
En el año 2007 Aurora Venturini (1921-2015) publica Las primas en su país natal de mano de la editorial Página/12. En 2021, Borja Bagunyà publica Els angles morts con Periscopi (y en 2022 llega su excelente traducción al castellano, a cargo de Rubén Martín para Malas Tierras, con el título de Los puntos ciegos). Son dos novelas en momentos muy diferentes: uno de los últimos textos de la autora argentina frente a la primera novela del barcelonés; y, sin embargo, su tratamiento de la enfermedad y el cinismo intelectual permiten ver cómo ciertos hilos unen ambos textos.
Venturini da voz a Yuna, quien ha nacido en el contexto de una familia disfuncional y lejos de la vida acomodada. Ella es la narradora y su voz es singular: Yuna tiene dislexia y es tratada como una persona con una deficiencia mental por quienes la rodean. Su hermana Betina, por su parte, tiene un retraso severo en su desarrollo. La prima Petra padece acondroplasia y ejerce la prostitución. Carina, hermana de Petra, tiene polidactilia en los pies. Yuna es despreciada desde siempre e incluso cuando se desvela en ella un talento innato para el arte, el contexto familiar y social la trata con un control y paternalismo sustentados en la percepción de que su inteligencia está por debajo de la media. También cuando viven de ella. Desde luego, Yuna tiene una forma singular de ver el mundo, que nos va contando mediante una narración que refleja también su progreso en la vida, según supera sus dificultades para expresarse por escrito y alcanza no solo el éxito artístico, sino a través de la docencia en Bellas Artes. La relación con Betina y Petra es un triángulo fundamental en la obra para conocer el rostro real de múltiples personajes, en especial los masculinos, y cómo se aprovechan de todas ellas. La crueldad con la que Yuna percibe a Betina, el modo en que la describe casi como un animal, y cómo esto cambia según madura y es consciente de la realidad de su vida, construye un retrato crudo de las enfermedades mentales.
Bagunyà apuesta en su novela por una estructura general externamente más abigarrada y mediada por la estética altermoderna, pero el eje principal es el que se establece en el matrimonio entre la ginecóloga Sesé y el profesor de literatura Antoni. Sesé atiende un parto difícil que culmina en el nacimiento de un bebé completamente deforme. Podría decirse incluso que amorfo. Y, pese a ello, pese ser descrito como una criatura donde cualquier coincidencia con la fisonomía humana convencional parece casual, sobrevive. La hipérbole a través de un espejo grotesco forma parte de la estética que imprime el autor, pero eso no impide que el neonato sea terrible desde los primeros presagios e impresiones. Más allá de lo atroz que le ha deparado el destino a la criatura, más allá de la negligencia médica que ha hecho que el caso no fuera diagnosticado durante el embarazo, más allá del impacto emocional que genera… se pasa al tratamiento del caso como objeto de estudio.
Con todo, lo cierto es que ambas novelas establecen una relación directa entre su forma y su narración. Bagunyà lo hace con los recursos estéticos a los que antes nos referíamos superficialmente: emplea lo grotesco y presenta un mundo visto muchas veces por un espejo deformante a través de digresiones parentéticas, notas al pie (sobre las que hablaremos más adelante), secciones que se retuercen sobre sí mismas, y la presencia de palabros junto con la combinación —en momentos concretos— de catalán y castellano (en su versión original). Venturini, por su parte, centra la relación con la forma a través de la estructura sintáctica, el léxico de su narradora y sus estrategias mentales y de aprendizaje para mejorar su capacidad de narrar. A todo ello hay que sumar el modo en que Yuna ve el mundo y nos lo presenta, con sus propias censuras e ironía. Si bien la estructura externa es, en apariencia, más sencilla, al presentarnos el mundo desde los ojos, las palabras y el ruido de fondo de Yuna, la relación entre lenguaje y personaje es también fundamental en esta obra. Es una similitud tonal que permite relacionar ambas novelas en la medida en que Venturini ha sido calificada, en no pocas ocasiones, como una autora sofisticada dotada de una escritura lúdica y deforme, en palabras de Enríquez en la última reedición de Las primas, a cargo de Tusquets; y Bagunyà es también definido por adjetivos muy similares, pese a que ambos utilizan herramientas diferentes para ello.
