POR MANUEL A. BROULLÓN-LOZANO

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Felisa Roverano. Cátulo Castillo, letrista de tango, es uno de sus inventores. Su voz, la de Tita Merello, que le dio vida en la milonga Arrabalera, musicalizada por Francisco Canaro e inmortalizada en la película del mismo nombre de 1950 que dirigió Tulio Demicheli. En la obra de teatro que este film adapta, Un tal Servando Gómez, de Samuel Eichelbaum, la acción sucede en Avellaneda, al sur de la ciudad de Buenos Aires, en cuyos conventillos sobreviven grasas, percantas, compadritos y tanos. En la literatura secular, también en la poesía del tango, el barrio de arrabal es origen y condición donde bullen las pasiones opuestas a la racionalidad de la condición ciudadana moderna.

En el texto dramático de Eichelbaum, Felisa se queja de que su condición de mujer en el arrabal la relega a una posición subalterna. Ella se sabe distinta al marido y al patrón. Por ello, dice a Servando Gómez: «¿Usted también es de los que creen que el hombre tiene derecho a todo, porque Dios lo ha hecho así? También la mujer es hechura de Dios». Aquí, Felisa se revindica en igualdad por «derecho natural» creacionista. En el poema de Castillo, además, el mismo personaje se autodefine como «¡Arrabelera,/ […] flor de enredadera / que creció en el callejón!».

Felisa propone un desorden con su existencia. Su figuración «como flor de enredadera» la asimila a una naturaleza que invade la superficie pulida de la pared, que rompe con sus garras la solidez del urbanismo, que hunde sus raíces no en la avenida principal, por donde circulan los cuerpos y los vehículos de manera ordenada, sino en el pandemonio de la parte trasera, el gallinero, el basurero, que coincide, por metonimia, con la definición del propio arrabal.

¿Qué palabras, figuras, historias, emergen con estas presencias que ponen en escena otras formas de existencia alternativas, medio humanas, medio vegetales, medio animales, que incomodan desde el margen?

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Camino por la ciudad de Buenos Aires. Lejos del arrabal. Los nombres de los próceres de la patria –Belgrano, Moreno, Alsina, Yrigoyen, Rivadavia, Mitre, Perón, Sarmiento, Lavalle, etcétera– cuelgan sobre las calles transversales, indicando cada cruce en las largas avenidas que conforman una cuadrícula que, vista desde el aire, tiende a perderse en el horizonte de la segunda urbe más poblada de Sudamérica, solo por detrás de São Paulo –según datos demográficos de 2023–. En la intersección de Belgrano con Defensa, el sepulcro del creador de la enseña nacional. Nombres y monumentos ordenan la ciudad no solo sobre el espacio, sino también en el tiempo. Estos signos generan una memoria social, un inconsciente colectivo que trae al presente a las figuras ausentes. Las instala en nuestra cotidianeidad.

Los estudios interdisciplinarios sobre la memoria han señalado la importancia de los «lieux de mémoire», como los ha conceptualizado Pierre Nora, en las construcciones identitarias y culturales. Su despliegue en el espacio urbano fija el signo y lo transmite. Pero en su revisión de este concepto, Astrid Erll hace una crítica a la homogeneización cultural, colonial y androcéntrica que ejerce la construcción de comunidades mnemónicas. Porque, de acuerdo con Birgit Neumann, tanto la escritura como el urbanismo producen el mismo pasado que pretenden fijar. ¿Qué nombres y acontecimientos son dignos de pasar a la historia? Dicho con palabras de la filósofa cuir Judith Butler, ¿cuáles son «los cuerpos que importan» como para convertirse en figuras de memoria?

La literatura argentina reciente se ha fijado en las figuras sin nombre, sin forma, sin recuerdo. Se manifiestan bajo una forma monstruosa y, quizás, indescifrable. En Los peligros de fumar en la cama, de Mariana Enriquez, dos cuentos narran el regreso intempestivo de cuerpos abandonados por la memoria social. En «El desentierro de la Angelita», Enríquez nos instala en el corazón de la ciudad de Buenos Aires. El pathos acontece cuando el fantasma de un bebé muerto se aparece en el dormitorio, en la cocina, en la sala, del departamento de la protagonista: «La angelita no parece un fantasma. Ni flota ni está pálida ni lleva vestido blanco. Está a medio pudrir y no habla. La primera vez que apareció creí que soñaba y traté de despertarme de la pesadilla; cuando no pude y empecé a entender que era real grité y lloré y me tapé con las sábanas, los ojos cerrados fuerte y las manos tapando los oídos para no escucharla –porque en ese momento no sabía que era muda–. Pero cuando salí de ahí abajo, unas cuantas horas después, la angelita seguía ahí con los restos de una manta vieja puesta sobre los hombros como un poncho. Señalaba con el dedo hacia afuera, hacia la ventana y la calle, y así me di cuenta de que era de día. Es raro ver un muerto de día». Juntas, la protagonista y el fantasma de la hermana de su abuela, pasean, viajan en colectivo, ante la mirada atónita de quienes se les cruzan y están dotados, como ella, del don de la videncia.

