
Aixa de la Cruz
Todo empieza con la sangre
Alfaguara
224 páginas
Las mujeres y los hombres no tenemos la misma representación mental de la sangre. Compartimos ideas culturales y psicológicas sobre vampirismo, sobre la sangre como elemento de filiación y sustento vital, o como señal de que el cuerpo se ha roto. También entendemos igual las ideas de transfusión y contagio. Sin embargo ante la visión, el tacto o el olor de la sangre no sentimos la misma alarma, por razones obvias de biología. A las mujeres la sangre nos acompaña de forma cotidiana, mes a mes, durante más de la mitad de la mayoría de nuestras vidas. Nos mancha, la vemos, la escondemos, la absorbemos y la comentamos entre nosotras cuando es alivio, decepción o desolación, mucha o poca, sorpresa o fastidio, desde nuestros años formativos hasta los años de supuesto declive personal.
La sangre es el motivo central de la nueva novela de Aixa de la Cruz, Todo empieza con la sangre (editorial Alfaguara), de la misma manera que la droga psicotrópica, legal, natural o ilegal, estaba en el centro de su libro anterior, Las herederas, publicado también en Alfaguara. En este caso la protagonista, Violeta, busca desde niña sellar la inmortalidad solemne de sus amores mediante pactos de sangre. Y sus amores, en general, retroceden ante la visión de la sangre, es decir, de la intensidad desesperada que simboliza, dejando a Violeta sola y avergonzada. Este personaje es alguien, nos cuenta la narradora desde el primer momento que «cuando es auténticamente ella, abruma».
Violeta busca el amor, y eso significa encontrar a una persona que comparta sus extremos y su viaje, su destino y sus afanes: «como ya le han enseñado sus lecturas tempranas, no hay forma de embarcarse en la aventura del héroe sin un cómplice que dé la talla. (…) ¿Habrá alguien en el mundo real capaz de seguirle el ritmo?» Violeta, por tanto, ha aprendido desde muy pequeña que la vida sin pareja es una vida menor. Decimos sin pareja porque la trama de esta novela nos conduce por el camino vital que Violeta tiene que hacer para descubrir que amor y pareja no tienen por qué ser una y la misma cosa, que el amor es imprescindible para la vida, pero que la pareja tiene más de yugo que de prado.
Tal y como ha aprendido a concebirlo Violeta, el amor exige sumisión, sacrificio, renuncia, repliegues de la alegría. El libro plantea tres relaciones sentimentales. La más importante (el amor verdadero, ese que el tiempo no cura) es la que Violeta tiene con Paul, compañero de estudios desde la infancia, pianista y gay, con quien comparte drogas y un placer sexual incomparable, pero también una idea fija de que su amor es imposible (porque él es gay y ella se identifica como lesbiana, porque juntos se drogan peligrosamente, porque el compromiso con él resulta inverosímil). La segunda relación es con la artista plástica Salma, con quien establece un noviazgo tenso, temeroso, estólido, que se perpetúa a sí mismo por puro sentido de la responsabilidad y que funciona como receptáculo donde acumular frustración, secreto y rencor, un noviazgo que se va convirtiendo en todo lo contrario de la alegría del amor. El arco de esta historia sentimental es desolador. Fundamentada sobre una íntima traición, toda la historia sigue adelante arrastrándose como un monstruo sanguinolento, un fracaso en el que es imposible que alguien no se reconozca. Las relaciones así son tanto o más frecuentes que las relaciones felices: la falsa conciencia, el fingimiento, el miedo, la pareja que sigue unida sin que nadie sepa por qué, propulsada por la inercia de un autoengaño perverso y cada vez más débil. Y una tercera relación más feliz, con Bea, que se parece más a la amistad, y que no se cierra como un puente con solo dos orillas.