Entre ambos textos debemos situar Lectura fácil (2018), de Cristina Morales, novela que levantó ampollas entre los sectores conservadores (y siempre reaccionarios) por ofrecer un retrato crudo de la doble discriminación de mujeres discapacitadas, y que ha sido adaptada recientemente a la televisión (Fácil de Anna R. Costa para Movistar+) y al teatro (con dirección y dramaturgia de Antonio San Juan en coproducción del Centro Dramático Nacional y Bitò), llegando a cada medio con importantes diferencias en su tratamiento de personajes, sensibilidades y tono. La obra original de Morales retrata no solo la vida de sus protagonistas neurodivergentes, sino también el tipo de trato que reciben y eso conlleva presentar actitudes desde el ámbito profesional que son, sin duda, duras e injustas hacia ellas. Su forma de tratar, con crudeza, pero sin victimismo ni paternalismo, estas patologías, mantiene una tradición que es escasa. La novela de Torcuato Luca de Tena, Los renglones torcidos de Dios (1979) —que ha sumado recientemente su segunda adaptación al cine— buscó de forma expresa ofrecer un retrato fidedigno de un amplio abanico de enfermedades a través de los ojos de Alice, quien ingresa en el hospital psiquiátrico y ofrece una visión compleja de la enfermedad mental, y del tipo de tratamiento que se daba en esos años del posfranquismo inmediato, sin caer tampoco en paternalismos ni demonizaciones, mientras subvierte el subgénero clásico de la novela detectivesca. En esta bisagra de referentes entre los textos en los que nos centramos, debemos considerar también a la colombiana Margarita García Robayo: en la selección de relatos Primera persona (publicada originalmente en 2017 por la editorial peruana Pesopluma) la identidad femenina es uno de sus centros, pues el objetivo principal es proponer una serie de pensamientos sobre la vida misma de la autora. De hecho, como indica el propio título, es una reivindicación identitaria, aunque los matices autoficcionales están presentes. Este aspecto resulta de interés, en la medida en que Venturini fue una creadora de su propia vida, que (re)componía al hablar de ella.
Venturini presenta en Las primas personajes que se comportan de forma cuestionable, pero José Camaleón es posiblemente el más significativo. Aunque, como profesor de arte de Yuna, la ayuda a avanzar en su carrera y a reivindicarse, también fuerza que use una férrea máscara social y que esconda quién es (y cuál es su familia) ante el público. Camaleón es acogido por la familia, pero eso no le impedirá abusar de la joven e incapacitada Betina. Esto supone, en todo caso, un despertar para Yuna, quien trama el plan para que el profesor deba hacerse cargo de su hermana. Yuna evidencia paso a paso que se vale por sí misma, hasta consolidarse por derecho propio como artista y profesora, y pese a las dudas sobre sí misma que tiene, la vemos cada vez más a través de sus propios ojos, sin la mediación de los demás: según avanza la novela, la voz de Yuna es cada vez más propia, como su vida y su destino. Y con menos velos puestos por otros, vemos a los personajes como son, pues se abren sus ojos y con los de Yuna, los nuestros. Para ello es, en cierto modo, necesario que Camaleón se desvele como un personaje desalmado y profundamente brutal que ha explotado del trabajo de Yuna y del cuerpo de Betina para su propio beneficio sin cuestionarse el tipo de abusos que ejerce sobre las hermanas.
Frente a esa familia y su contexto desfavorecido, el matrimonio de Sesé y Antoni Morella resulta acomodado. Más allá de los problemas (pequeños en comparación) de sus vidas, son profesionales bien situados en la clase media. Antoni, filólogo, canaliza el discurso del cínico sector universitario: un contexto de mediocridad con egos injustificados, puñaladas por la espalda y una viciada noción de excelencia. Sesé, médica, permite ver el brutalismo sanitario: médicos que tapan sus errores entre sí, estructuras de poder perversas, y los pacientes percibidos como lo que menos importa. Las envidias, la verborrea vacía, y el egocentrismo son la principal intersección para unos profesionales cuyas realidades laborales son más parecidas de lo que se podría pensar. El lector encuentra las páginas más «de campus» cómicas y ácidas, pero las partes más «sanitarias» también lo son, y su retrato grotesco de ambos mundos resulta armónico (dentro de la disonancia consciente que se persigue) cuando quien lee conoce bien las cloacas —profesionales— de ambos frentes. Que Antoni se supiera el hermano menos dotado (su hermano Gerard es, en esencia, un genio) palidece ante el drama que afronta Sesé con el nacimiento del bebé deforme y monstruoso, si bien ella logra distanciarse emocionalmente y convertirlo en un caso de estudio en un primer momento. Luego, el caso se convertirá en una obsesión dura y negativa para ella que la conduce hasta una conflictiva encrucijada que la afecta profundamente.
