«Jorge Barón Biza llegó a la escritura de esta novela con un bagaje de formaciones diversas, entre las que se cuenta la de crítico de arte. De esos oficios ejercidos muchas veces de manera precaria, que anteceden a la escritura de la novela pero sin los que no se puede imaginar que un texto así hubiera sido posible, la de crítico de arte es central porque define la manera que Barón Biza tiene de mirar»
POR MAURO LIBERTELLA

Por alguna razón nos seducen los autores torrenciales, los desaforados, los que escribieron una cantidad imposible de libros, como si hubieran trabajado siempre empujados por quién sabe qué imperativo, qué viento interior. Los más de 100 libros de César Aira, los 200 de Simenon, los 90 de Joyce Carol Oates, los 450 (¡450!) de Isaac Asimov, la autobiografía en 3.904 páginas de Karl Ove Knausgård. Pero también nos interesan esos bichos quizás más raros, más inexplicables, que son los escritores de un solo libro. Autores que por alguna razón hicieron algo una vez en su vida y luego no lo volvieron a hacer. ¿Por qué no lo volvieron a hacer? Hay una respuesta para cada caso, pero la pregunta es pertinente para todos y es siempre inquietante. ¿Qué pasó? Emily Brontë y Cumbres borrascosas; Harper Lee y Matar a un ruiseñor; John Kennedy Toole y La conjura de los necios. ¿Por qué? Por razones íntimas, de índole biográfica, de naturaleza neurótica, razones siempre un poco incógnitas a las que podemos acceder gracias a sus biógrafos pero que nunca vamos a terminar de dilucidar.
El caso de Jorge Barón Biza y El desierto y su semilla es, como cada uno, singular y único. Si las biografías explican algo, habría que contar esto: nació en Córdoba, Argentina, en 1942. Hijo del matrimonio turbulento entre el escritor maldito Raúl Barón Biza y la pedagoga y dirigente política Clotilde Sabattini. Su padre fue un personaje desmesurado, un escritor de ediciones autopublicadas y libros prohibidos, que vivió a toda velocidad, armando y rompiendo cosas, dilapidando fortunas, dejando marcas. En un libro biográfico, Christian Ferrer hace un raconto de anécdotas que se le atribuyen: «Que le envió una bandeja de plata al Papa porque sabía que a los pontífices les interesaba el dinero; que contrató la marquesina de varias librerías céntricas para promocionar sus obras; que se batió a duelo numerosas veces; que organizó una fiesta de disfraces en la que los hijos de la oligarquía se vistieron de inmigrantes pero él llegó de frac y galera y con una beldad del brazo; que se tiroteó con su cuñado; que estaba emparentado con el Che Guevara; que le pagó una fortuna al maquinista de un tren tan sólo para que detuviera la locomotora y los vagones con el fin de poder contemplar el paisaje». ¿Cómo se puede ser hijo de un hombre así, qué le pasa al hijo de un hombre así?
Pero esa especie de rosario de anécdotas y leyendas personales más o menos pintorescas, más o menos incomprobables, se rompe o hace eclosión o en todo caso se oscurece con la escena que va a eclipsar a todas las demás y con la que el hijo, Jorge, va a abrir su único libro. «Es el hit macabro alrededor del cual orbita la leyenda de Barón Biza», escribió Alan Pauls acerca de ese hecho.
Esto es lo que pasó. El 16 de agosto de 1964, en el departamento en el que Barón Biza padre vivía, se juntaron dos abogados y Raúl y Clotilde para firmar el divorcio, luego de varios idas y vueltas, de avances y retrocesos, de separaciones frustradas y reconciliaciones truncas. El encuentro entre la pareja y los abogados se empezó a complicar y en algún momento Raúl (el narrador maldito, el pornógrafo, el dilapidador) agarró un vaso en el que supuestamente había whisky pero en el que en realidad había ácido sulfúrico y se lo tiró en la cara a su mujer, a su ex mujer, a Clotilde. Ella llegó a cubrirse el rostro parcialmente con el brazo, en un movimiento reflejo, pero el impacto fue certero y la desfiguró para siempre. Él quería dejarla ciega y con la imagen de él como último recuerdo del mundo visible.
