
En el texto inaugural de sus Opiniones mohicanas (2001), Jorge Herralde ofrece una breve historia de Anagrama, el mítico sello editorial que fundó en Barcelona en los últimos años del franquismo. Aunque el texto detalla en varios momentos la línea estética que guió la construcción del catálogo de Anagrama en las siguientes cuatro décadas, lo que más llama la atención es el peso que da a los factores que, a finales de los sesenta, generaron en España un «caldo de cultivo» propicio para el surgimiento de un nuevo tipo de editorial independiente. Herralde asocia el éxito de los principales sellos del momento (entre ellos Seix Barral, Tusquets, Lumen y la propia Anagrama) con varios determinantes político-económicos: la promulgación de la Ley de Fraga en 1966, que eliminó la censura previa sobre la mayoría de los libros publicados en España, la inminencia del «fin físico» de Franco (y, por ende, de la dictadura), y, a nivel global, los movimientos asociados con el año 1968. Pero reserva su mayor énfasis para el espíritu colaborativo que prevalecía entre las ocho editoriales que se reunieron en la distribuidora común Distribuciones de Enlace. «Estos editores fuimos mucho más cómplices que competidores», comenta, «y creo que entre todos se llevó a cabo un trabajo muy significativo». En un juicio que reafirmaría Esther Tusquets en sus propias memorias, Herralde insiste que la irrupción de aquel conjunto de ocho editoriales, siete de ellas radicadas en Barcelona, marcó un antes y después para la edición independiente en lengua castellana. «Fue una época irrepetible», concluye, que «mientras duró… resultó enormemente estimulante».
Sería difícil sobreestimar la importancia que tuvieron esas editoriales independientes catalanas para las letras latinoamericanas en la segunda mitad del siglo XX. Ya para el momento en que nace Anagrama, autores claves del boom latinoamericano como Mario Vargas Llosa, Guillermo Cabrera Infante y Carlos Fuentes habían publicado obras importantes con Seix Barral, y después de la transición a la democracia, Anagrama, Lumen y Tusquets serían centrales tanto para la distribución transatlántica de la literatura hispanoamericana como para la circulación dentro del continente de las corrientes más importantes de la literatura mundial contemporánea. Sin duda, el resurgimiento de Barcelona como «capital» de las letras en español a fines del siglo XX se debía a factores geopolíticos. Si bien Buenos Aires y Ciudad de México habían emergido como los dos polos fuertes del mundo editorial latinoamericano en la primera mitad del siglo XX, ambas ciudades se vieron debilitadas justo en el momento en que la industria española estaba despegando. La imposición de la última dictadura militar en Argentina en 1976 y la crisis financiera que estalló en México en 1982 fueron dos hitos clave en el lento proceso mediante el cual los grandes sellos españoles empezaron a desplazar a los latinoamericanos. En su historia de Anagrama, Herralde agrega que en la «época irrepetible» de los sesenta tardíos, «los territorios por colonizar eran vastísimos», y aunque no habla específicamente de los mercados latinoamericanos, la elección de palabras evidencia una mentalidad expansionista que él y sus pares catalanes combinaban con las «inquietudes culturales» y el «progresismo político» de ese momento. No en vano un amigo argentino me habló una vez de toda una generación de «niños anagramáticos» que, desde Buenos Aires a Badajoz, recibieron su educación literaria del catálogo armado por Jorge Herralde y sus socios.
Sin embargo, ya para 2001, el año en que salió el texto de Herralde, otro cambio sísmico se estaba produciendo en la edición independiente hispanoamericana. Desde hacía años, la industria editorial angloamericana había entrado en lo que el académico estadounidense Dan Sinykin ha descrito como la «era de la conglomeración», durante la cual casi todos los legendarios sellos independientes estadounidenses fueron absorbidos por grandes grupos multinacionales. Si bien ese proceso se inició en el mundo hispanófono en los años ochenta (el Grupo Planeta compró Seix Barral en 1982), comenzó a acelerarse con el cambio de siglo: Lumen fue adquirida por Bertelsmann en 1996, Sudamericana por Random House en 1999, Anagrama por el grupo Feltrinelli en 2010, y Tusquets por el Grupo Planeta en 2012. En la primera década del 2000, a lo largo de América Latina, brotó una nueva ola de editoriales independientes que ofrecieron un modelo alternativo al creciente duopolio de Planeta/Penguin Random House. Este fenómeno se hizo más notable en Argentina, el segundo país de más exportaciones de libros desde España (el primero era y es México), que contaba además con su propia tradición larga de editoriales independientes. La crisis financiera que hizo estragos a la economía argentina también aplanó el mundo editorial, y lo que emergió en su estela fue un recambio casi completo en la escena local. Adriana Hidalgo se fundó justo antes de la crisis, y la siguieron Interzona, Entropía, Eterna Cadencia, Caja Negra, Blatt & Ríos, y Sigilo. Por supuesto que esa nueva ola tampoco se limitó al Río de la Plata. En la primera década del siglo XXI, surgieron editoriales independientes de gran peso en varios países hispanoamericanos, como Sexto Piso (2002) y Almadía (2005) en México, Laguna Libros (2005) en Colombia, Hueders (2008) en Chile, y Pakarina en Perú (2009), esta última quizás la editorial más destacada en América Latina en la publicación de literatura en lenguas originarias.
