POR MERCEDES HALFON
El escritor y poeta chileno Roberto Bolaño. Fuente: busca biografias.

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Comentábamos con una amiga poeta la posible reutilización literaria de un asunto que acababa de pasarle. Cuestiones de tono, enfoque adecuado, la distancia o cercanía con los acontecimientos eran evaluados en una acalorada charla por WhatsApp, cuando de pronto me sorprendió una respuesta suya. Le había dicho algo sobre la inevitabilidad de que, siendo ella escritora, todo aquello terminara en un texto. Me paró en seco. «Escritora no, poeta». Quizás yo sea un poco generalista, pero suelen fastidiarme esas aclaraciones cuando se habla de alguien que escribe, pareciera que hay una jerarquización implícita. Pero mi amiga tenía otro punto de vista. Para ella escritor es quien se desplaza de un campo a otro, pero como su caso era el de alguien que no se había movido de la poesía, no podía ser definida así. Ella era poeta.

¿Un gesto de humildad? No nos engañemos. Ser nacida y criada en la poesía es un orgullo, un certificado de autenticidad. Sucede que entre los poetas existe una desconfianza –o por lo menos la había– hacia los poetas que se pasan a la prosa. Una primera idea que me aparece, al examinar este tema que por razones biográficas me concierne, es que ese trayecto se da siempre en una dirección determinada y no al revés. Por un lado, la poesía es un género al que muchos hemos accedido en la infancia o en la adolescencia. Es muy raro que un niño de doce años quiera «ser ensayista», pero la poesía es más abierta, más cercana, siempre en una aproximación espontánea que permite la expresión de una emoción, una idea, un entusiasmo.

Pero hay luego una tendencia que pareciera hablar de una «evolución», como si el poeta fuera un amateur y el narrador un profesional. Lo digo en un sentido amplio y no estricto, es decir, el poeta es el que tiene con su escritura una relación de amor, mientras que para el narrador su escritura se puede convertir en un oficio que le permita vivir. Tiene que ver con la existencia de un mercado mayor para la narrativa que para la poesía, cuya forma de circulación es tanto más reducida que no sé a ciencia cierta si podemos llamarla mercado. Si bien también hay poetas profesionales –aquellos que se atornillan en las instituciones culturales de su país, lo representan en el extranjero, se aseguran la pertenencia a alguna lírica ensalzada– en mi país son casi inexistentes, así que me puedo quedar con la primera distinción.

El paso de poeta a narrador suele atribuirse a la búsqueda de un público más amplio, pero hay que tener en cuenta otra cuestión, igual de determinante: la poesía es un lenguaje muy exigente, que compromete cuerpo y alma de quien escribe y que puede terminar abrumando. El sueño del poeta exigente, como decía Kenneth Koch, es que cada poema sea la conclusión de todo lo que siente, piensa y sabe –un montón–. Recordemos aquella máxima de Ezra Pound en el ABC de la Poesía, que alguna vez incluso leí con mis alumnos de la universidad con mirada maligna: No utilices ni una sola palabra superflua. Evidentemente, esta presión es difícil de soportar.

Lo digo por experiencia. Empecé escribiendo poesía y durante muchos años lo hice exclusivamente. Para mí la poesía siempre fue un estado de excepción. Para escribir buscaba algo afuera de mí, afuera de lo cotidiano, un poco enajenada. Imágenes o hallazgos de la palabra que me fascinaban y algunas veces creía capturar, pero se me volvían a escapar. Era una agenda demandante y rigurosa. En algún momento de esas pesquisas aparecieron una serie de poemas, en los que desplegaba escenas a lo largo de varios textos en primera persona. Así empezó a emerger una voz que venía de los poemas, pero se desplazaba a una órbita ajena que era la de la narración. Las circunstancias son coyunturales y ahora no importan. Pero creo que me encaminé hacia una zona franca que aligeró ese estado loco en el que tenía que estar para escribir. Algo se aquietó, o tal vez yo misma me aquieté y de ahí me fui a la prosa.

Los estados de excepción vuelven por períodos, se imponen y con ellos una forma de escritura particular. Pero no podría escribir solamente desde ahí. Necesité encontrar un lugar más cómodo, amplio y diurno, más central en mi vida cotidiana, para sentarme a escribir. Un lugar, precisamente, más prosaico.

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Con esto quiero decir que en este pasaje entre poesía y prosa hay ciertos matices y que los motivos de la migración no son tan obvios como puede parecer a simple vista. Me pregunto entonces cómo fue para otros y otras, qué los habrá conducido a esta exploración. ¿Habrán sido cuestiones personales, económicas, literarias? Es posible que un poco de cada cosa. Intentando entender mejor, fui hasta mi biblioteca y empecé a mirar con un especial detenimiento a esos autores que están en los estantes de poesía pero que podrían estar en los de narrativa o en los de ensayo, y que por eso mismo muchas veces busco en los lugares equivocados.

