Bruce Springsteen
Born to run
Traducción de Ignacio Julià
Literatura Random House, Barcelona, 2016
568 páginas, 22.99 € (ebook 12.99 €)
POR GERARDO FERNÁNDEZ FE

 

Para este lector, el relato de Born to run empieza con una escena en la que un niño observa cómo su madre, en bata y con rulos de color rosa en la cabeza, pega el oído a una pared para escuchar con mayor nitidez el vocerío, para entender el porqué de los golpes que venían de al lado. Lo irritante para el menor no es que a su madre le interesen las historias de los otros, sino que ese mismo vecino «corpulento y rudo» que ahora golpea a su mujer y, probablemente, a sus hijos ha colgado unas campanillas chinas en el porche de su casa, un artefacto que se propone generar armonía y felicidad.

Dos décadas después de aquella escena, Bruce Springsteen descubre, de la mano de su amigo y mánager Jon Landau, varios libros de John Steinbeck y de Flannery O’Connor, y reconoce que su experiencia personal estaba ligada a un mundo, el de la novela norteamericana, ajeno pero colindante con el de las letras de sus canciones. «Yo era muy fan de John Cheever —admite Springsteen en Estamos vivos, un libro-entrevista publicado en 2013 por David Remnick, editor jefe del The New Yorker—, y cuando me metí en Chéjov pude ver de dónde venía Cheever. Y era muy fan de Philip Roth, así que me metí en Saul Bellow, leí Augie March. Todo eso son conexiones nuevas para mí». Tal vez en sus lecturas de Cheever el músico haya reparado en que aquel relato de su madre con la oreja incrustada a una pared, intentando abarcar la totalidad de la realidad del vecino que golpea a su familia mientras afuera tintinean unas campanitas vigorizantes, tenía mucho que ver con un cuento titulado «La monstruosa radio», que el autor de Crónica de los Wapshot publicó en 1947, también en The New Yorker, sobre una mujer supuestamente de bien que descubre que, a través de la enorme radio que le ha regalado su esposo, se pueden escuchar las miserables vidas de los inquilinos de su edificio en la Gran Manzana. «La apacible sonoridad de aquellas campanillas —relata Springsteen sobre el adorno sonoro de su vecino— y el frecuente infierno nocturno de la casa constituían una mezcla grotesca. Hasta el día de hoy sigo sin soportar el sonido de las campanillas de viento. Suenan a mentiras». Justamente, esa necesidad sin límites de observar, anotar y hasta de vivir la vida de los otros ha llevado a Bruce Springsteen a componer infinidad de relatos sonoros sobre la ilusión, la rutina y la decadencia colectivas, una pulsión que lo ha conducido, sobre todo, a ser, desde la música, el cronista de dos o tres décadas de una nación.

Ahora, quien se asoma sin cortapisas a Born to run es el mismo niño nervioso al que todos en la escuela llamaban Blinky (Parpadeante), ese que había convertido los nudillos de sus manos en «callos rocosos» de tanto mordérselos, pues su casa también era «un campo de minas de temor y ansiedad» en el que su padre, poseído por el alcohol, el vacío y la frustración, se desataba cuando menos lo esperaba. De ahí que, cuando escuchamos discos como The ghost of Tom Joad o Darkness on the edge of town, pareciera como si ese mismo padre que sentía que competía con su vástago por el afecto de una misma mujer, y al que más adelante se le diagnosticaría una esquizofrenia paranoica, le estuviera susurrando al hijo las letras de sus canciones desde el silencio perpetuo de la mesa de la cocina.

«La gente —confiesa el músico sobre la razón de ser de sus conciertos— viene a que se le recuerde algo que ya sabe». He aquí, pues, que eso «que ya se sabe», pero que no deja de relatarse continuamente, es la novela americana, un fenómeno que parte desde tiempos de Hawthorne con una mesa y una casa familiar, que arrastra consigo el lacerante peso del catolicismo («El mundo en el que encontré los orígenes de mi canción —dice Springsteen—, la poesía, el peligro y la oscuridad que reflejaban mi imaginario y mi yo interior») y que se regodea en la disfunción definitiva de la familia, como la de los Lambert alrededor de su mesa navideña, en Las correcciones, de Jonathan Franzen, o como cuando la niña Ruth Cole, en Una mujer difícil, de John Irving —tan sólo otro ejemplo entre tanta literatura—, con apenas cuatro años descubre a su madre haciendo el amor con un hombre mucho más joven, al tiempo que le exaspera que sus padres mantengan, a la hora de las cenas familiares, una «tierna cortesía».

