Alberto Barrera Tyszka
El fin de la tristeza
Random House
206 páginas
POR MICHELLE ROCHE RODRÍGUEZ

Ricardo Piglia decía que el sujeto individual contemporáneo se percibe a sí mismo dentro de la sociedad como víctima de un complot. Las grandes crisis políticas y económicas producen efectos sociales que entran a la intimidad del individuo en forma de tragedias que él mismo no comprende, razón por la cual se siente enfrentado siempre a un mundo oscuro donde todo se ha conjurado en su contra para destruirlo. La exposición literaria más contundente de esta teoría se encuentra en su última novela, Blanco nocturno (2010). En esa obra pensé mucho mientras leía el libro más reciente de Alberto Barrera Tyzska, El fin de la tristeza.

La sexta novela del autor venezolano ganador del Premio Herralde (La enfermedad, 2006) y del Premio Tusquets (Patria o muerte, 2015) comienza con la visión de «una mujer con la piel de color madera y el cabello oscuro y corto» que deja prendado al protagonista. Gabriel Medina se cruza con ella de camino al trabajo, al salir de una estación de metro ubicada en el centro de Caracas, la misma mañana cuando se anuncia la detención de Elena Villaba, su psiquiatra. En el intento de ayudar a esta última, a quien en las redes sociales apodan la «Doctora Suicidio», él se involucra en un complot donde el escándalo público es la otra cara de una oscura trama policial que confunde realidad e imaginación. Sin embargo, aquello que en las primeras páginas parecía una historia romántica y está a punto de convertirse en una trama policial, pronto se revela como un intenso thriller psicológico.

La trama no es lo que me recuerda a Blanco nocturno, por su puesto. Piglia presenta una ficción negra al uso, que comienza con un asesinato en un pueblo: el de Tony Durán, amante de las hermanas Belladona. Ellas descienden de una importante familia del lugar, lo cual impide que el detective Croce y el periodista Renzi —personajes de otras obras del autor— resuelvan el crimen, mostrando así que la justicia no es igual para ricos y pobres. El fin de la tristeza no puede ser una novela negra puesto que no hay asesinato. Hay, sí, una culpable: la doctora Villalba. El influencer Roco la acusa de haber causado indirectamente las muertes autoinfligidas de algunos de sus pacientes, y termina por causar una intensa ola de indignación en la opinión pública a la que responde la policía. Al punto aparecen dos oficiales casi idénticos, García y Jiménez —«quizá [sus nombres] sean falsos», piensa Medina: «Tal vez sólo son parte de una estrategia profesional. Apellidos elegidos para el olvido». Ellos son la cara visible de la oscura maquinaria del poder de la Revolución bolivariana que, de nuevo, se ha puesto en marcha para tapar el sol con un dedo.

El discurso político de la novela se cifra en esa culpabilidad sin delito atribuida a la doctora Villaba, por otro lado muy propia de estos tiempos en Venezuela, donde los ciudadanos son sometidos a los peores vejámenes por expresar sus opiniones contra el gobierno. La teoría del complot de Piglia atraviesa El fin de la tristeza en el sentido de que la crisis del país produce la frustración de la sociedad como un todo y entra a la intimidad de los personajes en forma de una tristeza generalizada que para algunos solo tiene una solución: la muerte. La tragedia de que no solo no se comprende la saña del gobierno contra sus ciudadanos, sino que esta situación no parece tener fin, hace que estos personajes se sientan enfrentados a una conjura en su contra. Igual pasa a sus compatriotas en la vida real.

Felices por decreto.

Una de las medidas anunciadas por Nicolás Maduro durante el ahora lejanísimo primer año en la presidencia de Venezuela fue la creación del Ministerio de la Suprema Felicidad Social del Pueblo. Dentro y fuera del país, los venezolanos debieron de recibir la noticia con un dejo de melancolía sardónica. Diez años después del anuncio de aquella medida, en mayo de 2023, los directores del Laboratorio Venezolano de la Violencia registraban una tasa de 1,2 suicidios al día y advertían que la cifra quizá era mucho más alta, pues casi la mitad de estas muertes aparecen en las pocas estadísticas públicas calsificadas como «de intención no determinada» o como cualquier otra causa distinta a la voluntad personal.

