Manuel Alberca
Maestras de vida. Biografías y bioficciones
Pálido Fuego, Málaga, 2021
592 páginas, 21.90 €
POR LAURA FREIXAS

 

 

¿Qué lugar ocupa la biografía? ¿Cuál es su estatus entre los géneros literarios? Maestras de vida, la nueva obra de Manuel Alberca, da a esa pregunta una respuesta extensa y erudita a la vez que amena y militante, en favor de un género que, a pesar de su larga historia y popularidad, parece que no termina de asentarse.

Narrar la vida de una persona notable parece una idea obvia. Por eso mismo, ha sido la biografía poco estudiada. Como señala Philippe Lejeune, esa negligencia crítica es habitual tratándose de discursos que parecen «naturales». La biografía no ha gozado de mucho respeto ni en el campo de la historia ni el de la literatura. Como literatura, parecía poco creativa; como historia, poco rigurosa. Sin embargo, se ha practicado desde la Antigüedad. Sus primeros grandes clásicos, las Vidas paralelas de Plutarco y los Evangelios –cuatro aproximaciones biográficas a una sola figura–, datan de la misma época, la segunda mitad del siglo I.

Tras un rápido recorrido por los siglos siguientes, Alberca se detiene en las transformaciones de los siglos XIX y XX. Con el Romanticismo asistimos a un sorprendente declive de la calidad –no así de la cantidad– de biografías. Empieza lo que va a ser una constante en su desarrollo futuro: la lucha entre las dos almas de la biografía. De un lado, la literaria, que florece con el auge de lo autobiográfico. Si hasta el siglo XVIII, la autobiografía no era más que una biografía en primera persona, a partir de las Confesiones de Rousseau (1782) el género se hace más creativo y se expande en subgéneros. Del otro lado, la vertiente histórica en su versión positivista: biografías –dice Alberca– «notariales», ricas en documentación pero pobres en interpretación. La época victoriana, en la que se desarrolla esta tendencia, presencia también el nacimiento en el Reino Unido –no así en España– de la figura del biógrafo profesional.

Biógrafo era sir Leslie Stephen, editor del Dictionary of National Biography británico, y padre de Virginia Woolf. Una conexión interesante, pues Woolf es de las voces que mejor expresa esa lucha de la biografía –y de la literatura en general– entre lo material y lo subjetivo, entre el granito de los datos y el arcoíris de las percepciones. «Ningún biógrafo conocerá este momento», reflexiona uno de los personajes de Las olas mirándose al espejo. Y el elocuente subtítulo, Una biografía, que añade Woolf a su novela Orlando (1928), la historia de un poeta del siglo XVII que vive trescientos años y se convierte en mujer por el camino, es una burlona crítica al género.

Pero quien más haría por su renovación no sería Woolf, sino su amigo Lytton Strachey, para quien la biografía era, decididamente, «una rama de la literatura». También sus contemporáneos Stefan Zweig o André Maurois practicaron magníficos exponentes de lo que se llamó «la nueva biografía»: amenos, narrativos, con un estilo trabajado. A su éxito contribuyó, paradójicamente, la aridez de las mejores novelas de la época: la vida de la reina Victoria, escrita con gracia por Strachey (1920), era sin duda más legible que el Ulises de Joyce (1922), por poner un ejemplo. Y algo parecido sucedería medio siglo después. Frente a la abstracción de la historiografía marxista, la década de 1970 presenciaría una vuelta al sujeto. La vida de un molinero italiano del siglo XVI, narrada por Carlo Ginzburg en El queso y los gusanos (1976), libro emblemático de ese nuevo enfoque, era más atractiva que los gráficos sobre el precio del trigo.

La afirmación del carácter literario de la biografía ha permitido una gozosa explosión de creatividad con novedades como las biografías centradas en un solo aspecto o momento de una vida; las de un grupo de personas; las de sujetos humildes; la quest, en la que la persona y la investigación del biógrafo se hacen presentes; la bioficción, relato biográfico que incorpora la autoficción del biógrafo…; y con resultados tan originales como El loro de Flaubert de Julian Barnes (1984), Proust. Samedi 27 novembre 1909 de Alain Buisine (1991) o A finales de enero de Javier Padilla (2019). No obstante, lo que la biografía ganó en creatividad, se arriesgaba a perderlo en rigor. La idea, popularizada por Hayden White y Paul Veyne, de que la historia es una narración construida con los mismos recursos que una novela, solo que partiendo de un material preexistente, «confundió a más de uno», dice Alberca. Se extendió la noción de que distinguir entre realidad y ficción es imposible o, por lo menos, pasado de moda. Reconocemos en este punto al Alberca militante contra la autoficción de sus estupendos ensayos anteriores: El pacto ambiguo (2007) y La máscara o la vida (2017). Aquí también señala nuestro autor la falta no solo de seriedad, sino incluso de ética, que implica el «pretender servirse de lo biográfico sin pagar su peaje», y lo ilustra con un ejemplo: Los últimos días de Adelaida García Morales (2016) de Elvira Navarro, un libro a su entender deshonesto.

Aparte de sus aspectos histórico y teórico, Maestras de vida es una guía para quien quiera escribir biografías, algo de lo que el autor, además del conocimiento teórico, tiene la experiencia. No en vano, es el biógrafo de un personaje tan destacado, a la vez que elusivo, como Valle-Inclán (La espada y la palabra, Premio Comillas 2015).

