«Un procedimiento típico de la autoficción, en definitiva, línea en la cual se puede inscribir esta novela siempre y cuando la pongamos en el yacimiento escaso de las autoficciones que no se plantean como una entrada al confesionario tranquilizador ni al regodeo endorfínico sino como estrategia narrativa para poder aplicar el escalpelo desde el ángulo más afilado»
POR MARÍA SONIA CRISTOFF

A veces, cuando me preguntan a qué me refiero cuando hablo de escrituras híbridas, para dar a entender que no se trata de una fórmula combinatoriamente previsible, una receta del tipo autobiografía más ensayo, o novela más diario íntimo, o etcéteras varios, me pierdo en conceptos vagos: hablo de lo mestizo, lo ecléctico, lo paradójico, lo inespecífico, lo impuro, lo barroso, lo inesperado, lo desestabilizante. Otras veces, cuando el contexto es hospitalario, como el de una clase por ejemplo, enfoco un libro en el que me parece que la hibridez está llevada a un punto extraordinario, y me pongo a desmenuzarlo, y eso es algo que prefiero siempre, sobre todo porque no creo que haya una definición fija de hibridez sino que esta se reinventa en cada libro, en cada abordaje. Una tarea de desmenuzamiento es precisamente la que me propongo hacer acá -en esta sección que me parece el colmo de lo hospitalario al permitirnos hablar sin la presión de la novedad, de la aceleración, de la nueva estrella autoral- con Habitaciones, una novela de Emma Barrandéguy publicada en el 2002 por Catálogos, sello editorial bien tangencial en el panorama literario argentino. Casi tan tangencial como la propia Emma, que para ese momento de la publicación tenía 88 años y, después de una experiencia intensa de décadas en Buenos Aires, vivía perdida en su Gualeguay natal, una ciudad del Litoral que resuena mucho en las letras locales porque por ahí supo andar bastante tiempo Juan L. Ortiz, y digo lo de perdida porque en el sistema literario argentino irse de Buenos Aires implica, salvo excepciones o milagros, ser borrado del mapa. Hasta allá fue a buscarla María Moreno, que por entonces dirigía la colección de título martinfierrista «Acá me pongo a cantar» en esa editorial Catálogos, y habilitó que la excepción pase a formar parte del canon. Un canon siempre movedizo, siempre dispuesto a dejarse deslumbrar por las luminarias. Seguir instigando la lectura de lo que está más allá de los esas zonas de esplendor es también razón de este desmenuzamiento.
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Habitaciones está planteada en clave epistolar: consiste fundamentalmente en una serie de cartas escritas por una narradora de nombre elusivo que, según lo que leemos en esos textos satelitales que son las solapas, comparte rasgos biográficos con la autora Emma Barrandéguy, coincidencia de la que no se desprende una identificación plena y prístina entre ambas figuras sino más bien un juego de espejos en los cuales los datos de solapa son retomados en la novela como guiños, como pistas, jamás como verdades en sede judicial. Un procedimiento típico de la autoficción, en definitiva, línea en la cual se puede inscribir esta novela siempre y cuando la pongamos en el yacimiento escaso de las autoficciones que no se plantean como una entrada al confesionario tranquilizador ni al regodeo endorfínico sino como estrategia narrativa para poder aplicar el escalpelo desde el ángulo más afilado. Y bien que se lo aplica acá, en esta novela que puede leerse como una plataforma de vivisección de una conciencia, sí, pero también de un país, de una época, de una práctica erótica, de una práctica amorosa, de una práctica política, de una idea de novela, de lo que significa escribir. En ese punto, en el abordaje hiper lúcido que en esas vivisecciones hace de las distintas experiencias de una vida, acá llamadas «habitaciones», me parece que el proyecto narrativo de Barrandéguy -que además escribió poesía, crónica, biografía y ensayo- se emparenta con el de Annie Ernaux.