Hago una lista abiertamente caprichosa y de ningún modo exhaustiva, por el mismo desorden que acomete mis estantes y que me hizo perder la tarde en lograr este mínimo conjunto. Veo diferentes direcciones: están los que van de la poesía al diario o a la prosa autobiográfica –Cesare Pavese, Mariano Blatt, May Sarton, Laura Wittner, Carlos Pardo, Diane di Prima, Luis Chaves–; los y las que van hacia el ensayo –John Berger, Tamara Kamenszain, Marina Tsvietaieva, Enrique Lihn, John Ashbery y sus amigos de la Escuela de Nueva York–; las que van hacia la novela y el cuento –Cristina Peri Rossi, Roberto Bolaño, Alejandro Zambra–. Ya lo dije, las fronteras son porosas, los cambios de lugares más frecuentes que las fijezas.

Al ver esos nombres juntos creo que pese a que hayan diversificado su escritura –ahora pienso en Pasolini– ninguno perdió su condición de poeta. Porque ¿en verdad la poesía es algo que pueda abandonarse? Tengo la sensación de que nadie se va de la poesía si es que estuvo verdaderamente ahí. Viene a mi mente una entrevista muy conocida a Roberto Bolaño que le hizo Cristián Warnken en 1999. Bolaño ya había publicado Los detectives salvajes, ganado sus premios importantes y volvía a Chile después de veinticinco años de ausencia. Es un diálogo brillante que vi muchas veces y en el que encontré algunas de sus opiniones sobre poesía, el género con el que empezó a escribir y que luego mitificó famosamente en la novela mencionada. Bolaño es un gran ejemplo del pasaje de la poesía a la prosa, porque él no terminó de alejarse del terruño, sino que continuó escribiendo poesía por otros medios. Buena parte de su novelística tiene ese espíritu incandescente, juvenil, aventurero propio de los infrarrealistas a los que perteneció. Convertidos luego en personajes de sus relatos.

Bolaño dice: «Yo empecé escribiendo poesía. Al menos cuando empecé a escribir en serio, cuando la apuesta era a vida o muerte –que es una forma un poco exagerada de decirlo, pero bueno, se parece– lo que escribí era poesía, y leí muchísima poesía. Y siempre he admirado las vidas de los poetas. Esas vidas tan desmesuradas, tan arriesgadas. Y en ese sentido tal vez –sólo tal vez– ese amor mío por la poesía y por los poetas se refleja de alguna manera en algunos de mis libros. Yo no creo que en todos. Además, yo como poeta no soy nada de lírico; soy totalmente prosaico, cotidiano. Mi poeta favorito es Nicanor Parra. Nicanor Parra ya lo dice; que él no habla de crepúsculos, ni de damas recortadas sobre el horizonte, sino de comidas y luego de ataúdes y ataúdes y ataúdes».

En este fragmento aparecen varias cosas: su origen en una poesía antilírica, narrativa, que sin duda colabora en el movimiento hacia el relato. También se ve cómo la fascinación por la poesía transmuta en fascinación por las biografías de poetas, algo que lo impulsa a narrarlas con la misma pasión, la misma vitalidad, la misma grafomanía que caracteriza a sus amados protagonistas. Porque hay un detalle nada menor: las vidas de los poetas, con su sino trágico, su fuerza mítica, su deriva marginal, no son vidas lineales. Contar la vida de un poeta no es «contar una historia», digamos, con su predecible estructura aristotélica. Es zigzagueante: más que continuidades hay cortes, desplazamientos inconducentes, eufóricos recomienzos, locura y más locura. Y la novela misma de sus jóvenes detectives está construida así, como una vida de poeta: errática, fragmentaria, obsesiva, llena de recomienzos, más guiada por búsquedas que por argumentos.

Por mi parte, nunca me interesó eso de contar historias. En realidad, creo que no sé hacerlo bien, ni siquiera en la vida diaria. No soy esa típica narradora que atrae la atención con una anécdota larga y pormenorizada en una reunión. No logro la intriga suficiente, me apuro a contar el final, me olvido los nombres de los implicados. Por suerte la poesía, o las vidas de los poetas, tienen la capacidad de ser muchas veces así de decepcionantes. Dejarte perplejo es el premio al final del camino.

Todo esto parece conducirme a un núcleo que vengo evitando y es la tantas veces glosada diferencia entre prosa y verso. No voy a demorarme mucho con esto, porque el tema ya ha sido motivo de vehementes y extenuantes disquisiciones. En un ensayo mínimo llamado precisamente así, «Prosa y verso», Fabio Morábito –¿por qué no lo puse en la lista de más arriba? ¿A qué destino recóndito habrá ido a parar mi ejemplar? – da en la tecla, o por lo menos se arrima a lo que estamos tratando de pensar: «La verdadera diferencia, diría la única, es que sólo hay una forma de escribir un poema, y es verso a verso, mientras que no se escriben un cuento o una novela línea por línea. El cuentista y el novelista siempre saben un poco más de lo que están escribiendo; el poeta solo sabe, de lo que escribe, el verso que lo tiene ocupado, y más allá de él no sabe nada; así cada nuevo verso lo toma por sorpresa. Todo poema está fincado sobre la sorpresa de quien lo escribe, y en consecuencia, sobre su nula voluntad de construir algo, que se reafirma a cada paso, en cada verso».

