
Si alguien que ignorara nuestra geografía condujera a través de la grieta que la AP-7 dibuja en la costa este de la península –dirección Alicante desde València– sentiría, poco antes de llegar a la altura de la salida 65, que se ha colado por un agujero de gusano, porque de las casas bajas y el paisaje plácido pasa, sin previo aviso, al choque, al zarandeo, al shock; pasa, directamente, al skyline de Benidorm, rascacielos concentrados en menos de cuarenta kilómetros cuadrados que fracturan la calma y subrayan el color del océano para imponer su microcosmos vacacional.
Si ese alguien ignorara además nuestro bagaje cultural y se mantuviera sereno en su conducción después de tremendo encontronazo, pensaría, obviamente, que ese skyline es protagonista de un sinfín de relatos, que esa ciudad es una musa patria, más que explotada, de autores y autoras de novelas, películas, leyendas urbanas. Pero, aunque el skyline en el que destaca el Intempo, el edificio más alto de Benidorm, un Transformer que parece que echará a andar en cualquier momento y destrozará la ciudad sobre la que se dibuja su silueta, tiene presencia en nuestra narrativa, es una presencia más bien tímida, pacata, nada que ver con la profunda impresión que genera la fractura en el paisaje de esta ciudad de vacaciones.
Una ciudad a la que las élites nunca han prestado atención por chabacana, por ser destino vacacional de las clases populares, receptáculo de decenas de autobuses del Imserso cada mes; ciudad a la que ahora, en cambio, abrazan por kitsch, por cool, porque no hay nada más indie que subir una foto a tu Instagram saturando los colores al estilo Martin Parr vestida con chanclas, calcetines y una camiseta que reza I love Benidorm.
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Cuando decidí contar la historia del holandés, un hombre que vendió un solar que no le pertenecía en primera línea de la playa de Poniente de Benidorm como si tuviera los poderes –el poder– para hacerlo, pero en realidad no tenía más que mucha cara dura y unos documentos falsos, quería ficcionar tanto la trama que traté de cambiarla de ubicación y me empeñé en que transcurriera en otra ciudad costera. Escojo verbos como tratar o empeñarse porque hubo una intención, un forzar algo imposible: que Benidorm, con su soberbio arco narrativo, no se impusiera como personaje en una novela que, por aquel entonces, año 2017, era un esbozo tímido, una frase que me sonaba bien y nunca sobrevivió a la reescritura y un par de documentos cargados de notas. Buscaba otra localización en la costa, pero apenas rasqué con la uña en la superficie de Benidorm, fulgurante a causa de los neones que imposibilitan una sola noche oscura, cuando descubrí que era un personaje sólido, construido sobre vigas tan robustas como las de sus rascacielos.
Una ciudad que, dejando de lado los clichés, se gana el peso de personaje de cualquier historia porque, como un buen protagonista, persigue un fin, muta y dibuja, con su arco narrativo, un viaje del héroe perfectamente ejecutado; pues en los cincuenta Benidorm era un enclave de menos de tres mil habitantes, un pueblo de pescadores que soñaba con convertirse en lugar de vacaciones de referencia, en objeto de deseo de Europa, y el detonante que la lleva a conseguir este objetivo es la voluntad de Pedro Zaragoza, su alcalde entre 1950 y 1967, que vaticinó que el paisaje, el mar en calma y el clima podían hacerlos ricos. Esa certeza lo llevó a encargarle al arquitecto Juan Guardiola un plan de urbanismo que aprovechara al máximo los treinta y ocho kilómetros cuadrados de territorio benidormense. Quizá ocurrió o quizá sea una leyenda –como tantas que han terminado engalanando el mito fundacional de esta ciudad– eso que cuentan de que Guardiola puso frente a Zaragoza una cajetilla de tabaco y la apoyó en horizontal sobre la mesa, luego la giró para tenderla por su costado más estrecho y, finalmente, la alzó en vertical, altiva como los rascacielos que comenzarían a poblar las anchas avenidas; si las viviendas pasaban a ser verticales habría más aprovechamiento del suelo y, por tanto, más turistas. Y así, de las casas bajas y el paisaje despejado, Benidorm pasó al skyline presente en postales kitsch e imanes de nevera, atiborrado de edificios eternos, un skyline que se ha alzado con el título de arquitectura sostenible y la etiqueta indeleble de paraíso vacacional. ¿Cómo dejar fuera de la novela una historia así?
