José-Carlos Mainer
Textos vivos. Notas de un reencuentro
Renacimiento
412 páginas
POR JUAN MARQUÉS

Por muy gélidos que, deliberadamente o no, puedan llegar a ser los textos, la jurisdicción de la literatura es el calor, la calidez, lo cordial, la compañía…, todo lo cual implica necesariamente la participación de un lector. Y, por mi parte, yo nunca he conocido a nadie que lea mejor que José-Carlos Mainer (Zaragoza, 1944), pues no sólo lee con una inmensa inteligencia y con un conocimiento profundo de los contextos, sino que lo hace con una activa complicidad.

Eso fue así incluso cuando leyó y explicó, muy temprano, a escritores con los que apetecía tener bien poca sintonía personal o ideológica: todo se limitaba a lo literario, y aun eso se hacía con reservas (no tanto ante el soñador y «animado» Wenceslao Fernández Flórez, a quien Mainer dedicó su tesis doctoral, como, por ejemplo, al desbordante Ernesto Giménez Caballero, a quien también ha dedicado algunos trabajos y prólogos y a quien consideró, sin rodeos, el fundador del fascismo español). Pero si en esta página he comenzado enfatizando lo humano es porque el libro que toca comentar es una recopilación de textos «mainerianos» sobre los escritores republicanos exiliados, y ante muchos de ellos (y sobre todo ante muchos de sus libros) lo que corresponde es, antes de nada, el reconocimiento personal, la reparación histórica, la dimensión afectiva.

Recuerdo que cuando Mainer nos explicaba el destierro de 1939 en sus clases de la Universidad de Zaragoza comenzaba refiriéndose a «Para quién escribimos nosotros», un melancólico y juicioso artículo que publicó Francisco Ayala en 1949, a los diez años de la huida y cuando comenzaba a ser evidente que el anhelado regreso iba a ser una quimera durante mucho tiempo más. Y la herida sensatez de aquellas líneas se complementaba en la lección siguiente con el doloroso humor de Max Aub al fantasear con su imposible discurso de ingreso en la Real Academia Española, una institución que, en sus anhelos, estaría a esas alturas de los 60 presidida por don Ramón Menéndez Pidal, y en la que tendrían sillones un anciano Juan Ramón Jiménez o un envejecido Federico García Lorca…

Esos dos pequeños y enormes hitos de la literatura desterrada, tan significativos y necesarios para entender el tejido íntimo de lo que estaba ocurriendo (de lo que les estaba ocurriendo), planean sobre textos más importantes (como el sublime poema «Espacio», del citado Juan Ramón) o más conocidos a lo largo de esta reunión en la que el profesor Manuel Aznar Soler, especialista en el tema de la literatura española del exilio, no sólo ha reunido veintiocho artículos o intervenciones de Mainer sobre aquellos escritores, sino que ofrece una lista bibliográfica completa y jugosa de todos los demás. En su propio epílogo, Aznar Soler analiza bien al analista, y traza un buen recorrido por el trabajo del catedrático zaragozano, quien apenas había cumplido los veinte años (el primer texto recogido, procedente de la revista Ínsula, es del otoño de 1965) cuando empezó a dedicar atención pública a aquellos nombres, que, por lo que respecta a los específicamente recogidos y recordados en este Textos vivos, son Manuel Azaña, Max Aub, Francisco Ayala, Luis Buñuel, Américo Castro, Corpus Barga, Jorge Guillén, José Herrera Petere, Juan Ramón Jiménez, María Teresa León, Pedro Salinas y Ramón J. Sender (pero la lista de mencionados o aludidas es, por supuesto, mucho más amplia, desde Benjamín Jarnés, a quien Mainer ha dedicado tantos estudios monográficos, hasta Rosa Chacel, pasando por María Zambrano, Salvador de Madariaga, Luis Cernuda, Rafael Dieste o Arturo Serrano Plaja).

Como todo lo que tiene que ver con José-Carlos Mainer, este libro es un banquete, lleno no sólo de datos e informaciones, sino de intuiciones, audacias, correspondencias o digresiones de una enorme y necesaria lucidez. Se echa de menos un índice onomástico y, por bonito que pueda resultar para quienes le apreciamos, se echa totalmente de más el dossier fotográfico de Mainer con familiares y amigos, que hace que el libro adquiera algo de homenaje y pierda, por lo tanto, algo de seriedad e incluso de rigor. Conociéndolo, me extrañaría que haya sido Mainer quien haya dado luz verde a esas páginas: en buena medida fue él quien me enseñó a pensar así sobre estos asuntos.