En el garaje de mi casa hay una pilita bien formada de excremento, moscas que sobrevuelan los charcos amarillos y un reguero de papeles rotos en el piso. El mensajero debió deslizar un sobre por debajo del portón y Mango lo destrozó con sus dientes nuevísimos. Respiro y sé que hoy todo lo que coma me va a saber a esta inmundicia. Querría tener un vicio que matara mis papilas. Este sería un gran momento para fumar. Me calzo los guantes, me dispongo a limpiar el garaje con la manguera, un cepillo, detergente. Son las 6:30 am. Una mañana calurosa en pleno agosto. A esta hora me levanto todos los días. Normalmente preparo el desayuno y las viandas para el colegio, despierto a los niños, los despacho con sus mochilas a cuestas. Hace dos meses que a esa rutina se le sumó Mango. Fue un regalo y un castigo. Fue inflamar la ambivalencia. Mis bebés también ponían en escena mi incapacidad para cuidarlos. Pero hay alguna glándula en el cuerpo de toda madre funcional que le impide odiar a sus hijos. En su defecto, una se perfecciona en la habilidad para latigarse. Pero después pasa, los bebés crecen y una vuelve a quererse. Los bebés crecen y una se quiere de más. ¿Por qué? Porque se lo merece. Con el cachorro es distinto. Nada me impide odiarlo, salvo algún código de ética social discutible. Como la sororidad, como la meritocracia. Conductas que se dan por buenas. Yo vivía en la armonía de una maqueta hecha por mí. Mirar el patio me aliviaba. Mango mordisqueó el riego de las plantas, se comió los muebles, le hizo un hueco a la base de lata del portón de tanto que lo meó. Mango rasqueteó la cal de las paredes. Rompió zapatos, ropa, juguetes y el primer tomo del María Moliner. Hay una mancha de vómito viejo, el tatuaje de una ameba, que ocupa dos baldosas. Por mucho que me esmere, no consigo borrarla. Es un cachorro, esperaba esto. A veces lo insulto. Le digo cosas que solo pueden decirse a quien, presuntamente, no te entiende. Lloro mientras levanto sus porquerías, lloro mientras curo las plantas y tiro un spray de olor horroroso. Se supone que lo espanta. Se llama ¡No va!, pero Mango le va a todo. Se me acerca y lo echo: ¡chite de acá! Se me acerca y me lame: ¡qué asco, Mango! Se me acerca y se acuesta sobre mis empeines, no me deja caminar. Lo encaro: ojos negros, pestañas rubias. Parece decirme: tampoco es mi culpa estar acá. Lo alzo, lo apoyo entre mi pecho y mi hombro. La barriga tibia, el pelo suave como un peluche nuevo. Hundo la nariz en su cuello. Es un pompón perfumado del que salen sustancias repugnantes. Podría aplastarlo. Trece kilos que astillaron mi realidad. Cierro los ojos. Me pregunto, como todos los días desde que llegó, ¿qué clase de persona llora porque no puede controlar a su cachorro? La clase de persona que tiene agua potable, fibra óptica, una casa luminosa, invitados a cenar. La clase de persona que encarna padecimientos fútiles y, sin embargo, desestabilizantes.
