
Juan Domingo Aguilar
Cuántas noches son esta noche
La Navaja Suiza
184 páginas
En la apertura de Cuántas noches son esta noche, la primera novela del poeta Juan Domingo Aguilar, encontramos dos citas: una de Anatole Broyard («Sólo quiero que el amor esté a la altura de su publicidad») y otra de Tracey Emin («Todo lo que amamos tiene una intensidad que puede destruirnos»). Ambas se ajustan a la perfección al núcleo central del libro, sobre todo la segunda: porque el narrador y protagonista del libro va a repartir su corazón entre dos mujeres, y eso le va taladrando por dentro, esa intensidad acaba por destruir su ánimo, que no es muy boyante ya al inicio de la narración, cuando confiesa que lleva un año tomando antidepresivos que reducen su libido.
Si bien Cuántas noches son esta noche reivindica la exploración de lo cotidiano, de lo mínimo, casi podríamos decir de ciertas rutinas, en el fondo es una novela con forma de diario en la que suceden cosas casi sin respiro, hay un movimiento continuo de espacios y de tiempos que la vuelven más dinámica de lo que podría parecer: se suceden las estaciones (primavera, verano, otoño… «otra vez primavera», «otra vez verano»…), el narrador cambia de ciudades (Granada, Madrid, Nantes, Tenerife, Torremolinos, pueblos del sur…), se muda con asiduidad («En las mudanzas he asistido tantas veces a mi propio entierro; mudarse es morir un poco», leemos en la página 166, muy cerca ya del fin de la historia), va de aquí para allá, entre amigos y cervezas y lecturas y películas para ver en casa y rendirles culto, y también pasa de una mujer a otra (de la chica sin nombre, a la que se dirige en muchas páginas, a la denominada A, que ocupa su corazón y luego se convierte en el recuerdo de un amor que dejaron dormir, porque el amor viene y va).
El narrador trata de abrirse camino en la escritura. Recibir una beca de creación es uno de los primeros pasos para aprender a observar, a trabajar el texto y a reflejar la vida en el papel, aunque algunas cosas las exprese «sin querer», según decía Dovlátov, en cita incluida al término del libro. Ese escritor en ciernes, que sufre vaivenes anímicos y sentimentales, pasa también por la pérdida (pérdida familiar, en este caso, a menudo asociada a una estación concreta, como nos pasa a todos alguna vez: «¿Qué es lo que me da tanto miedo de los veranos? No es que siempre muera alguien en uno u otro sentido, porque este miedo ya existía antes de conocerte. Lo que me da miedo es que mi vida se convierta en un entierro interminable. Con el verano me pasa lo mismo que con el amor: cuando más me gusta es cuando se está yendo», escribe en la página 74), por el desencanto (esa fiesta de cumpleaños que al final nadie le prepara, contrariamente a la costumbre), y también por las celebraciones entre amigos porque no se trata de una historia triste, sino la montaña rusa anímica en que nos convierte ese intento de querer a alguien, porque suele contener algo de fracaso o incluso de muerte interior.
En la novela hay, también, mucha cultura: carteles y fotogramas de alguna película, obras y performances, pinturas y dibujos e incluso algunos paisajes que dibujan presencias, estados de ánimo, ventanas hacia el exterior.
Planea también sobre la narración, en algunos momentos, el desencanto de una generación joven que no encuentra su lugar en la sociedad (pese a estar bien preparada) porque las promesas se deshicieron antes de concretarse en algo firme… la precariedad asoma en cada esquina y no hay manera de arreglárselas conforme a ese imperio de la vivienda de precios prohibitivos mientras la vida nos desgasta: «Nos equivocamos, la cuestión no era si estamos donde teníamos que estar, sino si estamos donde queríamos estar» (página 98).
La naturaleza lírica de Aguilar se despliega en algunos tramos del libro, bien mediante poemas breves, bien mediante un tono que revela que, bajo la escritura, late un poeta. Veamos un fragmento: «No es casualidad que haya que reformar una casa cada vez que alguien la deja, sus paredes se entristecen, se sienten abandonadas a su suerte, a solas con sus agujeros y el fregadero perdiendo agua, su piel se vuelve amarillenta como la nuestra con el paso del tiempo». Son toques poéticos dentro de una novela de amor y viajes y pequeños detalles.