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Esther García Llovet también se rinde ante la ciudad de vacaciones y la convierte en escenario de su Spanish Beauty (Anagrama, 2022), novela en la que dibuja el skyline de Benidorm con rascacielos que «están empezando a iluminarse como una mesa de mezclas» y es capaz de radiografiar su esencia a través de un medio tan limitante como las palabras, con las que dibuja imágenes que son hallazgos perfectos, instantáneas que nos llevan de la mano por su luz, sus olores, su leitmotiv: «Benidorm. Cultura barata. Cultura de playa. Gente que habla tres idiomas sin tener el bachillerato, paquis, belgas, gin-tonics aguados, gays. Libros de Tom Clancy de segunda mano, hinchados por la humedad, crujientes de arena, arena en la almohada, arena en la paella, en el tanga, en la ducha, desayunos de salchicha y bacon a cualquier hora del día, masajes tailandeses a cualquier hora del día, chicharras de noche».
Pero en Spanish Beauty retrata, sobre todo, los bajos fondos benidormenses, ya no de los ochenta, los que asoman en El holandés, sino los que en la actualidad parecen esconderse tras la apariencia distraída de una ciudad poblada por ingleses borrachos que colapsan las aceras con sus carritos eléctricos, esos que conducen con una mano porque la otra, obviamente, debe sostener una cerveza –no hay tiempo que perder para chuzarse en Benidorm–, unos bajos fondos donde rusos millonarios hacen negocios. Rusos que «como no se ponen nada morenos, vienen aquí, a España, a este sol flamenco embotellado, no sabemos muy bien a qué. A comprar pisos, apartamentos en la playa, la casa más grande de toda la Costa de la Luz, un chalet de un kilómetro cuadrado de terreno construido con un pinar mediterráneo y campo de golf con un presidente dentro». Porque quieren el hedonismo español, «ese hedonismo que no disfrutamos, quieren esos precios que no podemos permitirnos y quieren esa siesta que tampoco nos echamos».
Pero este thriller construido a fuerza de elipsis no tiene una trama que descubra pelotazos, negocios mafiosos, sino que sigue a Michela, agente de la Policía Nacional en Benidorm e hija de ingleses que se mudaron allí en los sesenta, en su periplo para hacerse con un mechero bañado en oro que perteneció a su padre, con quien no tiene contacto desde hace años, y ahora está en manos de un capo ruso. Esta agente sumida en el hastío, en contraste con la ciudad de la juerga perenne, vive en «una calle que da al mar, pero dándole la espalda, mal, por detrás, una calle castigada o enfadada como la propia Michaela». Ella y sus daddy issues mueven esta trama por la que asoman dentelladas de una ciudad con «un cielo electrónico» sobre la que Michela se pregunta qué la hará trascender históricamente, quizá «las vacaciones de doce meses y las borracheras de una semana y el ocio de veinticuatro horas». Una novela que en sus apenas 136 páginas muestra, como un neón visto a toda velocidad desde la carretera, el flashazo que define Benidorm.
