Vamos por la autopista que lleva de Seúl a Jirisan, mitad parque natural, mitad reserva espiritual de Corea del sur. Si alguien quisiera acabar con este país, antes que invadir la capital tendría que tirar una bomba en aquella montaña. Según una vieja leyenda, durante la guerra de Imjin, a finales del siglo XVI, los invasores japoneses clavaron gigantescas barras de hierro en puntos estratégicos de la espina dorsal montañosa de Corea para cortar el flujo energético del país. Hay gente que todavía busca esas barras para desenterrarlas. Nos dirigimos a Macheon, un pueblo emplazado al borde de un río, en un profundo valle. Teníamos muy claro que nuestro primer viaje en carro sería a ese pueblo de apenas mil novecientos habitantes. Con mi esposa hemos comprado un Fiat 500 hace unos meses. Una cuestión personal, de no ser porque me ha hecho pensar en la naturaleza del movimiento y en la muerte.
Desde que dejé la casa de mis padres antes de cumplir veinte años, siempre me he movido a pie, más bien lento y distraído. Como sabemos por los mismos callejeros, hay distintas formas de caminar, cada individuo deja su impronta sobre el pavimento; por el contrario, no existen distintas formas de conducir, más allá de la precaución y el apego a la norma. Caminar no entra en la lista de gastos mensuales e impone la colectividad, el roce ocasional, el cruce de miradas y la posibilidad de la deriva. El Fiat 500, por su parte, conlleva un sentido de la dirección por encima de cualquier deambular. Son contados los que vagan sobre ruedas, entre otras cosas porque cuesta dinero. El aura de Taxi Driver consiste precisamente en eso. Nos dicen que ser dueño de un carro supone la afirmación de la libertad individual, por lo menos con esa falsa consigna se han vendido trillones. Entonces la esclavitud es el reverso de la posesión, como ocurre con todo objeto de deseo, lo atestigua el pago de seguros y de impuestos, el equiparar al mecánico con un médico providencial. Pasar de caminar a tener un carro es lo que va del detective londinense del siglo XIX, al investigador privado angelino del siglo XX. Pero un carro también es sorprenderse ante el vaho en el interior durante el invierno, mientras se calienta el motor; o la novedad de los besos de un matrimonio de años y años, como el nuestro, en un parqueadero solitario a las once de la mañana; o la agitación infantil ante las luces del robótico car wash al que entramos muy despacio para ver, con el panorámico lleno de agua y jabón, una aurora boreal a minutos de casa.
Dormimos en una pensión de Macheon con vista a las montañas protectoras y en la mañana, según las indicaciones de mi suegra, nos dirigimos al lugar exacto donde nació el padre de mi esposa, el verdadero motivo de nuestro viaje. Al llamarla días atrás, no entendió muy bien por qué estábamos buscando la casa donde se crio el hombre con el que estuvo casada hasta hace tres años. Con ayuda del GPS nos adentramos por carreteras terciarias y luego serpenteamos por un camino estrecho, lleno de curvas cerradas que sorteamos con pericia. Lo bueno de tener un carro de dos puertas y no una de las omnipresentes y monocromáticas SVU que se ven en todas las calles de Corea. Tres viejitas se quedan mirando el Fiat 500 boquiabiertas, es color menta y de líneas redondeadas, un dulce gigante. Lo dejamos a la sombra de un ginkgo y empezamos a caminar en el calor del verano. Pasamos frente a una casa campesina, amplia pero muy vieja, fácilmente puede tener cien años, y pronto llegamos hasta el sitio que nos indica el teléfono. Estamos frente a una construcción reciente, anodina, con garaje y huerta. Un perro sale de otra casa y empieza a ladrar descosido por la rabia de la que solo es capaz un animal pequeño. Mi esposa se pone a la defensiva al instante y dice que es mejor que nos vayamos. El perro no deja de ladrar y se acerca cada vez más. No entiendo, quizás oí mal. Insiste con un tono inquebrantable. Me pregunto si algún mal agüero recorre su espalda, si acaso el perro, un cancerbero en toda regla, protege una barra de hierro. Antes de irnos, tomo una foto del lugar, aunque no tiene mucho sentido, es una vivienda rural cualquiera, sin señas distintivas. De regreso, también le hago una foto a la casa campesina, con su entarimado frontal de madera, las herramientas de la labranza colgadas y sus ventanas cerradas y recubiertas de hanji, un papel fibroso, que entre otras cosas, ayuda a contener el bochorno. Mi suegro, Yi Jong Chul, debió nacer en un sitio muy parecido. Esta será su casa, me digo y borro la primera foto. Regresamos al carro conscientes de que la serpiente se ha mordido la cola. Cuna y tumba. Era importante estar juntos ahí, aunque fuera un minuto, no en vano fuimos los encargados de custodiar las cenizas de Yi Jong Chul hasta que la urna de cerámica entró en el hueco helado y un empleado del cementerio lo selló para siempre.