En «Chicos que vuelven», del mismo libro, Mechi es una trabajadora del Consejo de los Derechos de los Niños, Niñas y Adolescentes. Se ocupa del archivo de personas perdidas o desaparecidas en la ciudad de Buenos Aires: prostitutas, travestis, adolescentes marginados y hasta recién nacidos. Un día, las personas «que faltaban de sus casas empezaron a aparecer, pero no en cualquier parte: aparecían en cuatro grandes parques de la ciudad: el Chacabuco, el Avellaneda, el Sarmiento y el Rivadavia». Pero pasado un primer momento de euforia, el miedo y la desconfianza cunden en la ciudad, porque estos cuerpos se parecen a los desparecidos, pero no son exactamente iguales. No quieren volver a casa, con sus vidas y sus familias. Ocupan los parques, que es el espacio público destinado al ocio de la ciudad, alterando, así, el orden urbano. La reacción de la sociedad es darles la espalda una vez más, inadmitirlos fuera de los límites de los jardines, que integran, de manera precaria y falsamente domesticada, la naturaleza en el seno de la urbe.

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Cada jueves, a las tres y media de la tarde, un grupo de mujeres con pañuelos blancos camina alrededor de la pirámide de plaza de Mayo. Su presencia en el centro neurálgico de la capital argentina desde el 30 de abril de 1977 señala una ausencia: la de las personas desaparecidas por la dictadura cívico-militar de 1976 a 1986. Los cuerpos de las Madres y Abuelas de la plaza de Mayo son signos vivos, en movimiento. Sus caminatas circulares –frente a la linealidad de las largas avenidas con los nombres estatuarios de los próceres– generan una brecha en el discurso nacional de la memoria, señalan la ausencia de treinta mil cuerpos, treinta mil vidas, según ha calculado la antropóloga Ludmila Da Silva Catela y ha validado la institución científica Conicet en 2024.

Como performance política, las manifestaciones públicas son agrupaciones intempestivas que ocupan el espacio de la ciudad y lo resignifican. Recientemente, el 14 de diciembre de 2023, la Ministra de Seguridad, Patricia Bullrich, dispuso un protocolo para que la policía y las fuerzas de seguridad federales actuaran contra cortes de vías públicas y rutas nacionales. Como resultado, entre otros muchos ejemplos, que la marcha por los derechos de las personas jubiladas del día miércoles 12 de marzo de 2025 se saldara con ciento catorce detenidos y un fotógrafo, Pablo Grillo, herido de gravedad por seis disparos de un gendarme con cartuchos de gas lacrimógeno.

Se nos ha dicho que el espacio público ha de ser neutral. Esa neutralidad exige sacar los restos de las manifestaciones. Los servicios de limpieza retiran y eliminan pancartas, carteles, hojas volanderas, adhesivos, pintadas, etcétera. La acción de tirar a la basura borra la memoria de la reivindicación, silencian las denuncias contra el poder que se promulgan en la marcha. A excepción de la ocupación de un espacio público, que permanece en el tiempo, o de la ritualización, como la de Madres y Abuelas de plaza de Mayo, el significante performático de un piquete es efímero. Sus mensajes desaparecen para devolver el protagonismo a los nombres y monumentos que señalan los lugares de memoria oficiales. ¿Qué hacer cuando las fuerzas del Estado, en quien reside la administración de la violencia, niegan el derecho permanecer?

Desde el año 2023, y en sucesivas reposiciones que llegan hasta 2025, en el Parque de la Memoria, junto al río de la Plata, las dramaturgas Luciana Mastromauro y Eugenia Pérez Tomás desplegaron la performance documental La memoria futura. En ella, ocho actrices acompañan al público en un paseo por el parque, que escenifica, durante noventa minutos, sendos monólogos sobre el archivo sonoro de la Asociación Civil Abuelas de plaza de Mayo. La eficacia de la palabra escenificada se basa en la fuerza del significante documental, que se despliega ante el Monumento a las Víctimas del Terrorismo de Estado, en donde figuran los nombres de las personas desaparecidas por la dictadura militar, y con vistas al río de la Plata, a cuyo caudal se arrojaron los cuerpos en los «vuelos de la muerte» para borrar los restos, de modo que no se pudieran recuperar.

El movimiento deambulatorio subraya el convivio teatral. La presencia compartida entre artistas y público materializa el testimonio y proporciona corporalidad somática a unas emociones francamente impactantes en los aledaños de uno de los lugares donde sucedieron los trágicos acontecimientos. La teatralidad, con su ancestral poder de congregación ritual, actualiza el significante de la protesta, de la reivindicación de justicia, memoria y reparación.

