Corina Bistritsky
El gran danés
Almadía
104 páginas
POR FRANCISCA NOGUEROL

En su loable apuesta por dar a conocer la obra de autores noveles, la editorial Almadía ha publicado El gran danés, novela corta de la artista visual Corina Bistritsky (1991). Nacida en Buenos Aires pero radicada en Ciudad de México, Bistritsky mantiene en este primer libro la poética que caracteriza su obra plástica, donde firma como Chica Banquete para radiografiar —sin pudor y con el mejor humor— la situación de una joven en la contemporaneidad, clara heredera en el tono de sus reflexiones de las «mujeres alteradas» de Maitena (viñetas de las que, ha declarado, se siente deudora en sus trabajos). La Chica Banquete, naif y dura al mismo tiempo, realiza una implacable introspección de su lugar en el mundo, en un ejercicio de autoficción feminista signado por la atención dispensada a la intimidad y al cuerpo, espacio que, como nos enseña Sarah Ahmed en La política cultural de las emociones, «debe fundirse para fundarse de nuevo». El trazo infantil de los dibujos, en los que plasma con colores intensos una figura femenina habitualmente ligera de ropa, contrasta con la acritud de los mensajes que acompañan las obras, donde podemos leer mensajes como: «Obra pequeña entre dientes: comerte a vos misma no soluciona nada»; «Cada lunes es una oportunidad de ser una persona nueva» o «Voy a mirar un pájaro y me voy a emocionar. Uauuuu la Naturalezaaaa» (este último, como veremos enseguida, cercano al espíritu que permea El gran danés).

Recuerdo la famosa máxima de Henry de Montherlant: «la felicidad escribe con tinta blanca», de lo que se deduce que la tristeza interpela especialmente para explicar por qué se comienza a escribir. Así se explica El gran danés, donde una mujer en sus treinta, narradora en clave homodiegética, cuenta su superación del duelo amoroso tras haber sigdo abandonada por el novio, ahora famoso rockero. Un día encuentra en un parque un perro gran danés, que la sigue a casa y se convierte en su inesperada familia junto a su amigo Iván y Paula, la novia de este último (mucho más presentes en la vida de la muchacha que la propia madre, lo que demuestra la importancia de los «nuevos parentescos» en la actualidad). Además, gracias al enorme animal, nunca concebido como mascota y sí como cómplice y refugio, la protagonista logrará desbloquearse tras la traumática experiencia sufrida.

El argumento se acerca a lo que han cantado recientemente dos artistas multidisciplinares muy semejantes en espíritu. Si Lola Arias susurra en «El pony y yo» (2008) «El día que te fuiste / Me compré un poni / El poni duerme conmigo en mi cama / Porque yo no puedo dormir sin vos / El pony y yo vamos por la autopista / No tengo miedo / Él es mi guardaespaldas./ Nadie sabe lo que me hiciste sufrir/ Nadie sabe lo que hay dentro de mí», Rigoberta Bandini declara «Todos somos perras, da igual la identidad sexual… Perra is a lifestyle. Yo quiero ser una perra y ser libre en mi vida», mientras apostilla en la letra de «Perra» (2021): «Esto de nacer mujeres en el tiempo de Despentes / Es difícil, no sé por dónde empezar / Si yo pudiera ser perra, por favor dejadme serlo / Solo pido ir sin correa a pasear».

Numerosas escritoras contemporáneas han recurrido, asimismo, a la alianza «humanimal» —siguiendo el concepto acuñado por Marta Segarra en el ensayo homónimo— para superar la angustia en una sociedad que no permite disidencias y, aún menos, «pararse en el camino». Es el caso de Pilar Quintana, Elaine Vilar Madruga, Sabina Urraca y Leila Sucari en las novelas La perra (2017), El cielo de la selva (2022), El celo (2023) y Casi perra (2023); de Arelis Uribe en el relato «Bestias» (incluido en Quiltras, 2019); de Lina Meruane en el ensayo Coloquio de las quiltras. Argumentos caninos ante las crisis del feminismo (2024). Y, extendiendo el paradigma a otras «zoonarrativas», de Daniela Tarazona y El animal sobre la piedra (2008) —novela corta también publicada en Almadía—,1 que narra la metamorfosis de su protagonista en iguana para superar el dolor causado por la muerte de su madre. En estos títulos se describe a las mujeres como yeguas exhaustas —citando el afortunado título de la novela de Bibiana Collado— que, rechazando las trabas sociales, se niegan a esconder su animalidad, para lo que rescatan a las «especies compañeras» de las que hablara Donna Haraway en el manifiesto homónimo.

