Gastón Carrasco
Diario de Koro
Ediciones Comisura
176 páginas
POR JOSÉ ÁNGEL BARRUECO

Quienes gozan de un gato como mascota y quienes lo tuvimos en otra época sabemos que el felino no sólo ocupa su propio espacio: también necesita el territorio corporal de sus dueños o mejor dicho de sus compañeros de piso porque ellos no poseen amo aunque nos hagan creer que sí; necesita meterse en nuestros asuntos, en nuestros lechos, en los libros que vamos leyendo y, si uno ha establecido la escritura como oficio, también se introducen entre los folios manuscritos y encima de los ordenadores, paseando la cola por la pantalla, hundiendo las patas en el teclado y comunicándonos que lo nuestro es suyo y ellos necesitan más atención. Esta actitud no obedece a torpeza sino a exploración.

Toda esta urdimbre de relaciones entre animal y persona, entre gato y escritor, entre amigos de distintas especies, la retrata de manera sutil y noble el poeta Gastón Carrasco Aguilar (Santiago de Chile, 1988), quien ha publicado varios libros en su tierra: Viewmaster, El instante no es decisivo, Monstruos marinos, Luminarias y Dos soledades. Su Diario de Koro es el primer trabajo que llega a España de la mano de Ediciones Comisura: la versión original, primigenia, se publicó en Laurel Libros en 2021. De modo que la obra, revisada y ampliada, entra en las librerías con el prestigio crítico que cosechó en otras latitudes.

Diario de Koro es uno de esos libros donde el gato, como en algunos textos de William S. Burroughs (pensemos, por ejemplo, en Gato encerrado y en Últimas palabras), adquiere algo más que protagonismo: no es un mero compadre, sino alguien que interviene en la percepción del autor y en sus costumbres y, en el caso específico de Carrasco, en sus escritos. Sin fechas que nos sitúen, las entradas van en cambio precedidas de letras consonantes que ha trazado el propio gato al pisar las teclas. A medida que transcurre la lectura advertimos que algunas de ellas ocultan un significado: son palabras relacionadas con el texto que hay debajo. La feliz injerencia del gato nos devuelve un libro más complejo, donde animal y hombre se comunican por medio de silencios, de miradas, de posturas, de letras y de enigmas que el primero escribe y el segundo desarrolla.

Parte de sus páginas transcurre durante el confinamiento de la pandemia. Esto es algo que pasa casi inadvertido. Sólo notamos que se trata de un poeta encerrado, que apenas sale de casa. No sabemos por qué ni nos lo preguntamos: al fin y al cabo una de las señas de identidad de los escritores es la reclusión voluntaria, entre libros y obras en curso. Carrasco nos lo desvela al final. Puede que antes se nos haya pasado por alto o tengamos la impresión de un confinamiento pero no la certeza, como en el pasaje de la página 66 de la edición de Comisura, cuando dice: «Quiero escribir algo más sobre alcachofas, pero no hay energía, ni color, ni forma, ni verde en estos días». O en la página 129, donde late esa asfixia que todos sufrimos en algún momento del encierro: «Tuve que bajar del edificio porque me faltaba la respiración, caminé en el patio interior hasta que mi corazón se puso en su lugar y la respiración volvió a su cauce».

En ese intercambio de sensaciones entre él y el gato se van colando fotografías del felino, de varios paisajes del exterior que funcionan como alivios al encierro, y por supuesto se inmiscuyen huellas y atisbos de la cultura que el autor o co-autor va consumiendo: obras de John Berger, Agnès Varda, Juan Rulfo, Maggie Nelson, Sylvia Plath, William Friedkin… También se van colando trazos finos que imitan a los pelos de gato que a menudo quedan dispersos por ahí, como si se hubieran caído en mitad de la página. Esta oportuna contaminación, unida a las imágenes y a las palabras, consigue que el animal parezca tangible, que esté presente en cada momento, pieza indispensable de la obra y del escritor: «Koro no es un sonido, sino una vida que late a mi costado, como un órgano más que me permite respirar o una herida que emana su propia luz».

En las páginas finales, que funcionan a la manera de epílogo, Carrasco escribe: «Del recorrido del libro, me alegra haber conocido a gente que me compartió sus historias felinas, sus pérdidas, incluso la escritura de sus gatos. Al parecer todos los gatos son un poco poetas». Y aún podríamos decir más, creo: los felinos son poemas en sí mismos.