
Envejecer a veces es como un sueño raro. Me doy vuelta en la cama, semidormida y caen frente a mí los números cuatro y seis. 46. Tengo 46 años. ¿Cuándo sucedió? ¿Estuve ahí todo este tiempo, mientras sucedía? Lo siento menos como proceso que como golpe: he despertado y tengo 46. Ahora tengo 46. Ni ayer ni antes. Ahora, desde ahora, y es implacable.
No luzco o no me percibo como siempre asumí que debería lucir alguien a los 46. Es demasiado de lugar común decir que pensaba que a los 46 había que tener casa hijos trabajo esposa. De hecho, tengo casa hijo trabajo, sin esposa, acaso con novio, no voy tan mal. Objetivamente conquisté esos hitos de madurez. Pero no lucen en nada —ni se sienten tampoco— con la solidez con las que los percibía cuando los miraba desde abajo. Abajo sería de altura. De lejos podría decir también, en términos de distancia temporal.
Yo creo que todo se ha acelerado tanto que no puede no haber cambiado la percepción de espacio tiempo o estar en vías de hacerlo. En el Ciclo Básico Común de la Universidad de Buenos Aires teníamos una materia igualadora que se llamaba Pensamiento científico. Ahí di por primera vez con el concepto de paradigma y algo en mí se abrió: vivimos bajo un sistema de reglas y creencias, una convención, con mayor o menor índice de aceptación o adecuación, pero ese índice suele ser bastante alto. Pero entonces, si esto que rige ahora, si este modo de percibir que convenimos es una coyuntura, puede cambiar en algún momento, y lo hará y lo hace, cada tantos años o siglos. Esto a lo que estamos asistiendo, no puede no ser un cambio de paradigma. Esta sensación de incertidumbre constante, de pantomima, de fake, no puede no ser el estupor frente al movimiento sobre los goznes de un paradigma hacia otro, rápido, lento, pero giro, desplazamiento al fin.
Cuando era muy pequeña y la del medio de tres hermanos, acompañábamos a mi madre a la avenida a llamar a su madre o a mi padre a la oficina desde un teléfono público. El resto del día la distancia entre los seres humanos era la del desplazamiento. Ahora estoy iniciando una relación por videollamada y WhatsApp y la mayoría de los vínculos están mediados por la telefonía inteligente: esa es la distancia entre los cuerpos ahora. ¿Es cerca, es lejos? ¿Es algo inalterable lo de la proximidad? ¿Funciona lo simbólico como noción de proximidad? Más como sensación que como noción. ¿Podremos hacer uso de/ quedarnos con lo bueno de lo inteligente y descartar lo que no lo es o lo que no hace bien, después de esta primera época de empalago?
En abril de este año se cumplen 30 años de la muerte de mi hermana. El 8 de abril de 1996 ella cruzaba la calle Mario Bravo rumbo a una Universidad que se encuentra sobre esa calle aún y un colectivo de la línea 29 que circulaba fuera de recorrido por la avenida Córdoba, dobló hacia la derecha y la embistió. Ella murió en el acto, en el lugar. Uno de los modos modernos y poco heroicos de morir en una ciudad. Uno de los modos más frecuentes. En la ciudad de Buenos Aires, desde el 2005, comenzaron a ponerse carteles con estrellas amarillas y el nombre del fallecido y la fecha de su fallecimiento, de las víctimas del tránsito, supongo que para concientizar. Para que cualquiera a bordo de un auto pueda pensar, mirá cuántas estrellas, mirá cuánta gente muere bajo autos y colectivos, supongo que para darle materialidad. Mi hermana murió antes de las estrellas, estimo que no toleraría ver un cartel con su nombre en una esquina transitada de la ciudad. Evitaría frecuentarla. Ni siquiera una lápida en su tumba pudimos poner.
En 1996, cuando mi hermana muere, en algún momento su cuarto, el más grande de los tres porque ella era la mayor, se convierte en algo así como un cuarto de visitas pero también, en el cuarto de la computadora.
Antes de que mi hermana muriera no teníamos una computadora en la casa familiar, el paradigma recién estaba empezando a cambiar. ¿O quizás estaba en el altillo esa computadora de mi papá desde hace algunos años y cuando él se compra un pc mejor, heredamos la suya que es la que va a parar al cuarto de mi hermana? Creo que fue así. Y lo que desembarca como novedad ese año es la internet, a la que había que conectarse por teléfono fijo y hacía un ruido como de cables chirriando en el fondo del mar, de tan lejos que se producía esa comunicación, cables por debajo del mar, que, lejos de ser una imagen de ciencia ficción, es la más pura realidad real.
Ahora leo que la banda ancha se introdujo en la Argentina en 1997, antes de eso era con el sistema de llamado telefónico, el dial up. El chirrido del fondo del mar.
