POR FRANCO FÉLIX

Conocí a Elma Correa gracias a Samuel Beckett, lo cual, dicho así, parece una de esas frases que uno escribe años después para ordenar retrospectivamente una amistad que en realidad empezó de una manera bastante menos solemne: con una revista literaria hecha con más entusiasmo y precariedad que sentido económico y literario. Por ese entonces, el exceso de confianza y la fe repulsiva de la juventud me llevó a poner al irlandés en la portada del cuarto número de esa revista llamada Shandy, y que llegué a editar durante un lustro. Ahí estaba el viejo con su rostro seco, cual púgil metafísico, harto, con esa expresión que le corresponde a un testarudo que parece haber escuchado todas las explicaciones humanas sobre la racionalidad y aun así no hallar en ellas un simple atisbo de certeza.
Elma Correa vio la portada y algo se abrió en ella. Digo que algo se abrió en ella, sabiendo que la memoria es profundamente errática. Quizá estoy limpiando la escena, dándole una simetría incapaz de existir, un momentum alejado del pulso real. Sólo éramos dos lectores enviándose un correo electrónico, enviándose un mensaje de celular, explicando por qué carajos estaba Samuel Beckett en la carátula de una revista en el desierto de Sonora. Ni siquiera sabíamos si nos íbamos a caer bien. Pero ese contacto, ese correo electrónico en el que me invitaba a un encuentro de escritores, quizá el primero al que me invitaron, fue un origen demasiado útil, casi tan demasiado útil como para que Beckett se avergonzara de nosotros. Como sea, funcionó. Beckett fue una clase de contraseña.
Para mí, leer a Beckett siempre ha sido una credencial importante. Implica haber aceptado que la literatura está ahí para eliminar el exceso de anomalías en la realidad, para destruir los sobrantes correctos del lenguaje, esos vacíos lingüísticos en los que radica la conciencia y de los que debe escapar si no quiere ser absorbido por la normalidad apabullante o algo por el estilo. Sólo en la sensatez, tenemos la cortesía de callarnos. Y en ese silencio absurdo, en ese machetazo verbal, somos lo que de verdad somos. Algo así. El deterioro tiene una sintaxis, el fracaso puede organizar el mundo. A pesar de que se quiere «sanitizar» la escritura en estos momentos. Elma parecía saber esto desde entonces. Había en ella una afinidad natural que privilegiaba la risa ante la ceremonia. No había un solo lugar en el que no nos cagáramos de risa. Ya fuera en una cantina o en una presentación de libro de algún poeta, ¡ay, los poetas!, en una premiación, o incluso en un funeral su risa era un combustible, un virus si se nos permite la analogía pese a la proximidad con el Coronavirus. Siempre admiré esa inteligencia que no necesita subrayar que es inteligencia. Sin embargo, permitía ver que había una forma particular de mirar el mundo, una forma extraña que fomenta la idea de que la vida es una máquina defectuosa que de pronto produce una belleza extraña e involuntaria.
Nuestra amistad empezó así, con un encuentro literario y siguió por zonas más bien inenarrables: viajes, premios, fiestas, Tijuana, la jodida Tijuana, que de verdad make us happy, conversaciones que se alargaban durante días, pegados a botellas de cerveza y sustancias que probablemente nunca sean leit motiv de una serie de Netflix, desapariciones momentáneas, bares que parecían algo así como el purgatorio (el famoso Zacazonapan), resacas lisérgicas con pretendidas discusiones filosóficas y ciertos personajes que entraban a escena y nos planteaban lo incoherente que es este planeta. Recuerdo una vez, ahí en Tijuana, cuando Elma fue a recibir un premio estatal, con una dotación monetaria nada menor, por un libro de relatos que por ese tiempo ya pronosticaban su potencia literaria. Fuimos a celebrar. La celebración, como ocurre cuando los escritores creen que una salida breve puede mantenerse bajo control, se extendió hasta perder su forma inicial, su forma humana, como aquel personaje beckettiano llamado Molloy. El centro de la ciudad resplandecía con toda su enfermedad, sus calles con olor a pollo frito, las trifulcas a cada veinte metros, la constante amenaza de un malencarado con ganas de matar, los anfitriones de la locura en la frontera. Teníamos esa confianza suicida de los escritores jóvenes que creen que pueden administrar la noche con un poco de dignidad. Bebimos. Bebimos de una forma que ahora, puesta por escrito, exige cierta prudencia legal y una compasión retrospectiva por nuestros pobres hígados, cuya naturaleza se vio comprometida y sigue pasando factura hasta estos días. Después de cierto punto, la memoria se convierte en una secuencia de diapositivas con glitch. Una barra pegajosa llena de manchas a las que llegamos a confundir con un montón de retratos de Bill Clinton, un rastafari en una patineta demasiado larga para ser real, una femme fatale con Síndrome de Down, un enano tratando de ligarla, un joven con rutilismo que nos veía como si quisiera acribillarnos, y el presentimiento de que la ciudad se había movido unos centímetros de su lugar mientras nosotros nos habíamos quedado en el mismo punto en el universo, logrando sacarnos de nuestra conciencia.