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En algún momento mi suegra tuvo un noraebang, la versión coreana de un karaoke. Noches enteras lidiando con borrachos destemplados. A veces, cuando el cuerpo no le daba más, le encargaba el lugar a su esposo. Eran días en que las cuentas no cuadraban, pero rumbo al supermercado los hombres del barrio la saludaban como si fueran sus pretendientes. Yi Jong Chul, generoso e irresponsable a partes iguales, los había invitado a botellas de soju y pescado seco en el noraebang. Esa historia y otro par que oí durante el funeral en Busan, me hacen pensar en él como alguien parecido al padre del poeta Charles Simic, descrito así en El monstruo ama su laberinto: «Nos veíamos después del trabajo y mi padre proponía cenar en un restaurante francés; yo me resistía, consciente de que planeaba gastarse el dinero del alquiler. Se ponía a describir los platos y el vino que íbamos a tomar con toda clase de detalles seductores y yo insistía en recordarle el pago del alquiler. Entonces me explicaba lenta y cuidadosamente, como si hablara con un débil mental, que uno nunca debía preocuparse por el futuro. “Nunca seremos tan jóvenes como esta noche”, decía. “Si somos listos mañana encontraremos la forma de pagar el alquiler”». Las fotos que se quedó mi esposa después del entierro, muestran a un Yi Jong Chul bajo y compacto, capitán del equipo de béisbol, montañista con todos los aparejos posibles y extremadamente cariñoso con sus dos hijas, un anatema para una sociedad en la que aún hoy abrazar en público despierta recelo.
En el FIAT 500, de vuelta a la pensión, recuerdo lo que me dijo el día en que nos despedimos, antes de mudarnos a Seúl en 2013 (viví con mis suegros seis meses en Busan): «La próxima vez no se te olvide traer una botella de whisky». Una broma que no caló muy bien en su esposa. En 1998, Yi Jong Chul tuvo un accidente. Iba manejando su carro y se estrelló contra un camión. Duró varios meses en el hospital. Quedó con la pierna izquierda prensada y una pensión por invalidez. No más escaladas, no más partidos de béisbol. El alcohol, que empezó a tomar a diario, fue la vara con la que removió un pozo oscuro. Un Alzheimer temprano apareció y se fue extinguiendo sin más. Solo una vez lo vi entender lo que sucedía a su alrededor. Fue el día en que mi suegra contrató a un fotógrafo para que le tomara un retrato. Mirando a la cámara, aparcó su sonrisa y un heraldo negro atravesó su mirada, sabía que ese retrato estaría expuesto en el altar ceremonial durante su entierro.
La mañana del funeral, como esposo de su hija mayor y sin descendientes varones, fui el encargado de presidir la ceremonia, tres días en los que me arrodillé e hice una venia hasta tocar el piso con la frente ante cada uno de los visitantes que fueron a presentar sus respetos. Para desconcierto de mi suegra –su esposo vivía prácticamente encerrado en su casa desde hacía dos décadas- fueron cientos de personas provenientes de todos los barrios donde había vivido en Busan después de que dejó Macheon.