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En ese proyecto narrativo de Barrandéguy, además de Habitaciones, hay otras dos novelas: El andamio, de 1964, y Crónica de medio siglo, de 1984, publicadas las dos en editoriales también marginales. En la primera de esas novelas, una narradora-Emma, digámoslo así a esta altura para sintetizar, jamás para simplificar, o mejor una narradora E, como la llaman algunos de sus amantes en Habitaciones, vuelve a su pueblo natal desde Buenos Aires y, mientras pasa unos días en cama recuperándose de la indigestión provocada por una de esas comidas pesadas que tan bien supo digerir en otro momento, va armando conjeturas acerca de temas varios -muchos de los cuales volverán a aparecer, aunque mucho más articulados, en Habitaciones- que incluyen, entre otros, las tensiones e incomodidades de todo tipo que atraviesan su vida, la voracidad lectora, la conciencia de clase, la impotencia que supone todo intento de trasvasar la experiencia al relato, los modos sutiles en los cuales la vida en la provincia se puede convertir no en tema pero sí en tono de una escritura, la complicidad profunda con todas esas mujeres que se atreven a vivir fuera de los límites, la rabia por tener que pagarlo caro en esa vida de provincia. La segunda de esas otras novelas barrandeguianas, Crónica de medio siglo, reconstruye la historia de su familia – una que, como tantas otras en la Argentina, se enriqueció y se empobreció al ritmo de las vacas- mientras, en paralelo, va pensando la Historia del país durante la primera mitad del siglo XX y deteniéndose, por ejemplo, en los cambios sociales y económicos durante el pasaje entre siglos, en las hipótesis de guerra con Chile, las huelgas obreras, la Reforma Universitaria, los golpes de Estado. El juego formal acá, igual que en Habitaciones, es interesantísimo: se combinan cartas encontradas en archivos decimonónicos con partes de expedientes con retratos de personajes clave con fragmentos de libros de Historia con diálogos cazados al vuelo en el almacén de ramos generales del abuelo de la narradora, y así sucesivamente. Queda claro en Crónica de medio siglo que la hibridez presente en Habitaciones, que salió publicada después pero fue escrita antes, se había convertido ya en senda, en combustión.
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¿Y por qué fue publicada después? ¿Por qué Habitaciones, que sin dudas es la mejor de sus tres novelas, tuvo que esperar cuatro décadas para ser publicada? En gran parte por su disidencia erótica, digamos: si bien la palabra «lesbiana» no aparece explicitada ahí, la narradora E es bien explícita cuando aborda la importancia de sus amores con otras mujeres, una importancia que no solo hay que leer a nivel de la trama sino, como dice Laura A. Arnés en Ficciones lesbianas. Literatura y afectos en la cultura argentina, como constitutiva de una subjetividad, de una manera de habitar la Historia. Dudo que haya en la literatura argentina alguien que se le haya adelantado en este punto, y que además lo haya hecho así, sin remilgos, porque la novela no se queda corta cuando se trata de describir esos amores, el encuentro entre los cuerpos, el goce que producen determinados movimientos, determinados roces y posturas. María Moreno dice en el prólogo que este libro -que, como dije, fue escrito entre los años cincuenta y sesenta del siglo pasado- se adelanta con creces a lo que la teoría sobre las minorías sexuales tendrá para decir décadas más tarde. Habitaciones tematiza constantemente la complejidad que esos amores lésbicos implican para la narradora en la convivencia familiar, en los ámbitos sociales y también laborales, intelectuales. E vive escindida, incómodamente «repartida» entre la vida del cuerpo, donde ocurren estas historias con mujeres y, por otro lado, la vida del intelecto, donde están los colegas escritores y quizá un marido intrascendente y donde, sobre todo, está el gran amigo y destinatario de estas cartas, a quien ya llegaré. Con el avance de la novela, es bien factible que el lector llegue a conjeturar que esa bifurcación planteada por E es falsa, que ese closet únicamente corporal en el cual insiste en encerrar a sus amores lesbianos es una pantalla que se crea para sí misma, la concesión que tiene que hacer para seguir funcionando en un mundo que no le da muchas opciones: su ambiente de provincia es tremendamente opresivo al respecto, su educación religiosa ni hablar, y además resulta que los ambientes intelectualmente rutilantes que encuentra en Buenos Aires también lo son, por no hablar de sus colegas en la militancia de izquierda, para quienes la homosexualidad es una ‘desviación burguesa’.
