«Lo quiero todo, parece decir el autor, la empatía y cercanía que un caso real y muy conocido me pueden dar (la fuerza de la cal viva), pero también el horizonte infinito que mi imaginación chisporroteante puede brindarme (la fuerza del twist

POR KATIXA AGIRRE

El escritor Harkaitz Cano. Fuente: wikicommons.

Recuerdo la expectación, recuerdo la espera. Después de casi siete años, Harkaitz Cano volvía a sacar novela. Y se prometía una novela seria, gruesa, una novela sedimentada, acumulada durante siete años por lo menos, periodo en el cual el prolífico escritor nos había privado de nuevos trabajos. Sabíamos que, para la que sería su cuarta novela, el autor donostiarra andaba dándole vueltas a un tema pesado, de esos que un escritor se anima a afrontar cuando ya siente que la madurez y el oficio estarán a la altura del reto. Habíamos escuchado que la nueva novela se basaba en el caso de Lasa y Zabala, supuestos miembros de ETA secuestrados, torturados y desaparecidos por la Guardia Civil en 1983; un caso que resonaba violentamente para cualquier de mi generación y de las generaciones precedentes. Una historia de canon, pues existía y existe cierto consenso en torno a la preeminencia de relatos sobre «el conflicto» en el repertorio canónico de la literatura vasca.

Y entonces llegó Twist. Era, efectivamente, una novela gruesa (432 páginas en su versión original en euskera). Pero no era exactamente lo que esperábamos. Ya por su título nos sorprendió: una voz inglesa, casi una onomatopeya, un título demasiado corto para la hasta entonces novela más larga del autor. Twist. Un concepto extraño (¿a qué haría referencia exactamente? ¿al baile sesentero? ¿al giro sorpresivo en la narración?) que no asociábamos con ETA ni con la guerra sucia ni con aquellos años llamados «de plomo». La portada también se antojaba demasiado artística, demasiado conceptual, no en vano se trata de un autorretrato de Dieter Appelt, artista alemán: un hombre que se mira al espejo y empaña su imagen reflejada con su propio aliento.

Abrimos el libro, leímos el primer capítulo, de nuevo de extraño título (Cambalache, 1983), y confirmamos que aquel libro no iba a ser como lo esperábamos, y que aquel primer capítulo iba a marcar un antes y un después en la literatura en euskera, en cómo nos íbamos a enfrentar a las palabras, a los fantasmas y a aquello de «la construcción del relato», que ya en la época sospechábamos iba a convertirse en un cliché y por lo tanto una trampa para la literatura.

¿Pero hay algo mejor que abrir un libro esperando algo concreto y que lo que se nos ofrezca sea algo completamente distinto, un mundo que por nuestra cuenta jamás habríamos llegado a vislumbrar, una puerta que se abre donde ni siquiera sabíamos que había hueco para pasar? ¿No llega a dar lo máximo de sí un escritor que se ha dado cuenta de que al lector no siempre hay que darle lo que quiere y espera?

«Afuera es de noche, la ocasión lo merece». Así comienza ese primer capítulo escalofriante. El capítulo en el que alguien enterrado hace mucho, ya sospechamos quién, se desprende de la muerte y sale de las entrañas de la tierra, de los dominios del topo. «No cabe duda, vuelves a estar en tu piel. Y eso nadie va a negártelo: así como la noche merece ser noche, igual que el mar se merece su cobertor azul, tú bien mereces tu pellejo».

Ese que vuelve a estar en su pellejo es Soto, compañero de Zeberio. Ellos son los dos jóvenes desaparecidos en 1983. Soto y Zeberio, de apenas veinte años de edad. Soto y Zeberio, siempre en ese orden, nunca Zeberio y Soto. Igual que Lasa y Zabala, a quienes siempre se nombra de esa manera, nunca Zabala y Lasa. Los trasuntos están claros. Los cadáveres se ponen en marcha.

