Paloma Díaz-Mas
Lo que olvidamos
Anagrama, Barcelona, 2017
168 páginas, 15.90 €
POR MANUEL ALBERCA

En los últimos años la autobiografía española ha pasado de ser considerada una intrusa en el elitista espacio de la Literatura (así, con mayúscula) a representar una de sus corrientes creativas más fructíferas. Hace pocas décadas estaba marginada todavía por la crítica y era menospreciada por los propios autores; en cambio, ahora ocupa un lugar destacado en la narrativa, y una parte importante de estas obras reivindica el pedigrí de su ascendencia autobiográfica. A cambio de esto la autobiografía ha sufrido una cierta «deslocalización» en el mapa literario: ahora casi siempre se identifica como una provincia de la todopoderosa ficción, de manera que numerosos relatos autobiográficos se presentan como «novelas». Si bien esto es sólo un cambio de nomenclatura, se aprecia otra metamorfosis, que delata una mutación ontológica de mayor calado. Hasta hace pocas décadas la autobiografía era un texto único, un final de carrera, una despedida o la jubilación del oficio de escribir. En la actualidad se ha convertido en una suerte de ejercicio permanente, que permite autobiografiarse de manera incesante y prácticamente interminable, haciendo de la propia vida un relato por entregas.

En el caso de Paloma Díaz-Mas, que se inició en la narrativa con novelas de inspiración culturalista y posmoderna con una estética entroncada con los «novísimos», dominante en las décadas de los años setenta y ochenta, como las laureadas El rapto del Santo Grial (1983) y El sueño de Venecia (1992), se hace evidente un marcado viraje hacia lo autobiográfico en sus últimos libros. En este nuevo tipo de autobiografía cabe incluir Una ciudad llamada Eugenio (1992), Como un libro cerrado (2004) y Lo que aprendemos de los gatos (2014). Si el primero es una suerte de diario de viaje en que relata su estancia como docente en un centro universitario norteamericano de Eugene (Oregón), el segundo es un relato de infancia, bastante idílico y autocomplaciente, en donde la autora buscaba las raíces de su vocación literaria, mientras que el tercero reflexiona sobre el carácter y el significado de la vida y muerte de estas mascotas y de su trascendencia en la vida de las personas. Son estas tres obras citadas de contenido muy diverso, pero el tratamiento las aproxima a una clase de autobiografía descriptiva y externa, sin aristas ni conflictos, que no consiguió atraer apenas la atención de los lectores. En cambio, en Lo que olvidamos se ocupa de una temática distinta, porque se atreve a entrar en el difícil y siempre doloroso terreno del envejecimiento y enfermedad de un ser querido. Si bien es un desafío al que no ha conseguido hacer frente con éxito.

Como es sabido, la memoria constituye ese fabuloso instrumento que nos ayuda a vivir y a proyectar lo vivido más allá de los límites del presente, sin el cual la identidad personal y la colectiva se desintegrarían en la nada más estéril; la memoria, así, presenta dos caras antagónicas y complementarias. La memoria es selectiva, recuerda lo que valora como necesario o desecha lo banal por innecesario, pero es al mismo tiempo caprichosa, y conserva hechos o briznas de fragmentos de vida, sin que la razón de su persistencia o pertinencia sea demostrable. Porque además la memoria tiene su estatuto de autonomía o independencia: a veces creemos dominarla, traemos y llevamos con su ayuda los recuerdos a nuestro gusto y medida del pasado al presente; pero en realidad es imprevisible las más de las veces, no digamos con el paso del tiempo y el avance de la edad, entonces el recuerdo preciso se nos niega, se nos camufla o esconde, para imponérsenos recuerdos que no buscábamos, que vienen o nos invaden de manera involuntaria sin que nosotros intervengamos. Y tenemos por último recuerdos propios, que nosotros hemos generado o desarrollado a partir de nuestra propia experiencia, y recuerdos heredados, por así decir, pues los recibimos por el relato de nuestros mayores.

Me detengo en estas consideraciones, porque Lo que olvidamos, como cualquier libro memorialístico, trata de memoria y desmemoria, de recuerdos y olvidos, porque la vida íntima y la historia colectiva están escritas con ambos, si bien la autora se decanta por el rescate de recuerdos y olvidos en general inanes, carentes de emoción introspectiva. Lo chocante es que, teniendo en las manos un argumento autobiográfico lo suficientemente potente –tal es el progresivo y acelerado proceso de desmemoria de su madre a los ochenta años, aquejada al parecer de alzhéimer–, es decir, una materia para hacer un relato conmovedor y catártico (útil también para los lectores), la autora ha optado, erróneamente a nuestro juicio, en querer contrapuntear este hecho doloroso con una suerte de recuerdos propios y ajenos, insustanciales en la forma e innecesarios en el fondo. De este modo el argumento central del envejecimiento de su madre, ingresada en una residencia de ancianos, con pérdida de memoria, desubicada de su entorno habitual, viviendo en un entorno extraño a su propia cotidianeidad, en una suerte de presente absoluto, desposeída del lenguaje y de su identidad, un asunto que por sí solo tenía entidad e interés suficiente, es relacionado y parangonado en la parte central del libro con hechos de nuestro reciente pasado colectivo que han sido ya muy tratados, y a los que la versión de la autora no añade nada interesante. Sorprendentemente, insisto, a ese dramático proceso de despersonalización por el cual la anciana regresa a la infancia, a la niebla y finalmente a la nada, la autora yuxtapone un ejercicio de recuperación de su propio pasado personal y generacional bajo la excusa de que comenzaba a deteriorarse también. Así aparecerán en el centro del relato el golpe de estado del 23 de febrero de 1981, la transición democrática e incluso un episodio de la Guerra Civil, que más parecen traídos por los pelos que nacidos de una necesidad de recuperar el pasado. ¿Son de veras comparables estos recuerdos, tal como los rememora la autora, con el deterioro físico y mental de la madre?