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Ese flashazo a veces impide que la ciudad se mire de frente y nos fuerza a acercarnos a ella de reojo, aunque hay quien se sumerge de lleno y se deja cegar. Quizá porque lo prefiere, quizá porque no le queda otra, como le ocurre a Marta Sanz, que vivió gran parte de su infancia allí. «El trasiego de mi casa reproduce en miniatura la voraginosa matrioska de la ciudad donde vivimos: Benidorm», dice Sanz en su novela autobiográfica La lección de anatomía (Anagrama, 2014). «Matrioska» es un término certero para definirla porque en Benidorm conviven tantos tipos de realidades, una dentro de otra, como habitantes y turistas. Sanz asegura que esa localidad sólo puede describirse a partir de una enumeración caótica, y se lanza, durante más de una página, a amontonar, coma tras coma, las excentricidades que la convierten en única, «olor a desayuno inglés y a alcoholes viejos; jerigonzas; luz del Mediterráneo, neones; descapotables y guaguas; cajas de champán en la playa, sobre las que duermen borrachos nórdicos, rebozados en arenilla», una enumeración que rescataría aquí, pero es tan larga como la lista de anécdotas noctámbulas que nutren la narrativa de una ciudad que al igual que un parroquiano borracho instalado en su esquina de la barra del bar tiene siempre una aventura que contarnos.
Lo interesante de la novela de Sanz, en cuanto a la vivencia benidormense, es que narra la rutina en una localidad que a primera vista parecería carente de ella. La escuela, los deberes, la familia, las amigas, los primeros amores. Porque en las ciudades turísticas también hay personas que no están en vacación permanente, gente que no sobrevive gracias al engaño al turista, sino que simplemente vive allí y construye su realidad día a día en un contexto en el que otras muchas personas están de paso. El Benidorm de Marta Sanz y sus padres está lleno de benidormenses que hablan en valenciano y han vivido allí generación tras generación. Aun así, en La lección de anatomía, los padres de Sanz se preguntan «qué demonios hacen viviendo en una ciudad turística» y ella describe su infancia como la de «una veraneante» porque, reflexiona, «a lo mejor es que la infancia es siempre un veraneo».
Tras esa infancia en Benidorm ya no se aferró a ningún lugar, cuenta, y dibuja el contraste entre los bancales de almendros y un abogado que «vuelve de la Audiencia después de pleitear por una expropiación de terrenos», entre «el peluquero extravagante que se tiñe el flequillo» y «los hijos pródigos de familias burguesas que vienen a vivir a la playa para descansar», en un paisaje donde en esos años, los setenta, «las autopistas se expanden, rompen los perfiles de la costa». La experiencia benidormense de Sanz está lejos de estafadores como mi holandés, o de la mafia rusa y la violencia policial de García Llovet, pero los mira de soslayo, sabe que están ahí y conviven con las familias que luchan por clavar su sombrilla frente al mar y ser dueños y señores de una parcelita de arena durante una jornada playera en esa ciudad «cerrada y secreta por debajo del plástico de su envoltorio, de su cobertura de chocolate».
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Aunque Benidorm es única, hay otras ciudades envueltas en coberturas dulces, con esencia similar, ciudades para el ocio, ciudades para ociosos, primas hermanas de la bautizada con el título hortera y kitsch –como tantos de sus elementos– de Perla del Levante. Porque es hablarle de Benidorm a una persona argentina y que piense en Mar del Plata, ciudad-balneario para la aristocracia en el siglo XIX que, en su propio arco narrativo, cambia y, a mediados de los años sesenta, se convierte en ciudad de vacaciones para las clases medias, dejando atrás un paisaje de casas señoriales para acumular, como Benidorm, torres y torres de edificios. «Con el correr de las décadas, Mar del Plata, que en la época de los padres del Chiche era una ciudad aristocrática, se había ido llenando cada vez más de chinasos. Habían demolido mansiones de la avenida Colón para que las familias de chinasos pudieran vacacionar. (…) y al Chiche eso le molestaba. La consideraba la ciudad más hermosa del mundo y quería que todos la amaran, pero al mismo tiempo, era celoso de ella y no le gustaban demasiado los turistas, aunque veía, con las grandes oleadas de turismo chinaso, cómo el restaurante se llenaba noche tras noche», escribe Virginia Higa en Los Sorrentinos (2018); una novela que cuenta, a través de anécdotas, la vida de su familia –en concreto, la de su tío Chiche–, que emigró desde Sorrento (Italia) para instalarse y montar un restaurante en una ciudad vacacional con una historia distinta, pero paralela a la de Benidorm. De nuevo, como en La lección de anatomía, gente que vive en una localidad creada para las vacaciones y levanta su rutina en un lugar de elipsis para los turistas.