Quisiera referirme ahora a dos aspectos de Maestras de vida que me han interesado particularmente. El uno tiene que ver con las mujeres; el otro, con España.

El feminismo está aportando en los últimos decenios una producción teórica muy valiosa en numerosos terrenos –economía, religión, ecología, filosofía…–, pero, mientras que las pensadoras conocen perfectamente la obra de sus colegas masculinos, ellos no suelen leerlas ni citarlas. Y algo de eso hay en Maestras de vida, en cuya bibliografía faltan títulos fundamentales como Escribir la vida de una mujer (1988) de Carolyn G. Heilbrun, La autobiografía femenina española contemporánea (1998) de Lydia Masanet o Women, Autobiography, Theory: A Reader (1998) de Sidonie Smith y Julia Watson. La obra de Alberca se resiente de esa ausencia: en muchos puntos de su reflexión, una perspectiva de género la habría enriquecido o matizado. Por ejemplo, cuando afirma que la «ultracorrección política» de las últimas décadas ha producido biografías que sacan a la luz «la cara oculta y menos favorecedora» de grandes hombres como Einstein, de quien se revela que «trató mal a sus dos esposas y a sus hijos y en la mesa se comportaba sin ninguna urbanidad». Poner en el mismo plano –el de lo irrelevante– los modales y las relaciones familiares revela la incomprensión del problema. Respetar la división jerárquica entre público y privado, examinar la vida profesional y no la familiar, impide entender la discriminación de las mujeres, a la vez que la legitima y perpetúa. Esa discriminación no es algo que sucede y se explica únicamente en la historia con mayúscula, sino en las vidas concretas de los individuos. No hay duda de lo necesaria que resulta, para quien aspira a crear, investigar, tener una vida pública…, la presencia de un «cónyuge sostenedor»; sabemos la facilidad con que los «genios» encuentran «musas» y la enorme dificultad, en cambio, de las «genias» para encontrar no ya «musos», sino maridos que al menos no las pongan a su servicio. Sabemos que la responsabilidad hacia las hijas e hijos, a menudo asumida por las madres principal o exclusivamente, es una de las claves que explican el escaso recorrido profesional de las mujeres. Que Mileva Marić, brillante física y matemática, no hiciera una carrera ni de lejos comparable a la de Einstein, su marido, quizá tenga algo que ver con que ella se ocupó de sus tres hijos, uno de ellos esquizofrénico. Del mismo modo, para entender por qué el primer gran diarista de la historia fue un hombre, Samuel Pepys, y no una mujer, habría que señalar que su esposa, Elisabeth de Saint Michel, también llevaba un diario, pero su marido lo destruyó –según cuenta él mismo, el 9 de enero de 1663–, por más que revelarlo sea «poco favorecedor» para la memoria de Pepys.

En otro orden de cosas, resultan sumamente interesantes las consideraciones que hace Manuel Alberca sobre la biografía en España. El escaso aprecio del género –y de su variante, la autobiografía– es patente y los resultados, desoladores. El o la profesional de la biografía es una figura casi inexistente por estos lares y, cuando existe, lo paga caro: «Menos del 1 % de biógrafos españoles han sacado de una biografía lo suficiente para pagar los gastos que genera hacerla», calcula el autor. Las editoriales se limitan a traducir biografías extranjeras y, para las nacionales, delegan en hispanistas anglosajones o franceses. Los programas de literatura no incluyen la biografía, y la crítica no sabe abordarla: en vez de juzgar la obra, juzga al sujeto sobre el que esta gira. Por su parte, los personajes biografiables o sus herederos hacen la vida imposible a quien quiere estudiarlos, negándose a colaborar y destruyendo documentos. Y es un deporte nacional, entre los escritores españoles –¿También entre las escritoras?… Diría que no–, despreciar el género, incluida su variante autobiográfica, lo cual no deja de ser paradójico, teniendo en cuenta que varios de esos mismos autores que la desprecian –como Juan Goytisolo, Francisco Ayala o Caballero Bonald– la practican.

Corolario de todo ello es la carencia en España de un canon, de una lista consensuada de mejores biografías, que sí existe en otros países. Para remediarlo, y basándose en su propio criterio y en el de ilustres colegas, Alberca propone algunos títulos: la biografía del duque de Osuna de Antonio Marichalar, la de Cervantes de Sebastián Juan Arbó, la Vida de Manolo de Pla, el Juan Belmonte de Chaves Nogales, Carmen Laforet, una mujer en fuga de Anna Caballé… Lo más interesante es el motivo, muy plausible, que Alberca encuentra para esa falta de canon. En efecto, la biografía se afianza en el siglo xix respaldada por los sentimientos identitarios de las naciones europeas. Y, ese consenso sobre el sentimiento nacional, España no fue capaz de crearlo.

Decía Manuel Alberca al iniciar Maestras de vida que su aspiración era llenar un hueco en la bibliografía española. Seiscientas páginas más tarde, queda claro que no solo ha cumplido su propósito, sino que nos ha aportado mucho más. A quienes amamos el género, una completísima información que no rehúye el posicionamiento ni la polémica. A quienes quieran practicarlo, una guía indispensable. A quienes ejercen la crítica, una base para aplicarla al género. Y a la cultura española, tan pobre y tan incómoda en este ámbito –aunque hay signos esperanzadores–, una reflexión crítica y una invitación a enderezar el rumbo.