (1994) y de Tinta roja (1996), todos hombres que fracasan como individuos en la misión de cumplir los mandatos de la masculinidad heteropatriarcal y que se encuentran en una búsqueda vital por construir a través del arte y la cultura pop una identidad propia en un contexto político y familiar que solo ofrece proyectos agotados o modos de vida rancios y aburridos.
Esta comunidad de hombres asfixiados por su entorno, por las identidades prefabricadas que les fueron asignadas —varones escapistas, padres abandónicos, suicidas sociales, borrachos y yonquis, seres solitarios— conforma lo que podríamos llamar la comunidad de los partidos, la que Fuguet foguea notablemente con una novela que, como no podía ser de otra manera, también está partida, fragmentada entre registros y voces, entre juegos de identificación y distancia, entre el aparecer y el esconderse. Eso es lo más interesante de este artefacto, lo que mantiene su vigencia y su interés para los lectores contemporáneos. Porque Missing (Una investigación) es también la historia de la escritura de Missing (Una investigación); la crónica de la deriva de Alberto Fuguet por pueblos fantasma, moteles de carretera, encuentros con trabajadores precarios, barrios white trash e inmigrantes en busca de la pieza perdida de su mapa familiar. Luego de convencer a su padre y a su tío de emprender la pesquisa, de contratar a un detective privado y de sortear varios amagues de acercamiento y distancia, Alberto se descubre metido en su propio road thriller familiar y, como suele suceder en su poética, todo paisaje o no-lugar visitado resuena de inmediato en el cine, en la música, en esa cultura pop que opera a la vez como contexto y como refugio.
Entre la novela de no ficción, los versos libres, la carta, el diario, la entrevista, el guion cinematográfico y la novela de detectives, reside la verdad de este artefacto que se fue construyendo como gesto más que como mero registro. Missing (Una investigación) es uno de esos libros que pretenden intervenir en la realidad —«por primera vez estoy escribiendo un libro para la familia más que acerca de la familia», confiesa el autor—, haciendo cosas con el lenguaje más que limitándose a contarlas. Esa naturaleza trayectiva, de hacer la obra en pleno movimiento e involucrando activamente a los otros, es uno de los elementos más notables del proyecto. Ahí radica su valor; por eso la queremos aun no siendo la mejor de las novelas de Fuguet, incluso cuando al lector —al igual que al propio narrador— se le caiga la obsesión por el personaje una vez encontrado. Hay una melancolía inherente al final de la investigación: una vez que el fantasma finalmente habla, pierde su misterio.
Todos nos preguntamos en algún momento cómo desaparecer completamente. Evaluamos las posibilidades, inventamos planes, mapas abstractos y vías de evacuación de nuestras rutinas y de nuestras identidades; lo fantaseamos aunque sea solo para sentir en la cara la brisa fresca de no estar por un rato, de ser nadie para nadie. Esta pulsión es tan humana que en el Japón contemporáneo ha cobrado forma institucional a través de los denominados jōhatsu, las personas que deciden «evaporarse» de sus vidas mudándose en secreto a la madrugada y borrando sus rastros con la ayuda de empresas dedicadas exclusivamente a facilitar ese proceso de borramiento. Sin embargo, las cosas han cambiado radicalmente desde el lanzamiento original de Missing (Una investigación) en 2009. Hoy vivimos atrapados en la red de los algoritmos predictivos, las georreferenciaciones satelitales, la comunicación instantánea y el registro panóptico de las cámaras de video. Habitamos un mundo saturado de huellas digitales y de una videovigilancia omnipresente donde parece técnicamente imposible estar verdaderamente perdido. ¿Habría podido Carlos Fuguet desaparecer en el contexto tecno-policial actual? Ya no existen los Frank Morris capaces de escapar de Alcatraz hacia el vacío de la leyenda; de hecho, hoy nadie quiere serlo porque, en la lógica de las redes sociales, aparecer ya es una forma de desaparecer. En esa distancia entre nuestra hiperconectividad actual y la época en que Fuguet inició su investigación, se produce un extrañamiento histórico: el registro de algo que el siglo XXI clausuró definitivamente, que es la posibilidad física de perderse. Lejos de volver obsoleta la búsqueda de Missing, esa clausura la vuelve más urgente y fascinante. Nos obliga a mirar las esquirlas de Carlos Fuguet para hacernos la pregunta que nuestra época ya no nos permite responder: ¿dónde esconderse hoy para volver a empezar?