Así empieza entonces el libro que el hijo de esa pareja escribió muchos años después. Así empieza el único libro que escribió Jorge Barón Biza: «En los momentos que siguieron a la agresión, Eligia estaba todavía rosada y simétrica, pero minuto a minuto se le encresparon las líneas de los músculos de la cara, bastante suaves hasta ese día, a pesar de sus cuarenta y siete años y de una respingada cirugía estética juvenil que le había acortado la nariz (…). La cara ingenuamente sensual de Eligia empezó a despedirse de sus formas y colores. Por debajo de los rasgos originarios se generaba una nueva sustancia: no una cara sin sexo, como hubiera querido Arón, sino una nueva realidad, apartada del mandato de parecerse a una cara».
Luego de cometer ese hecho inenarrable (que el hijo narrará), Raúl Barón Biza se suicidó. Hijo y madre viajarán entonces a Milán, donde residirán durante cinco años, en un periplo dantesco de cirugías plásticas, clínicas de rehabilitación y reconstrucciones faciales para tratar de enmendar lo que quedó roto, en los muchos sentidos de la frase. Así empieza y así sigue entonces el libro que Jorge Barón Biza va a escribir después, en los años noventa, 30 años después de los hechos. El ácido en la cara de la madre, el suicidio del padre, el hijo que viaja a Milán para acompañar a su madre.
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El desierto y su semilla es una novela al mismo tiempo narrativa –hay un viaje, hay encuentros con personajes, derivas urbanas, peripecias de todo tipo– y de observación, como si el personaje-narrador estuviera al mismo tiempo dentro de lo que cuenta, poniendo el cuerpo, incluso ofreciéndolo de manera sacrificial, y afuera, poniendo el ojo, la mirada. Jorge Barón Biza llegó a la escritura de esta novela con un bagaje de formaciones diversas, entre las que se cuenta la de crítico de arte. De esos oficios ejercidos muchas veces de manera precaria, que anteceden a la escritura de la novela pero sin los que no se puede imaginar que un texto así hubiera sido posible, la de crítico de arte es central porque define la manera que Barón Biza tiene de mirar. Sus descripciones, que son el corazón de su estilo y la respiración de su prosa, son muy precisas y también muy literarias, casi líricas. Describe paisajes como si fueran cuadros pero también describe cuerpos –el de la madre– como si hablara de una escultura o un retrato al óleo. Cuando viajan a Milán para atenderse con el mejor cirujano plástico de Italia, ese hombre notable, Calcaterra, entra en la novela y se lo describe así: «La cara del profesor Calcaterra era sintética: la boca, la nariz y las cejas se resolvían en un solo trazo económico, mientras los amplios terrenos de la frente y la mejilla se extendían hasta las orejas diminutas, el pelo lacio, ralo, canoso, y la mandíbula en forma de proa».
Gracias a este tipo de inclinaciones estilísticas, el efecto de lectura es el de estar asistiendo a una prosa a la vez muy escrita y muy visual. Todo es subrayable, la adjetivación es elegante, la sintaxis es deliciosa, pero lo que leemos está en movimiento. Incluso cuando describe algo quieto es como si se moviera. El narrador llega a Italia y sale a las plazas:
«Pasé entonces veinte días vagando por la ciudad. De noche, tarde, cuando la gente desaparecía por el frío del invierno, las plazas recobraban su aire de jardín, pero quedaba flotando un regusto bárbaro, de espacio saqueado, con faroles rotos, papeles sueltos que revoloteaban con las brisas, canteros que habían sido hollados por miles de zapatos, de modo que los bajos alambrados que los protegían solo servían para señalar «aquí hubo verde». Una fuerza iracunda asolaba las plazas durante el día y se ensañaba con cada banco, cada estatua, cada sendero. Pero después de la medianoche parecía que la catástrofe hubiera ocurrido mucho tiempo atrás. A pesar de la furia renovada durante el día, los arbustos y los árboles infundían la confianza de que resistirían a todo, y en la oscuridad dialogaban entre sí, atrapados por las arquitecturas utilitarias que, en las sombras, no eran más que un borde inflexible».
