
Lucía Solla Sobral
Comerás flores
Libros del Asteroide
248 páginas
Más que el tema —las relaciones desiguales, los trastornos de la conducta alimentaria o el maltrato psicológico—, el corazón de Comerás flores, de Lucía Solla Sobral (Marín, 1989), es el lenguaje. El debut novelístico de la autora es afortunado, pero no, me parece, por los motivos que alega buena parte de la crítica. Ilustro brevemente la premisa: Marina, la protagonista de veinticinco años, acaba de perder a su padre. Vive con su mejor amiga, Diana, y tiene una buena relación con el resto de su familia. Cuando aún está procesando el luto, conoce a Jaime, veinte años mayor que ella, carismático, elegante y, como no podía ser de otra manera, manipulador. A medida que avanza la trama la protagonista se enfrenta, además, a la incertidumbre personal y laboral, a la búsqueda de independencia y a la imposibilidad de nombrar lo que le ocurre.
A priori, Comerás flores podría parecer una novela que sabemos de antemano cómo va a acabar y eso me resultaría conflictivo. Me explico: cuando una obra literaria no está escrita por un autor o autora, sino por un sistema de pensamiento, o una moda editorial, o aquello que es precisamente lo que demanda el mercado, corre el riesgo de resultar dogmática y predecible. Solla Sobral se aproxima con peligro a estos tópicos (por ejemplo, la diferencia de edad entre Marina y Jaime anticipa ya una relación de poder, mientras que el duelo por el padre exhibe de entrada la vulnerabilidad de Marina), pero al final sale airosa porque pone sobre la mesa un elemento primordial: la forma. Estos defectos —que encierran cierta condescendencia hacia el lector o que no terminan de anclarse a los mecanismos narrativos del libro— pasan a un segundo plano cuando se les compara con los aciertos, que son muchos y muy variados.
Primero, como he dicho, la forma. Hay una voluntad de estilo, un ritmo, una cadencia y cierto modo de narrar. A ratos, frases cortas; con frecuencia, un monólogo interior cuya voz se va modulando a lo largo de la novela y que pone de manifiesto, entre otras cosas, la aprehensión de Marina, sus dudas, sus inseguridades y obsesiones, los mecanismos que emplea para autoconvencerse de que todo está bien: «Su trabajo lo interrumpía todo. Relacionaba cualquier cosa, por muy importante que fuera, con su trabajo. […] Pero era normal, nos estábamos conociendo y nos queríamos impresionar, yo también le hablaría de mi trabajo si me gustase». En el fondo, su voz nos permite entrever algo inquietante: el modo en que deja de ser dueña de sus palabras. Repite fórmulas que parecieran aprendidas, convierte las equivocaciones de Jaime en malentendidos, deja de comunicarse con los demás, en particular con Diana, su mejor amiga y su refugio. Dicho sea de paso, entre las virtudes de Comerás flores se encuentran los silencios: lo que se sugiere, lo que se omite, lo que resulta casi inaudible, pese a que esconda un grito de auxilio.
Segundo, hay un esfuerzo notable por rehuir la caricatura: ni Jaime ni Marina son el victimario y la víctima perfectos. Jaime controla, pero también cuida y se preocupa; Marina lo ama y le teme, pero también lo justifica y se acostumbra a sus atenciones; Jimena, la hija de Jaime, es víctima y a su manera cómplice. El arco narrativo de los personajes muta invariablemente, no solo en el tiempo de la narración, sino en la amplitud de su registro: el retrato que se ofrece de ellos está siempre en movimiento y con esto altera, en un mismo capítulo, la percepción del lector. Entramos en el terreno del titubeo y de la incertidumbre, y aunque empatizamos con la impotencia de Marina también comprendemos su fascinación por Jaime y lo que este representa.
Tercero, el personaje de Diana es fundamental, no solo porque nos permite respirar, sino porque sirve como contrapunto simbólico de Jaime. Diana no interroga, acepta; no es dogmática, no es moralista, no nos dice lo que queremos leer ni tampoco lo que ya sabemos. Acompaña a Marina sin comprender del todo su relación con Jaime y al mismo tiempo le recuerda que otra voz y otra vida son posibles. Al final, ante el lenguaje opresivo y asfixiante de Jaime, se revela otro, más delicado y luminoso: «Las palabras de Jaime hacían verdad la mentira, pero las de Diana ayudaban a entender hasta dónde había llegado. Diana hizo de lo que le fui contando un puñadito de palabras y, por fin, comenzaron a crecer las verdades. ¿Y qué más verdades? Que se nombró, dolió y florecerá».