Lo que afronta al principio como una forma de progreso profesional (pues la inusual combinación de tantas deformaciones da lugar a un potencial artículo, que conllevará más prestigio laboral y, quizá, también mejoras), pero Morella se convertirá en una sanguijuela del personaje femenino: acaba devorando la historia del bebé monstruoso, aprovechándose del cuerpo y relato de la pobre criatura, como Camaleón se apropia del cuerpo de Betina en la novela de Venturini. El caso era estimulante para ella, mientras Morella estaba hundido en su incapacidad de generar un discurso intelectual, aplastado por la maquinaria burocrática que manejan bien otros de sus compañeros, pese a que trabaja en escribir el artículo definitivo de su carrera, pero es él quien finalmente se erige triunfador al apropiarse del suceso. Los dos viven aplastados por jerarquías injustas, están rodeados de personajes mediocres e hiperrealistas (en una realidad que no lo es) y una realidad fuera del trabajo que no puede escapar de la mediocridad existencial, el parto del bebé deforme supone un punto de inflexión para ambos, hasta tal punto que se convierten en espejos deformantes de ellos mismos, y de su pareja. Lo grotesco carnal crece y se expande también en su mundo, como en el de Yuna: las necesidades fisiológicas de Betina son descritas con notable detalle y Bagunyà aporta también detalladas descripciones de partes malsanas del cuerpo, como el efecto de una piorrea fuera de control, más allá del propio entorno laboral de Sesé y el propio caso médico del crío.
Bagunyà juega también con el estilo de la voz narradora, que se alterna principalmente entre el punto de vista de Sesé y el de su marido. Cuando el punto de vista que se nos ofrece es el del filólogo, su discurso está marcado por digresión y las páginas se llenan de notas al pie que intentan explicar el caos que se genera: quién es ese personaje del que nos ha hablado como si tuviéramos que conocer, qué sucedió entre ellos diez años antes, etc. La voz no pierde el discurso literario, pero Antoni no puede escapar de sus inseguridades ni del bloqueo que le atenaza en este momento de su vida ni siquiera cuando es el narrador de su existencia y el desorden mental que le asalta está también en sus páginas.
Morella es un personaje acomplejado por los demás, con un germen familiar que se reproduce en el contexto profesional. Yuna está marcada por el desprecio y desdén de los que le son más cercanos y una prejuiciosa percepción de su problema —que podemos atribuir a dislexia (aunque el diagnóstico no llega a ser nombrado jamás en toda la obra)—; sin embargo, fuera del círculo familiar, se convierte en una persona respetada por su arte y su trabajo. El complejo y la envidia devoran a Antoni, pero Yuna se hace fuerte ante el mundo. Ella no puede corregir su propiocepción (pues sigue quedando el resto de la duda sobre sí misma); sin embargo, sí escapa del círculo de escarnio; no obstante, Morella se siente encadenado a la misma propiocepción que se construyó (o, como a Yuna, que le construyeron los otros) en la infancia. Lo que los une, sin duda, es que ambos han trabajado mucho a lo largo de su vida para llegar hasta donde están, si bien es cierto que al tener un componente de Bildungsroman, la novela de Venturini pone en el centro ese proceso transicional hacia la inscripción en la vida adulta, mientras que en Bagunyà los personajes ya han consolidado su identidad como personas maduras y, por tanto, son como son; es decir, lo que se nos narra sobre sus vidas hasta ese momento (a través de diferentes excursos en forma de analepsis) sirve para comprender mejor qué es lo que les ha marcado y explorar el germen de sus relaciones, como la de Antoni con su sobrino, Olof. Yuna está en esa fase en Las amigas, la continuación publicada póstumamente (2020), donde la reencontramos a las puertas de ser octogenaria.
Els angles morts y Las primas son, como decíamos ya al principio, dos novelas bien diferentes entre sí en lo interno y lo externo. Pero las dos orbitan en torno a lo grotesco de formas muy diferentes y sus personajes principales quedan marcados por cómo los demás los ven, hasta que su propiocepción es tan deforme como el neonato que Sesé ayuda a traer al mundo. A su manera, Morella y Yuna se perciben como monstruos (ella incluso lo afirma expresamente) y enfrentarse a la realidad de otros monstruos les ayuda a definirse, a mejor y a peor. En su convivencia (y enfrentamiento) con la enfermedad, la marginalidad y el dolor a través de diferentes esferas sociales que se solapan, se construye un elemento tragicómico compartido por ambas obras. Esto es posible, sobre todo, gracias al eje profesional que se entreteje entre estos dos textos, con una atención muy especial al lazo que entre ellas forma también el sector educativo-universitario, y que tanto Venturini como Bangunyà han conocido de primera mano, como espacio de lo grotesco y monstruoso en la misma medida que lo son los más crueles desmanes de la naturaleza.