A través de su característico realismo escueto de frases aforísticas, que fundamentan en la economía de la expresión la contundencia del lenguaje, Barrera Tyszka pone al suicidio en el centro de la discusión sobre Venezuela, en un mundo donde cada vez más personas toman ansiolíticos y la discusión sobre los padecimientos mentales —por fin— entra en la agenda de la discusión pública. «Los suicidas son incómodos», piensa Medina: «No son plenamente víctimas porque al mismo tiempo también son sus propios verdugos». Sí, no solo son incómodos para los gobiernos, lo son también para sus círculos sociales y las familias, debido a la dificultad de encajar la idea de que aquel que se quitó la vida prefirió la incertidumbre de muerte. La reflexión del protagonista termina con una afirmación filosófica que podría servir de juicio a las sociedades contemporáneas: «No sabemos qué hacer con los asesinatos que no son crímenes».

El hermeneuta casual.

El protagonista de esta novela es un hombre sin heroísmo, como son los personajes de gran parte de la tradición literaria venezolana, al menos desde la vanguardia. No es propiamente un fracasado, sino alguien que se mantiene al margen. Un día decidió dejar de seguir las noticias, porque se hartó de «vivir siempre excitado, alterado, persiguiendo informaciones, pendiente de aquello que en cualquier instante podía ocurrir». No soporta la realidad que le pintan los medios de comunicación y tampoco sigue las redes sociales. «Algo estalló dentro de mí», recuerda: «Pero fue una explosión sin ruido, sin estampida y sin esquirlas». Se intuye algún trauma —por algo fue paciente de la doctora Villalba— pero la novela, narrada desde su interioridad no llega a definirlo.

Si bien carece de ambiciones profesionales, Medina no es propiamente un hombre mediocre: es un geógrafo que trabaja en una oscura oficina del Departamento del Archivo Principal de la Secretaría General de Registros y Notarías, no gracias a sus competencias profesionales, sino a que jamás se ha metido «en líos», el eufemismo utilizado para decir que no había hecho nada para mostrar desaprobación por el gobierno. Su único rasgo distintivo es una timidez que raya en lo patológico: «Puedo caer devorado por mi propia bestia, por mi terror a los otros, por mi incapacidad para relacionarme sencillamente con alguien». Justo este rasgo lo convierte en el personaje que cuestiona e interpreta obsesivamente los hechos en la trama; la novela es el producto de su mente —«Las obsesiones sólo son angustias disciplinadas», nos dice—. Ni detective como Croce ni periodista como Renzi, Medina se esconde en su oficina, en su casa y hasta en una iglesia para intentar darle sentido al caso de la doctora Suicidio. Pero no puede pues vive en una realidad que dejó de tener sentido mucho antes de que estos personajes entraran a escena.

Las plataformas de streaming nos han acostumbrado a las historias de ciencia-ficción ambientadas en futuros grises, donde gobiernos autoritarios confiscan la historia del pueblo y aíslan a las personas para hacerlas más productivas y mantenerse por más tiempo en el poder. El fin de la tristeza no es ciencia-ficción ni distopía, ni siquiera realismo sucio; si Barrera Tyszka opta por un thriller psicológico es porque le interesa mostrar lo que no se ve de la dictadura: el sufrimiento silencioso de la gente común. El fin de la tristeza se trata de cómo los regímenes totalitarios operan en el ánimo de las personas, incluso de la persona más dócil. El fin de la tristeza tarta sobre la tragedia íntima que es un Estado fallido, cuya única razón de ser es proteger la cleptocracia de un grupito en detrimento de las necesidades del pueblo. El fin de la tristeza trata de cómo se siente cuando ya no se siente nada.