El desierto y su semilla narra una historia dolorosa pero lo hace sin sucumbir al dramatismo desmedido ni a la lástima, y ese equilibrio entre lo que se cuenta y sus emociones es otro de sus milagros. El narrador-que-mira, que es también el-hijo-que-acompaña, parece flotar siempre dos o tres centímetros por fuera de lo que está pasando, pero también hay que decir que recurre a una herramienta tradicional para mantener a raya la angustia: el alcohol. El Barón Biza de la novela está siempre un poco alcoholizado. Pide de a tres whiskies en el bar de la esquina de la clínica de rehabilitación donde duerme su madre, se emborracha en el avión hasta perder la conciencia, vacía botellas de vino barato en apenas dos o tres tragos, despierta rodeado de restos de ginebra en la ropa. Ahoga las penas en alcohol diría el cliché, el lugar común, pero su relación con la bebida es más compleja, al mismo tiempo es una cadena que lo mantiene apresado a sus propios fantasmas (que son muchos) pero también una manera algo dislocada de afinar la percepción, como si solo a través del alcohol pudiera alcanzar ese grado de claridad y falta de dolor para narrar lo que es brutal.
Es curioso, también, que en esta novela de madre e hijo, de un hijo que tiene que cuidar a una madre, de una madre que sigue cuidando a su hijo a pesar de que lleva meses en la cama de un hospital, en ningún momento se dice la palabra «mamá» o la palabra «madre». Ella es siempre Eligia, el nombre de fantasía con el que bautizó a Clotilde en el relato, en alusión al «Ligeia» de Edgar Allan Poe. Recién en la última página del libro, cuando ya se atisba la palabra FIN, en mayúsculas, que cierra la edición, leemos: «Eligia (tendría que empezar a llamarla “madre”, o algo así como “mamá”; en realidad, es por ahí por donde empiezan todos)». Tendría que empezar, dice, cuando el libro ya está terminando. Mamá es la primera palabra que pronuncian los bebés y Barón Biza apenas la suelta entre paréntesis, como dudando de si ya sería hora de hacerlo, cuando el libro sobre su madre está por terminar. En ese mismo avión que los lleva a Europa, una azafata le dice: «Los chicos de menos de treinta siempre viajan para buscar a la mamá o para escapar de ella. Vos sos el primero que viaja con la madre a cuestas. Y llevo años volando».
Pero este es también un libro sobre el padre. Sobre cómo lidiar con esa herencia terrible, cómo escapar sin tropezar. Le cabría la frase de Deleuze: «El problema con el padre no es cómo volverse libre en relación a él, sino cómo encontrar un camino en donde él no lo encontró». Difícil, acaso imposible para el hijo del hombre que abrió mil caminos –el del dinero, el de la literatura, el de las mujeres– y los dinamitó todos. En una escena de la novela, en el avión que los lleva de Buenos Aires a Milán, Jorge, que en el libro se llama Mario, ya tomó una cantidad oprobiosa de vasos de whisky, y la madre le dice: «Ay, Mario. No tomes tanto como Arón», a lo que el hijo responde: «No me compares con ese gángster. Mirá lo que te hizo. Soy exactamente lo contrario». El hijo alcohólico se tiene que diferenciar de alguna manera del padre alcohólico, ahí ya hay un problema, pero el asunto se complejiza cuando el hijo del escritor también quiere escribir. ¿Cómo ser distinto de ese padre terrible haciendo lo mismo que él? En una nota que cierra la edición de la novela, dice que «Mi nombre actual es Jorge Baron Sabattini. No sé si Jorge Baron Biza debe ser considerado mi otro apellido, mi patronímico, mi seudónimo, mi nombre profesional, o un desafío».
