POR BÁRBARA MINGO

No muy lejos de mi casa hay un café que lleva muchos años abierto. Se anuncia con un neón rojo, y como está en una calle urbanísticamente algo rara, y situado en la primera planta de un edificio exento, sobre todo cuando ya es de noche y emite su propia luz tiene el aire de haber salido de la acuarela de un artista callejero. Lo cierto es que todo el rincón entero en el que está forma un conjunto irreal que parece pertenecer a un orden distinto que el resto de la ciudad.

Aunque desde hace tiempo vivo más o menos cerca, este no era mi barrio hace siglos, eones, ayer mismo, cuando cité en el café a un chico que había conocido en una fiesta de fin de año a la que yo había llegado como acompañante de otros invitados. Aquel estudiante y yo, que era otra estudiante, quedamos en vernos a la vuelta de las vacaciones, ya en Madrid. Pero para establecer nuestra cita no nos intercambiamos los números de teléfono de nuestras casas, que eran los únicos teléfonos que había, sino que acordamos con varios días de antelación la fecha, la hora y el lugar en que volveríamos a encontrarnos. No me acuerdo de si fui yo la ideóloga de esa cita inamovible y dudosa, pero me reconozco en el procedimiento teatral; es probable que sí. Vernos otra vez dependía de dos voluntades paralelas que tendrían que sostenerse por sí mismas a lo largo de los días. Podía uno cambiar de idea, desinflarse, podían interponerse imprevistos, pero no habría modo de avisarse (aunque sí lo había: había prolongaciones de ese juego, como enviar a otra persona con el mensaje de aplazamiento o anulación, o buscar en la guía de teléfonos el número del bar para avisar en directo de que no se iba a llegar, o dejar una nota al camarero varios días antes, o en fin, tantas maneras de actuar sobre la ciudad como alcanzase el ingenio de cada cual).

¡Pero hete aquí que fuimos! Fuimos los dos a la hora acordada de una tarde de principios de enero, me imagino que melancólica como siguen siéndolo los días inmediatos a la Navidad, un poco exangües como un calamar sin pluma.

Yo intento ahora recuperar lo que sentí aquella tarde.

Para recordarlo y poder escribirlo, hace unos días volví al café. Hacía siglos que no entraba. Creo que no era un lugar que frecuentase mucho, y no sé por qué se me ocurrió entonces que nos viésemos allí. Pero del mismo modo que en aquella ocasión resultó un buen sitio para verse, para el experimento de volver yo sola al cabo del tiempo se ha revelado milagrosamente idóneo, porque es de los pocos lugares de los alrededores, o de toda la ciudad, que apenas ha cambiado desde entonces. Así los espectros pueden reconocerse mejor, así es más fácil retroceder en el tiempo y tirar de algún hilo abandonado para, esta vez, rehacer el jersey que nos poníamos. A propósito de la inopinada preservación del pasado, me desvío un momento pues me viene el recuerdo de que en la calle del León, también en Madrid, hay un tramo en el que de vez en cuando, con la lógica con la que reaparecía en la alfombra la mancha del fantasma de Canterville, aflora un inconfundible olor a pescado −fresco−, como vestigio de la pescadería que funcionó allí durante mucho tiempo, determinando la vida de la calle, y que cerró hace ya décadas. Ese aroma espectral sirve incluso para orientarse por el barrio («cuando empiece a oler a pescado, baja por la perpendicular»). Pero estábamos hablando del café y de la cita, y cuando he vuelto esta vez a visitarlo era la misma época del año: primeros de enero. Otra vez el calamar sin pluma, muchos años después. Y es posible que fuese un aniversario exacto, el mismo preciso día de enero. Yo esperaba una cierta epifanía −incluso aunque no fuese muy intensa precisamente por haberla forzado− una vez estuviese dentro del café, pero ya cuando me acercaba al edificio, a unos pocos metros de la puerta, sentí cómo me nacía un entusiasmo, el gusto de la incertidumbre cargada de posibilidades. Qué fuerza enorme tienen algunos elementos externos, en este caso el recorrido que nos separa de una meta, al combinarse con una cierta disposición mental, para influir en nuestro ánimo. Aquí el encanto de las posibilidades que se despliegan ante nosotros es independiente del resultado efectivo. Son promesas que abrazamos por su riqueza, no porque ansiemos su cumplimiento. Aquel es un tipo de recorrido que ha cambiado en los años que han pasado desde entonces. El trayecto se ha llenado de injerencias, y me refiero por supuesto y en primer lugar al teléfono a través del cual nos puede interceptar cualquiera, pero que también nosotros consultamos para reasegurarnos de que estamos doblando la esquina correcta o porque no nos acordamos de cómo se llama con quien hemos quedado. Sea como sea, el resultado es la interrupción constante y ubicua y la dispersión de la atención. Y la atención es tan importante para orientarse como para el amor, porque determina nuestra manera de recordar.

Por otro lado, el amor verdadero no deja huellas. Lo cantaba Leonard Cohen, y será verdad.

