Gabriel Mamani Magne
El Rehén
Editorial Periférica
92 páginas
POR MICHELLE ROCHE RODRÍGUEZ

Entre los géneros de la novela, el bildungsroman es uno de los que goza de mejor salud en la literatura hispanoamericana reciente. Centrar el relato en el proceso de aprendizaje, la maduración y la construcción de la subjetividad del joven o la joven protagonista en tensión con las demandas de una comunidad es uno de los procedimientos más útiles en la narración, pues permite hacer un comentario sobre las relaciones de la subjetividad individual con las sociedades modernas. Los ejemplos que tengo más a mano son las novelas Nefando y Mandíbula de la escritora ecuatoriana Mónica Ojeda, El día que apagaron la luz de la argentina Camila Fabbri o Temporada de huracanes de la mexicana Fernanda Melchor. También pueden inscribirse en el género de la novela de fomación o bildungsroman las dos obras publicadas hasta la fecha por Gabriel Mamani Magne: Séul, São Paulo, una en 2023 y El rehén, en 2025. En las siguientes líneas me ocuparé de esta última.

A simple vista, El rehén no parece una novela de fomación, como tampoco lo son, de entrada, Nefando, El día que apagaron la luz o Temporada de huracanes. La nouvelle del escritor boliviano empieza cuando un padre finge el secuestro de sus hijos para extorsionar a su exesposa y poder pagar así los gastos médicos del Colque, un conductor de autobuses como él, a quien dio una paliza tan fuerte que le dejó la cara desfigurada. Puesto así, se trata de un problema de finanzas personales, más cercano al género del suspense en donde se comete un crimen —o se finge cometer— debido a la necesidad de responder a un problema. La hipótesis del suspense se reafirma con la sensación de que quizá hay algo de venganza incosciente del padre contra la mujer que lo abandonó en la intención de separar a un par de hermanos de su madre: «Saber que mamá se había casado de nuevo había herido mucho a papá, lo suficiente para que nunca más se atreviera a mirar a alguien de igual a igual, un zarpazo exacto que había partido su autoestima en dos, algo que sus colegas, en especial el Colque, usaban para humillarlo y aprovecharse de él».

La lectura «pasional» aludida en el párrafo anterior explicaría por qué a la madre se la describe con frecuencia a través de las metáforas sexuales, como por ejemplo, cuando se alude a su forma de conducir el autobús: «Maniobraba la caja de cambios como quien manipula un pene recto». Se llama Blanca, y le dicen la Tunta, que es como en Bolivia se denomina a la papa lavada y deshidratada. Su personaje es en todo antagónico al del padre, a quien el narrador-protagonista, que es el hijo mayor de ambos y se llama Cristian, describe en los siguientes términos: es «el más negro entre los negros, de ese barrio de negros en el que creció, lo más natural es que su apodo sea Chuno». Si bien la pelea entre dos conductores es el elemento desencadenante del conflicto, la conversión de la madre en una mujer emancipada que maneja su propio autobús marca el incio del drama. Aunque Cristian nunca la condena —al menos, no directamente— por abandonar al padre, se solidariza con él. Allí parece haber la búsqueda de un modelo masculino. La lectura se refuerza con las imágenes melancólicas utilizadas para describir la relación de la familia con la madre, como cuando se la compara con «una canción de karaoke» a la que su esposo y sus hijos varones no podían seguir el ritmo.

La formación en la masculinidad.

En Teoría de la novela (1916), Georg Lúkács presenta al bildungsroman como una síntesis de otros dos tipos de obras: las que identifica como influidas por el «idealismo absoluto» y las del «romanticismo de la desilusión». En las del primer tipo, un personaje de convicciones fuertes se enfrenta a un mundo hostil; en las novelas del segundo, el alma del personaje es un universo complejo, razón por la cual la negociación entre las aspiraciones individuales y la realidad externa lo llevan a refugiarse en su intimidad. La nomenclatura evidencia la fuerte influencia que todavía tenía a principios del siglo pasado el Romanticismo; más en Lúkács, heredero de Georg Hegel, en especial de su libro La fenomenología del espíritu (1807). Sin embargo, esos dos tipos de protagonistas todavía describen a buena parte de los personajes centrales de la narrativa más contemporánea: aquel que se opone a las circunstancias con ímpetu y esperanza, frente al otro, que se desencanta de la realidad. En la novela de formación, ánimo y decepción son caras de la misma moneda, pues permiten la maduración del protagonista. Así el bildungsroman queda inscrito entre los más antiguos géneros literarios, como la narrativa de aventuras, que existe desde La Odisea y la épica, que existe desde La Ilíada.