Gran parte de El desierto y su semilla transcurre en Milán, pero no es una novela de postales turísticas. No está la catedral, ni la galería Vittorio Emmanuele ni La Scala. Es una ciudad siempre de noche, medio clandestina, de luces bajas, bares sucios, tipos violentos y prostitutas. Una ciudad decadente, pero sobre todo un par de lugares donde él no es el más roto o el más raro o el más desesperado. Es una Italia sórdida, pero quizás ese sea el único escenario posible en el que alguien así puede hacer eso que fue a hacer, que no es solamente acompañar a su madre sino encontrar algo dentro suyo, algo que está buscando sin saber muy bien qué es.
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No hay demasiados testimonios sobre Jorge Barón Biza, anécdotas de primera mano, gente que lo conoció y que pueda decir cómo era, qué le gustaba, qué lo hacía enojar. «Era un caballero –lo recuerda Christian Ferrer, que pudo hablar con él para la biografía que escribió sobre su padre, Raúl–. Lo recuerdo con vestimenta sobria, habitualmente de saco. De su hablar, rememoro ahora su ritmo pausado y elegante, acompañado de una suave tonada. También lo recuerdo con aire de enfermo y de persona sobre quien pesaban los escombros de una vieja demolición. Se me hizo evidente que arrastraba consigo las muescas de las sucesivas tragedias descargadas sobre su familia».
Cuando El desierto y su semilla se publicó, este hombre tenía 56 años. El libro fue rechazado por tres editoriales argentinas hasta que encontró su lugar en Simurg, una editorial pequeña e independiente antes del furor de los sellos pequeños e independientes. Tuvo una circulación modesta pero auspiciosa: vendió dos tiradas y lo leyeron con inteligencia en los periódicos y las revistas de fines de los 90. Las pocas declaraciones que dio su autor, sin embargo, dan cuenta de cierto desencanto luego de la salida del libro, como si esperara otra cosa. ¿Pero qué esperaba que ocurriera con el libro? Alan Pauls ensayó una respuesta: «Quizás Barón Biza soñara con que El desierto y su semilla emularía ciertos acontecimientos mediático-literarios típicos de los años 60: primeros libros extraños, idiosincráticos, tironeados entre el autodidactismo y la erudición, la sofisticación salvaje y el escándalo, que surgían de la nada, sacudían a la crítica y los medios y vendían sorpresivamente bien».
Pero no. El libro no fue el hit que su autor añoraba. Sin embargo, tuvo un interesante recorrido post mortem, en Argentina lo reeditó y lo reimprimió varias veces Eterna Cadencia; en España lo publicó 451 Editores y se volvió en varios países de la lengua un objeto de culto, muy respetado, leído con fervor. Se reconoció también como un texto que se adelantó de manera medio sui generis al furor de las escrituras autobiográficas con las que irrumpiría el siglo XXI.
La solapa biográfica de la edición original es en sí misma una pieza de colección: «Una gran corriente de consuelos afluyó hacia mí cuando se produjo el primer suicidio en la familia. Cuando se desencadenó el segundo, la corriente se convirtió en un océano vacilante y sin horizontes. Después del tercero, las personas corren a cerrar la ventana cada vez que entro en una habitación que está a más de tres pisos. En secuencias como esta quedó atrapada mi soledad».
Efectivamente, su padre, Raúl, se disparó esa tarde aciaga de 1964; su madre, Clotilde, se suicida en 1978; su hermana, María Cristina, en 1988. ¿Cómo escapar del padre, de la madre, de la hermana? ¿Cómo encontrar un camino donde ellos no lo encontraron?
El 9 de septiembre del año 2001 Jorge Barón Biza se tiró al vacío desde el piso 12 de un edificio. «Quizás fue el final de un escritor sin honra –escribió Christian Ferrer–, de un jubilado como cualquier otro, de un hombre desesperado por más de un motivo. O quizás fue el último eco de un acto infame cometido 37 años antes».