
Valentín Roma
Los trillizos
Periférica
184 páginas
Una de las mejores fotografías que le hicieron a James Joyce, si no la mejor, es la que aparece sentado en mitad del campo, mirando hacia abajo, con un parche en el ojo izquierdo, con los codos apoyados en las rodillas, con una flor en el ojal; foto que acompañaba una cita misteriosa, infinita: «Amor matris, genitivo, sustantivo y objetivo, puede ser la única cosa verdadera de la vida. La paternidad puede ser una ficción legal». Y esto lo decimos por dos razones en torno a la novela de Valentín Roma (Ripollet, 1970) Los trillizos.
La primera es que la obra indaga en lo que significa la paternidad, o la padrastrinidad, pues el protagonista se sienta en un banco del parque de Barcelona, periódico en mano —un elemento de su atrezo, como él mismo confiesa—, para pasar su primera tarde a solas con los trillizos de su pareja; y tal cosa genera un planteamiento de apariencias e imitaciones: «Se acabaron las estrategias: debo comportarme como el resto de las madres, ser una más, otra idea nauseabunda», dice el narrador en primera persona.
La segunda razón que aduciremos para aludir a Joyce es que Roma es autor de Retrato del futbolista adolescente (2019), que incidía en asuntos de orden social, generacional, con todo lo que conlleva tal cosa a la hora de emprender elecciones de vida, estudios o vida doméstica, por parte, sobre todo, de una población humilde pero aspiracional. En aquel libro, teníamos al propio autor de Retrato del artista adolescente y a su personaje Stephen Dedalus, convertidos en esas páginas en narrador y futbolista, y en Los trillizos, Roma sigue la senda de lo que ha destacado la crítica al encarar la interpretación de sus libros —entre los cuales también se cuentan: Rostros (2011, mixtura de ficción y ensayo), El enfermero de Lenin (2017), el texto misceláneo Diecinueve apagones y un destello (2020) y El capitalista simbólico (2022)—, o sea, desarrollar una narrativa de aprendizaje alrededor de lo que se da en llamar el desclasamiento en España. Esto se entendería como la pérdida de conciencia de clase o la caída en la escala social, que afecta en especial a los jóvenes con titulación superior durante crisis económicas. (Más adelante se aludirá a cierto «tic proletario» muy ingenioso.)
Se diría que los personajes de Roma siempre andan desclasados en el sentido de ir sin una brújula clara con la que atender su norte vivencial. De ahí que el protagonista de esta novela tenga el aspecto de un calzonazos que tiene que asumir que su pareja le ordene por wasap lo que tiene permitido darle a los niños como merienda.
El tono de la obra, claro, es irónico, pues se busca en todo momento la ridiculización de situaciones y prototipos humanos. El protagonista es un ser elusivo, que tan pronto quiere evitar a las madres del parque como a alguien que se parece a una vecina suya o a una chica con la que salió un tiempo y a la que mentía de forma compulsiva: «Descubro entonces que tengo una sobredosis de individuos similares, repetidos, triplicados… Ciertamente necesito desintoxicarme, salir de copas con esos amigos que se declaran exhaustos y que resoplan ante cualquier ridícula consulta, gente que disimula su intransigencia bajo algunas capas de cansancio», leemos.
No en vano, la gente, la familia, los hijos serán para el protagonista un cúmulo de opresiones que sólo pueden calmarse —o agitarse más— con la ayuda del alcohol, de ahí que en medio de la merienda, y ante la pregunta de los niños sobre en qué momento llegará su mamá, apunte: «Con la quinta cerveza siento un odio profundo contra la sentimentalidad de las clases medias, esas que viven cualquier palabra como una epifanía, ésas que asumieron, sin ningún conflicto, que cuidar nos enaltece, nos potencia, nos mejora». Puro cinismo y zozobra, rabia y actitud apática al mismo tiempo.
Visto todo ello, el epígrafe que abre la novela de Paul Valéry, extraído de sus Cuadernos, es del todo coherente con lo que Roma quiere llevar a su cáustica literatura: «El hombre es el único animal encerrado en el exterior de su jaula». Porque una jaula serán los fines de semana, las familias del siglo XXI, los jardines de Pedralbes o las vacaciones exóticas en el continente africano, por decirlo con algunos de los títulos de los capítulos. No habrá escapatoria, pero al menos tendremos el humor como válvula de escape, pese a la desquiciante presencia de un trío de hijastros que son como una piedra en el zapato.