POR ALAN PAULS
Gentileza de la familia Libertella.

En Aquí América Latina (2010), un ensayo especulativo sobre el cambio de milenio en la imaginación del continente, Josefina Ludmer sale a pasear con Hector Libertella por el centro de Buenos Aires y le tira de la lengua. Lo hace hablar de las tres o cuatro manzanas por las que pasean, escenario, yacimiento arqueológico de los años gloriosos de la vanguardia porteña. Heredero de «los dorados sesenta», sobreviviente de los setenta, Libertella, como en trance, parece recordarlo todo: el instituto Di Tella, la librería Galatea, el bar Moderno, el CayC, la facultad de Filosofía y Letras, la redacción de Sur, el restaurante Dorá, el América —landmarks que va señalando y celebrando con una euforia alucinada, como si los reconociera detrás, más allá, quizás encriptados en las tiendas de camperas de cuero, los edificios de oficinas, los call centers, los maxikioscos que terminaron ocupando su lugar en el mapa del barrio. Ludmer tarda en entender la escena. Primero la interpreta como una efusión nostálgica, como si su informante se limitara a llorar todo lo que la ciudad y su generación perdieron. Después, afinando el lápiz del oído, se da cuenta de que Libertella está leyendo en vivo: lee la Gran Manzana —perímetro mítico del centro de Buenos Aires— como un palimpsesto; lee el pasado en el presente; lee la superposición, la simultaneidad, el fundido instantáneo y perturbador donde convergen de golpe tiempos que todo parecía separar y que, convocados por el medium Libertella, no tardan en florecer y reproducirse, hasta evocar un linaje vanguardista que cruza casi un siglo y va de Macedonio Fernández (el happening de su candidatura a presidente de la república en los años 30), Oliverio Girondo paseándose en coche fúnebre para promover su poemario Espantapájaros, los «muchachos de la revista Martín Fierro», a la pandilla de literales radicales que Libertella integraba con Osvaldo Lamborghini, Arturo Carrera, César Aira y Tamara Kamenszain.

Libertella murió hace veinte años, a los 61, un par de semanas antes de que apareciera su extraordinaria autobiografía, La arquitectura del fantasma. Basta ver lo que el escritor —un detractor sarcástico del yo, como todos los de su ghetto— hace con el género autobiográfico para comprender hasta qué punto la nostalgia que Ludmer había creído percibir era ajena a él, a su poética, a la forma de vida irreductible y quebradiza que encarnaba. Es el milagro luminoso, vital, del libro póstumo de Libertella: sostener la posición de la vanguardia sin ceder una sola página a la añoranza, el desconsuelo, el rencor, la arrogancia, pasiones tristes en las que suelen ahogarse los náufragos de las edades de oro, sobre todo si el oro fue el único, el oro irrepetible y fulgurante de la vanguardia.

«Sostener» no, en realidad; está mal dicho. Libertella nunca sostiene nada; más bien se deja hacer, llevar, mecer, con una mezcla de docilidad y osadía que los campeones del sostener nunca conocerán, no importa lo denodados que sean. Todavía recuerdo cómo me llamaba la atención, cuando nos veíamos, que Libertella nunca estuviera del todo erguido, que siempre tuviera las rodillas flexionadas, a media asta, un poco como el faquir Ramacharma de El loto azul, con quien compartía además cierta escualidez, el devenir beatnik de la barba y la vocación de invisibilidad, o como los jugadores de básquet, deporte que no sé por qué, dado que nunca tuve una sola pista al respecto, juraría que practicó o le gustaba. Más que caminar, Libertella pivotaba sobre sus rodillas, se bamboleaba, y en ese suave bandeo —todo lo contrario de una indecisión— había un cierto suspenso, como si su cuerpo —no él, no exactamente él— rumiara ideas de movimiento inesperadas: salidas.