Díaz-Mas ha utilizado el levantamiento de la casa materna y el hallazgo de objetos o recuerdos materiales perdidos como «tiradores» de su propia memoria personal y familiar. Nada que objetar a este recurso que forma parte de la experiencia de cada uno y ha sido muy utilizado por los autobiógrafos. Cajas, cajitas, fotos, postales, cartas, periódicos, en fin, cualquier objeto que sobrevivió al naufragio del vivir cotidiano, son útiles para esa operación. La objeción que se puede hacer a la autobiógrafa es si estos recuerdos de recuerdos acreditan algo más que su propia condición de trasto inútil arrinconado en el limbo del pasado. Es decir, si la indagación del pasado a partir de estos objetos conduce a algo más que a la mera evocación nostálgica o, por el contrario, consiguen trascender la propia anécdota banal de su supervivencia. En nuestra opinión este ejercicio memorialístico no consigue levantar el vuelo, ninguno de estos objetos o «tiradores de memoria» trasmite la deseada y necesaria vibración autobiográfica que justifique su indagación. Son recuerdos muertos, y su escritura no comunica nada que los vivifique, y creo que es así para la propia autobiógrafa, que se arrastra de uno a otro de estos recuerdos sin trasmitir emoción. Lo único que nos confiesa la autora es que la contemplación de estos hallazgos, por ejemplo un «botón grande de un abrigo de mujer, color plateado…», le producen «una melancolía insoportable», sin que explique ni podamos entender el salto que va del insulso objeto descrito a la tristeza inconsolable.

En opinión del que suscribe, el problema de este libro queda expuesto por la propia autora hacia el final, en el fragmento 66 (el libro está dividido en 75 fragmentos numerados), cuando dice: «Las cosas que he olvidado son innumerables. Sólo unas pocas afloran de vez en cuando, llamadas por un detalle nimio […]. Luego, vuelvo a olvidar…». En el fragmento siguiente, en el 67, nos da la clave de su desinterés por adentrarse en determinadas zonas del pasado, y del lugar contradictorio que en consecuencia ocupa como autobiógrafa, un ejercicio suponemos que voluntario en cualquier caso, que nadie debe haberle impuesto y que ella debería ejercer libremente. Porque si no, qué sentido tiene hacer un relato autobiográfico para concluir: «Esas zonas del pasado turbias, oscurecidas adrede porque ahora no tiene sentido recordarlas […]. Pero todos tenemos nuestras zonas oscuras». De acuerdo, así es, pero es el reto y el compromiso de la autobiógrafa esclarecerlas. Para sí misma y para los lectores.

Este libro, que tiene una factura literaria correcta, se resuelve, según nuestro criterio, en un rotundo fracaso, y patentiza la dificultad de hacer un buen trabajo autobiográfico, incluso cuando se tiene un interesante argumento. Como señala André Maurois en su imprescindible ensayo Aspectos de la biografía (1928), cualquier relato de la propia vida representa un forcejeo de la memoria consigo misma, un trabajo con los recuerdos y los olvidos. Tan significativo es lo que recordamos como lo que olvidamos. En la rememoración del pasado, flotan los pecios del recuerdo sobre el fondo pelágico del olvido. La labor del autobiógrafo, que no debería ser fría ni teórica, sino vibrante e intuitiva, tiene que vérselas con todo esto. En Lo que olvidamos predomina el recuerdo superficial o el enigma trivial que no consiguen provocar la imprescindible empatía en el lector.

 

Como anotaba al comienzo, la autobiografía española ha ingresado en el jerárquico espacio de la novela, ha conquistado casi sus mismos créditos literarios, pero pareciera que hubiese tenido que renunciar a sus señas de identidad. Sin ir más lejos, Paloma Díaz-Mas, en Lo que olvidamos, ha evitado utilizar su nombre propio, tampoco indica un solo atributo o dato que inequívocamente la identifique. La identidad nominal es uno de los pilares del «pacto autobiográfico» (Lejeune dixit), pues permite identificar al narrador del relato con el autor que firma la obra, y sacar al yo del limbo de los pronombres personales (meros «conectores» del discurso, vacíos de significado, como nos enseñó E. Benveniste). Sin la identidad nominal de autor y narrador, el supuesto autobiógrafo no se compromete y queda libre, sin arriesgar qué clase de testimonio ofrece. En declaraciones a la agencia Europa Press (La Vanguardia, 17-10-2016), la autora reconocía haber vivido en primera persona la enfermedad de su madre, y prefirió dejar enfriar los hechos para poder contarlos. Pero a renglón seguido afirmaba que su «novela es menos autobiográfica de lo que parece». ¿En qué quedamos?