Sin saberlo, Tomás González escribió por nosotros un poema para despedir a Yi Jong Chul: «Caminaba como anciano/En su cabeza grande, al parecer hinchada/muchas cosas se enredaban. Confundía, fecundo/loros y palomas, el mar y las piscinas./Si uno quería imaginar sus huesos/tenía que pensar en tiza, en ramas secas./Una vez lo vi meterse con ropa en el Atlántico./Se extraviaba mirando una flor, un alcatraz,/algún brote feraz en algún árbol./Su confusión me deslumbraba/pues rescataba del tedio las cosas de este mundo./Forma veloz, en fin, como todas las demás/un día se murió sin demasiados sufrimientos./O, al menos, eso entiendo».
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Una semana después de comprar el FIAT 500 chocamos. Fue culpa mía, mi esposa es la que conduce –hice trampa, como el protagonista del cuento El peatón de Ray Bradbury, no puedo renunciar por completo a caminar por la ciudad- y creí que se había metido en contravía. Además era de noche y se acercaba una nevada grande. «¡¡Cuidado!!», grité. Maniobró nerviosa y nos dimos de frente contra un farol. No fue nada serio, íbamos despacio, no había carros ni personas alrededor y aun así el ruido sordo del impacto, nuestros ojos cruzándose un segundo antes, cuando ya era irremediable, los restos de una de las luces delanteras regados en el pavimento, un pedazo de lata arrugada como un papel, el estupor, todo se repitió durante varios días en mi cabeza. La extrema materialidad de un carro que se estrella. La fantasía de morir al mismo tiempo.
Meses atrás, cuando el FIAT 500 era apenas una idea, fui a la cinemateca de Seúl a una proyección de Crash de David Cronenberg, basada en la novela de J.G. Ballard. No la vi cuando la estrenaron, tenía 19 años, pero recuerdo el escándalo ante la premisa: accidentes de carros y satisfacción sexual, tecnología y erotismo, una parafilia que se conoce como sinforofilia. Al salir de la proyección, sentí que Cronenberg y Ballard me habían entregado una gramática, una sintaxis y un vocabulario nuevo para percibir un doblez de la realidad.
Enrique Metidines, fotógrafo mexicano de lo que los periódicos antes llamaban sucesos, quizás sufrió un rapto de sinforofilia al tomar en 1979 su imagen más famosa. En primer plano aparece la periodista Adela Legarreta. Rubia, perfectamente peinada, la luz del sol sobre su cara, los ojos abiertos hacia el cielo en éxtasis sereno, la boca y las uñas pintadas de rojo, un hilo de sangre en la mejilla, Legarreta se abraza a un poste. Lleva un vestido de motivos geométricos y una pulsera de oro en la muñeca. Un Datsun blanco –en la foto aparece detrás- se estrelló contra otro carro, perdió el control y la arrolló. No es gratuito que la composición de la imagen de Metidines nos haga pensar en un fotograma promocional de una actriz que muere en una escena. El cine –invento contemporáneo del carro- se ha aprovechado como ningún otro arte del accidente automovilístico, al punto de hacerlo propio. A propósito de su libro, Ballard afirmó: «En este mundo tecnológico en el que vivimos, existen ciertas zonas. Ciertas líneas de fractura, que nos permiten acceder, de alguna manera, a un más allá de la realidad. Una de estas líneas de fractura está representada en los accidentes de coche, ya que representan el colapso en un sistema tecnológico y tiene el mismo poder de revelación que –por ejemplo- un terremoto en una gran ciudad».
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Serpenteamos dos horas por la autopista de regreso a Seúl y nos detenemos en un parador. Después de ir al baño nos quedamos chismoseando una tienda con artículos para autos, la mayoría cachivaches para decorarlos, stickers de caballos con la crin al viento, calaveras que despiden llamas. Entramos otra vez en el cauce, se hace tarde de regreso a casa después de despedir a Yi Jong Chul y mi esposa acelera en la espesura de la noche. Noto la adrenalina en la punta de su lengua, el motor vibra y por el panorámico veo al Fiat 500 tragarse las líneas amarillas de la carretera. Las pantallas se sobreponen y en mi cabeza aparecen los últimos segundos de Lost Highway de David Lynch. El panorámico de nuestro carro es también una pantalla de cine por la que vemos pasar el mundo. Somos una pareja que se hunde, por un segundo, en el más allá.