Hubo consecuencias… El 11 de febrero se constituyó la Asociación de Amigos de la Unión Soviética en cuyos listados aparecía Ramón J. Sender al lado de una amplísima representación de la intelligentsia española, no siempre izquierdista e incluso liberal-conservadora: allí estuvieron el dibujante Luis Bagaría, los tres hermanos Baroja (Carmen, Pío y Ricardo), Jacinto Benavente, Concha Espina, Federico García Lorca, los hermanos Antonio y Manuel Machado, el escultor Victorio Macho, Gregorio Marañón, el guitarrista Regino Sáinz de la Maza, el jurista Felipe Sánchez Román, el médico Pío del Río-Hortega, Ramón del Valle-Inclán y el arquitecto Secundino Zuazo, entre muchos otros. Más comprometedor fue que —en el mes de abril— Sender asistiera en Madrid a las primeras reuniones de un Frente Antifascista, también de inspiración comunista, cuya convocatoria había firmado poco antes junto a José Antonio Balbontín, Wenceslao Roces, Dolores Ibárruri y Francisco Galán (hermano del capitán mártir que se sublevó en 1930 a favor de la República).

No estuvo, sin embargo, entre los oradores del mitin del frente, celebrado el 12 de julio, porque el 31 de mayo ya andaba por Moscú como invitado oficial y escribía febrilmente los artículos que recogió en Madrid-Moscú. Notas de viaje (1933-1934). A su regreso remitió una carta sumamente expresiva a los camaradas de la Unión Internacional de Escritores Proletarios, que se publicó en el número 4-5 de la revista Octubre, fundada por María Teresa León y Rafael Alberti. Tras recordar que «estuvo en Casas Viejas, esa aldea donde la República socialdemócrata de España defendía tres señores feudales y asesinaba veintiséis campesinos», reconocía que «ahora, después de mi estancia en la Unión Soviética, vuelvo con la mayor fe en el triunfo completo y definitivo. Y no sólo definitivo sino inquebrantable. Después de todo lo que aquí he visto, no hay razón para que un intelectual esté indeciso. En la trinchera hay un uniforme y un fusil más… Al llegar aquí era un intelectual. Hoy es un soldado del frente de lucha y de la edificación socialista el que os deja. Saludos revolucionarios».[iii]

 

EL LABORATORIO DEL PORVENIR

Sólo la bullente ciudad de Nueva York atrajo tanto la atención de los europeos de los años veinte y treinta como lo hizo la construcción de la Unión Soviética. Las razones de la curiosidad eran antitéticas pero también simétricas: en Nueva York se admiraba (o se denigraba) la culminación material del capitalismo; en la nueva Rusia, la inédita construcción del paraíso socialista sobre las ruinas del más vetusto de los regímenes; en ambos casos, se advertía el triunfo de la tecnología y la industria sobre la rutina y lo arcaico.

El lector de Madrid-Moscú advertirá que Sender tuvo noticias del envés de aquel paraíso. Algo sabía de las hambrunas y las matanzas en Ucrania y también en el Cáucaso, en las tierras de los antiguos cosacos, pero lo justifica, quizá no muy convencido. En la segunda parte del capítulo «La educación internacionalista. Un joven ucraniano “depurado”», el muchacho le explica que los campesinos se negaban a entregar los frutos al Estado y que los blancos acudieron en su auxilio, aunque, al final, se levantaron contra sus nuevos amigos y «la adhesión al régimen soviético ha sido ya permanente. La colectivización la han comprendido poco a poco». En el capítulo «Cooperativas, cooperativas, cooperativas. ¿Y aquel suicidio?» se comenta, sin embargo, la reciente muerte de un comisario destinado en Ucrania. Sender recoge versiones «burguesas» y otras más o menos oficiosas que lo inquietan porque coinciden en señalar que «en la parte occidental de Ucrania los kulaks han llegado a adquirir poder económico. Son muchos. Es el único territorio soviético donde el problema no está liquidado aún […]. Alguno puede que haya sido encontrado muerto de hambre al lado de un camino. Estos kulaks mantienen en sus reductos la religión, la explotación, la usura». La actitud de Sender es ambigua, casi penosamente ambigua… En el artículo «El triángulo de la construcción soviética. Un cadáver en la calle» un amigo soviético y Sender hallan un hombre en el arroyo, «que podría estar muerto. Vestía ropas que un día pudieron ser hasta elegantes. Iba descalzo y llevaba los pies muy sucios». Su compañero hace esfuerzos por alejarse del presunto cadáver que califica de «un burgués, un inadaptado, un desplazado. Prefieren llegar a eso». Sin duda, había vivido «agarrado a su dolor, cosa tradicional y típica de la vieja Rusia, que conocemos ya por su literatura antirrevolucionaria. Dostoievski era verdad, Andréyev también». Y el autor concluye: «—¡Es la lucha de clases, ya lo sé! Todavía hay guerra. Poco antes de venir a Moscú estuve en una aldea andaluza que se llama Casas Viejas. Pero, de todas maneras, me ha impresionado», reconoce Sender a su acompañante.