Haciendo gala de una escritura tan clara como fluida, Bistritsky demuestra su interés por la psicología —no en vano estudió esta carrera en la Facultad— para reivindicar la exposición de la propia fragilidad. Así, parece hacerse eco de una necesidad ya apuntada por Marta Sanz en Monstruas y Centauras: «La debilidad, la vulnerabilidad, la extrañeza se castigaban y se siguen castigando en el espacio depredador de la jungla capitalista donde el lobo es un lobo para el hombre».

La voz autorial se descubre como una joven azotada por la neurastenia, característica de quien desea al mismo tiempo independencia económica, realización profesional, estabilidad afectiva y vida familiar sin conseguir ninguno de estos objetivos. Si Annie Ernaux escribió en Perderse «Soy una mujer ávida. Esa es la única cosa, más o menos justa, de mí», la protagonista de El gran danés se descubre, asimisma, como una figura tan lúcida como ansiosa que —eso sí— enfrenta su angustia sin escapismos. De ahí que su proceso de sanación comience cuando abandona las distracciones del teléfono celular y comienza a pasear por las calles de Buenos Aires con el gran danés —que no la enjuicia, la obliga a moverse y la anima con sus expresivos ojos—, responsable de que, en la peor fase de su proceso de duelo, abandone la casa y vuelva a la sedimentación de la experiencia.

En ese momento, marcado por el rechazo a los estímulos de Buenos Aires y centrado en el deseo de «anidar hasta que pase la tormenta» —impulso comentado por Verónica Gerber en la contratapa del libro—, la mujer (significativamente tan innominada como el perro frente a «los otros humanos») recorre la ciudad en caminatas marcadas por el azar, que se convierten en denuncia de la alienante sociedad en que estamos inmersos. Sus paseos remiten, pues, al activismo político que definieron las «derivas psicogeográficas» de los situacionistas, hoy recuperadas en la obra de autoras como Elvira Navarro —en casi todos sus títulos— o Rosario Villajos así lo muestra la protagonista de La muela (2021), que renuncia al metro para salir a la superficie y caminar por la ciudad real.

En el caso de la atorada narradora de El gran danés, los vagabundeos le permiten sacar a la luz un secreto ocultado celosamente durante años: su abuelo mató un hombre en una absurda disputa, lo que lo obligó a abandonar el pueblo natal para mudarse a Buenos Aires. En su proceso de sanación, la joven equipara lo que sucedió a su antepasado —identificado paulatinamente con la figura del perro, tan incómodo por su tamaño en la ciudad de Buenos Aires como lo es la historia del asesinato en la familia— con lo que ella sufre en la actualidad, hasta el punto de que los tiempos convergen, desde el punto de vista climático, en un espacio signado por la lluvia constante.

Las estrategias de sanación dan resultado: lo forcluido sale a la luz y, con ello, la mujer puede abandonar el desorden de la casa y sus paseos por la gran ciudad. Acompañada de sus amigos y el gran danés, decide visitar el lugar donde comenzó todo, lo que le permite abrazar la claridad del campo y, con ello, asumir su propia animalidad. Llega así la esperanza a esta intensa, exacta y breve novela, que recomiendo leer porque, desde la literatura, sabe ahondar en las heridas pero, al mismo tiempo, ofrece soluciones en el complejo proceso que supone «destrabarse».

1. En el artículo «Nuevos cuerpos para mundos en tránsito» (2024), publicado en esta misma revista, Tarazona destaca, con acierto, que la novela breve se ha convertido en un terreno fértil para articular «cuerpos anómalos, identidades superpuestas, mutaciones, devenires y espectros animales».