No es que Soto esté vivo, en realidad está muerto, pero despierto. Es el zombie, el espíritu, el fantasma que retorna. Porque los espectros mal enterrados siempre retornan. Soto consigue entonces desembarazarse de los últimos restos de cinta aislante. Camina. No recuerda nada. Aunque las palabras, estas sí, se acumulen en su cabeza agujereada por las balas. Sus huesos tintinean. Quiere saber cómo ha cambiado el mundo desde que fue asesinado. El paisaje es mediterráneo, pero no está tan cerca del mar como para poder olerlo. Por el camino va «dejando un rastro que parece de tiza, pero que en realidad es de cal viva».

El libro tiembla, aunque lo que tiembla en realidad son nuestras manos. Han aparecido las palabras. Esas palabras. Cal viva. Sintagma tenebroso para siempre asociado al caso de Lasa y Zabala, ahora también el caso de Soto y Zeberio. La crónica de la época nos contó (y nosotros nunca olvidamos) que después de hacerles cavar su propia tumba, después de los tiros de gracia, los perpetradores del crimen cubrieron los cuerpos de los jóvenes con cal viva con la esperanza de hacer desaparecer sus rastros para siempre. Fueron cincuenta kilos de cal viva exactamente. Esto se supo en 1995, doce años después de la desaparición, cuando yo tenía trece años y leía el periódico, a diario, con avidez adolescente. Sin saber muy bien qué significaba aquello, la cal viva no hacía sino sumar oprobio a la atrocidad. Un símbolo que perdura y persigue. No hace tanto que Pablo Iglesias le decía a Pedro Sánchez en el congreso: «Cuídese de Felipe González, sí, ese que tiene las manos manchadas de cal viva». A nadie dejó indiferente aquella referencia tan explícita al caso. A muchos escandalizó. Los espectros mal enterrados siempre retornan.

A pesar de la sutileza con que el caso real es trasladado a la ficción, a pesar del realismo mágico con que arranca la novela, a pesar de todos los puntos de fuga que se nos proponen según vamos leyendo, la cal viva queda y se convierte en un recordatorio constante de lo Real, aquello que no puede ser imaginado, aquello que queda fuera de la organización simbólica (y me perdonarán que me ponga lacaniana, no volverá a suceder).

La aparición de la cal viva, de esas dos palabras, tanto en ese primer capítulo alucinado y tremendo como después, más sutilmente, durante un partido de tenis marcado de antemano en el que un mando policial y su subordinado planean el crimen, nos da un asidero, nos coloca ante lo real del caso. Bien, ahora ya sabemos de qué estamos hablando, compartimos el código. Ya sabemos por dónde agarrar la novela. Podemos seguir leyendo con algo más de seguridad.

Pero se trata de un espejismo. El escritor vuelve a darnos lo que no esperábamos. Como en un baile alocado, un twist, nos vuelve a separar de lo esperable. Concluye el primer capítulo y conocemos al verdadero protagonista de la novela, que no son Soto y Zeberio —siempre en ese orden y para siempre fantasmas—, sino su amigo Diego Lazkano, personaje puramente ficcional. Lo quiero todo, parece decir el autor, la empatía y cercanía que un caso real y muy conocido me pueden dar (la fuerza de la cal viva), pero también el horizonte infinito que mi imaginación chisporroteante puede brindarme (la fuerza del twist).

Este joven Diego Lazkano, que también fue torturado un poco antes y tiene la convicción de que con su delación acabó precipitando el secuestro de sus amigos (los policías, antes de dejarlo ir, le marcarán con una cuchilla la palabra chibato con b en la espalda), vivirá las siguientes décadas sumido en la culpa, el dolor y el silencio. «La desaparición es el eje de su vida» dice el narrador a propósito de Diego. Y es que, incapaz de superar el trauma de la desaparición de sus compañeros, Diego decide vivir su vida como la habrían vivido sus malogrados amigos, o como él imagina que la habrían vivido. Más notablemente, haciéndose escritor como era el sueño de Soto. «Moriste por mí» llega a decirle explícitamente Lazkano «vivirás a través de mí». ¿Pero cómo podemos pretender saber cómo habría vivido el otro si ni siquiera sabemos cómo vivir nuestra propia vida? La construcción de la identidad, el fundirse y separarse del otro, ya sea a través del sexo o de la literatura, se erige así como uno de los grandes temas de esta novela. Entendemos un poco mejor en ese momento la elección de la fotografía de la portada.

