
Cristina Sánchez-Andrade
Habitada
Anagrama
223 páginas
La siempre versátil Sánchez-Andrade (Santiago de Compostela, 1968) regresa al panorama literario español con una novela singularmente polifónica y narrativamente arriesgada. Ahondando en la veta del tremendismo galaico (pienso en La nostalgia de la Mujer Anfibio de 2021), Habitada retrata el desquiciado proceso de una posesión que afecta a Manuela, hija de meiga y, como cabe esperar, afortunada heredera de las artes oscuras de su misteriosa progenitora. La historia se articula en tres partes de desigual extensión y múltiple perspectiva («muda», «huésped» y «desalojo»). Es la propia voz de la niña, fecundísima, la que oímos en la primera parte (118 páginas de faulkneriana torrencialidad primitiva y sin mayúsculas: la voz femenina es siempre mínima pero peligrosamente proteica). La Niña (así la llama el espíritu del cura que la posee, narrador principal de la segunda parte del libro) es una hacendosa buscavidas que pulula por el terruño que la ha visto nacer. Su tiempo (tan escasamente suyo, en realidad) lo entrega al cuidado de su primitivo padre viudo, de los animales a su cargo y de la huerta, donde acicala a una espantapájaros (la espantallo), a la que bautiza con el nombre de su añorada madre. Además, por mediación del orondo abad de la aldea, sus servicios son requeridos por los señoritos del pazo vecino: la señora ha perdido a su hija y su esposo contrata a Manuela para que le sirva de consuelo. Es inevitable aquí pensar en Los santos inocentes, sobre todo en relación con esa vena social del texto que evidencia con original eficacia la infravida del pobre. A medida que va desarrollando sus dotes de bruja de la mano de la beoda Maimiña, La Niña se venga de las fechorías que el poder (casi siempre masculino o eclesiástico, con frecuencia ambos a un tiempo) ejerce sobre ella. Los sucesivos embarazos y abortos, de cariz onírico, simbólico, hacen de su cuerpo un crisol de instintos del que Sánchez-Andrade se sirve para crear imágenes de gran plasticidad («mis bebés de raíz. raíz de tojo. fuertes y duros, para que nadie me los arranque de las manos»).
La descarnada violencia animal que rezuma la historia va dejando poco a poco en el lector un perturbador poso de inquietud que, página a página, le va condicionando la mirada, contaminándolo ya todo, forzándolo a un cuasi alucinado paradigma de lectura que quizá sea el más adecuado para la recepción de la fábula. De esta manera, a medida que se avanza en la historia, el pegajoso limo contextual que la conforma (por ponerle una etiqueta: en realidad es algo que lo impregna todo) acaba engulléndolo todo. He aquí lo dionisíaco femenino en todo su esplendor: lo temible telúrico, lo tectónico, lo radicalmente opuesto a lo celestial. Puro terruño emocional. La temible Kali destructora.
La primera persona que impera en toda la obra es, a pesar de su multiperspectivismo, singular, intimísima, en definitiva, distorsionadora. En realidad, se trata de una enriquecida primera persona hábilmente modelada por la autora, quien narra la historia dando voz alternativamente a la poseída y a su poseedor. Lo mágico rural que, como un operativo tapiz de fondo se extiende a lo largo de todo el texto, remite a las consabidas tragicomedias de aldea valle-inclanescas, aunque la prosa de Sánchez-Andrade juega con otras bazas: identidad femenina (lo uterino marca la diferencia, en la línea de Beauvoir: sin ser nada lo es todo), conciencia de clase (es inevitable pensar en las tesis más extendidas del feminismo radical), mirada primitiva (en su doble acepción: prístina y salvaje). Lo femenino en la Galicia rural: lo triplemente periférico. Habitada es una historia narrada desde los márgenes, pero también desde los límites: los del cuerpo y los de la propia identidad. Además, de fondo encontramos un humor socarrón que también funciona como marca identitaria, y que encuentra en la fiesta de la comida y el sexo la otra cara de cierta dupla de pecados capitales, aquí continuamente celebrados.
