
Fernando Garriga
Sacrificio
Editorial Fulgencio Pimentel
135 páginas
El gran logro de Sacrificio es la evocación de lo inquietante a través de atmósferas oníricas, un tratamiento literario propio de la tradición fantástica rioplatense a la cual Fernando Garriga da otra vuelta de tuerca. La obra ganó el Premio Internacional de Cuento Ignacio Aldecoa el año pasado, con el título «Un bucle de tiempo». En los intercambios entre las nociones de sacrificio y de bucle temporal se ubica la otra conquista del libro: la armonía. El tema de los procesos repetidos indefinidamente atraviesa los seis relatos de la colección, enmarcados en alguna de las cuatro acepciones de la palabra sacrificio: la ofrenda a una deidad, la matanza de animales, el peligro y el acto de abnegación inspirado por el amor.
En «Un bucle de tiempo» —el primer relato del conjunto—, un viejo escapa de un asilo de locos, con la idea de vengarse de los hijos que lo metieron allí. La narración de la huida sobre el río, a bordo de una canoa robada, se confunde con los recuerdos y añoranzas del viejo; más tarde, en tierra firme, adentro de un faro, con una historieta. La superposición de elementos, como en las obras de Jorge Luis Borges, permiten a Garriga crear la idea de un ciclo que no termina de cerrarse. La analepsis de «Un segundo bucle de tiempo» completa la repetición de sueños envenenados por el insomnio que inicia el cuento anterior, y continúa la posibilidad de que, al desdoblarse el tiempo, el protagonista pueda ser, a la vez, asesino y asesinado o lector y personaje de una ficción. Como forma usual del recuerdo, la analepsis narra la relación con Emilse, la esposa, madre de los hijos traidores; porque ya el viejo no es un loco, sino un viudo que busca a la esposa muerta. La busca desde que ella una vez se le apareció para decirle que después de la vida uno adquiere un nuevo nombre. Bajo esa óptica, el escape deja de ser escape para convertirse en un sacrificio o acto abnegado del marido: «Sintió rabia de saberse incomprendido: como si él fuera quien hubiera muerto y hablara en esa lengua ártica, de muchas consonantes».
Los personajes marginados, marcados por la soledad, la locura, el sueño o la muerte, saltan de uno a otro relato, como Nadia la levantadora de pesas y su novio enano que son protagonistas de «Un pez naranja», personajes secundarios en «La banda de los enanos» y en «Tilcara» su aparición es fugaz. En este trío las nociones de sacrificio de los relatos anteriores se amplían; a partir del peso de las metáforas en el primero, donde las tortas de Nadia se comparan con la comunión —el sacrificio ritual del dios cristiano— y de la relación con lo peligroso en el segundo, en donde se percibe un coqueteo con el humor.
También el protagonista «Tilcara» es un marginado: es un coya o descendiente de los pueblos originarios —incas o aimaras— de los andes argentinos. «Hay cinco días que están fuera del tiempo. Eso pensó mientras flotaba», se lee en ese relato: «Era el primero de esos cinco días. Por eso no moría. Porque flotaba a la espera de entrar de nuevo». El tiempo fragmentado se propone como el umbral entre la vida y la muerte a medida que las aventuras del coya toman la forma de pesadillas mientras busca la arcadia de Tilcara, un lugar real al norte del país.
Las pesadillas pueblan, igualmente, la atmósfera de «Sacrificio», en donde la inesperada amistad de un zaino impele a un hombre a evitar que lo maten, gesto que le involucra en un bucle temporal, obligándole a preguntarse qué es vigilia y qué sueño. El cuestionamiento es más que una postura literaria: supone el discreto aporte que hacen Garriga y los de su generación a la rica herencia de lo insólito en la literatura rioplatense. Si lo fantástico supone la confrontación entre lo real y lo imposible, en los relatos contemporáneos lo que no puede ser es un problema más para el lector que para los personajes de la ficción quienes, seres de estos tiempos complejos, han interiorizado que la realidad es una construcción de la razón, el conjunto de andamios creado por el lenguaje para hacer tolerable la vida. Lo que proponen los seis bucles en el tiempo presentados en Sacrificio es que no solo se ha vuelto imposible explicar la realidad desde la razón, sino que tampoco tiene sentido perder tiempo en eso, pues como piensa uno de sus personajes: «una vida pasa como pasa el río frente al muelle».