La historia sigue entonces, en una estructura que el propio autor ha denominado de «círculos concéntricos», las andanzas de Diego, el amigo que quedó vivo y por tanto condenado a recordar a los muertos. Así describe el narrador a Lazkano y su zozobra de décadas: «Tuvo en mente durante largos años a aquellos desaparecidos: cada día, cada anochecer, cuando se acostaba con una mujer, cuando escribía, cuando soñaba, siempre ellos; eran los desaparecidos quienes interrumpían sus jornadas de trabajo, sus días de asueto, sus descansos dominicales; se le aparecían sin previo aviso en el cénit del orgasmo, en sus placeres masturbatorios, en cualquier parte y en cualquier lugar, cuando se debatía indeciso a la hora de elegir una botella frente a las estanterías de un supermercado». Es Diego un personaje atormentado, ambiguo y a menudo antipático. Él mismo ha estado implicado en el secuestro y asesinato por parte de ETA de un ingeniero (otro espectro mal enterrado), y tiene serios problemas para diferenciar entre el homenaje al amigo muerto y el puro plagio. Cobarde cuando la ocasión lo merece, tiene un padre también (voluntariamente) desaparecido cuya subtrama nos transporta de repente a México, tierra esta igualmente fecunda en espectros mal enterrados.

Sorprendente, turbia, lírica, compleja, sexual, ambivalente e incluso a veces amoral, Twist era lo que esperábamos y no era lo que esperábamos. O quizá era lo que esperábamos sin saber que lo estábamos esperando.

En cualquier caso, la novela llegó sin duda en el momento en que más la necesitábamos. Corría el otoño de 2011, ETA acababa de anunciar el «cese definitivo de la violencia». Solo unos meses antes, el grupo Zea Mays había publicado la canción Negua joan da ta, que sin hablar explícitamente del fin de la violencia, cantaba poética y alegremente al final del invierno, y fue convertida casi inmediatamente en un himno para la nueva época. No en vano, el videoclip de Negua joan da ta fue el primer contenido en euskera en conseguir pasar la barrera del millón de reproducciones en YouTube.

También el éxito de Twist fue rotundo. Se vendió bien, se comentó mucho, ganó ese año el premio de la Crítica y el premio Euskadi de Literatura. Terminó de consagrar a su autor y lo aupó a una posición preponderante que aún hoy, merecidamente, mantiene en el ámbito de la literatura en euskera.

La traducción al castellano se publicó a comienzos de 2013, de la mano de la editorial Seix Barral y traducida por Gerardo Markuleta. El impacto de esta traducción queda muy lejos del impacto que tuvo la publicación original. He revisionado un vídeo del programa Página 2 en el que Harkaitz Cano comentaba que sentía que «se abría un pequeño cráter» cuando, por ejemplo durante un encuentro con un periodista, salía a relucir el tema de la guerra sucia.

Es imposible no hablar de guerra sucia, de ETA y de los GAL cuando alguien se acerca a esta novela. Era quizá imposible, hace más de una década, limitar la suspicacia política y acercarse a la novela desde un ángulo puramente literario. El caso de Lasa y Zabala es una plataforma inestable para aquellos que creen en una historia de víctimas y verdugos bien delimitada. Para algunos, la militancia en ETA de Soto y Zeberio podría estar representada sin demasiado reproche moral. Desde luego, el contexto histórico pródigamente descrito, ayuda en este sentido. El narrador, focalizado en Diego, lo resume así: «75 000 muertos tan solo en El Salvador, medio San Sebastián, piensa, y le parece que lo del País Vasco es una nadería; por suerte, nunca sufrirán ni harán sufrir un baño de sangre semejante al del pequeño país latinoamericano. (…) Son cifras descomunales, y son las pequeñas cifras las que hacen del suyo un asunto menor. Todo es una cuestión de escala, de perspectiva y de números, así lo afirma Soto y es algo en lo que Zeberio no le lleva la contraria; en esa casa el uso de la violencia se mide con parámetros diversos, no se cuestiona, todo entra dentro de la lógica de una dinámica de guerra, cualquier militante o dirigente acepta cierto nivel de crueldad, no se piensa en consecuencias particulares, sino en símbolos». Este relativismo moral en torno al uso de la violencia puede llamar la atención en la sociedad del siglo XXI que habitamos, pero desde luego en el contexto de la militancia de ETA en los años ochenta es completamente verosímil.