Perdimos la conciencia. No quiero decir que dormimos. Dormir pertenece a otra dimensión biológica. Nosotros desaparecimos de la superficie ordenada del tiempo. Dos días después, por una razón que nunca he conseguido entender y que quizá conviene no investigar demasiado, nos encontramos casi por casualidad en un restaurante de comida china. Digo «casi» porque en Tijuana la casualidad tiene otra envergadura. Estábamos ahí, sentados frente a una mesa grasosa, con la cara de quienes acaban de ser devueltos a la vida por error, comiendo arroz frito, chop suey, costillas borrachas y alguna combinación extraña de proteína, salsa espesa y almidón. El Dragón Ermitaño. Años después cerraron ese restaurante. Al parecer cocinaban gatos. Eso dijeron en un periodicazo. Pero lo verdaderamente verificable es que aquella comida estuvo deliciosa, quizá porque la resaca convierte cualquier plato caliente en una experiencia subliminal, o tal vez porque el cuerpo, cuando ha sido sometido a demasiadas sustancias ilegales, desarrolla una gratitud primitiva ante el sodio, la grasa y el glutamato.
Ahora que lo pienso, aquella comida, vista desde el futuro, fue una especie de ensayo general de su literatura: cuerpos agotados, la ciudad fronteriza como escenario, el humor negro como una columna vertebral, la sospecha beckettiana de que nada está bien, y, por supuesto, la amistad como una motivación final.
Hoy Elma Correa es la ganadora del Premio Biblioteca Breve de Seix Barral por Donde termina el verano. El dato tiene peso. El Biblioteca Breve pertenece a una genealogía literaria enorme, y todo premio de esa escala trae consigo una estampida de reconocimiento, circulación, entusiasmo, lecturas justas, lecturas torpes, pequeñas mezquindades, ajustes de cuentas, ahí en esa zona pegajosa del campo literario en el que algunas personas parecen indignarse ante el triunfo ajeno. Ha habido polémicas, claro. Siempre las hay. A veces son necesarias. Pero la mayor de las veces apenas muestra el hambre de tribunal que circula alrededor de la literatura en nuestro país. Elma, escritora mexicana del norte, nacida y formada lejos de los centros habituales de legitimación, ganó un premio fundamental en una editorial española. Eso activa muchas cosas al mismo tiempo: orgullo, incomodidad, suspicacia, discusión, ruido, una alegría infinitesimal. Y cabe decir que, por supuesto, en la ceremonia de entrega del premio, Elma hizo lo que debía hacer porque es lectora de Beckett: reírse de nuevo, ahuyentar la ridícula pretensión del escritor petulante que no hace otra cosa más que rendir tributo a su imagen. Elma se carcajeó en ese pódium internacional y me recordó a aquella Elma de hace quince años que no se tomaba muy en serio nada.
Y sólo por eso, Elma Correa se merece ese premio y todos los premios del mundo. Porque ha trabajado durante años con una disciplina que rara vez se ve en la literatura mexicana. Lo merece porque ha leído con hambre verdadera. Esa hambre póstuma a la destrucción que impresiona por ser descomunal. Lo merece también, y esto lo digo con toda seriedad, por ser lectora de Beckett. Esa fidelidad inicial no explica su obra, pero la ilumina desde un ángulo oblicuo: sólo se puede crecer y narrar en los márgenes.
Elma ganó un premio importante. Y eso confirmó algo que ya intuíamos quienes la leímos y la conocimos desde antes de que empezara a comer mariscos en la Barceloneta. Mucho antes, cuando comíamos gatos con catsup y nos reíamos en un mundo totalmente descentrado. Me gusta pensar que, en algún lugar de esa historia que se está escribiendo sobre su literatura, todavía queda la lectora que vio a Beckett en una portada clandestina y entendió que en esa revista de provincia había una señal. Una señal mínima, torcida, pero suficiente para escribir sobre ella. Ésa es la clase de señal con la que empiezan algunas amistades imperecederas. La clase de señal con la que, a veces, también empieza una mitología.