Cuando entré en el café en la ocasión reciente, no había más clientes. Sería por lo del calamar. Saludé al camarero detrás de la barra, ahora afeada por un material negro y reluciente que la forraba, y me dirigí a la zona muy amplia donde están las mesas. La disposición no había cambiado y me senté a la misma de la otra vez, redonda con tres sillas, pedí una copa de vino y esperé a que empezase el baile de los vampiros. Todo era igual, el suelo de parquet, los mármoles y la madera, los pósteres un poco impersonales enmarcados. Desde la ventana se veía la Torre de Madrid. Eso no lo recordaba. Una emoción, aunque esta vez no esperase a nadie, me llegaba intocada, como la torre. Me dispongo a imaginar la llegada de él y no tarda en aparecérseme como en una postal lenticular, basculante, sin avanzar ni retroceder del todo, sonriente como era, conservada la calidez de su sonrisa un poco curiosa. En esta cita fantasmagórica detecto escepticismo en él, mientras yo me exhibo. Me llega también vivísima la imagen de la ropa que llevaba yo, pero solamente de cintura para abajo, como la vería si me estuviese inclinando hacia delante, como sin duda estaba haciendo entonces, hacia él, y como hago ahora, hacia no sé dónde: la falda azul de cuadros heredada de mis tías, las medias verdes con grandes flores estampadas, los zapatos de ante negro con un elástico en la trabilla. Sentados a aquella mesa él me acarició la pierna y por eso me acuerdo de la media en la pierna, exhibiéndose estirada porque quería que la tocasen.

Me alegro de saber que veré esa imagen en el carrusel que pasa ante nuestros ojos cuando nos vamos a morir. Veré las piernas con sus medias verdes y con sus zapatos negros, y algo borrosas las mesas que nos rodeaban, y la sonrisa de oro de mi novio lenticular y un montón de cosas más que ahora no recuerdo y que sucedieron una vez salimos del café, en muchos sitios diferentes, a lo largo de años.

***

Así como las casas son de los niños, las ciudades son de los jóvenes. La calle está sembrada de posibilidades. Se visitan muchísimas casas. Se entra en toda clase de sitios. Se conoce la ciudad a todas horas, bajo todas las luces. En cualquier rincón puede cambiar el destino. Haces pis en mil retretes. Todos los cruces son desvíos, y los desvíos te van a llevar a ti mismo. Se llora por la calle. Los recursos hay que inventárselos, pero a menudo se te presentan solos. Te acuerdas de versos por la calle, cantas canciones. Bajas escaleras al trote. Se sale a conquistar lo que ya es propio. Los paseos furiosos quedan dibujados por las calles como la estrategia de un general que ha perdido el juicio. Y en toda esa incertidumbre no solo hay angustia sino también un buen augurio sin objeto, una indefinición rotunda y luminosa, y la amplitud del mundo que te viene a saludar. A veces nos acompaña alguien, y entonces es muy bonito, y hay que acostumbrarse a los demás, lo que muchas veces es más fácil que acostumbrarse a una misma, y los lugares a los que fuiste se te quedan grabados, y muchas veces ya ni te acuerdas de con quién fuiste a cada uno de los sitios, pero los sitios siguen manteniendo una vibración especial que no sabes si los demás podrán reconocer. Eso me viene a la mente al pensar en las ciudades, la juventud y el amor, en la zona de la memoria donde sus recuerdos están asociados. Paseos, conquistas, excursiones de reconocimiento, barrido, peinado.

Después de mi segunda visita al café, yo quería haber seguido remedando el recorrido, y me refiero al recorrido entero ni siquiera interrumpido por las horas de sueño que pasamos inmóviles cada día. Pero me tiraría escribiendo meses, si quisiera detenerme como hasta ahora en cada imagen. Quizá por eso dicen ars longa, vita brevis. En los tesoros de los momentos, si tiras del collar que sobresale sacas un revoltijo de joyas enredadas.

Así que lo que me pregunto es cómo se aposentan en nosotros las imágenes que son determinantes para el nacimiento del amor. ¿Pero por qué me pregunto esto ahora? Porque me preocupa cuánto ha alterado el uso del teléfono nuestra manera de relacionarnos con el mundo. Eso implica también nuestra relación con nosotros mismos. La continua interrupción del flujo interior de la conciencia me parece una pérdida. Es verdad que quizá nunca fuese un flujo constante, y siempre se había visto expuesto a la interrupción por agentes externos, como otras personas, o pensamientos intrusivos, o un pájaro que te pasa por delante o un coche que casi te atropella o el bombardeo de Dresde, o las versiones alegres como la amiga que te pita y saluda desde el coche: pero formaban parte de lo mismo, eran de una misma naturaleza y textura (ahora me ha venido a la mente el verso «I was of three minds»). En fin, esa interrupción es la vida misma. Lo que se me atraganta es que las comunicaciones con los demás se produzcan todas a través del mismo display, el diseño de las aplicaciones de mensajería. Me parece que eso aplana las maneras de experimentar la vida. Si a cada emoción que sentimos le adjudicamos una imagen, siguiendo un criterio que a menudo parece arbitrario o circunstancial, la variedad, densidad y pregnancia de esas imágenes se está viendo muy reducida. Ahora todos tenemos la misma caligrafía.

***

Tenía que escribir sobre el amor y siento que me he escaqueado, que he querido despistar con una historia antigua y muy adornada. Pero no. Para mí fue importante y busco en lo que queda las trazas de eso importante. Después de la evocación y del lamento podría pedir algo, decir una oración que me asegurase los buenos términos con el amor. Como no querría ser banal ni tampoco ir de listilla, como no sabría cómo pedirlo, por si pidiese mal como en los cuentos e invocase algo raro, haré algo más fácil, que es dar las gracias.

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Hace un par de días pasé por la puerta del café y han quitado el neón. Llevaba décadas. Todo debe cambiar, y yo también.