POR DANIELA DEMARZIANI
Boedo. Fuente: Wikicommons.

Una casa en blanco y negro sale volando por los aires durante un ciclón y aterriza —casi intacta— en una tierra incierta y colorida. En el insólito ojo de la tormenta, en el vacío, las visiones familiares; las caras conocidas. 

Me crié mirando televisión a color. Y cuando digo que me crié, digo que todo lo que sé lo aprendí mirando televisión. Pero la primera vez que vi, sentada en el sillón extenso y lejano de la casa de Boedo, a una joven Judy Garland emerger de la choza ahora calma en medio del vibrante bosque Technicolor de Oz, no sé si en algún otro momento sentí esa misma sensación de posibilidad viendo cine.

Es ingenuo pensar que los años de la infancia son siempre felices, pero los míos en la casa de Boedo sí que lo fueron; scones y burbujas de detergente en el patio con mamá. La habitación de dimensiones colosales de mis padres (o así la recuerdo). El baúl verde lleno de pelucas ralas y un pequeño altillo, escaleras arriba, que era mi escritorio. Los primeros textos producidos en aquel altillo desaparecieron con la mundanza. Mi madre solo conserva, en una caja con fotos, un cuento que escribí una vez sobre un enano triste. Fue en aquel altillo donde aprendí a cultivar esta soledad insistente y necesaria de la escritura.

Algunas tardes las pasaba en lo de Isolda, la vecina del departamento E, porque mi mamá trabajaba cuidando niños ajenos. Isolda cocía con dedal y olía siempre a caldo de pollo. Ella y su marido, ahora que lo pienso, eran bastante parecidos a la tía Em y al tío Henry de Dorothy. No vivían en una granja, pero vestían como granjeros: tiradores y delantales. No cocinaban gallinas, pero su casa siempre olía a sopa de. 

Como Dorothy, yo también vi mi casa salir volando por los aires una vez. Era el año 1994. Tenía diez años y hacía unos meses había tomado la ferviente decisión de hacerme hincha de San Lorenzo porque vivía en Boedo y me parecía pertinente. Fue por aquella época que mis padres tomaron la inevitable y drástica decisión de vender el PH de la calle Carlos Calvo porque ya no podían hacerle frente a la hipoteca. La casa la compró una mujer de pelo negro y nariz ganchuda, muy parecida a la malvada bruja el oeste. 

En mi cabecita de niña porteña de diez años, el menemismo era champagne, autos de Fórmula 1 y fiestas llenas de chicas rubias y delgadas. Mis compañeritos del colegio católico de Constitución, que tras las vacaciones de verano me traían lapiceras de Goofy de sus viajes familiares a Disney. La sensación por aquellos años era que los que más tenían, más tenían, y los que menos, perdían sus casas.

Vi mi casita salir volando por los aires, como si un tornado le arrancara los cimientos de cuajo. Sin embargo, hubo algo de excitación en ese movimiento. Ahora me pregunto si aquel primer traslado no me habrá vuelto por siempre errante.

Cuando el hogar no está hecho de ladrillos, entonces el hogar se convierte en una costra muy dura que viaja con nosotros adonde sea que vayamos. Yo traje la mía al Reino de España, que tiene mucho de la mágica Tierra de Oz. Acá también alquilo. Vivo con gente, peor. What do we talk about when we talk about freedom?

Por supuesto, la historia de Dorothy no habría sido posible sin las inclemencias del Medio Oeste norteamericano. A mi equipo, San Lorenzo, le dicen «el ciclón». Antes del desahucio, vivíamos muy cerca de la antigua cancha de fútbol. Una curiosidad: al ojo de la tormenta durante un tornado se lo conoce como «efecto estadio» por la forma que toman las nubes dejando por un rato a cielo abierto una pequeña porción de calma abovedada.

Hace poco volví a soñar con la casa. Soñé que la ocupaba. Me apostaba en el sillón extenso y lejano del living y como una nena caprichosa y asertiva gritaba que nunca más me sacarían de allí, porque esa era mi casa. Lloraba sin lágrimas. Pensaba durante el sueño estrategias para comprarla; cuánto podría salir, a quién pedirle la plata prestada y un posible plan de pagos posterior. ¡Qué divertida era aquella cocina con su puerta vaivén de western color verde inglés que pintamos con la ayuda de un pincel corto de pelos duros!

No soy para nada original. Salman Rushdie dijo una vez que El mago de Oz lo convirtió en escritor. También hay una frase muy mítica de David Lynch que reza: «no paso un solo día sin pensar en El mago de Oz».

Lynch también tendría unos cinco o seis años cuando vio por primera vez la película. La primera vez que sintió que había algo más en esto de vivir que la inocencia de las cosas tal cual las percibía. Algo inquietante y oscuro espera siempre detrás del arco iris. Es por esta imperiosa necesidad de descubir qué hay del otro lado de la pesada cortina que escribo.

El mundo improbable de Oz es esa aventura que se tiene en vida, esa batalla que uno pelea contra sí mismo. Se cruza al otro lado, en fuga disociativa, se pierde la identidad y se regresa, como en el héroe de Campbell, para siempre distinto. Por eso me fui de Buenos Aires y por eso estoy acá; para perder la identidad y volver a encontrarla. Diferente. Dislocada.

«Toto, I’ve a feeling we’re not in Kansas anymore», susurré despacito en el taxi que me escupió por primera vez en Madrid. La conclusión es que son tantos los peligros como las recompensas al aventuarse lejos del hogar. Y al final, durante el periplo, uno acaba aprendiendo lo que en realidad ya sabía.

El mago de Oz abrió definitivamente la brecha que le dio paso a la escitura. Como la brecha de la primera oscuridad del universo que le dio paso a la luz. Dejó para siempre mi inconsciente activado y tendiente a la aventura, a la posibilidad de explorar las cosas en todas sus dimensiones; las luminosas y las oscuras. Esa vida, que se compone en igual medida de claros y oscuros, es necesario narrarla.

Mientras escribo estas líneas en fuga perenne, me sobreviene el sentimiento de desarraigo sutil que sentí cuando caminé por última vez los largos pasillos del PH de Carlos Calvo, a la vez emocionada y confundida, como Dorothy a los saltitos por el eterno sendero de ladrillos amarillos. Tenía en la mano una muñeca de tela que es la misma que hoy reposa sobre mi biblioteca en Madrid y es el objeto más antiguo que poseo. Tampoco es que posea muchas cosas más. Si uno va a andar escribiendo desde la huída es preciso tener en cuenta que, para poder hacerlo, hace falta ir bien liviano.

De todas formas, muchas veces, más seguido que no, me gustaría poder golpear los taquitos de los zapatos rojos de rubí y volver a casa. Porque al parecer —tal y como insiste, incansable e irrenunciable, nuestra adorada y crédula Dorothy—, «there´s no place like home».