Mi hermana no llegó a conocer la internet. Ni mucho menos los teléfonos móviles que vinieron después, mucho antes de los inteligentes. Qué tonto que se llamen así. Leo que la telefonía celular móvil se introduce en la Argentina en los años 90. Dice que la primera llamada celular se realizó el 1 de noviembre de 1989 entre Carlos Menem y María Julia Alsogaray. Esto sí que es un dato de color. Tenía 10 años en ese momento. Y sin embargo yo no tuve un celular hasta mis veintis, y la vergüenza que me dio. Supongo que mi padre me habrá heredado uno suyo, a mí me parecía cosa de chetos o de presumidos, era un auténtico papelón que un celular sonara a bordo de un colectivo. Todos mirábamos muy mal a la persona que se atrevía a atender un teléfono en el transporte público. De haber sabido lo que se vendría… Nunca fui una buena lectora de tendencias, más bien lo contrario. Cualquiera que quiera hacer un negocio visionario debería pedirme consejo a mí para hacer exactamente lo contrario y triunfará. En algún momento de los dosmiles claudiqué como casi todos y tuve ese teléfono móvil pequeño de teclitas gomosas, el que más tiempo sostuve fue el Samsung rojo y negro modelo E1086, era perfecto, pequeño, se podía escuchar la radio, la batería le duraba días, era indestructible, volvería a él, te extraño E1086.
Cuando conocí al padre de mi hijo en el 2013 yo usaba ese modelo y él el nokia equivalente, el 1100. Fuimos felices con esos celulares, ese nivel de comunicación. La teclita gomosita, oprimir varias veces cada tecla para alcanzar la letra deseada, el negrito de la letra sobre el grisesito de la pantalla, no sé, yo fui feliz. Incluso a veces transcribía intercambios de mensajes que me gustaban particularmente para tenerlos para siempre en mis cuadernos. Por supuesto nunca volví a leerlos, pero ahí están si quisiera. La debacle de mi relación con el papá de Ramón —al menos como pareja— se debió bastante bastante a la irrupción de los teléfonos listos en nuestras vidas. Una porquería que vimos llegar y abrazamos y detonó todo desde adentro, progresiva y eficazmente. Cabe preguntarme si eso no habrá sido el síntoma de otra cosa y es probable que así sea pero también no, acaso sea la causa y el origen del mal y la cantidad de veces que le he dicho o pedido que usara menos el celular y él, sin falsas promesas, siempre y cada una de esas veces me dijo que no, que no usaría menos el celular, contrargumentando que acaso en otra época histórica le habría enrostrado estar leyendo demasiado un libro, que lo que a mí me molestaba era la fuga de atención y no el soporte que se la llevaba. Y es probable que hubiera un poco de cada cosa, pero también es cierto que
—a diferencia de los libros o de algunos de ellos— perder la batalla del interés contra el mercado de las redes sociales no tiene nada de poético ni de heroico.
No sé cómo habría sido mi hermana en el mundo moderno, en este mundo moderno, el de los teléfonos inteligentes, las videollamadas y ahora también, la inteligencia artificial. Probablemente igual de adicta que casi todos, la imagino consumista y ansiosa como casi todos. Exponiendo algún emprendimiento, sus hijos, sus consumos o sus cirugías estéticas, su bronceado o sus frases intencionadoras, como casi todos.
Mi hermana no llegó a envejecer. Ni siquiera terminó de crecer. Y ya lleva mucho más tiempo fuera del mundo de lo que estuvo en él.
Mi hermana fue una fiel hija de los 90’s: era rubia, alta, tenía curvas, le gustaba el maquillaje, la ropa, el animal print. Asistió a una academia de modelos sobre la avenida del Libertador, desfiló con Giordano en Punta del Este, estuvo en el set de Showmatch con Tinelli cuando era solo una mesa llena de tipos que hablaban y pasaban videos. Mi hermana trabajó de promotora en shoppingcenters y en la Rural, vendiendo perfumes, jabones, cremas, lo que fuera, aún siendo menor de edad. Usaba trajecitos, polleras, camisas, trabajaba muchas horas, quería tener plata en la mano, terminó el secundario estudiando en un instituto y rindiendo libres los dos últimos años. La habían hecho repetir en nuestro colegio alemán, creo que querían sacársela de encima, era una chica problemática y no muy querida, o quizás no haya estudiado lo suficiente para esos exámenes previos, es probable que haya un poco de cada cosa. Así que dejó de ir al colegio, sacó el registro, trabajaba, se ganaba su dinero y manejaba el Renault 4 de mi madre y el Renault 18 de mi papá, de día, de noche, borracha, a contramano, lo que fuera necesario.
Y sin ánimos de heroizar nada, no se puede no regresar al comienzo de El Aleph de J.L. Borges que sintetiza para mí todo lo que puede tener de implacable el movimiento del mundo, y el silencio voraz de la muerte, o de la ausencia, que es como se percibe, para mí, eso que denominamos muerte:
La candente mañana de febrero en que Beatriz Viterbo murió, después de una imperiosa agonía que no se rebajó un solo instante ni al sentimentalismo ni al miedo, noté que las carteleras de fierro de la Plaza Constitución habían renovado no sé qué aviso de cigarrillos rubios; el hecho me dolió, pues comprendí que el incesante y vasto universo ya se apartaba de ella y que ese cambio era el primero de una serie infinita.
Mi hermana fue una bomba de tiempo, que finalmente se detonó, pero del modo menos imaginado. No se la llevó uno de sus desbordes sino un colectivo de la línea 29 una mañana cualquiera en una ciudad del sur. Una muerte tan estúpida, tan moderna, tan de ciudad. Esa sí que no la pudo ver venir nadie.