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Curiosa acusación para tratar de endilgársela justo a Emma Barrandéguy, que hizo de la batalla contra la burguesía, contra todas sus formas de la hipocresía, el otro frente disidente crucial en Habitaciones y en toda su obra literaria. Y en sus militancias: muy tempranamente, antes de irse a Buenos Aires, Barrandéguy formó parte de Claridad, un grupo socialista fundado por el propio Juan L. Ortiz desde el cual se organizaban discusiones y planes de fomento de la lectura en los sectores populares, y donde se llegaron a imprimir manifiestos y volantes de obreros en huelga. En algún otro momento, Barrandéguy estuvo muy próxima al Comunismo, aunque se apartó después por diferencias no con Marx sino con el funcionamiento del partido. Según Evangelina Franzot -especialista en literatura argentina de la zona del Litoral que entrevistó largamente a Emma y escribió el prólogo de Cronosíntesis, el volumen en el que se reúnen las crónicas que esta escribió durante casi treinta tantos años en el diario local cuando decidió volverse al pueblo-, sin embargo, la adscripción política más clara de Barrandéguy hay que buscarla en el anarquismo. Filiación que tal vez se explique, en gran parte, por la proximidad que tuvo durante toda su vida porteña con Salvadora Medina Onrubia, mítica figura del anarquismo local, escritora y dueña, junto a su marido Natalio Botana, de Crítica, uno de los diarios más influyentes de la Argentina de la primera mitad del siglo XX. Fue por instigación de Salvadora, de hecho, que Emma dejó el Gualeguay natal y se instaló en Buenos Aires. Primero le ofreció una casa donde quedarse y bien pronto, en cuanto se abrió una vacante, un trabajo en el diario Crítica en el que pasó por varios puestos y vicisitudes. Cuando una de esas vicisitudes la dejó desempleada, Emma pasó a ser secretaria personal de Salvadora, puesto que mantuvo durante veintidós años. Mucho de eso Emma lo cuenta en Salvadora, la biografía que publicó en 1997, cinco años antes de que Habitaciones finalmente saliera al ruedo.
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Y entonces, ¿Qué formas toma en Habitaciones este frente disidente de corte anarquista que mencioné antes? Diría que la hibridez misma que vengo analizando es una respuesta, que todo el planteo formal y programático de la novela lo es, pero, siendo más específica en esta tarea de desmembramiento, digo que esa disidencia se ve muy clara en pasajes de corte ensayístico que van insertándose entra las cartas que escribe E, pasajes dedicados a pensar la práctica de la escritura, a ir definiendo una poética propia, pasajes que dicen, por ejemplo: «Todo arte, en este momento» -pensemos que está hablando de mediados del siglo veinte- «sirve a la burguesía, ya que el sistema se las ingenia para digerir y absorber todo lo que sea diferente y novedoso. O para marginarlo». Y otros que dicen: «Defendí desde siempre, justamente, todo lo que era diferente en cualquier ámbito en el que se manifestara. Porque ser diferente era negar los valores burgueses». Esa noción constante de ser diferente es la que constituye al personaje de la narradora E de esta novela siempre, desde principio a fin. Atea en un mundo catoliquísimo, lesbiana en un mundo heteronormativo, provinciana en un ámbito mundano, anarquista entre gobiernos disciplinadores, escritora experimental en un ámbito en el que ya empezaba a imponerse una literatura de mercado. Barrandéguy dice que la función central de su escritura es «desmitificar mitos», por lo que entiende batallar contra los sentidos que impone la doxa, el lugar común; y dice también que la pulsión que la anima a escribir es «estar en contra», hacer de la escritura una trinchera, y declara precursor fundamental en esa línea al poeta Raúl González Tuñón quien, con su poema «Las Brigadas de Choque», inaugura en la literatura argentina esta concepción de la literatura. «Estar contra», subraya, «exige capacidad de análisis en lo social