Según Jean Gottmann, el urbanismo tiene el propósito de ordenar el espacio conforme a un «proceso económico y social, político y cultural, que conduce a la humanidad hacia formas nuevas de civilización, formas cada vez más urbanas, es decir, no agrícolas». La Teoría general de la urbanización de Ildefonso Cerdá, de 1867, ya oponía el orden de la ciudad al desorden de la vida rural bajo la doctrina del progreso ilustrado. La ecocrítica cuestiona este binomio, pues obvia el sustrato natural del medio ambiente como sistema de condiciones de posibilidad que envuelve, condiciona, sostiene o erosiona cualquier forma de articulación biopolítica. La antropología de los desastres ha advertido que la naturaleza permanece presente bajo el asfalto y el hormigón, y que siempre vuelve, invadiendo, en los momentos de catástrofe, los espacios urbanos y rurales. A la inversa, la acción de los seres humanos sobre el entorno afecta a los ciclos biológicos, biosféricos y meteorológicos. Ni la ciudad ni el campo –domesticado por la cultura agrícola y ganadera– están desconectados del conjunto del ecosistema.

En los últimos decenios, el cambio climático ha acelerado la recurrencia y la severidad de riadas, inundaciones y tsunamis, o la presencia de animales que «invaden» el espacio ciudadano, que «ponen en peligro» la productividad de las plantaciones, de los recintos ganaderos, etcétera. La ecocrítica nos recuerda que catástrofe y animalidad «desfonda[n], vacía[n], rearticula[n] constantemente la noción misma de naturaleza, […] interioriza[n] ese afuera», como indica Gabriel Giorgi en Formas comunes.

De forma análoga, Gabriela Cabezón Cámara, en La Virgen Cabeza, representa una ciudad de Buenos Aires con límite difusos, entre la historia y el sueño, el testimonio y las pesadillas: «Soñaba con los muertos yo, con todos los que se murieron y fueron enterrados unos arriba de los otros por siglos y milenios hasta hacerse parte de la corteza terrestre. Pero lo que más me torturaba era soñar con mis muertos haciéndose rápidamente, gracias a la madera terciada de sus ataúdes baratos, tierra en el cementerio de Boulogne. Kevin, Jonás, la Jéssica, todos se me hacían suelo, humus, pampa húmeda, abono de los claveles y malvones que adornaban sus tumbas miserables».

La ciudad, el arrabal, las villas y la fronda que se extiende al norte, en el delta del Tigre, donde confluyen los ríos Paraná y Uruguay para formar el río de la Plata, forman un continuum sin frontera, erigido sobre una gran fosa común a la que arrojan a los muertos, como las víctimas de los «vuelos de la muerte» al río de la Plata. Pero allá, quizás todavía ocurra el milagro, surja algo nuevo, que, como dijo la cantante, poeta, performer y activista Susy Shock, nos afirme en que «no queremos ser más esta humanidad». En La Virgen Cabeza, Qüity expresa así una gestación de nueve meses en el delta, con la travesti Cleopatra –Cleo– que tiene un cuerpo y una identidad no binaria que funde a «mi madre y mi padre proveedor»: «Y así estuve meses, durmiendo, mirando por la ventana o escuchando los ruidos del delta. Escuché lo que nunca: el barro amontonándose entre los juncos, las semillas reventando las raíces, la tensión de los árboles conteniendo los bordes de la isla. Y el agua, los ruidos hondos de las crecidas y los chatos de las bajadas. Y escuché lo que no pude haber escuchado, el cuerpo de Kevin estallando en burbujas podridas en la pugna del agua por volver al agua y de dejarle el polvo al polvo».

Los restos, desechados por la sociedad; su memoria, un imposible: «sigue sin ser posible abrazar a los muertos, hechos solo de memoria que también se muere». Pero estas fuerzas periféricas –arrabal, villas y delta– tensan el centro y desordenan todo, en un crisol intertextual que, en la novela, dispone sobre las mismas páginas la espiritualidad, la cumbia, la poesía homérica y el sexo cuir, en torno a las visiones que Cleopatra recibe de la Virgen. La ciudad, con sus lugares de memoria, sus ordenadas y limpias calles con los nombres de los próceres y sus estilizados monumentos, está asediada por el cinturón conurbano, la estridencia de la ópera-cumbia que Qüity escribe para Cleo, los modales exagerados y los brillos de la tribu monstrua de las travestis.

Flores que enraízan en el arrabal, como Felisa Roverano, que rompen lo liso y lo limpio, que se instalan en el continuum que forman ciudad, conurbano y medio ambiente para desordenarlo todo, como lxs chicxs de Mariana Enriquez, o la persistencia de las voces y las caminatas de Madres y Abuelas de plaza de Mayo, prolongadas a través del teatro performático en un lugar de memoria, que cuestionan, en verdad, la memoria colectiva, igual que Qüity y Cleo, gestando, hundiendo sus tallos de enredadera en las fosas comunes, para crecer sobre edificios y monumentos, incontrolables.