No, Libertella no sostenía nada. Actuaba la posición de vanguardia; esto es: la convertía en acción, en acciones que a su vez derivaban en situaciones, gags, coyunturas desopilantes, pasos de comedia brillantes donde el sujeto vanguardista, siempre un poco «colgado», como si acabara de despertarse o se recuperara de algún enigmático colapso, se veía enfrentado con la única bête noire digna de desafiarlo: eso que hasta no hace mucho tiempo (¿cuánto, exactamente?) los debates literarios llamaban «el mercado». A su manera, que era de una picardía ladina y sonriente, nunca quejumbrosa, y trabajaba con la paradoja y el sinsentido, Libertella era un activista. Su vida de escritor coleccionó todos los hitos de una trayectoria radical: precocidad (entre los doce y los trece años escribió, editó y publicó sus dos primeras novelas, dos libros-objeto con tapas mullidas de cuerina y señalador de terciopelo), el fervor de una poética hermética desplegada en artefactos literarios impares (El camino de los hiperbóreos, Cavernícolas, El árbol de Saussure, El paseo internacional del perverso, Diario de la rabia), antirrealismo, formalismo puro y duro, mística textualista (esperaba y leía los números de Tel Quel como un folletín teórico), intervenciones críticas contracanónicas (Nueva escritura en Latinoamérica, Las sagradas escrituras, donde ningunea al boom y exalta a una pandilla de héroes laterales, todos hombres, con sus viejos —Macedonio, Lezama Lima, Ribeyro, Felisberto Hernández, Piñera, Guimarâes Rosa— y sus jóvenes —Puig, Lamborghini, Arenas, Lihn, Elizondo, Sarduy), proximidad con las instituciones (el di Tella) o revistas (Literal) más de punta de la época. Todo en esa vida lo empujaba a la jaula hermética, el idiolecto, la lengua muerta, quizás al mutismo desolador en el que vio arder a su ídolo Jorge Bonino, performer de culto cordobés a quien retrató en «La leyenda de Jorge Bonino», donde le hace proferir este grito de guerra terrible: «Si yo no sé de lo que hablo, tampoco permitiré que otros lo sepan».

Sin embargo, paladín de la incomunicabilidad, cautivo empedernido del «hechizo lenguajero», Libertella pone en escena su vida como la picaresca —calvario gozoso, pesadilla fascinante— de un vanguardista atolondrado y sagaz que, condenado a medirse a cada rato con la vulgaridad del mundo, sobre todo con esa parte del mundo donde se agazapan las fuerzas, los aparatos, los intereses que menos parecen componer con el espíritu autárquico de su utopía, multiplica deslices, percances, malentendidos, todo un repertorio de equívocos a mitad de camino entre el desastre y la elegancia, la torpeza y la soberanía. Ahí aparece el Libertella joven, voraz, que manda manuscritos a cuanto premio le sale al cruce y siembra una gota de pegamento entre dos hojas para detectar si el jurado los ha leido); el Libertella multipremiado (el Paidós, el Monte Avila, el Juan Rulfo: nunca un radical libre cosechó tanto); el Libertella publicista, que no reconoce cuál es el producto que debe publicitar, inventa campañas para cosas que no existen, contrabandea versos de Borges en los slogans o piensa en Lothar —el asistente del mago Mandrake— para lanzar la variante low tar de Marlboro; el Libertella editor, al frente de la editorial de la UNAM, con 220 colecciones, 700 primeras ediciones por año y un depósito con 9 millones de ejemplares apilados, «delirio de grandeza azteca», monstruo industrial-universitario que el vanguardista, desde luego, no puede evitar «intervenir» (como cuando pone a dos empleados a borrar a mano la mancha que afea la tapa de un libro sobre cultura femenina novohispana y tres mil ejemplares después se entera de que era la marca distintiva que llevaban en la frente las señoras españolas en tiempos de Nueva España). Hermético, barroco recalcitrante, Libertella no se niega a nada, salvo a eludir los tópicos que enloquecerían de ira, aburrimiento o desdén a escritores mucho menos radicales que él. Solo que cuando toma por las astas toros como el mercado, la institución literaria, el público, el lector, el reconocimiento, el éxito, su posición —que siempre es una acción— no puede ser más desconcertante: ni seria ni cómica, es cómica y seria a la vez, deliberada y errática, artística y catastrófica, un despropósito y una pirueta perversa, llena de gracia, capaz de envenenar con unas gotas de nonsense cualquier dualismo impasible, empezando por el que oponía a vanguardia y mercado a fines de los ‘70. Ya entonces la vanguardia estaba muerta. Libertella, que lo sabía, buscó hacer con la hecatombe algo más que condolerse. Renunció a desenmascarar (gran pasión del mesianismo vanguardista) y multiplicó las máscaras, que dejaron de ser cortinas de humo y se volvieron fiestas barrocas. No demolería al mundo vulgar, pero podía hacerle trampa, burlarlo con astucia, haciendo su negocio, y trabajar en la penumbra con las ruinas del oro. Así se inventó el personaje conceptual que explica su posteridad rara, imperceptible y ubicua a la vez, potencial: el escritor de la cueva, el cavernícola, el excritor, el fantasma, el que está en tanto que ausente; en otras palabras, el escritor que hace falta.