Laura Chivite
El ataque de las cabras
Random House
176 páginas
POR MEY ZAMORA

La navarra Laura Chivite (Pamplona, 1995) se adentra en la novela —entendida a la vieja usanza— con El ataque de las cabras. En 2022 irrumpió en la escena literaria con Gente que ríe (Caballo de Troya), nueve relatos —ecos y mención a J.D. Salinger— que transcurrían entre 2060 y 1995 y que estaban conectados por un personaje, Berta. Una suerte de novela con dosis de autoficción, según la propia autora, que le valió el Premio Ojo Crítico de Narrativa y el Premio a la Promoción del Talento Artístico de Navarra.

El título de su nueva obra sorprende de entrada poco glamur hay en nombrar a ese animal que tira al monte. La mención nada tiene que ver con una obra de carácter rural. Conoceremos en estas páginas a la cabra Juana, tildada de insolente, protagonista de cada uno de los pequeños relatos —tres—, a modo de fábula, que marcan la evolución de la trama. Nos llegan en un doble proceso de transmisión: son los que le contaba a la narradora la hermana de su madre, Tía Lidia, con la que vivió dos años durante su adolescencia, y que ahora recuerda.

En ellos la tía plantea a la sobrina la elección de posibles desenlaces. La cabra deviene una metáfora poco encubierta de cómo superar etapas de crecimiento. Porque esta novela es una novela donde se deja la infancia y la adolescencia atrás para entrar en la madurez. Los primeros compases del libro reflejan los titubeos del yo narrador que cuenta su reencuentro con Lidia tras años sin verse. El lenguaje, lo relatado y el tono reflejan la inmadurez y las contradicciones de la edad, a veces irrita: «Pienso que es gilipollas, que se ha vuelto loca. Y luego pienso que tiene bastante sentido lo que ha hecho».

Pronto se irá revelando la idiosincrasia familiar, los desencuentros y las peculiaridades la madre y la tía, aliadas de pequeñas, dejarán de hablarse. Antes se habían puesto de acuerdo para no dirigirse a los cuatro hermanos varones que las separan-. La magia y lo extraordinario puntúan un texto que va ganando solidez y fuerza narrativa a medida que avanza la lectura, madura a la vez que la protagonista.

Hay naturalidad en el modo en que la escritora mezcla lo cotidiano con lo muy extraordinario. Es uno de los atractivos de la obra, como lo es el planteamiento puramente ficcional. Los referentes biográficos de Chivite aparecen esporádicamente en la historia. Así sus orígenes están presentes en alusiones a los Sanfermines, al clima o a la peña de La Jarana de la capital navarra. También las cinematográficas la autora se ha especializado en la relación entre literatura y cine que provocan paralelismos y alusiones a cintas, directores o actores («la historia del cine es la historia de esas correspondencias, la historia de una emoción que adquiere nombres infinitos»).

La obra ofrece tonos y paletas estilísticas diferentes que se plasman en sentencias y episodios que transitan lo cómico, irónico, fantástico, dramático, gótico, filosófico o naif. «Tenía un pelo negro, duro y largo con el que habría sido capaz de estrangular a alguien. Un pelo boa constrictor del que siempre ha estado orgullosa», sirve como descripción de Tía Lidia. O: «Unos herrerillos muy simpáticos vinieron a comer. Después unos carboneros se unieron a ellos. Bailaban tan contentos mientras se llenaban el estómago», para una escena de sosiego con la joven observando sentada en un parque. La naturaleza y los animales tienen su papel más allá de la cabra Juana e inciden en el carácter mágico de algunos episodios.

En el proceso de crecimiento de la voz narrativa aparece el tema fundamental de la familia y de los modelos adquiridos aunque medie distancia y separación («O al menos arrastras el mismo dolor que ellas, lo has heredado, y eso es casi lo mismo que ser una de ellas»). También surge el tema del miedo y las contrariedades inherentes al mundo adulto, que incluye las relaciones sentimentales («¿hasta qué punto el lesbianismo de la tía actúo de patrón?»).

El ataque de las cabras es una novela corta, original y llena de contrastes, diferente, y por ello desconcertante. Quien la lea debe entrar en el juego propuesto y dejarse llevar por la fantasía: del encierro en un urinario que activa un proceso de auto lavado, a la despedida con el lanzamiento al mar de las cenizas de un gato, o el devenir de Juana. De fondo, una premisa de calado: «cómo se construye una identidad individual, cómo una colectiva».