Daniela Catrileo
Chilco
Seix Barral
252 páginas
POR PEDRO PABLO GUERRERO

Bastó que Dua Lipa recomendase Chilco en su boletín de lectura para situar en el plano de la aldea global a Daniela Catrileo. La cantante británica la destacó en su web Service95 como «la primera novela de una autora mapuche traducida al inglés», señalando que «Chilco cuestiona las raíces, la identidad y las heridas del colonialismo».

Profesora de filosofía, integrante del colectivo feminista Rangiñtulewfü y del equipo editorial de la revista Yene, Daniela Catrileo (Santiago de Chile, 1987) se dio a conocer por sus poemarios Río herido (2016) —publicado en España por Esto No Es Berlín— y Guerra florida, que obtuvo el Premio Municipal de Santiago en 2018. Al año siguiente, su primer libro de relatos, Piñen —publicado en Barcelona por Las Afueras—, ganó, en la categoría Cuento, el concurso de Mejor Obra Literaria convocado por el Ministerio de las Culturas, las Artes y el Patrimonio.

En su primera novela, Chilco, la autora lleva a cabo su proyecto más ambicioso hasta hoy. Inventa una pequeña isla con ese nombre, de clima subtropical, vegetación exuberante y recordada por su indómita población aborigen. Si bien ficticia, Chilco compila, por así decirlo, rasgos de varios territorios insulares chilenos, como la isla Mocha, el archipiélago de Juan Fernández y Chiloé. Reúne «todos los mitos, todos los exotismos en un solo lugar», empezando por el de la utopía, que no existe, por más que lo haya imaginado Tomás Moro. Su única realidad es lingüística, no geográfica. En este caso, la etimología es mapuche: chillko, «acuoso, colmado de agua», pero también el nombre un arbusto de coloridas flores, la fucsia silvestre. De ahí la denominación prehispánica Chillkowe (lugar de chilcos) o Chillko wapi (isla Chilco).

El nombre de la protagonista, Marina, refuerza este carácter líquido. A la isla llega junto a su pareja, Pascale, huyendo de ciudad Capital, que atraviesa por una serie de crisis sociales y telúricas. Desde este destierro voluntario, Marina examina su vida. Es nieta de inmigrantes peruanos de ascendencia quechua, mientras que Pascale nació en la isla, y tiene, por lo tanto, orígenes lafkenches (mapuches costeros). Estos rasgos son claves, porque Chilco funciona desde el primer momento como una alegoría identitaria, con la originalidad y riesgos que esto supone. Hay una nítida oposición maritorio/territorio, es decir, entre Chilco y la tierra firme, que abarca el continente y, en particular, la ciudad Capital. Al interior de esta última, a su vez, hay una contraposición entre el centro histórico y La Chimba: el barrio que comienza al otro lado del río, la orilla de enfrente donde se asientan los extranjeros. Allí viven Marina, su madre, su tía y su abuela, que preside con mano firme este matriarcado doméstico en el que «la falta de padre era la religión común de nuestro territorio».

Marina trabaja en el archivo del Museo de Historia Natural y Social (nótese la irónica conjunción de estos dos adjetivos). Es en este lugar de memoria y conservación donde conoce a Pascale. Esta parte de la historia corresponde a los «tiempos mansos», los años de falsa calma que preceden al colapso de la ciudad Capital. Todo empieza con el derrumbe de unos edificios residenciales que provocan la muerte de muchas personas. El desastre es atribuido a la corrupción inmobiliaria, lo que da origen a protestas que desembocan en una revuelta inédita y masiva contra la especulación y la usura. Los hechos parecen anunciar la caída del modelo neoliberal. «Aparecimos en las noticias del mundo como un ejemplo de sublevación. Nos motivamos a imaginar un mundo nuevo y nos ilusionamos, como si fuera posible la belleza y la utopía al mismo tiempo», recuerda la protagonista. A este primer momento de esperanza sigue el del pavor. Una serie de temblores produce socavones letales en toda la ciudad. ¿Relaves mineros?, ¿venganza de los empresarios?, ¿el fin del mundo? La versión oficial los atribuye a catástrofes naturales. Desorientado, el movimiento social se divide y radicaliza, mientras los alimentos escasean y comienzan los saqueos. El Gobierno responde con la represión policial y militar. El sueño de rebelión se ahoga en el desengaño, y la solidaridad termina con el regreso a la rutina del trabajo. «Todo continuó como antes, pero con una desigualdad aún más profunda», sintetiza la narradora. El gran capital, en cambio, no pierde nada. Las elites, como siempre, huyen de los barrios devastados y se refugian en una nueva ciudad privada. «Nadie, absolutamente nadie, dice que resistir y luchar cansa», reflexiona Marina.

