POR FERNANDO CLEMOT
Ateneu Barcelonès. Fuente: Wikicommons.

Son apenas veinte minutos los que permanecemos en ese fondo. Puede parecer poco, pero escribo por cada uno de ellos, por ese pequeño paraíso de silencio que encontramos en el epicentro de cada fase de la escritura. Ahí reside todo: escondido entre capas de lodo, rutinas y miedos.

Me considero un escritor metódico, quizá en exceso. Desde que empecé a escribir, siempre lo he hecho en fases invariables de cuarenta y cinco minutos, y nunca más de tres horas seguidas. Más allá de ese tiempo, ninguna otra alternativa de trabajo me ha funcionado. Ese es mi sistema, pero, si tuviera que pensar en el motivo más profundo por el que escribo, estaría siempre en el corazón de esos cuarenta y cinco minutos, en medio de ese lapso temporal. La glándula pineal de la escritura reside ahí, mágica y secreta, entre capas y capas de materia; nos espera la fiebre, el sancta sanctorum como un regalo atávico, llegado de otro tiempo. En mi caso, suelo tardar unos diez minutos en volver a ese refugio. Es lo que me demoro en desbrozar dónde he dejado el texto, concentrarme y ver los lugares por los que deseo conducir la trama, como el pescador que enhebra el hilo en su caña.

Tras ese umbral de entrada, esos diez minutos donde surgen una y otra vez el miedo y las dudas, es cuando se penetra en una profundidad que no sé describir. Lo inefable. Ese momento de escritura automática, a tientas, puro instinto en que no hay nada enfrente ni a los lados. En ese lugar no atenaza el dolor ni las preocupaciones. No hay alegrías ni escuecen los estigmas del duelo. Allí no hay nada y la escritura es dirigida por una fuerza de la que no te sientes partícipe; algo que te sacude y te lleva adonde quiere. Te arrastra una marea, un pensamiento no consciente; un automatismo de los muchos que acoge nuestro cuerpo —conducir, caminar, respirar, digerir— parece guiarte en esos momentos. No sé qué escribo porque ni siquiera siento que estoy escribiendo.

Me guía una magia que sólo se puede experimentar durante un nacimiento, en los sueños vívidos y en el orgasmo: algo antiguo y denso que nos lleva al fondo de una cueva donde habitamos tan sólo unos minutos, porque en medio de esa gruta suena una alarma, un timbre que rebota en todas sus paredes, recordándonos que debemos salir. Una luz en la oscuridad nos indica la ruta de salida hacia la vida y sus rutinas. Son los últimos minutos de cada fase de la escritura, que en mi caso suelo utilizar para situar las cosas, a fin de que más tarde me resulte fácil y rápido volver a entrar en la fase que más me interesa. Nos es difícil entrar en lo profundo de esa almendra, pero cuesta muy poco salir.

Esas fases de cuarenta y cinco minutos buscando esa sima de veinte minutos son mi forma habitual de trabajar, pero a esa rigidez de mi sistema se une mi dificultad congénita para encontrar un lugar donde escribir.

Siempre he mirado con envidia a otros compañeros y compañeras de profesión que encontraban fácilmente ese lugar. Algunos podían hacerlo en cualquier cafetería, rodeados de un trajín y unos ruidos que a mí me enloquecerían, o sentados en el banco de un parque. También podían, además, escribir a cualquier hora del día: les bastaba con desearlo, y aquello me resultaba todavía más desconcertante. Recuerdo también a un buen amigo editor y escritor que solía escribir a mano en una libreta, mientras desayunaba o después de comer, frente a la playa de poniente de la Isleta del Moro; o a una escritora que sólo podía escribir de noche o de madrugada, cuando acababa su jornada. Siempre he envidiado esa facilidad que tenían para concentrarse, evadirse de lo que les rodeaba. Llegué a pensar que la normalidad era eso: lo que hacían mis amigos, escribir de cualquier modo, en cualquier sitio; convertirte en un animal escribiente, como Pessoa, Balzac o Walser, ese escribebat corpus, esa máquina de escribir humana que no para ante nada y ante nadie, sin límites, sacrificada, el estajanovismo de la escritura. Traté de hacerlo así: durante muchas mañanas escribí en una cafetería que había en el Hibernacle de la Ciudadela de Barcelona, en una terraza que había frente a las Drassanes o en el Café de la Ópera. El resultado de aquellos meses fue un irremediable naufragio. Me molestaba todo: el ruido de la máquina de café, de las conversaciones de otras personas, de una tragaperras que repetía sin cesar sus cantos de sirena… También intenté escribir por la noche, tal vez no más de dos o tres veces, ya que el mero hecho de sentarme ante el ordenador me producía náuseas o insomnio al terminar. Nunca pude llegar a la fase profunda de la escritura.