y sinceridad en el enfoque personal, pues nadie que esté ciego para sí mismo puede ver con claridad alrededor». Esta especie de tercera vía literaria es, a ojos de Barrandéguy, superadora de las antinomias entre el arte ensimismado y el arte militante que por entonces pasaban por un momento de especial fulgor en la Argentina. Todo un programa el que propone E. Lo más interesante del caso es que se trata de un programa que no por esas ambiciones de operar en el mundo, de intervenir en las conciencias y las sensibilidades, desdeña la materia misma de la literatura, que es la conexión con el lenguaje mismo, con el latido de una prosa, con la especificidad de las palabras. Algo que en Habitaciones se evidencia en todas esas instancias en las que algo a nivel de la frase nos obliga a levantar la mirada de la página, a detener el flujo de lectura, a sentir la conmoción del lenguaje. Cito acá una de esas instancias, precisamente una que habla de ese estar en contra que venía comentando: «A veces siento que solo están de mi lado, con gusto, los borrachos a quienes la familia detesta, o los inútiles, los que al fin se suicidan, o los que viven pregonándolo, los que tiran piedras y esconden la mano. En fin, todos los resentidos, los hambrientos, los que carecieron de algo, de dientes, de afecto, los que en cualquier momento se han sentido parias, sin saberlo».
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¿Y a quién van destinadas, entonces, esas cartas de las que venía hablando al principio, las que en Habitaciones se entrelazan constantemente con, entre otros, estos momentos ensayísticos? A un tal Alfredo J. J. Weiss, el mismo hombre a quien está dedicado el libro entero. El hecho de que la dedicatoria, igual que la solapa, sea uno de esos textos satelitales, vértices que pueden irradiar guiños tanto hacia dentro del texto como hacia sus afueras, hace que, cuando volvamos a encontrar ese mismo nombre como personaje en la novela, rápidamente vayamos a la web. Así es que sabemos, por boca de Edgardo Cozarinsky por ejemplo, que Weiss bien podría ser parte de ese «hummus de desconocidos del que se alimenta la historia de la literatura», alguien ubicable junto a figuras prestigiosas como Estela Canto o Vera Macarov. Otra voz que se refiere a Weiss es la de su propia hija, Irene Weiss, que además de ser tal cosa es también doctora en Filología y profesora en una universidad alemana, quien entró en relación con Emma a partir de la publicación de Habitaciones y entabló con ella una correspondencia fluida que derivó, entre otras cosas, en su edición de las Poesías completas de Barrandéguy, publicada por Ediciones del Copista en 2009. En un artículo en el que habla de todo esto, «Emma Barrandéguy o la reversabilidad de literatura y vida», publicado en 2007 en la revista Hablar de poesía, Irene Weiss dice que, tal como la novela cuenta, su padre colaboraba en Sur -la mítica revista dirigida por Victoria Ocampo que durante más de cincuenta años fue actora central en el mapa literario de América Latina y de la conexión del continente, o más bien del país, con España- pero que estuvo lejos de hacer de eso su único norte, ya que también fue editor de un sello -Continental- y de una revista literaria –Reunión-, además de traductor de poesía. Debe ser en algún punto inquietante, pienso, leer Habitaciones siendo la hija de un personaje que, como tantos otros -las ya citadas Salvadora Onrubia y Victoria Ocampo, además de políticos como Hipólito Yrigoyen y Juan Domingo Perón, y de escritores compinches como Mario Bunge y Mastronardi- viene siendo mencionado a lo largo de la novela en una línea digamos testimonial, memorialista, no ficcional, para luego encontrarse, casi en el capítulo final, con una de esas torsiones inesperadas de Habitaciones, en este caso una que lleva la narración decididamente al campo de la novela, de la ficción, más precisamente del diálogo entre novelas, porque precisamente así, con un guiño intertextual a la novela La invitada, de