«En casa había visto a dioses convertirse en demonios —confiesa Springsteen—. Había sido testigo de lo que sin duda tenía que ser el rostro posesivo de Satanás: mi pobre padre destrozando la casa en plena noche en un ataque de rabia provocado por el alcohol, aterrorizándonos a todos». Pero no todo se queda en este tópico. Bruce Springsteen se ha asido, además, al nervio utópico de la novela norteamericana, a esa idea de que más adelante en el camino habrá una buena dosis de revelación-realización, férreamente sostenida por las pinzas de esas «verdades evidentes» a las que se refiere la Declaración de Independencia de julio de 1776: «la búsqueda de la felicidad». Ya lo dice en su canción Badlands: «Seguiremos insistiendo hasta que lo entiendan / y estas malas tierras empiecen a tratarnos bien»; en Land of hope and dreams: «Reúnete conmigo en una tierra de sueños y esperanza»; o, justamente, en el tema The promised land: «Señor, ya no soy un chico, ahora soy un hombre y creo en una tierra prometida». Sin embargo, para asombro y lamento de los asiduos a las biografías de las estrellas del rock, en Bruce Springsteen «tierra prometida» no colinda con «paraísos artificiales». Al contrario que John Cheever, quien aseguraba que la falta de afecto de su padre lo había conducido a él, a su hijo, a caer en el alcohol, Springsteen rechaza cualquier tipo de estímulo exterior —que no fuera la música misma—, porque sabe que no puede repetir, esta vez como protagonista, la película que vio durante diecinueve años en su barrio y en la cocina de su casa. «Había visto a gente destrozada mentalmente, que se iban y no regresaban —reconoce—. Yo ya tenía bastante con mantenerme entero tal y como estaba. No podía imaginarme metiendo agentes desconocidos en mi sistema. Necesitaba control, respetar esos límites tan fáciles de saltarse. Me daba miedo a mí mismo, por lo que podía llegar a hacer o lo que podía pasarme. Ya había experimentado el suficiente caos personal como para ir en búsqueda de lo desconocido».

Control freak al fin, autodefinido como «un controlador obsesivo», éste a quien David Remnick llamó «melancólico paleto obsesionado con su padre», se rodeará de autos setenteros, de seres de patillas largas con vestimentas de mecánico, con brazos y manos manchados de aceite —como el personaje de su tema Johnny 99—, porque han trabajado en cualquiera de los talleres de la América más profunda; dormirá debajo de los pilotes de la playa de North End, en Long Branch, mientras gana algún dinero fabricando tablas de surf; evitará a toda costa su reclutamiento para Vietnam; compartirá cartel con Eagles, Lou Reed, Bonnie Raitt y Jackson Browne; organizará en el verano de 1981 un concierto para los Vietnam Veterans of America en Los Ángeles Memorial Sports Arena y se vinculará con los trabajadores siderúrgicos, con los líderes sindicalistas, colaborará con los bancos de alimentos para familias desvalidas de los empleados cesados en el valle de Monongahela…, pero evitará a toda costa cualquier roce con el alcohol o con las drogas. Su retrato como músico es el de un hombre poseído por la vitalidad y el diablo bailarín en una sola pierna de Chuck Berry, influido por Tim Buckley, Roy Orbison y por Sam Cooke y perseguido, además, por el espectro impertinente de Bob Dylan. Pero su retrato personal es mucho más complejo. Tal vez sea éste el «misterio alojado en una paradoja» al que se refiriera Richard Ford en una reseña que publicó sobre este mismo libro en The New York Times.

David Remnick ha contado que durante años Springsteen estuvo conduciendo de noche, tres o cuatro veces por semana, hasta la casa donde había vivido con sus padres en Freehold, Nueva Jersey, quién sabe para reencontrarse con qué fantasmas, o para intentar asesinarlos. Hasta que en 1982 aceptó acudir a un psicoterapeuta. De aquellas sesiones salió una frase que el músico hizo pública años después en un concierto al presentar el tema My father’s house: «Lo que haces —le dijo el doctor— indica que crees que ocurrió algo malo, y vuelves pensando que puedes corregirlo. Algo salió mal, y tú sigues volviendo para ver si puedes arreglarlo o enderezarlo de algún modo». Springsteen sabe que lo ideal sería intentar dejar de perseguir a ese fantasma, pues de lo contrario terminará como su propio padre, andando «por estas habitaciones vacías / buscando a quién echar la culpa». «Heredas los pecados, heredas las llamas», asume al final de ese mismo tema, titulado Adam raised a Cain.

Aunque el daño está ahí, no cabe duda. El músico ha querido centrar parte de este libro en la admisión de que, desde los dieciséis años, «una negra melancolía que jamás hubiese imaginado que existiera» ha irritado su espíritu, sus sueños nocturnos y su vida de todos los días. Lo que asombra es la honestidad con la que confiesa que lleva cerca de quince años consumiendo antidepresivos, y que a ellos les debe buena parte de su tranquilidad de hoy. Le pasa como a los hermanos Chip y Gary Lambert, en Las correcciones, azotados por latigazos de ansiedad; o como a Simon Axler, personaje de La humillación, de Philip Roth, un connotado actor de teatro cuya crisis le impide volver a actuar; o como a Quintana Roo, la hija adoptiva de Joan Didion, cuya depresión la condujo al suicidio, según cuenta su madre en Noches azules; o como el narrador del cuento «El neón de siempre», de David Foster Wallace, que no deja de preguntarse si es feliz, y que prueba la hipnosis, la cocaína, la quiropraxia sacrocervical, la entrada en una Iglesia carismática, la masonería, el psicoanálisis y hasta el footing, en busca de la aprobación ajena y de su verdadera identidad, siempre inadvertida… Como el mismo Christopher Ricks (Dylan’s visions of sin) se lanza a equiparar una buena cantidad de las letras de Bob Dylan con grandes textos de la tradición poética anglosajona, sería lícito pensar, al menos por unos minutos, en los temas de Bruce Springsteen partiendo de casi toda la narrativa estadounidense.

Para quienes pasamos un tramo largo de los años ochenta encima de una azotea habanera, cerca del mar, con una recién estrenada radio marca Selena, la antena a toda disposición, captando las ondas que nos venían del norte, este libro redondea la idea que teníamos de cierto músico que nos es cercano. Para quienes vivimos por y para los libros, siempre como un «último intento de hacer un viaje poderoso», como dice Springsteen en una de sus letras, la experiencia de su lectura es todavía más valiosa.

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