Antonio Praena
La belleza del otro
Editorial Visor
86 páginas
POR CONSTATINO MOLINA

Encabezando la tercera parte del libro podemos leer la siguiente cita de Luis Rosales: «Donde hay dos hay dolor y, sin embargo,/ la vida solo empieza donde hay dos». Estas palabras de Rosales, junto a las que sí abren el poemario, las del teólogo suizo Hans Urs von Balthasar: «Nuestra palabra inicial se llama belleza», podrían definir a la perfección el camino trazado por Antonio Praena en La belleza del otro, séptima entrega del poeta granadino afincado en Valencia y con la que alcanza su lugar más propio y desinhibido.

Me refiero aquí a un lugar más propio dentro de su trayectoria poética y en la que hemos podido ver, en sus dos anteriores libros, una temática muy concreta -la muerte de un amigo- o el juego al monólogo dramático en un personaje consumido por la vorágine de un capitalismo posmoderno, que coartaban algo las posibilidades de abrirse en gran angular hacia otros campos. Respecto a lo desinhibido, es quizás en estos poemas en los que Antonio Praena asimila con mayor soltura y acierto su condición de fraile dominico y cuya mirada, por darse a una espiritualidad tan viva y singular, aporta algunos de los más interesantes hallazgos creativos de la poesía española última, a la que tanto le cuesta salir de las facultades de filología.

Asistimos de esta manera a un conjunto de poemas que nacen de una cotidianidad en la que pueden aparecer tanto el culto religioso en una iglesia o las clases en la Facultad de Teología, como los paseos por un entorno urbano, el de Valencia, los entrenamientos en el gimnasio o el recuerdo del padre fallecido. Toda esta cotidianidad se trenza junto a la fe y las referencias cultas, en las que aparecen citas a T. S. Eliot, Nietzsche, Santa Teresa de Jesús, San Agustín, Zygmunt Bauman o Aristóteles, en su medida justa. Apuesta aquí Antonio Praena por una poética de la comunicación en la que ni los culturalismos ni las aparentes abstracciones de la fe enturbian la claridad del poema consiguiendo con ello que el lector encuentre sabiduría de una manera tan honda como amena y fresca.

Esta frescura se aprecia también el tratamiento estético de cada poema, en los que se engastan, dentro de una terminología propia de lo transcendental, tecnicismos o palabras que difícilmente podrían hacerlo dentro del lirismo si se carece de la suficiente experiencia o visión artística. En este sentido sirve como claro ejemplo el poema inicial, en cuya tercera estrofa podemos leer: «Son golpes de cuchara contra el suelo,/ contra el acero Cor-ten de las puertas,/ un silbo entre las matas de pepinos,/ o espejos destellando en los balcones». También es reseñable Transubstanciación de una pera, poema memorable y en cuyo título ya se aprecia este atento tratamiento estético al que me refiero.

Otro apunte sobre esa soltura o componente desinhibido, aunque siempre elegante, es la aparición del erotismo que entra en sincronía con lo católico en algunos poemas como Semana Santa: «Masculinos sin merma,/ desfilan soldaditos desafiando/ deseos muy guardados tras los velos de blonda/ y algún torso velludo:/ qué más da,/ si nada hay más honesto que el instinto/ que acoge entre su boca lengua ajena».

Podría definirse La belleza del otro como un poemario en el que su autor hace más patente que nunca su filosofía vital, sin el trampantojo literario del monólogo dramático, y con una claridad que muestra sus cimientos en la fe cristiana, pero que es ante todo sabiduría sin más, porque Praena destila aquí aquello que es sabio, inteligente y emotivo y que, transcendiendo religiones, es coincidente en todas las culturas.

Esta fe es en la actual literatura española, a pesar de la larga y rica tradición de la mística de la que se hace gala, un ingrediente que puede restar valoración o incluso cerrar alguna puerta debido a las inercias y prejuicios que para muchos acompaña todo lo proveniente de la fe cristiana. Espero que no suceda así con estos poemas, los cuales además participan en muchas ocasiones de la sugerencia, de lo no del todo dicho a pesar de su claridad, invitando así a que el lector entre en ellos para completarlos con su lectura y, con esa parte del otro al que esperan, del todo ser.