Daniela Catrileo, casi no hay necesidad de mencionarlo, se ha atrevido a abordar en Chilco, a través de una ficción distópica, el estallido social que se inició en Chile el 18 de octubre de 2019 y se extendió hasta marzo de 2020. Lo hace con dolor y honestidad, sin concesiones, ni siquiera a los intelectuales progresistas que apoyaron la revuelta desde la condescendencia y el paternalismo, con la seguridad de que no perderían sus privilegios fuese cual fuese el resultado de la sublevación. Lo que dice Marina de sus jefes en el Museo es demoledor: «Aunque ellos apoyaban el movimiento político, condenaban la violencia. Sin embargo, en la parte inferior de cada afiche de sus eventos se veían logos en miniatura de mineras, forestales o hidroeléctricas, junto a palabras como “auspicia”, “produce” o “presenta”».

Para construir su alegoría, Catrileo echa mano de elementos tomados de cosmogonías nativas de Sudamérica. Su apocalipsis alude a la ancestral leyenda mapuche de las serpientes Treng treng y Kai kai, que representa la lucha del mar contra la tierra, pero sobre todo recurre al mito andino del Pachakuti: «El fin del mundo, o grande destruición, pestilencia, ruyna, o perdida, o daño común», como lo definiera Diego González Holguín en su Vocabulario de la Lengva General de todo el Perv llamada Lengva Qquichua o del Inca (1608). En un gesto de ternura y humor que esquiva el tremendismo, Marina bautiza como Pachacuti a un quiltro flaco, hambriento, con una pata de menos, que recoge de la calle. En este caso, la palabra apela a otro aspecto del mito: «el mundo al revés».

Chilco es la crónica de este mundo invertido, donde lo que está abajo sube y lo que está arriba baja. La novela trastorna el registro realista sin caer en lo fantástico, construida a partir de un calculado juego de resonancias semánticas y un léxico multicultural que tiende a la diglosia, introduciendo voces indígenas de distinta procedencia que dialogan el pie de igualdad con las del texto base en español. Daniela Catrileo, asimismo, demuestra una habilidad sobresaliente para encadenar desastres telúricos con acontecimientos históricos y las vidas mínimas de quienes toman parte en ellos.

La narradora se mueve entre las ruinas de Santiago con tanta soltura como se desplaza entre los espacios de la novela, con pausas en las cuales los analiza y clasifica. Esta autoconciencia revela la necesidad de dar «Un orden al universo», tal como se titula uno de los capítulos. De igual modo, la autora inserta al comienzo de las secciones en las que se divide del libro, una serie de textos breves e imágenes, impresos en páginas de fondo gris, bajo el encabezado «Archivo de Chilco», que dan cuenta de la flora, historia, geografía, literatura, música e incluso mapas de la isla imaginaria. Por añadidura, la primera sección de la novela se llama «Inventario previo de los acontecimientos», en concordancia con el trabajo de archivo y catalogación del museo en el que trabaja la protagonista. La última parte lleva el título «Apuntes de una vida insular». De esta forma, Chilco adopta la forma de un gabinete o diario de un naturalista del siglo XIX.

Uno de los propósitos de la alegoría es fijar en una imagen estática una realidad compleja, cambiante y caótica. Digamos que la autora de Chilco lo consigue plenamente a nivel de totalidad en la novela, aunque no siempre en los procedimientos retóricos particulares que, por su naturaleza, deberían ser más dinámicos. Uno de los riesgos que asume Daniela Catrileo con su tratamiento alegórico es el de incurrir en ciertos esquematismos. Hay que ser Chesterton, o Thomas Mann en La montaña mágica, para sortear todos los obstáculos. Conseguir, por ejemplo, que los diálogos que deben transmitir un contrapunto de ideas suenen naturales y más o menos espontáneos sin perder la viveza de la oralidad. La escritora triunfa por todo lo alto, en cambio, cuando elige un estímulo sensorial de apariencia corriente y le saca partido para representar con él una intuición compleja, perturbadora, casi inefable. Tal es el caso del olor denso, a encierro, que percibe Marina al comienzo de la novela y que, al final de ella, se revela como el presentimiento de un desenlace ominoso. Algo huele mal, muy mal, en esa casa de la isla que ella y su pareja han elegido como refugio tras el amago de utopía que fracasó en tierra firme. La «pestilencia, ruyna, o perdida» del Pachakuti, como diría González Holguín, las persigue desde la ciudad Capital.

Walter Benjamin, un autor obsesionado con la alegoría, que rastreó desde el drama barroco alemán hasta el «Angelus Novus» de Paul Klee, escribió: «La alegoría se aferra a las ruinas, ofreciendo la imagen de la inquietud coagulada». La protagonista de Chilco intenta dejarlas atrás, pero en su fuga comprende que es imposible. Solo quedan en pie, como animales sin miedo a extinguirse, la compasión y el matriarcado.