En La escritura desatada: El mundo de las novelas (2012), José-Carlos Mainer propone que la novela de formación es «un comprmiso entre la violencia del “idealismo absoluto” y la derrota aceptada del “romanticismo de la desilusión”»; es decir: que el o la protagonista adolescente se enfrentan a lo que consideran un mundo hostil desde el cosmos de la infancia, lo que supone un impacto enorme. «El proceso de formación de una personalidad suele ser una mediación permanente entre lo posible y lo deseado, entre el sueño y la vulgaridad, entre el ideal y la práctica», escribe. Si bien la desilusión es uno de los resultados posibles de enfrentar al mundo, lo fundamental aquí es que aparecen confrontados los mundos espirituales del adentro y el afuera, el de las convicciones personales y el de la cultura.

También oscila entre el idealismo absoluto y la desilusión el relato de Cristian en El rehén. Cristian cuenta más de veinte años después los sucesos de aquel episodio que constituyó la salida de la ingenuidad del infante. «Pensarme como falso rehén me llenaba de emociones distintas», escribe el narrador:«Sentía que era lo más importante que me había pasado desde nacer». Más adelante asegura que el libro es el «calentamiento» antes de escribir el poema en el que dirá toda su «verdad». El idealismo del protagonista comienza a erosionarse desde el mismo momento en que su madre abandona al padre. El universo complejo de su alma infantil está representado en los juegos con los amigos que son también juegos de pérdida y de búsqueda, pero principalmente juegos de poder en los cuales se replica en el microcosmos infantil el macrocosmos del mundo adulto. En la confrontación entre el afuera y el adento de Cristian, lo que se plantea, sin mayor estridencia, es la síntesis que hace el protagonista de la violenta cultura machista del entorno.

La violencia a la que despierta Cristian es principalmente simbólica, se trata de lo que Pierre Bordieu identifica con la naturalización de significados, valores y estereotipos que perpetúan las desigualdades sociales. Es la violencia de la cultura machista. Una escena, hacia el final del libro, cuando el hermano de Cristian se pierde, habla de la interiorización de esta cultura: «Una electricidad, esta vez de miedo, de verdadero terror, me recorrió el cuerpo y me empujó a buscarlo. Encontré a Tavo en la terraza, al lado de unas vigas (…) le pedí a Tavo que bajáramos pero él no obedeció. Tuve que amenazarlo con partirle la nariz para que me hiciera caso». Lo más importante de este enfrentamiento al mundo hostil ocurre fuera del libro, permanece oculto para quienes leemos la novela. El único dato que se nos da del Cristian adulto —el que cuenta la historia— es que es poeta, un oficio contrario no creo que al machismo pero sí, sin duda, a la violencia, al menos, la violenica física.

Más allá del genero literario o del retrato a ratos trillado de las masculinidades, lo más interesante de El rehén es que Mamani Magne se toma la licencia —vamos a clasificarla como «poética»— de independizarse de los límites de la narración en primera pesona. «Sé que no estuve allí y que por tanto no pude ver nada», escribe en la voz del protagonista, al principio de la novela: «También sé que hablo en primera persona y que la estructura narrativa, etcétera, y que mi narrador no es omnisciente y…, pero no importa. Me lo han contado tantas veces. He pensado tanto en eso que es como si realmente estuviera allí». Eso convierte al protagonista en un ser empático que se mimetiza en los pareceres del padre y el hermano: tres personajes en uno: Cristian, el padre, Chuno, y el hermano, Tavo. El resultado es una novela que va de lo entrañabale al brutal realismo y que puede enternecer en la misma medida que entretiene. La apuesta es, por decir lo menos, interesante.