Desde luego, esta revuelta en el mundo editorial hispanoamericano nació en parte como resistencia al dominio de la industria española en América Latina que venía impulsándose desde los años sesenta. Pero a mi modo de ver, sería apropiado hablar de una relación dialéctica entre las nuevas editoriales hispanoamericanas y las editoriales catalanas de la época posfranquista antes que de una oposición diamétrica. La influencia de Anagrama y compañía es particularmente notable en el caso de Sexto Piso. Los fundadores de la editorial independiente más significativa de México no sólo siguieron el ejemplo de Herralde cuando optaron por publicar clásicos de Europa y Estados Unidos en traducción antes de entrar al terreno de la narrativa contemporánea sino también de implementar un modelo parecido al de Distribuidoras de Enlace al reunir varias editoriales mexicanas en una red de distribución común. Además, en términos conceptuales, la descripción de su proyecto editorial como un esfuerzo de ir «tejiendo los distintos títulos…a la manera de una novela» claramente toma prestada la imagen que Herralde usa en su ensayo La marca editorial como contraseña (2000) al describir el catálogo de una editorial como una «novela-río» que debe elaborar «un argumento en el que las tramas y las subtramas se enlacen en armonía o contrapunto». Lo que se detecta en esta segunda vuelta del mundo editorial en castellano es menos un rechazo de la industria editorial española que un intento generacional de enfrentar (y por supuesto también de navegar) la nueva concentración de poder en manos de los grandes grupos multinacionales. Claro que hubo pleitos y fricciones entre las editoriales independientes de «allá» y de «acá», pero visto en retrospectiva, las continuidades son tan perceptibles como las rupturas.
En los últimos años, propongo yo, estamos presenciando otro gran movimiento en el terreno de la edición independiente hispanoamericana. Las coordenadas de ese reordenamiento todavía se están definiendo, pero me aventuro a ofrecer un par de observaciones preliminares. En primer término, es evidente que los tres principales centros de la literatura latinoamericana del siglo XX —Buenos Aires, la Ciudad de México, y Barcelona— pasan por momentos difíciles. En Argentina, la inflación monetaria que comenzó a dispararse en los últimos años de la presidencia de Mauricio Macri (2015-2019) ha vuelto a poner en jaque a las editoriales independientes locales. El conjunto de problemas vinculados al ecosistema del libro en Argentina (cambio monetario fluctuante, mercado cartelizado del papel, retiro de fondos estatales) ha producido una situación en la que los recursos de la propia industria editorial simplemente no son suficientes para generar ganancias. En México se ha producido una situación parecida, aunque parta de un entramado ideológico distinto. Los recortes de fondos a la cultura asociados con la «austeridad republicana» de Andrés Manuel López Obrador (2018-2023) golpearon muy fuertemente al sector del libro, y sumados a los efectos de la pandemia, crearon las condiciones para que varias casas importantes o se fundieran o tuvieran que replantear su política editorial. En Barcelona, las profundas transformaciones que acompañaron el referéndum para la independencia en Cataluña no sólo han afectado el estatus de la literatura producida en castellano en la ciudad sino que también han llevado a que varios escritores y editores latinoamericanos salieran para otras geografías.
¿A dónde han ido a parar las editoriales independientes hispanoamericanas? Principalmente, diría yo, a Madrid. En la capital española ha surgido un nuevo «caldo de cultivo», debido, de nuevo, a una serie de condicionantes políticos y culturales: un aumento notable en la presencia de migrantes de América Latina (y también de autores de la región), la apertura de varios espacios culturales, y una cantidad cada vez más grande de editoriales argentinas y mexicanas que buscan insertarse en el mundo cultural madrileño. Muchas de estas editoriales tienen sede en Madrid desde hace años (Sexto Piso llega en 2005, Eterna Cadencia en 2012, Sigilo en 2018), pero sus apuestas al mercado español se han ido incrementado a partir de la pandemia. Como me comenta Sebastián Martínez Daniell, editor del sello argentino Entropía y también novelista, las opciones de expansión para las editoriales independientes en Argentina básicamente se han reducido a dos: o intentan compensar la falta de recursos en Argentina con la venta de derechos de autor a otros mercados en el exterior (la estrategia de la propia Entropía), o buscan abrirse camino entre los lectores españoles, que tienen un poder adquisitivo cuatro veces mayor que el del lector promedio argentino. Si bien los desafíos de las editoriales mexicanas no son exactamente los mismos, su afán por encontrar un lugar en el mercado español es igualmente apremiante. Como siempre en estos casos, las causas de las transformaciones deberán rastrearse en los condicionantes económicos y geopolíticos, pero la supervivencia editorial dependerá de una mezcla de elecciones estéticas y de pragmatismo comercial.