Simone de Beauvoir, termina Habitaciones. Un guiño intertextual que, además, hace entrar a la narración al campo más específico de la novela policial, solo que acá, según observa María Moreno, la contienda no tiene como objeto preciado del deseo al varón sino a una mujer que, además, en este caso no es otra que la mismísima narradora. Ese giro final -sobre el cual el número de caracteres nos obliga a discutir en otro ámbito- es el que más claramente inscribe a Habitaciones dentro de la órbita de la novela, y el que le da esa dosis de imprevisibilidad que es tan habitual en los textos híbridos. Justo cuando estábamos leyendo un texto que parece discurrir solamente en una línea testimonial, los tres personajes centrales son tomados como por un vértigo pasional, una especie de ciclón que los arrastra hacia la ficción policial. Recién ahí se entienden todas esas líneas previas de las cartas en las que la narradora hace constantemente referencia a «lo que pasó», a «esas cosas que no conversamos nunca».
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Es interesante ver hasta qué punto el hecho de ser Alfredo Weiss destinatario hace que Habitaciones pueda leerse en gran parte también como un retrato de este amigo, este amor, este cómplice, este discípulo y mentor. Otros amores de la narradora, siempre profusos y atormentados y simultáneos, van dando puntapié al retrato: Florencia, la joven con quien se arma el trío fatal; José, el amante inexperto; Angélica, la mujer sensata que sabe abandonarla a tiempo; Hilde von Denken, la diva europea que suele encontrar bebiendo en los bares de expatriados al que la narradora va con su marido, un norteamericano que trabaja en un circo; El americano, apodo con el que E llama a ese marido al que no parece corresponderle ningún nombre, ni siquiera el ficticio que usa para casi todos los personajes que, en esta ristra amorosa, no sean Alfredo. A veces esos personajes toman la palabra, como si se hartaran de ser referidos, o como si quisieran socorrer a la narradora cuando a ella le falta perspectiva, o tal vez ánimo.
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Hay retrato también en Habitaciones, entonces, y además hay crónica, o más bien guiños a la crónica, sin duda el género que más contribuye a la lectura testimonial de la que hablaba antes, un género apelado a veces solo en modo tangencial, otras más minucioso, y siempre para enfocar la Historia, momentos importantes de la Argentina de la primera mitad del siglo XX que acá incluyen, entre otros, el golpe de Estado de 1930, la década de represiones y restauración conservadora que le siguió, los exilios forzosos, las conspiraciones, los comités de ayuda locales a los republicanos durante la Guerra Civil española, las manifestaciones locales a favor de los Aliados en el contexto de la Segunda Guerra, las represiones militares a las manifestaciones, el fenómeno peronista -al cual Barrandéguy hace una crítica implacable desde la izquierda-, el proyecto de la Universidad Obrera, el fenómeno político y cultural que fue el diario Crítica, las rencillas entre los grupos literarios de Florida y Boedo, los cambios que atraviesa Buenos Aires en esa etapa en la que va dejando de ser la Gran Aldea y convirtiéndose en metrópoli.
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En el collage de Habitaciones, entonces, hay cartas y autoficción y crónica y retrato y novela y ensayo. Pero no solo por esa combinatoria típica de la hibridez es que hablo acá de tal cosa, no es por eso que tomo a esta novela como un caso paradigmático, porque la hibridez es nada si únicamente se trata de combinar géneros, de poner en práctica mezclas con ingredientes intercambiables, de recetas puramente ornamentales. Para que la hibridez realmente despliegue su magia tiene que haber también una apuesta a la desestabilización en todos los órdenes, una pulsión disidente, un deseo transformador: exactamente el tipo de microclima sísmico que se respira en estas habitaciones.