Las contadísimas marcas temporales (la Guerra de Marruecos, un pájaro llamado Eduardo Dato), adscritas a la realidad urbanita, sitúan la acción en una ucronía campestre que vuelve maleable el tiempo. Como en otras historias de explícita o sutil brujería (pienso ahora en Las voladoras, de Mónica Ojeda, o en Las herederas, de Aixa de la Cruz), lo irracional, lo ignoto, se ve potenciado por el consumo de brebajes (sapos, orujo, raíces, hierbas), vehículos delirantes que permiten a las hechiceras navegar de la mano del instinto femenino transitando esas vías inventadas que ligan luz y tinieblas. Lo que estas prácticas tienen de arma da sentido al conjunto, sobre todo en la batalla contra los hombres y sus instintos (más aberrantes en la medida en que los sustenta el sistema). Como lectores, no podemos sino estar de parte de La Niña en el binomio simbionte que se nos plantea con su posesión por parte del clérigo de Ortigueira emigrado a La Habana. Aunque únicamente atendamos a su cariz simbólico, esta hibridación ha de ser a la fuerza desigual: el huésped penetra en La Niña convirtiéndola en un recipiente para su reencarnación. A priori no hay, pues, simbiosis sino fagocitación. Y en este duelo estamos con Manuela, pese a que la hayamos visto maldecir, metamorfosear (a Obdulio, su marido, lo convierte en pájaro) o asesinar impunemente.
En una dimensión estrictamente visual, en varias ocasiones me viene a la mente durante la lectura el filme Retrato de una mujer en llamas (Portrait de la jeune fille en feu, 2019), de la lúcida Céline Sciamma. En esta historia de mujeres (la trama se desarrolla en una suerte de Lesbos dieciochesca en la que los hombres son meros elementos aislados del paisaje) también hay díscolos sujetos femeninos, un extemporáneo rechazo del matrimonio, elaborados aquelarres, abortos clandestinos y consumo de sustancias que alteran la percepción de la realidad. Y, asimismo, la cineasta alterna la naturaleza sublime (calcada de Friedrich) con el hogar tenebrista de La Tour. Ambos se concitan (y se visualizan plásticamente) en el texto de Sánchez-Andrade.
La segunda parte de la novela («huésped») la integran una serie de capítulos cortos cuyo desarrollo respeta las clásicas normas gramaticales (salvo cuando La Niña es puntualmente convocada, momento en que el texto se vuelve agramatical). En ellos conocemos al espectro del antiguo clérigo encarnado, quien pronto se enseñorea del cuerpo de la joven suscitando el asombro de todos los congregados. Entre el exótico acento cubano («asere») y un asombroso acervo cultural (latinismos y citas de Hobbes), «la Espiritada», nuevo monstruo integrado por dos almas, despierta el interés tanto en el pueblo como en la ciudad. Desde esta acuden médicos y eruditos, que la someten a repetidas sesiones de hipnosis (el primer diagnóstico es una simbólica histeria) en las que volvemos a escuchar a la silenciada Manuela. Sincopadamente, La Niña nos va revelando los misterios que rodeaban los últimos momentos de su existencia no habitada, que nos habían sido hurtados en su relato inicial. Las pesquisas de los expertos nos permiten reconstruir ahora esta historia tras la historia, lo que de pronto confiere al texto un insospechado y estimulante aire policíaco.
Finalmente la posesión de Manuela, que al principio cursa con una plena suplantación de su identidad, resuelta en contrapuntísticas yuxtaposiciones, logra amalgamar mundos: lo masculino y lo femenino, lo culto y lo inculto, lo divino y lo satánico (el clérigo y la bruja) o las distintas formas de la superchería humana (eclesiástica, psicoanalítica). La «Espiritada», encamada, convaleciente, es visitada en peregrinación. La muchedumbre, ávida de vaticinios y sanaciones, se agolpa en su puerta. Apoyándose en su inopinada aceptación popular, fruto de un colectivo asombro, la niña posesa engulle platos típicos, dicta órdenes, profiere designios. Al principio la voz del cura se impone, reclamando su autoridad perdida, pero a medida que la voz de Manuela va siendo rescatada mediante la hipnosis, acaba imponiendo su carismática lógica. Poco a poco, el cura va asumiendo entonces las apetencias de la bruja: la querencia por la espantallo, el antojo de teñirse el pelo de rubio, la práctica de las artes oscuras como venganza. La hibridación resultante de este ser entreverado, remedo parcheado del también simbólico Orlando de Woolf, se convierte en la llave para otras mezclas. La pureza moral se quiebra. La homosexualidad (masculina y femenina), el travestismo, los zoomorfismos…; cualquier rebeldía es posible cuando se traspasan todos los umbrales. Desde luego, Sánchez-Andrade se ha atrevido a tejer un texto en el que cabe casi todo. Su textura es (imposible de otro modo) rasposa. Porque Habitada es contrapelo.
La novela se cierra con una breve descripción («desalojo») de una nueva realidad en la que todo es confuso («Los caballos blancos pían en las colinas»). La mezcla de contrarios no siempre puede ser limpiamente decantada. «Te tienes que ir», le dice por fin la bruja al cura que aún lleva dentro. Y aunque su palabra sea performativa, el lector tiene la certeza de que ya nada va a ser como al principio.