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Yo ya sabía de antes. Rara vez entro ciega a los lugares. Tener un perro era un deseo manifiesto y reiterado de los niños, desestimado incontables veces. En el pasado una persona amiga nos prestó a uno de sus perros durante una tarde para probar nuestra destreza y compromiso. El perro se llamaba Aníbal, era pequeño y molesto. Lo cuidamos con rigor e impaciencia. No es para ustedes, fue su veredicto. Y se lo llevó. La desoímos, adoptamos uno. Se llamaba Rocky, venía de un refugio en el que hubo que pasar varias entrevistas. Al final nos tomaron una foto que apareció en la página web, enmarcada en una huella canina: ¡Felicitaciones a la familia elegida! Rocky había sido rescatado de un incendio en el que murió su madre. Puede tener traumas, dijeron. Tenía. Puede ser violento, dijeron. Lo era. No fuimos capaces. La persona amiga que desoímos se ofreció a incorporarlo a su manada. Se lo entregamos con montañas de culpa y comida para un siglo. Lloré encerrada en el baño para que los niños no me vieran. Cuando salí, me esperaban echados en el pasillo: ¿no supimos cuidarlo?, dijeron. O quizá dijeron: no supimos cuidarlo. Al mes lo vi en un video. Su nueva dueña trabajaba todo el día y tenía cámara en su casa. Una tarde tocó el timbre y me mostró la pantallita de su celular: se lo veía a Rocky saltando al cuello de Aníbal. Lo mató de un tarascón, dijo, los ojos encharcados. No, le dije, Aníbal murió desangrado porque en tu casa no había nadie para curarlo. Le dije: lo matamos todos, tú también. Le dije: somos una cadena de infortunios, pobre Aníbal, pobre Rocky. Dejamos de ser amigas. Después de Rocky desterré la idea del perro. Hasta hace un año, que los niños insistieron una, tres, cien veces en que esta vez sí nos saldría. Cada vez que dejaba caer la idea ante cualquiera, escuchaba lo mismo: no es para vos, no estás para esto. ¿Cómo estaba? El médico me había diagnosticado agotamiento. Significa demasiadas cosas en el plato. Significa dormir poco, comer sobras, llenarse de canas, afearse. Todo de pronto, en un solo bostezo. Significa un año y medio separada, personificando una mesa de tres patas. Yo sabía, era una empresa que me quedaría grande, pero me tuve fe. He pasado peores, me di ánimos. Siempre he salido airosa. ¿Cómo no voy a poder con un cachorro, si pude con dos bebés? Aunque a la luz de hoy el padecimiento del puerperio no me resulta extraordinario, recuerdo los insomnios, los broncoespasmos, las fiebres altas, las guardias de luz fría, y ese precioso moisés que nunca usaron. Mis hijos crecieron lo suficiente como para congestionarme de placidez. Placidez y agotamiento. No hay, sin embargo, dobleces en mi convicción: me gusta ser la madre agotada de mis hijos. Amparada en ese fanatismo ciego suelo decirme: qué ridiculez, por favor, no hay nada que me quede grande.
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Para separarte, me dijo una amiga hace años, necesitas espacio y ayuda. O sea, completó, necesitas dinero. Me alcanzó para el espacio nomás. Me esforcé en embellecerlo. Lo atiborre de plantas. Me inventé un oasis. Pagué fortunas, gané el placebo de la contemplación. Lo encaro: ojos negros, pestañas rubias. Parece decirme: ¿hoy tampoco me quieres? Me decían: ya verás, regresás a tu casa y él sale a recibirte. Te cambia el ánimo, te derrite, te salta el corazón cuando lo ves. Me arrodillo a cepillar el piso. La mezcla de olores se instala entre nariz y garganta. Este asco. Son las 7:00. Esta rabia. Debería levantar a los niños. No está el desayuno, no están las viandas, llegarán tarde al colegio y yo llegaré tarde a mi día. El problema es pensar que el amor es un germen. Que se siembra y florece y que, incluso, cuando se marchita, alguna gente lo aplasta entre las tapas de un libro para hacerlo perdurar. Me decían: al principio es trabajoso, pero a la larga lo querés. Para mí ha sido como la llegada de una catástrofe natural, que rompe cosas y después toca vivir con lo que deja. Me parece injusto imponerse el amor como destino de una elección como esta. Es una reverencia al mundo que haya gente dispuesta a cuidar de otros (perros, niños, viejos), como para encima tener que imponerse un sentimiento