En cambio, si se le habla de Benidorm a un estadounidense, su mente buscara con velocidad una localidad afín en su geografía y, a pesar de que aquí haya otro sobrenombre –también hortera, también kitsch– para la perla levantina, Beniyork; no es Nueva York la ciudad a la que miran, sino a Las Vegas. Porque, aunque Las Vegas se ubique en un desierto, las antípodas de la costa, es una metrópoli construida por y para el visitante, por y para el turista, para el ocio, los ociosos y, como Benidorm, tiene divas que cantan en hoteles, imitadores de Elvis Presley, noches eternas, alcohol, apuestas, bingos, estafas, estafadores, buscavidas, gente sin raíces que se siente como en casa, hoteles con ventanas y balcones –a pesar de los suicidios–, jubilados que se pasean en pantuflas, provincianos que lucen sus mejores galas, y tiene, como Benidorm, como Mar del Plata, un arco evolutivo que la convierte en personaje: colonizada en 1855 por mormones que se vieron obligados a abandonarla tras varios ataques de los indios paiute, en 1935 comenzó a crecer sin medida porque el estado de Nevada legalizó el juego. Un pequeño cambio que, como el que también forzó Pedro Zaragoza en Benidorm, les haría ricos. Lo narra John Gregory Dunne en Vegas: crónica de una mala racha (2025).
Una ciudad en la que, como afirma Hunter S. Thompson en su ya mítica Miedo y asco en Las Vegas, «no hay flores, sólo plantas carnívoras», y la considera «la ciudad más siniestra del mundo para un perdedor». Pero, también, un lugar en el que «cualquier chiflado con un dólar noventa y ocho pueda entrar en el Circus-Circus y aparecer de pronto en el cielo de Las Vegas a tamaño doce veces el de Dios». Una urbe tan pasada de rosca que Hunter S. Thompson y su abogado estuvieron allí varios días colocados veinticuatro siete, moviéndose sin control por sus calles con un descapotable lleno de drogas para, tras este despropósito, volver a casa como si no hubieran cometido ninguna ilegalidad.
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Lo que pasa en Las Vegas, dicen, se queda en Las Vegas, pero, en realidad, muchas de sus historias protagonizan novelas, películas, crónicas, relatos. En contraste, el skyline benidormense, aunque imponente, apenas asoma en nuestra narrativa. Algo extraño, pues sus menos de cuarenta kilómetros de edificios abigarrados despiertan amor, odio, despiertan sentimientos encontrados que convierten a la ciudad en icono. «Benidorm es una ciudad llena de faltas, de verbos haber sin hache, de signos de interrogación solitarios al final de frase», escribe Kike Parra en el cuento que cierra el libro Ensayo (y error) Benidorm (2019). Y sí, Benidorm está llena de signos de interrogación como los que despiertan las historias que se esconden en los solares donde se alza cada rascacielos, donde antes hubo un campo de almendros, en los ingleses que vinieron a pasar unos días y se quedaron, en los pasajeros que se bajan cada semana de los autobuses del Imserso, en las cartas que Sylvia Plath mandó a su familia cuando pasó su luna de miel en un Benidorm, el de 1956, que era un pueblo pesquero incapaz de imaginar cómo, en apenas tres décadas, se convertiría en una ciudad con la enjundia suficiente para trascender la cualidad de escenario y convertirse en merecida protagonista de cualquier relato.