No fui capaz de escribir lejos de mi escritorio. No era como los demás —como casi todos los demás—, que podían escribir en cualquier lugar, incluso quienes podían elegir cualquier momento del día. Quizá porque en la escritura sólo busco esos hondos instantes de concentración, siempre me ha costado mucho encontrar las condiciones adecuadas para escribir. Voy a tratar de descifrarlas, porque para mí aún resultan también un misterio y no he terminado de entenderlas.

Sólo sé escribir por la mañana. No existe otro momento para mí y hace tiempo que renuncié a intentar trabajar a otras horas que no sean aquellas en las que me siento más cómodo. Sólo encuentro tranquilidad para escribir en ese momento, cuando no han empezado las preocupaciones diarias, cuando todavía no ha ocurrido nada y el día es un sobre por abrir. No hay correos ni han empezado otros trabajos relacionados con la Escuela. Por la mañana es el único momento en que mi cuerpo acepta escribir y, en ese instante, soy capaz de hacerlo con cierta soltura y velocidad. Así, en una jornada normal puedo escribir cuatro o cinco páginas. Sólo con esta cantidad siento que la jornada ha sido provechosa.

Otro de mis rituales exige escribir en mi ordenador y en mi mesa. Fuera de mi mesa pocas veces me he sentido bien y sólo recuerdo haber escrito con profundidad —llegando a esos minutos de escritura automática e inconsciente— en tres lugares que puedo evocar a la perfección: la biblioteca del Ateneu Barcelonès, con su silencio beatífico y sus techos ilustrados con cacerías y angelotes del XVIII; un rincón junto a la chimenea en mi apartamento de campo y una mesa muy pequeña, en la habitación auxiliar del apartamento que alquilábamos en Roma. Nunca he escrito con comodidad lejos de mi mesa, aparte de estos mínimos lugares señalados. Pero lo que me exijo antes de escribir no acaba ahí.

También es necesario que la casa esté recogida —no puede haber lavadoras o compras pendientes, ni la visita inminente de algún técnico o un repartidor— y la mesa del escritorio debe estar limpia: no puedo tener ningún libro, lapicero, marcapáginas, grapadora o pen drive alrededor del ordenador. Preciso de luz natural y otra lámpara a mi derecha, así como de música ambiental (nunca cantada) de fondo. Mis principales fuentes de música suelen ser los podcasts de Radio Clásica y de Radio Swiss Classic. No tiene mucho sentido esta rutina, ni debería importar la emisora, ya que también escribo con unos tapones de silicona firmemente adheridos en mi canal auditivo. Necesito que la música esté ahí, pero no debo escucharla.

He reflexionado a menudo acerca de todas las exigencias que me impongo para escribir y pienso que no son más que obstáculos irracionales, porque me aterra escribir. Sí, en esos minutos de silencio, los previos a la concentración, ese bajar a la gruta, entonces estás solo y te preguntas quién eres y qué haces; el sentido o no de lo que estás haciendo. Es muy fácil echarse atrás en esos momentos de extrema soledad.

Luego, lentamente, se va filtrando el hada verde —siempre la imaginé así— que te acompaña a lo profundo. Palpas el frío de la gruta, te resbalas en él; es tu epicentro y tu madre, te domina y te sumerges en ese total y absoluto abandono que da sentido a todo.