que no brota de forma natural. Cuando se quiere es más fácil cuidar, qué obviedad. Pero querer no es una condición necesaria. Existe el cuidado desprovisto de amor, le llaman sacrificio. Según los católicos, el sacrificio eleva. Yo me siento en un rascacielos. Levanto cuatro pelotas de tenis babeadas, las enjuago con la manguera. Los niños las trajeron ayer junto con tres juguetes más: un pez que salta, un hueso gigante, y uno de esos huevos de silicona que rellenas con alimento blando y mandas al congelador. Sirve para la dentición. Pero tampoco es sacrificio. Al menos no el que eleva y santifica, porque yo sí quiero algo a cambio. El entendimiento diáfano, por parte de mis hijos, de que no existe nadie que los quiera más. Ya sé que lo saben. Elijo redundar. En un análisis benévolo el perro equivale a un vulgar peaje. Uno más inclemente lo llamaría extorsión. Ayer los miré jugar desde adentro, por la puerta de vidrio que divide el comedor del patio. Lanzaban las pelotas contra el paredón del fondo, rebotaban, Mango las atrapaba, atolondrado, y las traía de vuelta. Es un patio cuadrado, dos de sus laterales son puertas de vidrio, los otros dos son paredones por los que trepan unas clemátides que, sospecho, ya no darán flores esta primavera. Alegría flagrante: fue lo que vi ayer en la escena de mis hijos, Mango y los pelotazos a la clemátides. Eureka. Eso debería bastarme para quererlo, me dije. O, quizá, me dije: ¿eso debería bastarme para quererlo? Meter el perro, así le llaman en la Argentina al acto de estafar o engañar a alguien. Algunos días miro a Mango y me surge este razonamiento: tal vez esta inversión laboriosa evolucione y el afecto germine. Esa evolución (esto se lo digo a él, contacto visual sostenido) es directamente proporcional a su control de esfínteres. Aún no sucedió. Cuando regreso a mi casa él sale a recibirme, pero después no me cambia el ánimo, no me derrite, no me salta el corazón cuando lo veo. Otros días, como hoy, miro a Mango y me queda claro que yo sola, sin ayuda de nadie, me metí el perro.
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Termino de limpiar el garaje a las 7:15. Me siento en el patio, en un banco de patas mordisqueadas, a distraer mi agotamiento. Respiro hondo el aire limpio: la suma de productos con los que castigué el piso de cemento. Mango se me viene encima, se acomoda en mi falda. Lo acaricio. Los dedos se me pierden adentro de una nube. Me acerco a su oreja. Tienes el don de la belleza, le susurro, úsalo como un bálsamo. Descubro a los niños detrás del vidrio. Me saludan, la menor hace el símbolo del corazón con las manos. Sí, le digo, es un amor. Lo bajo, entro a la casa. Los tres estamos en pijama, la mesa no está puesta, debería cortar fruta, pero antes quiero ducharme para sacarme estos olores. Hoy no irán al colegio, les digo, vayan al patio con Mango. Me abrazan, me aman, soy la mejor de las mejores. Desde la ducha se escuchan los ladridos y las risas. Planeo el paseo breve que nos habilitó la veterinaria. A Mango todavía le falta una vacuna. A mí me falta cocinar las cuatro comidas de hoy, y escribir al colegio con alguna excusa. Me falta leer textos de alumnos. Me falta el lamento crónico por no sentarme frente al archivo abierto de mi novela. Ladridos y risas. La muerte de mi oasis. La ducha caliente apagándome. Juro que lo voy a querer (muchísimo) cuando no me necesite (tanto). Aprieto los ojos para retener imágenes que debería ahuyentar. Buen día, me digo a mí misma, vaya saber por qué. Y recuerdo la canción de alguien. ¿Calamaro? Una retahíla de buenos días a los problemas mundanos. Buen día extraña mañana calurosa en pleno agosto. Buen día flores de mi patio que no nacerán. Buen día fantasía de desescolarización permanente. Buen día rodillas maltratadas. Buen día durezas en los pies. Buen día cara ajena en el espejo. Buen día seremos inservibles. Buen día tendinitis de muñeca. Buen día olores tóxicos. Buen día Cif. Buen día rinitis. Buen día ansiedad. Buen día escasísima inteligencia emocional. Buen día intolerancia al universo. Buen día universo intolerante. Buen día defectos: los tratables, los desahuciados, los fabulados. Buen día, vengan de a uno, puedo con todos, no hay nada que me quede grande.