También Edurne Portela, en su estupendo ensayo El eco de los disparos encuentra motivo de amonestación en el hecho de que Diego Lazkano viva atormentado durante décadas por el secuestro y muerte de sus amigos, pero dedique pocos pensamientos al ingeniero, secuestrado él también, y como Soto y Zeberio, también asesinado a sangre fría, asesinato del que Lazkano no puede verse completamente libre de culpa. Sin embargo, es cierto que la culpa que pueda sentir por el ingeniero palidece frente al verdadero dolor de Lazkano, que es el de Soto y Zeberio, y su propia participación, involuntaria y bajo tortura, en los hechos. Ante el poco peso que la trama del ingeniero asesinado va teniendo según avanzan las páginas, Portela se pregunta si no estaremos ante una representación jerarquizada de las víctimas. Pero ya he explicado que Diego Lazkano es un personaje ambivalente, para nada ejemplar, un antihéroe. Que alguien así de repente tuviera una iluminación moral resultaría incongruente y forzado, más al servicio de cierto relato que de la verdadera literatura. Más interesante me resulta su cinismo, cuando se dirige al espectro de Soto y le cuenta lo que le depara el futuro al joven mártir: «Al principio te convertirás, como todos los mártires, en adrenalina para el pueblo. Y luego te convertirás, como todos los mártires, en anestesia para el pueblo. (…) Cuando esté falta de fuerzas, la gente introducirá la cabeza en vuestra tumba desconocida, y se dará un chapuzón de envilecimiento y de energía en esa laguna, en esa piscina vuestra».

A veces queremos personajes intachables, guías morales, pero no siempre la literatura tiene que darnos aquello que queremos. A veces que nos dé exactamente lo que no esperamos, lo que nos choca y hasta nos enfada es lo que engrandece la obra literaria. Ponernos a bailar de manera descontrolada cuando buscábamos una historia de víctimas y verdugos, de buenos y malos, de verdades certificadas, es lo que hace a Twist una novela extraordinaria.

Hace años escuché al médico forense Paco Etxebarria, figura clave en la identificación de los cuerpos de Lasa y Zabala (así como en otros casos de gran resonancia mediática tales como el de José Bretón), relatar el verdadero efecto que la cal viva tiene sobre un cadáver. Aunque efectivamente la cal ataca y quema las partes blandas, tiene en realidad la cualidad de mantener intactos los huesos, mucho más que en un enterramiento clásico. El hecho de que los cadáveres estuvieren enterrados en cincuenta kilos de cal viva, de que estuvieran enterrados mal, pudo contribuir al esclarecimiento del caso. La metáfora me sirve también para la literatura. A la hora de volver al pasado, de buscar contribuir a eso que se llama «memoria histórica» la literatura tendría que operar como la cal viva. Desprenderse los tejidos blandos que, de las imposiciones morales que la coyuntura le atribuye, volver a los huesos, pero no para enterrarlos definitivamente, sino para empezar a vestirlos en libertad, a bailar con ellos.

Twist sigue siendo una pieza literaria de alto nivel, clave en la construcción de un relato problemático y complicado, siempre en movimiento, una pieza abierta y valiente en estilo y estructura. Estoy convencida de que Twist espera una segunda vuelta por parte de lectores curiosos y deseosos de salir a bailar.

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