Director Cuadernos Hispanoamericanos

Resulta llamativo que tantas veces se lamente la poca incidencia de la literatura, su riesgo de caer en la irrelevancia, cuando a lo largo de la historia ha demostrado una enorme capacidad de intimidación al poder. Y siempre sin haber sido un arte necesariamente masivo, como si fuera un peligro que preocupara a los mayores poderes de cada época desde su alcance minoritario.
Lo cierto es que los libros censurados o autores perseguidos han sido una constante, tanto que muchas veces han tenido un efecto paradójico: actuar como un llamado de atención sobre creaciones que adquieren una condición casi mítica por el temor que han despertado. Y, al mismo tiempo, tal vez por esa misma posibilidad amenazante, muchos libros han parecido agudizar sus sentidos y exprimir sus mejores recursos para retar a esos poderes.
Si bien resulta imposible hacer un recuento exhaustivo de una nómina tan larga, sí se pueden citar algunos casos significativos que además conllevaron alguna aportación formal. En Operación Masacre, el relato de la represión de un levantamiento peronista en Argentina en 1956, Rodolfo Walsh recoge testimonios de testigos y supervivientes, en una de las primeras grandes obras de la narrativa de no ficción en lengua española, para publicarla por entregas de difícil circulación bajo el lema «Un libro que no encuentra editor». También en Argentina, en Respiración artificial (1980), Ricardo Piglia burla la censura, aludiendo desde la ambigüedad de la ficción a la represión de la dictadura y sus desaparecidos, y esgrimiendo ya en su título a ese poder incontrolable para cualquier aparato económico o político: una respiración artificial, agónica si se quiere, pero superviviente al fin y al cabo, que exuda un aire capaz de molestar desde su mensaje encriptado mucho más que con otras fórmulas más directas. En todas las geografías encontramos casos semejantes. En España, la novela Tiempo de silencio, de Luis Martín Santos, además de suponer una ruptura con el realismo más ramplón e introducir recursos narrativos experimentales, apareció pese a las dificultades del franquismo: con partes censuradas en una primera edición y una ampliación posterior, abriéndose paso entre esos resquicios para introducir una voz crítica y una mirada nueva al panorama nacional de aquella época. Otros libros españoles de esos años encontraron sus lectores optando primero por una publicación en el exilio y otra posterior ya en la democracia. Es el caso de Si te dicen que caí (1973), de Juan Marsé, en una de sus novelas más vanguardistas; o de la novela autobiográfica La forja de un rebelde de Arturo Barea, que primero se divulgaron en ediciones latinoamericanas y sólo más tarde pudieron leerse en el país de origen de los autores.
Según las circunstancias políticas y la época, pueden encontrarse siempre casos semejantes: Ajmátova, Pasternak, Elena Poniatowska, Max Aub, Antonio Buero Vallejo, Pasolini y un largo etcétera encarnan el ejemplo de escritores y escritoras incómodos para el poder, capaces de movilizar a la censura o a la represión y encender alertas por algo tan aparentemente inocente como un libro.
Tampoco estamos ante una realidad estrictamente histórica, pues a día de hoy y en nuestro entorno persisten otros vetos o silencios que pueden ser más sutiles, persecuciones o censuras colectivas que obligan a los creadores a buscar mecanismos elaborados que les permitan decir lo que creen necesario.
¿Cómo puede combinarse, pues, ese lamento por la irrelevancia de la literatura con el temor o la suspicacia que causa en sistemas o realidades políticas y sociales de distinta orientación?
Quizá sea por la propia naturaleza de la escritura, por la libertad indisociable al gesto creador. Si la escritura -y muy particularmente la escritura de ficción- precisa de una convicción alucinada de cada autor y cada autora, para levantar un mundo inventado y dar vida a unos personajes tan reales como los que existen fuera de sus páginas, resulta difícil que su intención no sea igual de sincera. De ahí que, por extraño que resulte, en las novelas haya una verdad -aun velada y alterada- mucho más elocuente que la de otros muchos discursos.
Es, además, como sugiere el título de Piglia, un murmullo que existe pese a los intentos por reprimirla, como un reducto inevitable que se escapa al control de otros poderes aparentemente más omnipotentes.
Es por eso, tal vez, que en muchos de estos textos haya un halo de provocación o de insolencia: algo que, pese a su endeblez, por la verdad que entraña, y por el reto que supone que unas pocas palabras irrelevantes cuestionen otros grandes poderes, resulte tan difícil de aceptar a quienes se ven obligados a sostener otros mensajes más calculados e imperfectos.
Es, pues, esa libertad indisociable al acto creador, esa necesidad de cada escritor de referirse a su época sin cortapisas -y que muchas veces ha exigido además hacerlo con artefactos complejos que sorteen los intentos de acallarla-, lo que convierte la literatura en un poder extraño. El de una verdad que escapa al resto de grandes poderes, y que en su eco discreto es una de las mayores mortificaciones de quienes se sostienen en la lógica del silencio o la doblez.