Las dudas parecen despejarse de vuelta a Europa, cuando Sender coincide en el vagón de tren con un grupo familiar que abandona definitivamente su país y cuyos hijos padecen raquitismo y deformidades y contrastan con la lozanía brutal del padre, en mangas de camisa, con el chaleco cruzado por una gruesa cadena y grandes bigotes engomados: «Hay rasgos de cretinismo en sus gestos. Debe ser petulante y aparenta esa crueldad estúpida del que se ha hecho un mediano pasar sacando la piel a sus iguales. La mujer es anémica y arrastra su vejez prematura como puede. Va adherida a un gran canasto de donde saca de vez en cuando algo que comer. El marido cuando sale al pasillo lleva un cigarro puro en los labios» («Adiós a la Unión soviética. Una familia de kulaks»). La triste escena, con visos de caricatura expresionista, tiene, sin duda, una función compensatoria de la desazón vivida en una calle de Moscú ante aquel elocuente cadáver caído al borde de la historia…

 

SOBRE LA NUEVA HUMANIDAD

Los artículos de viaje de Sender, que fueron la primera redacción del libro, empezaron a publicarse en La Libertad el 27 de mayo de 1933 y concluyeron el 13 de octubre, tres meses después del regreso del autor. Los treinta y tres artículos se convirtieron en los cien breves capítulos de esta obra que Juan Pueyo terminó de imprimir el 20 de febrero de 1934, según reza el colofón; se vendió a cinco pesetas —no era un precio muy barato— y tuvo una cubierta simple pero llamativa, dibujada por Sebastián Alfaraz, que era un habitual ilustrador de libros y colaborador de la revista infantil La Risa: representa una flecha negra que cruza de oeste a este el mapa de Europa, uniendo la península ibérica y Moscú.

La estrategia del narrador de Madrid-Moscú es una calculada mezcla de impasibilidad y desparpajo, de curiosidad abierta a los hechos y de dogmatismo en sus presupuestos. Las primeras frases del libro son paladinas a la hora de entender el doble estatuto de invitado oficial y testigo desapasionado; se nos presenta como un experimentador de la prisa y la multiplicidad, signos de su tiempo («son seis días de viaje —avión, tren, automóvil— hablando más o menos bien catalán, francés, alemán»), consciente de la necesidad de tomar distancias —«es necesario un momento para reajustar las impresiones»—, aunque tampoco renuncie a emitir doctrina inapelable: «Puede resumirse en pocas palabras: la civilización mecánica, el progreso material, influyen poco en la mentalidad de las gentes». Y es que su previa experiencia española y europea ha comprobado el general apego a los símbolos patrióticos más arcaicos, el recelo misoneísta de las gentes, el temor a otra nueva guerra. La obertura de su viaje enhebra una jornada en la Cataluña enfervorizada por un catalanismo arcaizante y cursilón, otras en la Francia cada vez más patriotera (que ahora ha rescatado la memoria de Juana de Arco), un rápido paso por la Polonia que presume de juntar treinta millones de habitantes, aunque sea más cierto que hay «veinte mil propietarios confabulados con un general y ocho mil oficiales». Antes, el tránsito por Alemania le ha hecho ver que, mientras un junker (un aristócrata) considera que Hitler es «un advenedizo», los cerveceros que eran socialdemócratas se hacen nazis y todos parecen «autómatas corriendo a su propia destrucción». «Hitler sabe que se hundirá con todos; pero quiere ser el héroe de la última batalla», consigna para terminar.

Por supuesto, esa veloz obertura está destinada a prepararnos para el encuentro de Rusia y su destino revolucionario, que contrasta con la confusión que reflejan las páginas precedentes. Pero el narrador no quiere perder su distancia táctica y a la entrada prefiere no cantar La Internacional, que corean sus entusiastas compañeros de viaje en tren, si bien nos hace observar el contraste «del gris friolento» y las banderas rojas que flamean y nos advierte que la estación es «grande, sólida, limpísima». Más adelante también muestra su renuencia a la visita habitual al mausoleo de Lenin y, como he señalado más arriba, refleja con cautela la inadaptación de muchos ciudadanos y las dificultades de la revolución.

Si se juzga la apariencia de los moscovitas, Sender aprecia que su nivel de vida es «el de Vallecas o Cuatro Caminos» y, seguramente, alguno de los más empobrecidos envidiará «el origen de mis camisas europeas, de mis cigarrillos españoles, de todo lo que traigo del mundo que he dejado atrás». Sin embargo, de todas las reformas emprendidas por la revolución, precisamente la mayor ha sido la inmolación de la independencia personal, de la intimidad incluso, en nombre de la colectivización de la vida. Los domicilios privados son diminutos, hasta en el caso de los dirigentes, pero, en cambio, los espacios de sociabilidad son grandes: espaciosos comedores en las fábricas, oficinas amplias y luminosas, parques culturales donde se practica deporte y cultura física, se ve teatro y cine, se escucha música o se baila. La camaradería impera sin mengua del ejercicio de la autoridad cuando procede que así sea. Y todo el mundo parece saber lo que tiene que hacer. El orden público se suele limitar a la reconvención amable de los encargados de velar por él y en todos los ámbitos de la vida colectiva parece haberse impuesto un intercambio de papeles, pues hay soldados que pasan temporadas en las fábricas, como hay obreros industriales que dedican algún tiempo de su vida a participar en los trabajos de un koljós campesino: «Fábricas, cuarteles y koljoses son la misma cosa». La práctica de la chiska (la «autocrítica»), que es tan habitual, no busca el conformismo, ni la intemperancia con el disidente, sino una mejor conciencia del papel de cada uno. Y paralelamente hay una jovialidad ante las dificultades y ante los problemas que Sender cifra en una expresión rusa que oye a menudo y se ha hecho traducir: «Nietchy voo», que significa «no importa».