Aquí es donde aparece en escena Estados Unidos. Desde principios de los 2010, ha surgido una red de editoriales, revistas y espacios culturales en español que opera principalmente entre Nueva York, Chicago y Miami y liderada primordialmente por migrantes latinoamericanos. En Nueva York, ciudad que habito desde hace quince años, el crecimiento de la literatura en español se percibe por todos lados: en la persistencia de uno de los programas de escritura creativa más visibles en el mundo hispano (el MFA de NYU), el nacimiento de editoriales independientes en lengua castellana que suman cada vez más prestigio (Chatos Inhumanos, Sudaquia, Artepoética Press, Smol Books), la conformación de un grupo de estudios sobre las editoriales independientes (el GESEI, del que formo parte), y la cada vez más ineludible presencia de la feria internacional de literatura en español de la ciudad (FILNYC), que involucra a las tres principales universidades de la ciudad (CUNY, Columbia y NYU). Con miras a toda esta actividad cultural, el crítico Carlos Pardo ha llegado a preguntar en las páginas de esta revista si Nueva York es un «nuevo centro de validación de la literatura escrita en español».
Desde mi punto de vista, la respuesta a esa pregunta es que sí y que no. Lo que los Estados Unidos tiene en general, y Nueva York en particular, es una gran concentración de capital y una gran cantidad de hispanohablantes (55 millones, según las estadísticas más recientes). Sin embargo, hasta el momento actual, ese posible público lector sigue siendo exactamente eso, un posible público lector. En un importante artículo reciente, «¿Puede Nueva York coronarse como la nueva capital de la literatura en español?», la periodista colombiana Ana María Betancourt argumenta que, «aunque la literatura en español está creciendo, la posibilidad de que Nueva York se convierta en un centro de validación depende más del imaginario cultural que de la realidad del mercado editorial». Basándose en los comentarios de varios actores del mundo cultural (entre ellos, la agente Andrea Montejo y el propio Pardo), el artículo adjudica el problema a la falta de alcance de la literatura en español entre los latinos de la ciudad y a la falta de espacios para la literatura en español fuera de los círculos de élite. Coincido plenamente con el análisis de Betancourt. El torbellino de actividades por parte de las instituciones neoyorquinas ha sido un apoyo crucial para las nuevas editoriales hispanoamericanas, pero un verdadero caldo de cultivo no se genera desde arriba. Pensemos lo que pensemos de los movimientos editoriales anteriormente descritos, todos salieron de ámbitos literarios que juntaron a editores con libreros, distribuidores y lectores.
En mi última visita a Buenos Aires en 2022, quedé sorprendido por la cantidad de eventos literarios y novedades editoriales que había en medio de una situación inflacionaria sumamente grave. Aunque Martínez Daniell no niega los obstáculos que enfrentan las editoriales independientes argentinas ahora mismo, también observa que, «fuera del mainstream, siguen existiendo muchos espacios de creación, debate y circulación de textos literarios o sobre literatura: en las universidades públicas, en las ferias independientes de todo el país, en los centros culturales autogestivos, en los talleres que dictan autores y autoras en sus casas». Sus palabras confirman mi intuición de que lo que más distingue a Nueva York de otras geografías del mundo hispano es la carencia de espacios independientes para la literatura. No es que no existan. El legendario Nuyorican Café, las librerías Barco de Papel, Word Up y Mil Mundos son algunos de los sitios de la ciudad que han acogido a escritores, editores, y proyectos literarios en estos últimos años. No obstante, me parece un hecho insólito que, desde que la librería Macondo cerró sus puertas en 2010, no existe una sola librería dedicada a la literatura en español en Manhattan.
La suerte quiso que en un viaje reciente a Valencia yo entablara una conversación con Corey Eastwood, el dueño de la librería La Batisfera en el barrio del Cabanyal. Viajero indomable y lector voraz, Corey ha pasado los últimos veinte años fomentando la cultura de la lectura en inglés y en español, primero como vendedor ambulante y luego como socio en varias casas de libro. Desde hace algunos años, Corey ha estado barajando distintas opciones inmobiliarias en Manhattan, y en la primavera del 2026 estará listo para abrir una librería en español por la zona del East Village. Sus socias en el proyecto son una música española, Rocío García Rodríguez, y una artista y diseñadora mexicana, Nelly Cuéllar Torres. Corey me dijo que en algún momento los tres socios pensaron en buscar alianzas institucionales, pero luego se dieron cuenta que tendrían más margen para sus proyectos culturales si se mantenían independientes. Celebro su futura librería y celebro también esa decisión. Los auténticos movimientos en el mundo literario-editorial raramente se producen sin el apoyo de las instituciones, pero tampoco se producen sin espacios libres de su control. La verdad es que no sabemos todavía si Estados Unidos será un centro de la literatura hispanoamericana o si eso quedará tan solo como un lema que se pregona desde las universidades y los institutos. Sé que no soy el único que piensa que esfuerzos como los de Corey, Rocío y Nelly son necesarios para crear un mundo más horizontal y abierto para la literatura en español en nuestra ciudad. Un boom legítimo de la literatura hispanoamericana en Nueva York será plural o sencillamente no será.