La sangre también aparece en nuestra imaginación religiosa católica, en el rito de la eucaristía, con sus evocaciones de espíritu caníbal y sus desgarrados dolores y sacrificios. Que Violeta acuda al misticismo y al catolicismo conventual para intentar saciar su ansia de amor genera el mismo extraño desajuste que, en Las herederas, generaba la incorporación de lo mágico y lo espiritual como discursos válidos, de los que pueden extraerse enseñanzas, guías de vida, explicaciones. El contexto, del que la autora da cuenta en sus agradecimientos, incluye la obra de Pablo D’Ors, a la monja benedictina y Youtuber Sor Marta y al podcast «Hijas de Felipe», que traza líneas del barroco hacia la contemporaneidad buceando en los elementos lésbicos, sensuales y contraculturales que se aprecian en la literatura que las mujeres escribían entonces en los conventos. Ahí hay una tradición de liberación, por paradójico que resulte, y Aixa la explora para descubrir que el ansia de amor, por ponernos brutas, no la sacia ni dios. Si esa ansia fuera sangre viviríamos en la escena de un crimen.
La forma que tiene Aixa de la Cruz de pensar en los amores de Violeta, y también la forma que tiene de construir la novela, tiene algo de círculos que se van enlazando, como anillos olímpicos, de tal manera que los temas que la novela va a explorar están planteados ya de forma completa en los primeros dos capítulos. Una relación de dos que conduce y se parece a otra relación de dos, y así a otra. Todas estas relaciones entre dos tienen, como los anillos, algo que aspira al infinito, pero que también nos encierra y se repite y forma un surco cada vez más profundo del que no se puede salir, una rueda interminable. Pero la novela encuentra su manera de resolverlo a través de una estructura peculiar: avanza y retrocede como un tráiler permanente de sí misma, generando al tiempo intriga y profundidad. Avanza (ojo, que hemos buscado el nombre preciso de esa figura en geometría) como un muelle helicoidal: un anillo abierto, de tal forma que estructura y fondo encajan como cuerpos que se aman.
Antes de llegar al final de su(s) historia(s) Violeta busca una salida en la tradición mística: transita del yoga y lo new age («mitad psicología neoliberal, mitad sabiduría exportada de Oriente»), al convento, como una Ofelia que hiciera caso a Hamlet y renunciara a suicidarse. Toda esa sección de la novela está contada en futuro, como si a la propia narradora ese destino (al convento desde el ateísmo materialista del siglo XXI) le resultara inverosímil.
A pesar de que Todo empieza con la sangre se presenta deliberadamente como un diálogo con Cumbres borrascosas (la fijación con el amor verdadero, el abismo de la pasión devoradora), en realidad es posible que la novela sea más bien producto de nuestros tiempos neobarrocos, como los ha descrito el filósofo Norbert Bilbeny en Moral barroca, un ensayo publicado en 2022 y que se hace más presciente cuanto más tiempo pasamos en esta realidad de humo y espejos. Dice Bilbeny que estamos en una época «de precariedad e incertidumbre; pero sin un pasado que añorar ni un futuro que desear. Tiempo de fragmentación social, pero sin confianza en el otro ni estima de uno mismo. Tiempo, también, de ortodoxias y ensimismamiento. Y otra vez soledad: hiperconectados pero solitarios. Viviendo en un mundo irreal del que cuesta salir, porque el real es áspero y conflictivo. Este es un nuevo tiempo barroco».
Este mundo barroco, precario, áspero e incierto, es el mundo de Violeta. Pero su apuesta por el amor (¿por el mundo «irreal»?) es correcta, es la única posible. En las novelas que leía de joven los únicos finales disponibles eran muerte o matrimonio. Tragedia o comedia. Todo empieza con la sangre, una novela que le gustaría a Sally Rooney pero también a San Juan de la Cruz, llega, después de que Violeta se vaya dejando jirones de vida colgados de sus apuestas amorosas, a un final utópico y emocionante como el de una comedia romántica: congoja, lágrima, alivio, convencimiento absoluto de que la felicidad se encuentra a la vuelta de la última página. Todos los círculos que ha ido formando la novela se abren por fin. Sábado de gloria. Vivan las cadenas que se convierten en muelles. Lancemos confeti. Lloremos de amor (¡lágrimas de sangre!). Cerremos la puerta y dejemos el mundo fuera. Estamos leyendo la novela de amor de Aixa de la Cruz y no queremos que se acabe.