Pasos y versos. Los poetas escriben y viven con ese misterio, esa opacidad, en el presente más puro, sin certezas sobre el futuro. Pienso ahora que debe ser eso lo que no se abandona cuando se pasa a la prosa: escribir sin saber, metido hasta el cuello en esa página, sorprendido de que luego sobrevenga otra, otra y otra más, aunque se termine escribiendo una novela de seiscientas páginas.

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Entonces, el poema se abre paso en la oscuridad del sentido, verso a verso. Pero a veces esa oscuridad nos expulsa al exterior, necesitamos salir un rato, que puede ser más o menos largo. Y la otra puerta de salida habitual de la poesía es el ensayo. Un cartel luminoso que brilla en la oscuridad, pero que parece llevarnos a otro ambiente del mismo espacio. Los nombres mencionados indican que se puede ir de uno a otro casi al infinito.

De mi seleccionado, la figura que mejor encarna esta duplicidad es la poeta y ensayista argentina Tamara Kamenszain. Su biografía alterna libros de un género y de otro, con reenvíos constantes. Durante cinco décadas sostuvo, a la par que su obra poética, una reflexión crítica, en un diálogo muy vivo y muy agudo con otras generaciones. Cuando era una poeta y crítica cachorra, pensó en los y las poetas que la antecedieron, muchas de ellas, marginales o marginadas; cuando ya era una veterana, se ocupó con generosidad y perspicacia de los más jóvenes. Su poesía pasó por varias etapas, del neobarroco donde partió hacia una zona más coloquial, pero sin perder el filo ni la lucidez ni la ironía en su uso del lenguaje.

Y fue esa misma agudeza la que la llevó a desarrollar su teoría más bien fuera de los recintos universitarios, allí donde las investigaciones más interesantes suelen agonizar bajo el peso de las obligaciones. Tamara pensó con audacia las articulaciones entre poesía, narrativa y vida, al punto de ponerle de título a su obra completa, publicada en 2012 La novela de la poesía. Una novela que siguió escribiéndose, capítulo a capítulo, hasta el final. Poesía y crítica fueron interpelándose en su escritura, como si entrara en una con las experiencias elaboradas en la otra y viceversa. Un péndulo que oscilaba una y otra vez, como escribió inmejorablemente: «El arte se anticipa al pensamiento, pero el pensamiento lo alimenta para que pueda anticiparse».

El último libro que escribió fue Chicas en tiempos suspendidos. Tamara concluyó la obra de toda una vida, como no podía ser de otro modo, con un libro de poemas. Lo tengo al lado mientras escribo: es un ejemplar delgadito, realmente breve, está escrito en verso y pese a sus apariencias, también es un ensayo. Su condensación conceptual y rítmica es una pirueta propia de una experta equilibrista, porque logra, de algún modo, ser las dos cosas. Arrastrar a la poesía su bagaje de teoría y quedarse ahí, como primera y última morada.

En este libro se detiene en dos de sus poetas favoritas –Alfonsina Storni y Delmira Agustini–, en sus escrituras fogosas y sus vidas trágicas. Al pensar en estas biografías, que por supuesto se cruzaron con la suya, desempolva el viejo término «poetisas»:

Una palabra dulce
que dejamos de lado porque nos avergonzaba
y sin embargo y sin embargo
ahora vuelve en un pañuelo
que nuestras antepasadas se ataron a la garganta
de sus líricas roncas.
Si él me llama le dices que he salido
había pedido Alfonsina mientras se suicidaba
y eso nos dio miedo.
Mejor poetas que poetisas
acordamos entonces entre nosotras
para asegurarnos aunque sea un lugarcito
en los anhelados bajofondos del canon.
Y sin embargo y sin embargo (…)

Transcribo solo un fragmento, es un poema largo, pero permite atisbar muchas cosas. Su ojo de poeta que la lleva a medir el peso específico de cada palabra, en especial la misma denominación con que va a definirse ella y todas las de su especie. La de Tamara fue siempre una poesía de ideas, pero no una atiborrada de referencias de alta cultura, sino una que se permitió poner en duda saberes dados, tantear con palabras suaves conceptos duros. Preguntar, por ejemplo, ¿y si volvemos a decir poetisas?

En ese sentido, el paso de la poesía hacia el ensayo parece buscar más aire, más espacio. Pero cuando retorna –y lo hace para quedarse– es porque allí encuentra la verdadera libertad. Esa mano suelta se puede ver en el estribillo Y sin embargo y sin embargo, anáfora que recorre todos los poemas del libro, para contradecir sin tachar, para sobreponer otro sentido a lo ya dicho y encontrar en ese balanceo una verdad que esperaba ser hallada.

Llegado a este punto creo que la pregunta debería inclinarse más que a pensar a dónde van los que se van, cómo y de qué manera permanecen. Porque la poesía permanece. Lo que equivale a preguntarse qué significa seguir siendo poeta. Porque se sigue siendo poeta. Y es algo tan terrible y tan propio, como guardar un secreto.